Una de las cosas que más me ha dolido en mis cinco años de exilio de mentiritas es haber perdido en un taxi Uber la novela Espero la noche para soñarte, Revolución: ese libro ilegible donde Nivaria Tejera hace gala de sus silencios y sueños sobre la utopía perdida en la Isla de la Libertad.
“La Habana le aparece siempre en sueños vacía, sin gente. Todos se han ido no se sabe dónde. Estos sueños, como una transición, la dejan sin ganas de ver a nadie”. Pobre Nivaria, perdida entre estos bosques. “Imposible reconocerse en el lenguaje de hoy”. Y nada puedo hacer para ayudarla, entre lo afelpado de una Francia socialista y el terciopelo contrarrevolucionario de su ataúd.
Fue en enero de 2016, un Día de Reyes. Y de Reinas. Murió Nivaria un poquito antes de Fidel. Es decir, nunca conoció otro universo en cuyo centro no gravitara Fidel. Eso de por sí merece toda nuestra compasión de compatriotas sin patria pero todavía con amos.
Nivaria escapó de Cuba apenas para no escapar de “esta Cuba acuartelada” y terminó, como todo ser humano antes y después de Cuba, “solo con su tragedia”, “frente a ese gran horror que es la verdad de cuanto vive y exige de él ser solitario y hasta superficial”. Flotando entre “los fantasmas que nos pueblan” y “la locura”. Haciendo de la memoria un mamotreto llamado Novela, monumento de la incongruencia de estar vivos, y aspirar a dejarlo por escrito para los cubanos del futuro que, total, tampoco nos van a leer. O que tal vez sí nos van a leer, pero como síntomas siniestros de una enfermedad ridículamente ya rebasada por la Historia: Revolución, divino tesoro, ya te vas para no volver…
Nivaria acaso también le “pregunta a las estrellas por el futuro”, como el rey del que ella misma cuenta que “se cubre de mármoles” y “se viste de púrpura en las grandes procesiones” y “duerme bajo una techumbre de obsidiana”. Nivaria, presa del pánico y la paz, atrapada por “el azar de esos vaivenes al que obliga la inestabilidad permanente del exiliado”, se resiste a “la indiferencia metódica del exilio” que “acucia la indisciplina”. O, mejor aún, hace de esa “indisciplina-semental” una inercia de rebeldía para su creatividad sin credo. Increíble.
Muchacha muerta que “se adentra a estar libre en ese laberinto de multitud descentrada, obsesiva, salvaje, a su imagen y semejanza”. Y muerta mujer a estas alturas tan distintiva como indistinguible en esa “indisciplinada multitud libre, sin metas, en la que el éxtasis, el sueño, la comunicación, la ambición del pequeño negocio, la necesidad imperiosa de respirar de otro modo y de confundirse con los objetos herrumbrosos escapan a cualquier disciplina impuesta y es capaz de suplir todos los regímenes del mundo”. Nivaria de las ristras de párrafos en ráfagas donde al final ni tú misma sabes lo que nos dijiste, porque lo importante era no dejar de decirnos algo para cuando llegara la noche de hoy, en que ya te es imposible decirnos nada. “La Historia es una hartura”: “hay que ponerse a ser la hoja de ese árbol que va siempre a otra parte”.
Es así, qué le vamos a hacer. Eso es lo que recuerdo de su novela mía Espero la noche para soñarte, Revolución, olvidada en uno de esos taxis Uber que hoy son la columna vertebral de un exilio cubano sin exiliados. Ella lo sabía en su carne: “en el exilio todo da vueltas, estar estuve estoy…” y por eso “la mente de un exiliado obedece a contradicciones inesperadas, incontroladas, que de pronto lo devuelven al lugar de que fue expelido”. Esa es nuestra bendita maldición: “cada paso real conlleva un retroceso en la memoria y un diálogo disperso entre dos inencontrables, entre dos transfigurados”, un estar sin ser (por suerte, porque toda identidad es castrismo, y es a través de la identidad que “todo se ha ido desplomando: cada vez que te reclama es como si tuvieras polvo en la cabeza”), una existencia con demasiadas experiencias que han terminado siendo experiencias sin existencia, “sin bases específicas, sin raigambre en ninguna parte. Es algo así como tener sueño bajo la piel”.
Mira que me gustaste, Nivaria. Mira que te hubiera hecho hacerme el amor, incluso en el asiento trasero de un taxi digital, siendo tú una niña de 86 años con Cuba y yo un cubano virgen que sobrevive sin Cuba y sin edad. Devuélveme al menos tu libro perdido, anda, no seas una muerta mala.
.