martes, 7 de marzo de 2017

Pedro Pátriamo




Un testigo de lo siniestro a lo incierto

Orlando Luis Pardo Lazo

         La novela Pedro Páramo [1] de Juan Rulfo es una obra maestra total: es decir, está condenada a no fundar un estilo o una escuela, pues nadie podría imitarla sin repetirla. A pesar de las decenas de entrevistas al autor, de otros tantos prólogos de un sinfín de estudiosos, y los esquemas tan exhaustivos como reduccionistas de los teóricos para agotar los entresijos de su hermenéutica, Pedro Páramo permanece por suerte virtualmente virgen de cara a un lector sensible. Es una novela nueva: léase, una novela siempre por escribir, incaducable.

         Esta narración mínima sigue resultando hoy un misterio, un milagro. Por eso no ha envejecido ni en uno solo de sus párrafos (excepto en las ediciones críticas donde lapidan al texto con toneladas de notas al pie y cronologías que ni siquiera su autor cotejó). Acaso Pedro Páramo sea también un producto del azar o del error, como toda obra humana, y por eso apenas le pertenece a Juan Rulfo, cuyas aclaraciones muchas veces sólo hacen precisamente eso: aclarar lo oscuro que confiere una hondura única a su novela (es decir, empobrecer su multiplicidad de lecturas, imposibilitar la urdimbre de su incertidumbre). O tal vez esta novela haya sido una revelación dejada a medias (por eso no podemos prestarle demasiada atención a sus epígonos, y mucho menos al propio profeta Rulfo, sino a la profecía en sí, al pánico con que dicha obra nos pasma). Como mismo es posible que Pedro Páramo sea la traza novelada de un resentimiento cíclico, como la respiración, tan íntimo como inaccesible para quienes carezcan de determinado tipo sensibilidad (la literatura nunca es de o para las élites, pero siempre es élite en sí misma, sea de textura terrena o estelar).

         Parte de su sensualidad hipnótica, fascinante en su acepción erótica original, enervante a nivel de vientre y siniestra a ras de imaginación, es su asombrosa ambigüedad, su inverosímil incorporeidad, y a la vez su cotidianeidad diabólica. La novela, con su altísima y naturalista narratividad, nos obliga a ver: es decir, nos fuerza a abrir los ojos. Y se ha escrito bastante [2] sobre cómo, por ejemplo, “Freud parece articular el horror al campo de la mirada, de lo visto, del ojo”, y lo que semejante despertar le revela al testigo es siempre “una aparente contradicción. Por un lado, la referencia a lo extraño, a lo extranjero; y, por otro, lo que no es para nada extraño, figura lo íntimo, lo más cercano y familiar al propio sujeto: […] La lógica del adentro y del afuera, desde esta perspectiva, no es excluyente, pone en continuidad la contradicción y revela en ella la condición misma del ser hablante: él que desconoce su verdad. Lo ominoso pone en escena el desconocimiento de sí mismo. […] El horror es parte de este necesario desconocimiento del ser hablante de sí mismo”. (709)

         El hijo de Pedro Páramo, más allá de irlo desconociendo según se aproxima a su padre a lo largo (y corto) de la novela, termina no sabiendo ni quién él mismo es: Juan Preciado es su propio doble en más de un sentido. Y esto sería otro de “los ‘más destacados’ de los temas de efecto siniestro” que plantea Freud [3]: el “motivo del ‘doble’ (Doppelgänger) o del ‘alter ego’, ‘en todas sus variaciones y desarrollos’ (que, según la clasificación propuesta, son el ‘desdoblamiento del yo, [la] partición del yo [y la] sustitución del yo”) (68). En más de un sentido, Comala (o acaso América) se nos revela como insidiosa identidad interior: más allá de personalidades, jerarquías, biografías y la miseria de los mitos sociales, el alma es una, y es ignota en su dolor que no puede ser comunicado más que como un síntoma de enfermedad (histeria, locura, melancolía) o terror (matar, hacerse matar, la revolución).

         Esa incertidumbre de nuestro propio ser, ese desdoblamiento por duplicación en las narrativas de los otros que, en tanto testigos mutuos (mudos), ejercen un poder omnímodo sobre nuestro yo, es también analizada por Freud “siguiendo las pautas que ofrece Otto Rank en un estudio consagrado al tema, que ve en la constitución del doble una defensa contra la destrucción del yo y contra la muerte en la fase del narcisismo primitivo”, lo que “apunta que la superación de esta fase modifica la valencia del doble, convirtiéndolo de un ‘asegurador de la supervivencia […] en un siniestro mensajero de la muerte’” (68). Freud concluye al respecto que “lo siniestro corresponde a un retorno de la fase primitiva: ‘El carácter siniestro sólo puede obedecer a que el ‘doble’ es una formación perteneciente a las épocas psíquicas primitivas y superadas, en las cuales sin duda tenía un sentido menos hostil’”. (69) De ahí también que todos los asesinos y cadáveres de Pedro Páramo a la postre sean ingenuos y vulnerables como niños huérfanos. Como Juan Rulfo también lo fue durante el acto angélico de su escritura.

         El regreso a Comala es, pues, parte de la repetición o “constante retorno de lo semejante” (68), cuya característica clave es “su índole involuntaria, y la subordinación del sujeto a unas fuerzas oscuras e inexplicables que imponen, allí donde se esperaría un mero azar, la apariencia de un orden o una legalidad inaccesibles y funestas” (70). Todos están como poseídos en Comala. Por eso precisamente Pedro Páramo nos posee sin necesidad de poses: su pureza de piedra persiste, inexpugnable, allí donde la razón y la estética no llegan.

         Así, es muy crispante presenciar (como protagonistas, además) el paulatino proceso de desfamiliarización con nosotros mismos, con nuestra memoria más personal y emotiva, con eso en lo que ya nos hemos convertido sin que se nos haya advertido a tiempo de semejante transformación. Juan Preciado, por ejemplo, desde el inicio dice venir al pueblo de Comala porque le “dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo” (65). De hecho, no es otro rumor más o menos mentiroso: fue su madre en el lecho de muerte quien se lo confesó. Pero, toda vez inmerso en la trama macabra de la novela, la inercia de esa búsqueda paterna va deviniendo en una función automática, que incluso lo hace afirmar que “vine a buscar a Pedro Páramo, que según parece fue mi padre. Me trajo la ilusión” (119). Ya no es, ahora parece que fue. Ya no hay promesa que cumplir a su moribunda progenitora, ahora todo es ilusorio: hilachas de una ilación que nos intriga.

         Muerta en vida o viva en muerte ―Comala es un pueblo hecho todo de silencio y soledad― o, aún más escalofriante, sobreviviendo (sobremuriendo) en la frontera fúnebre entre lo animado y lo inerte, ningún personaje de Pedro Páramo encarna mejor que Susana San Juan ―“metida siempre en su cuarto, durmiendo, y cuando no, como si durmiera”― la condición incierta de lo que parece haber muerto, estando aún vivo (o lo que parece vivir, habiendo ya muerto). Comala completa es un páramo de pedros que perecieron o están a punto de perecer. 

         Cualquiera fuera el mundo por donde vagaba oníricamente la mente de Susana San Juan, “ésa fue una de las cosas que Pedro Páramo nunca llegó a saber” (151), a pesar de su obsesión con ella desde la infancia. Susana San Juan nos impone, en términos de Freud explicado por Oyarzún3, “la desazón suscitada por la borradura de la frontera entre lo vivo y lo inanimado” (67): el propio Pedro Páramo, en su extraño cariño hacia ella, no puede escapar a esa reminiscencia infantil ―deseo más que angustia― de quedar paralizado (y toda petrificación remite a la erección) ante los delirios y la desnudez de esa muñeca viviente, una especie Olimpia espeluznante que Zanchettin2 nos la recuerda con ojos “singularmente fijos y como muertos” (709). 

         Más que la curiosidad, la imposibilidad de conocerse mutuamente ―a la par que todos se reconocen entre sí de una manera atávica, fantasmal― hace de esta novela un panal de narradores deficientes, en los que no queremos confiar en tanto lectores, acaso porque nos aterra darnos cuenta de que cada uno de ellos nos está narrando exactamente nuestra propia verdad: si estamos vivos leyendo ahora, es porque pronto vamos a no estarlo más, como todos ellos, como el autor. Tememos incluso ya haber muerto durante la lectura sin notarlo: ¿cómo demostrar lo contrario, es posible cerrar el libro y olvidarlo, para que nuestros espíritus no tengan que vagar en pena por el resto de nuestras lecturas? Juan Rulfo ha escrito, pues, con su poquita prosa tan pletórica de localismos casi cómicos, un augurio cósmico de carácter apocalíptico. Una biblia de la barbarie (y de la bondad). En tanto creador de cuanto existe en el universo, así en Comala como dentro de nuestras cabezas ―¿cómo distinguirlas ya?―, el novelista es un evangelista nato (y ya sabemos que los evangelios son imposibles de imitar sin cometer plagio).

         La no-confiabilidad del narrador desdoblado hasta el delirio por Juan Rulfo no es una técnica consciente en este autor: no se trata de un artificio literario exterior para satisfacer las necesidades expresivas específicas del texto, como tampoco es un protocolo aplicado de antemano o a posteriori, en tanto “aparato retórico” (según entiende este concepto Dan Shen [4]). Pedro Páramo es la no-confiabilidad narrativa hecha certeza estética. Podemos confiar en la desconfianza que constituye a esta novela. De ahí su aura de unicidad, de verdad a punto de revelársenos. Y de ahí también lo obvio de su condición espectral, casi obscenamente ominosa. Ese no saber tan impronunciable nos aterra, porque nos aterra saber que no podríamos tolerar saberlo. Que el texto es a nosotros a quien está desfamiliarizando. 

         El “extrañamiento” que Dan Shen contrasta con el “acercamiento” entre el narrador y su audiencia, en Pedro Páramo parecen fundirse en una paradoja poliédrica, más allá de los subtipos teóricos de no-confiabilidad que Shen enumera citando a Phelan [5]: Juan Rulfo es literaria y metafóricamente confiable precisamente por su no-confiabilidad literal; como autor implícito de Pedro Páramo, todos sus narradores se anuncian distintos, pero siendo, a la par, él mismo; la radical desfamiliarización de esta novela (noveleta) no es ingeniosa sino casi ingenua, deambula entre lo doméstico y lo domesticado del día a día, a pesar de su excepcionalidad existencial: de ahí que el texto por sí tenía que ser muy breve, fulminante. Es como si lo siniestro fuera aquí una simbiosis entre lo que nos aliena y lo que amamos. Y como si esto fuera, a su vez, un efecto inevitable por el mero hecho de estar vivos demasiado tiempo entre los páramos del cuerpo y del lenguaje. De ahí nuestra crispación y resistencia inicial. De ahí, también, nuestro vértigo de dejarnos arrastrar a este abismo.

         En un ensayo reciente de Ana Forcinito [6] se habla de lo “impassable” (en inglés: lo “inaccesible” o, más somáticamente: lo “impenetrable”) ahora ya “no en el sentido de lo que carece de explicación […] sino más bien como lo que simplemente no puede ser dicho porque nadie está en condiciones de decirlo”. El testimonio, más allá de su estricta categorización como género diferente de la ficción, trata entonces de esa “traducción de lo intraducible o lo inaudible”. (247) En la ficción de Juan Rulfo, todos son tristemente testigos sobrevivientes (sobremurientes), no necesariamente de ningún trauma o debacle (aunque la violencia vicia sus destinos), sino una realidad arrasada y represora a nivel inconsciente más que social. Al respecto, una crítica literaria marxista que se delecte en atacar al régimen de propiedad privada como causa efficiens de lo ominoso, debería tener la honestidad intelectual de acceder también a lo “impasable” (en español: lo intolerable de lo intolerancia) en las sociedades de inspiración marxista donde toda propiedad quedó abolida y, sin embargo, los testimonios del terror no se extinguieron, siempre que nos atrevamos al siniestro gesto de ejercer la mirada.
 

P.D.:
         He tratado de no citar apenas el texto literario de Pedro Páramo como tal, para hacer evidente que mis múltiples lecturas previas de esta novela de Juan Rulfo (en la Cuba alternativa y casi fuera de todo contexto centroamericano), aunque sí intuían una serie de tesis y tensiones apuntadas por mí aquí, fueron siempre lecturas adánicas y, por ende, incapaces de condensar estos (y otros) tópicos que ahora sí me siento confiado (y convincente) para desarrollar in extenso. Mi sintonía sensorial con esta obra de pronto ha recuperado un canal de vocalización, una manivela estética desde donde pulsar las palancas de una política de la literatura. 

P.D. P.D.:

Como posdata curiosa, Pedro Páramo ha parido varios títulos entre los escritores cubanos contemporáneos. Más allá de la imitación más o menos inmediata de estilo, como en Celestino antes del alba de Reinaldo Arenas y Un rey en el jardín de Senel Paz, entre tantas otras retóricas rulfianas remanentes en la literatura insular, Ronaldo Menéndez Plasencia tomó el alarido del “El derecho al pataleo de los ahorcados” (93) como título de uno de sus libros de cuentos, mientras que Wendy Guerra se apropió a perpetuidad del “Todos se van” paladeado por Pedro Páramo en el fragmento final (177) para bautizar a su primera novela. En ambos casos, cuidándose siniestramente de declararlo.


[1] Rulfo, J. Pedro Páramo. Ediciones Cátedra (Grupo Anaya, S.A.), Madrid, 2004.
[2] Zanchettin, J.F. El horror en Freud. V Congreso Internacional de Investigación y Práctica Profesional en Psicología. XX Jornadas de Investigación. Noveno Encuentro de Investigadores en Psicología del MERCOSUR. Facultad de Psicología, Universidad de Buenos Aires, Buenos Aires, Argentina. 2013.
[3] Oyarzún, P. La cuestión de lo siniestro en Freud.
[4] Shen, D. Unreliability.
[5] Phelan, J. Estranging Unreliability, Bonding Unreliability, and the Ethics of Lolita. In: Narrative, 15, pp. 222-238, 2007.
[6] Forcinito, A. Testimonio: The Witness, the Truth, and the Inaudible. (Capítulo 11) En: Critical Terms in Caribbean and Latin American Thought, 2016, pp. 239-251.

lunes, 6 de marzo de 2017

Horror de Arenas



De la castrofobia a la claustrofobia,
del holocausto al holocastro
  
Orlando Luis Pardo Lazo

         En su poemario Leprosorio (Trilogía Poética) [1], el escritor cubano Reinaldo Arenas (1943-1990) despliega un derroche de imágenes tanto de carácter espacial como corporal. El lector es azuzado por ese abanico barroco, en ocasiones barrueco, que se bate a velocidad inverosímil en las manos de un bárbaro, de un enfant terrible. A la multiplicidad de su persona poética, Arenas sobreimpone la fuerza fáustica de su voz como narrador, incluso usando párrafos y páginas enteras de prosa, interesadas tanto en la geopolítica como en la biopolítica. Se trata de una escritura desbocada al punto de la mala escritura ―más allá de formalismos genéricos― que es intersectada por un espacio exterior entendido como fuga del país ―la Cuba de los Castro como cadalso― y un espacio interior al cuerpo propio entendido como placer/displacer, acaso como posesión/represión (no en términos de Freud, sino de Fidel). 

         En este sentido, es posible que la literatura cubana no haya sobrevivido del todo a la perversa pulsión política a Reinaldo Arenas. Y que desde su suicidio el viernes 7 de diciembre de 1990 en Hell’s Kitchen, Manhattan, los lectores estemos asistiendo al velado velorio de la literatura cubana como tal, donde cualquier obra que se produzca en la Isla o en el Exilio de pronto nos parece incapaz de cometer ya la menor provocación de cara al poder: un pasto textual pacificado y pastoralmente bucólico tras la apoteosis de la prosa y los versos de Reinaldo Arenas, de su rabia retórica y conmovedoramente contrarrevolucionaria (otra vez, en términos de Fidel y no de Foucault).

         Leprosorio se explaya entonces como un mapa de la maldad, a medio camino entre lo infantil y lo ignominioso. Ignoramos si es la maldad del destino de Cuba bajo el control de los comunistas, o si es la maldad del desatino de un poeta cubano que no supo encajar bajo el control de ningún sistema, ni antes ni después de exiliarse, ni antes ni después de matarse por mano propia. El poemario consiste en una trilogía conformadas por tres extensos ―casi desproporcionados― poemas narrativos o narrativas poetizadas: El Central (Fundación), Morir en junio y con la lengua afuera (Ciudad) y Leprosorio (Éxodo).        

         Cada tercio del libro constituye un momento histórico ―y no por esto menos histérico, e histriónico― que el poeta pretende deconstruir a patadas en tanto proyecto idílico-ideológico de la izquierda internacional hecha realidad en la Isla. De hecho, en la primera parte del libro, en El Central (Fundación), es la realidad misma lo que Arenas entiende que ha sido arrasado en Cuba, casi canibalizado por un Calibán en Jefe con grados de comandante que por fin ha hecho realidad el sueño colonialista de una dotación esclava sin sedición (ni siquiera disenso): “Manos esclavas / han pulido la esfera sobre la cual, a veces, / suele posarse la mano del rey ―aquí, aquí / es este sitio. Y señala, majestuoso, las / tierras conquistadas. / Aquí, aquí. / Aquí el dedo del fanfarrón. El indignado dedo / del gran dictador, señalando los campos que / manos esclavas / tendrán que arañar” (11).

         Del vértice del cañaveral, en una esquina del mapa, donde la masa de indios y negros parece confundirse con los nuevos apestados de los prisioneros políticos del castrismo (Arenas mismo fue uno de ellos, en el Central Manuel Sanguily de Consolación del Norte, en la provincia de Pinar del Río, en 1970), saltamos al vórtice de la cacería, al paisaje como persecución, como carrera delante de la perrera que ladra y delata, como delatoras son las cotorras y las cacatúas que conforman una fauna fiel al fidelismo, cómplice de sus crímenes. El horror en los tiempos de la Revolución no contempla a la figura colonial del cimarrón, ni mucho menos queda un rincón escondido en la Siempre Fiel Isla de Cuba para albergar la esperanza de un palenque.

         En el socialismo tropical hasta la sumisión ha sido tétricamente socializada. Incluso el propio poeta se declara culpable: “he aquí como el tiempo nos ha convertido / en adoradores del más implacable de los / dioses, / el que no existe” (22). Y reconoce que la derrota es su mejor medalla: “no hay sociedades secretas / no hay sociedades mágicas / no hay ritos / no hay sociedades que te salven” (24); […] “no hay consignas / por muy bien que las sepas parodiar / que te rescaten / no hay instituciones cívicas / no hay instituciones internacionales / no hay instituciones” (25).

         El espacio en Arenas es, pues, un páramo, da igual si rural o urbano, porque la ciudad ha sido ruralizada y el campo ha sido acuartelado. Es la tentación totalitaria hecha productividad por el Partido Comunista de Cuba, para envidia tanto de la Corona española allende el Océano, como del tonto terrateniente yanqui tan estigmatizado. Y es también la espacialidad espectral de la noche bajo los tristes trópicos del Primer Territorio Libre de América, donde desde “las traiciones del recién llegado” y “las mentiras del primer cronista”, hasta “las madrugadas de cola para el pan” y “las noches de cola para el sueño”, el poeta persiste, impertinente, en la búsqueda de algún “símbolo de la fe” ―sea patria, tierra, puerta, árbol, sueño, tiempo, palabra, poema, dicha o calma― con el cual horadar los horrores de toda historia nacional, no solo la cubana (62, 63, 64).

         La segunda parte del libro prometería ser algo más urbana que la lógica del trabajo campestre opresivo. De hecho, Arenas con su Morir en junio y con la lengua afuera (Ciudad) nos invita, “si hace buen tiempo”, a pasear en un tranvía y hasta en un inverosímil ómnibus vacío. De la ciudad anterior no queda sino un lago, “inmensas extensiones onduladas y azules”, “amplias sonrisas en los aeropuertos internacionales”, los “turistas. / Como peces de colores más allá del cristal” (“franceses de la clase media, gente inteligente, / ‘progresista’, diríamos, que no tiene por qué / desperdiciar esta ganga”); y sólo “un poco más allá, amparadas por la lejanía, / las vastas copas, / los alargados penachos de las palmas / fluyendo sobre troncos blancos”, nos recuerdan algo de Cuba, acaso conocida como “La Gran Casa”, entre “explanadas sin fin donde un lirio puede señalar la extinción / de un país / o el comienzo de otra era geológica”. Diríase, pues, que en verdad “aquí estalló una bomba” y un espacio civil, como el cosmos mismo durante La Gran Explosión, ha debido ser creado completamente desde cero (71, 72, 74, 91, 92). ¿Por quién? ¿Por el poeta quizás?

         Ay, pero si “estamos enfermos” o algo peor: “Estamos muertos. / (Todos estamos muertos.) / Y nuestro perenne aullido de muerto / se prolonga sin tiempo por la carretera / de los muertos” (75, 76). Entonces todo atisbo de urbanidad se hunde de vuelta en un cementerio de muertos vivos, que a la postre resulta ser una especie de archipiélago rebautizado dentro del archipiélago en Isla de Pinos: “hoy ‘Isla de la Juventud’” (88). No por gusto Arenas remata su soliloquio (técnicamente, un poliloquio) recordándonos también que “si hace buen tiempo serán mis funerales una fiesta” (96).

         De manera que una vez más no hay escape posible o dicha fuga es un ciclo claustrofóbico, entre el escepticismo devenido cinismo de Reinaldo Arenas y el eterno retorno de la tropología propia del colectivismo obligatorio que ocupa la Cárcel Cuba al aire libre: la “cola del refresco”, los “inspectores de la dicha”, los “esbirros disfrazados de bañistas”, las “bocinas con altoparlantes” y la “osamenta fastidiosa / de los himnos nacionales”, instituciones barrioteras como la arquetípica “tintorería” y las “viejas ropas (las más gruesas)”, objetos ubicuos de la miseria masificada como el “trapeador” y la “escoba”, la “cantimplora” y “hamaca” y el “mosquitero”, la “ausencia de urinarios”, un “closet con una puerta ajena / (Puerta del Estado)” y el emblemático “carné del Partido” sin necesidad de especificar cuál Partido (76, 77, 82, 84, 88, 89, 90, 91, 93), entre otras de esas “magníficas herraduras que Dios, piadoso / concede / siempre / al esclavo”. (94)

         La resolución llega en la última parte del libro, donde los cuerpos consiguen ser catapultados a un anhelado pero a la postre muy hiriente exilio, a un espacio exterior que completa la cosmogonía de quien habla (o grita, o chilla: verbos preferidos del poeta). Así, en su tercer texto, Leprosorio (Éxodo), Arenas narra una sinonimia entre exilio cubano y enfermedad, tal como la dictadura cubana sería para él una suerte de maldición insular por condenarlo obsesiva y obscenamente a un ostracismo a perpetuidad (muerte en vida).

         El poeta ahora deviene casi estadista (como su Enemigo en Jefe) y, como tal, este texto se desdobla desde el inicio en una estricta parametrización del territorio gobernado: “La Isla mide 111,111 km2 (cifra del ejército) o 120,050 (cifra del Censo de Población)” (105). Y esta espacialidad aparece en anastomosis con incontables enumeraciones más propias de un catálogo de taxonomía, una especie de alef maléfico donde solo aparecen amontonadas las pesadillas recurrentes del poeta (contagiado de V.I.H. al final de su vida, y por tanto víctima de muchos de estos agentes patógenos): “Pallidum Treponema / Bacilo de Hansen / Bacilo Anerobio / Bacilo de Koch / Síndrome del Bebé Gris… (107); “Pallidum Treponema / Endocarditis Lenta / Meningitis Bacteriana / Linfangitis / Confusión y Papiledema…” (110); “Estafilococos Dorados / Virus Rojo / Virus Verde / Virus Virulento / Virus Tropical…” (111); hasta sumar decenas y decenas de calamidades, que acaso concluyen o fueron causadas por otro tipo de agentes etiológicos: ética de dictadores a ras de Cuba que el poeta va diagnosticando (¿acusando?) entre enfermedad y enfermedad: Diego Velázquez, Hernando de Soto, Dionisio Vives, Luis de las Casas, Francisco Tacón, Valeriano Weyler, Gerardo Machado, Fulgencio Batista y… Fidel Castro (cuya inclusión en un poema escrito en La Habana de 1974-1976 era motivo más que suficiente para condenar por desacato al autor, como de hecho de inmediato le ocurrió a Reinaldo Arenas, si bien en un proceso judicial disfrazado de una causa común por acoso homosexual a menores de edad).

         Es conmovedor cómo Arenas aborda cuanto medio de transporte público se le ocurre para protagonizar su propia despedida de Cuba: “tú en un tren, en un barco inmenso, en una nave de alas de aluminio, sobre la superficie del mar abultado, despidiéndote. / Ja ja: en una guagua repleta, sudando a chorros y diciendo con voz afectadísima ‘chao’, sin ser escuchado” (126), en una escapada que igual nunca logrará habitar la vida en ninguna otra parte, pues desde el inicio el poeta estuvo condenado a perecer ―¿desaparecer?― “despeñado en un abismo” o “en un accidente aéreo” o “en el centro del Océano” o “en el corazón de la Plaza Pública”, precisamente por “desacato a la Ley Fundamental”, entre otros “serios cargos estatales” (121, 122).

         La claustrofobia narrativa de Reinaldo Arenas se comporta clínicamente como castrofobia en fase terminal. O acaso haya ocurrido genésicamente al revés. La fobia ―casi fatwa― contra Fidel Castro, en tanto caudillo paternalista y despótico que secuestró todas las narrativas y poéticas producibles en Cuba, también acorraló a la prosa y la poesía de Reinaldo Arenas contra el callejón sin salida de su exilio in extremis, tan excéntrico como extemporáneo. Y todavía hoy en el año 2017, tres décadas después de su muerte, la literatura cubana no consigue acomodar bien entre sus costillas, siempre tan cautelosas, a este cadáver inclaudicable.

         En su ensayo Del espacio mítico a la utopía degradada. Los signos duales de la ciudad en la narrativa latinoamericana, Fernando Ainsa postula que “toda literatura es urbana”, pues “no incluye una expresión artística que pueda ser auténticamente campesina”. Si bien Reinaldo Arenas realizó su meteórica carrera en ciudades de alta referencialidad como La Habana y Nueva York, no hubo en él una “mirada nostálgica por campos y montañas, idealizando la naturaleza con los topos de la Arcadia o el paraíso perdido”. Antes bien, Arenas siempre fue un paria de la “ciudad letrada” latinoamericana, llegando a polemizar ríspidamente con Ángel Rama, quien en su artículo Las malandanzas de Reinaldo Arenas había estigmatizado al escritor cubano como una “figura irrisoria y desechable”, al punto de vaticinarle su “destrucción”. [2]

         El habla de Arenas nunca se avergonzó de ser la voz de un guajiro cubano, con las tres taras tétricas de ser exiliado, homosexual y anti-castrista: él mismo se auto-identifica en algunas de sus novelas como La Tétrica Mofeta. Su memoria, además de literaria (pues leía febrilmente, incluso padeciendo literalmente de fiebre, etc.), es rural no en el sentido tópico, sino como resistencia rasa contra las metanarrativas de la Revolución. Para Arenas, lo “fabricado y construido artificialmente” se manifiesta tanto en la ciudad como en la naturaleza: no hay nada de “espontaneidad” ni “espejo bucólico de la Edad de Oro y el paraíso perdido”, sino una Edad de Horror y un Estado policial que rebasa las fronteras del totalitarismo cubano y contamina a la academia del mundo democrático. En este sentido, lo único “virgiliano” en Arenas fue su reverencia a la “vida rústica” (por la fuerza de la escasez y la censura) a la que Virgilio Piñera y otros intelectuales cubanos se vieron sometidos al término de sus vidas, en la Cuba sovietizada de los años setenta.

         Al final de su vida, Arenas sí vuelve en varios de sus relatos a una Habana del futuro inmediato, pero el resultado es funestamente el mismo: la ciudad es un campamento, las leyes que todos acatan mecánicamente son reminiscentes del autoritarismo de una granja agrícola. De suerte que su nostalgia por lo urbano y lo civil se remonta únicamente a lo leído por él sobre la Cuba del capitalismo republicano, a la que tampoco Arenas nunca idealizará, como todo iconoclasta incisivo al punto del insulto.

         En términos del ensayo de Ainsa, Arenas estaría inscrito, pues, en la ciudad (y la nación) como una “Babel de rufianes”, el “desierto, un cementerio de vivos” de la novela Amalia de José Mármol, la “ciudad sin gloria” de Eduardo Mallea en La bahía del silencio, el “mito degradado en la dura vida cotidiana: ‘ciudad reflexión de la furia’, ‘ciudad del fracaso ansiado’, ‘ciudad perra’, ‘ciudad famélica’, ‘ciudad lepra y cólera hundida’” del Cristóbal nonato de Carlos Fuentes (las negritas son mías), y, por supuesto, en la “proyección subterránea de la anti-utopía de Roberto Arlt en Los siete locos y en Los lanzallamas.

         Como buen prosista (acaso como mal poeta), la visión de Arenas en las tres obras que integran su colérico Leprosorio, un libro tan narrativo como poético, es también esa “condensada expresión de las tensiones políticas, económicas y culturales de la sociedad”. Su única “tradición” es la debacle y la tentación de ser un traidor (tema recurrente en este y otros libros del autor). Y no hay más “apego al pasado” que el narrar “un caos inhumano hecho de marginalidad y pobreza”, de barrios (y barracones) que ni siquiera se “diferencian drásticamente” según las clases sociales, pues lo peculiar de la Cuba comunista, en la obra de Arenas, es que todos los (des)habitantes de la Isla son ahora unos desclasados esclavizados por el Estado. Como en la novela de Juan Carlos Onetti, en esta Tierra de nadie caribeña convertida por Arenas en un leprosorio ciudadano, las “cacotopías” podrían ser bautizadas “castrotopías” en su “descenso cotidiano al infierno de la anti-utopía”.

         El espacio citadino en Arenas podría resumirse, como lo hizo Emma Álvarez-Tabío Albo en su libro Invención de La Habana [3], dentro de los capítulos de La ciudad dislocada y La ciudad campamento, donde lo irónico y la ira ha sustituido al epos de lo heroico en lo que Cuba se refiere, mientras que el exilio, para este autor, sería comparable al decorado intercambiable, tan inmerso como amnésico en los flujos financieros más o menos infértiles y efímeros de un “país sin alma”, como Reinaldo Arenas llamó a los Estados Unidos en su autobiografía Antes que anochezca.
 



[1] Arenas, R. Leprosorio (trilogía poética). Ed. Betania, Madrid, 1990.
[2] Arenas, R. Reinaldo Arenas responde a Ángel Rama. En: Libro de Arenas. Prosa dispersa (1965-1990). DGE Equilibrista, México D.F., 2013, pp. 281-286.
[3] Álvarez-Tabío Albo, E. Invención de La Habana. Ed. Casiopea, Barcelona, 2000.

sábado, 4 de marzo de 2017

Rosa Maria Paya en Centro America por Cuba Libre

Rosa María Payá: “El sistema continuará siendo represivo mientras los cubanos no tengan el derecho a participar”

http://www.elsalvador.com/articulo/nacional/rosa-maria-paya-sistema-continuara-siendo-represivo-mientras-los-cubanos-tengan-derecho-participar-142787

La activista cubana e hija del reconocido opositor Oswaldo Payá, conversó con El Diario de Hoy sobre su lucha por una Cuba en libertad y las esperanzas que hay puestas en la sociedad civil de su país. 

Rosa Mar'a Paya.


Con tan solo 28 años, la vida de Rosa María Payá ha tenido giros inesperados que la colocan como una de las figuras más prominentes de la sociedad civil cubana crítica del gobierno. Hace cuatro años y siete meses, su padre, el conocido opositor Oswaldo Payá, falleció tras un misterioso accidente el cual, ella asegura, fue causado por agentes de la inteligencia del Estado.

Desde ese momento, Rosa María ha continuado la lucha de su padre por una Cuba en paz y donde se pueda elegir. Esta trayectoria la llevó a exponer su caso en el Foro Universitario de la Libertad (College Freedom Forum), coorganizado entre la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala y la Human Rights Foundation.

En este, Payá -quien también preside una Red Latinoamericana de Jóvenes por la Democracia - compartió escenario con otros jóvenes que han sido víctimas de persecución por su activismo y protestar el poder sin límites de sus estados. Jamila Raqqib, refugiada afgana en EE. UU.; Abdalaziz Alhamza, periodista sirio; Omar Sharif Jr., activista de derechos LGBTI; Anastasia Lin, modelo China-canadiense que expone la situación del país asiático; y Yulia Marushevska, activista anticorrupción de Ucrania expusieron sus casos.

El Diario de Hoy conversó con Payá sobre la Cuba que ella ha visto y la que aspira a construir. Esto fue lo que ella compartió:


Desde que muere Fidel Castro, ¿qué está pasando en Cuba?

Lo mismo básicamente. Las estructuras de poder están en crisis desde hace años y la desaparición física de Fidel ha venido a agravar esa crisis. Pero eso no significa que empezó un proceso de transición o de una apertura real. Sí significa que los mecanismos de represión de la seguridad del Estado están más nerviosos y más agresivos. Siendo así, este es un momento de peligro para la oposición  y para el movimiento democrático cubano. Es también un momento de mucha vulnerabilidad para el régimen y por tanto, hay una oportunidad mayor de lograr un proceso transitorio con la presión interna y con el apoyo de la comunidad internacional dirigidos en la senda correcta.


En el mundo se vende una historia de una Cuba que está cambiando, que está acercándose a Estados Unidos, que es más amigable. ¿Es esto real o es un mito?

Lo que acaba de pasar la semana anterior es bastante elocuente en sí mismo, algo tan inofensivo como es la entrega de un premio que la sociedad civil independiente cubana y la sociedad civil latinoamericana entregaban nada menos que al secretario general de la OEA, a expresidentes y a exministros y que estos fueran agredidos, groseramente tratados y declarados inadmisibles en un momento en el que supuestamente el régimen se está abriendo es bastante elocuente.
Más allá de los hechos hay que hablar de la realidad de los cubanos día con día. Esta realidad no pasa por los derechos, no pasa por un cambio real en el cual necesariamente haya participación de la ciudadanía. Los cubanos tienen que poder participar del proceso de cambio de su país, tienen que poder decidir por sí mismos el futuro de su nación, algo que no han hecho en más de seis décadas. Mientras ese factor no esté, no se puede hablar de una transición real. Cambios hay algunos, pero no de manera sustantiva. No hay grandes porciones de los cubanos que acceden a los derechos o mejoran económicamente. Hay unos pocos miles que tienen negocios en cuenta propia, pero muchos están vinculados al régimen y han mejorado su estatus, pero siempre en una posición de mucha vulnerabilidad porque tener un negocio depende del gobierno cubano, y no de pagar los impuestos sino de una sumisión al régimen.
No hay cambios reales hacia una transición democrática o en el acceso de libertades para todos los cubanos. Puede haber algunas reformas, puede haber algunas modificaciones pero no todas van hacia la democracia y hay muchas alternativas a lo que tenemos hoy. No solo el régimen castrista comunista puede existir. Puede haber por ejemplo un estado corporativo militar castrista todavía, dentro de la dinastía y seguir siendo un régimen opresor que no permite garantías fundamentales y ese es hasta ahora el plan del régimen, mas no el de la ciudadanía.


¿Este plan del régimen pasa por entender que el autoritarismo puede acabarse?

Aquí se trata de un grupo de generales dispuestos a hacer todo lo necesario para mantener todo el poder y todos los recursos. En los sesentas eso era declarar el carácter comunista de la revolución y en el siglo XXI es comenzar a hablar con el presidente Obama o hacer un concierto de los Rolling Stone en La Habana. Nada de eso significa cambio real para Cuba. El sistema continuará siendo represivo en tanto los cubanos no tengan el derecho a participar y ese no es el plan del gobierno porque saben que cuando los cubanos tengan voz, su poder absoluto está en riesgo y por eso es tan importante el apoyo de la comunidad internacional, porque estamos hablando de un régimen criminal dispuesto a perseguir, callar y hasta asesinar a quienes se pongan enfrente, como le ocurrió a mi padre hace cinco años.


Recientemente estuviste en Cuba y pediste reabrir el caso de la muerte de tu padre porque consideraste que ha sido manipulado. ¿Por qué le temería el régimen a la verdad?

Ellos temen ser expuestos en su realidad de criminales. El régimen y sus agentes de la seguridad del Estado asesinaron a mi padre y a Harold Cepero hace cuatro años y siete meses. Con lo cual, un juicio efectivo en tribunales internacionales significa una condena por un crimen de lesa humanidad por parte de los dirigentes actuales del sistema de gobierno. Eso por supuesto significa poner en riesgo su poder y el estado de las cosas. Es fundamental que algo como esto ocurra no solo porque es lo justo y porque es lo que los cubanos y cualquier ser humano merecen, el reconocimiento de la verdad y la justicia, sino también porque es urgente limitar la impunidad del régimen.


¿Ves posible que alguien del régimen llegue a enfrentar la justicia?

No creo que sea imposible pero requiere de un grado de honestidad de la comunidad internacional y de coraje que hasta ahora no hemos visto ni en las democracias del mundo ni en los organismos internacionales.


¿Por qué crees que la comunidad internacional parece tenerle miedo al régimen de Cuba?

Porque el aparato de inteligencia del gobierno cubano es desmesuradamente efectivo y lleva trabajando en el mundo entero y especialmente en América Latina más de 50 años. La influencia del régimen y el castrismo ha sido gigante, desde la creación del Foro de Sao Paulo hasta la instalación del chavismo y con el petróleo venezolano la exportación del modelo del socialismo del siglo XXI, creado e incubado en La Habana.


Hay una batalla que el castrismo ha hecho bien: generar una narrativa de reivindicación de sectores desprotegidos. ¿Hubo alguna vez ideología allí o es autoritarismo puro?

Siempre ha sido un régimen totalitario como cualquier otro. Ha sido más eficiente a la hora de vender su narrativa, como lo dijiste. Yo me pregunto, ¿y si Pinochet se hubiera declarado antiimperialista, cómo pensaría el resto de América Latina de su sangrienta dictadura? En Cuba estamos hablando de un régimen que ha acabado con la vida de tres o cuatro veces más personas que el de Pinochet. Y eso que hacer comparaciones en ese sentido es odioso. La vida de un solo ser humano vale tanto como la de muchos.  Pero en prácticas violentas están en igualdad de condiciones con otros regímenes pero no son vistos de la misma manera gracias a la narrativa que el régimen ha sido capaz de imponer. Pero eso no significa que los generales en el poder en Cuba hayan sido genuinamente identificados con una ideología. Esto se trata de mantener poder, recursos e influencia en el mundo.


¿Cómo viven estos generales?

Como millonarios capitalistas.


Por un lado hay una narrativa sobre el régimen, pero ¿qué hay de la versión de que la oposición es imperialista, proyanqui y de extrema derecha?

No tiene ni sentido planteárselo porque el escenario cubano no es político. Hace 65 años no hay elecciones libres, justas y plurales. En la ciudadanía cubana está por definirse si los cubanos son más de derechas, de izquierdas o de centro. De hecho la lucha de la oposición es de acceso a los derechos y llegar al escenario donde puedan exponerse los diferentes proyectos de gobiernos y que compitan en un terreno democrático. Eso no ha pasado en mi país hace más de seis décadas. Eso es lo que el mundo debe mirar más allá de los prismas ideológicos que el régimen quiera poner. Estamos hablando de humanos oprimidos que quieren salir de esa situación. Es injusto y casi racista con el pueblo ponerle una condición a la libertad, sea cual sea y mucho menos si es ideológica.


En el tema de sociedad civil, ¿hay esperanza en la articulación de movimientos en la actualidad?

Totalmente, y yo creo que la manera en la que el régimen ha respondido a la propuesta de Cuba Decide es elocuente. La manera en la que le hablaron al secretario Almagro de Cuba Decide y cómo han reprimido a los promotores y tratado de pervertir el movimiento es elocuente. La campaña por la creación de un plebiscito va al corazón del problema, pone a la ciudadanía al centro de la solución y le devuelve la soberanía al que la debe tener, el ciudadano. El plebiscito logra varios objetivos. El primero es el inicio de una transición porque si los cubanos pueden decidir, se rompe el totalitarismo y ya no hay un solo grupo decidiendo por todos los cubanos todo el tiempo. El segundo es darle legitimidad a quien nos gobierne y al proceso. Así se democratiza el país con el concurso de toda la ciudadanía.


¿Cómo va el proyecto de Cuba Decide y qué apoyos tiene?

Estamos inspirados porque hemos encontrado receptividad de la ciudadanía y de muchas organizaciones de sociedad civil como el Encuentro Nacional Cubano que reúne alrededor de 65 organizaciones de oposición y tiene como uno de sus acuerdos trabajar por el plebiscito. Al mismo tiempo, no es un proyecto de la oposición, sino una iniciativa ciudadana y entre los coordinadores principales hay líderes que simplemente no pertenecen a ninguna organización de oposición y solo vienen de la ciudadanía y están dispuestos a arriesgarse por una campaña que no es en contra del régimen, sino a favor de todos los cubanos.


Al darse una transición en el poder, ¿qué buscan estos movimientos para quienes gobiernan actualmente?

Hay una entidad llamada justicia transicional que debe funcionar en paralelo a una transición, con organismos dedicados exclusivamente a encontrar la justicia y la verdad para todos los cubanos. Este proceso es tan importante como la transición misma y este proceso es una parte fundamental del camino hacia la democracia en nuestro país. Yo no defino dónde terminará Raúl Castro, sino un sistema de justicia legítimo con debido proceso para todos los cubanos y eso debe empezar desde el día uno.


Cuando se reconstruye ese sistema, además de lo económico y lo político viene el tejido social. ¿Cómo volver a unir a los cubanos que el régimen volvió enemigos?

Mi papá decía que a los cubanos hay que darles terapia porque el totalitarismo daña a la persona en muchos niveles y no es tan absurdo comparar el daño en el tejido social cubano con una patología. Muchos lo llaman un daño antropológico en Cuba y es real. Por supuesto que junto a la justicia transicional vendrán esfuerzos dedicados a educar en democracia. Yo realmente creo que la mejor terapia es el ejercicio de los derechos. Nadie tiene que enseñar a los cubanos a ser libres. Ser libre se aprende precisamente siendo libre y eso puede pasar mañana en Cuba y habrá 11 millones de personas libres, luchando por sus vidas y construyendo un país maravilloso con la creatividad, el talento y el ingenio de cada cubano.

Rosa Maria Paya 1, Revolucion Cubana 0



La Habana, 28 de Febrero de 2017

Sr. Luis Leonardo Almagro Lemes
Secretario General de la Organización de Estados Americanos.

Estimado Sr. Luis Almagro,

Es con gratitud y admiración que le escribo en respuesta a su carta del pasado 22 de febrero. Hoy mi papá, Oswaldo Payá debió cumplir 65 años, celebramos su vida, porque es evidente que quienes la terminaron no pudieron dar fin a su legado. Me apenan las agresiones que el Ministerio de Relaciones Exteriores del régimen profirió contra su persona y contra todos nuestros distinguidos invitados extranjeros y nacionales.

El tono y los argumentos alzados para negarle la entrada al país y criticar su postura son aberrantes y dan cuenta del carácter totalitario del sistema imperante en la Isla. Se ha puesto en evidencia como el gobierno que hay en Cuba:

  1.  Se sorprende de que sus ciudadanos actúen libremente e intercambien de manera independiente con la comunidad internacional
  2. Practica la intolerancia al negar la visa al Secretario General de la Organización de Estados Americanos y catalogar de anticubana cualquier acción alternativa o independiente realizada por cubanos
  3. Considera “una provocación inaceptable” el ejercicio de la libertad de expresión y reunión de la sociedad civil.
  4. Pretende que solo existe o es legítimo lo que es reconocido oficialmente por el régimen, pero en 58 años no se ha sometido ni ha permitido la realización de elecciones libres, justas y plurales.
  5. Acusa a los promotores de la campaña Cuba Decide, que persigue garantizar la participación ciudadana, de “socavar el sistema electoral” vigente. Sistema que no permite la libre elección y regula la existencia de un único candidato para cada escaño en las asambleas provinciales y la nacional.

Todo lo anterior no es solo ridículo y represivo es esencialmente esquizofrénico. Como esquizofrénica es la declaración del Ministerio de Relaciones Exteriores que entre otros delirios responsabiliza a la OEA y a media decena más de respetables organizaciones, que ni tan siquiera invitamos al evento, de actuar “en connivencia” para la realización de la ceremonia. Sin embargo, no menciona a los verdaderos responsables, los jóvenes que desde 20 países en América Latina hemos decidido honrar la memoria y el legado liberador de Oswaldo Payá, apoyar el derecho a decidir del pueblo cubano y congratular la labor de usted y de Don Patricio Aylwin con el premio “Libertad y Vida”. Esperamos una respuesta de condena a las agresiones del gobierno cubano por parte de los estados miembros de la OEA y de solidaridad con los afectados dentro y fuera de la Isla. Pues esta es una de las limitadas maneras en las que la comunidad internacional puede ayudar a frenar la impunidad de los cuerpos represivos del grupo de generales en el poder en Cuba y proteger en alguna medida a los demócratas cubanos.

El Ministerio de Exteriores se atreve a proclamar un supuesto fracaso porque debimos colocar los premios sobre sus sillas vacías durante la ceremonia y ante una audiencia firme pero diezmada por la acción de la seguridad del estado. Mas, fracasado, está  un sistema que se impuso por la violencia y la mentira y se ha mantenido a través del miedo y la represión. Fracaso, es haber hundido a todo un pueblo en la miseria y la desesperación y forzarlo a simular aprobación en el proceso. Fracasó una revolución que convirtió a una sociedad imperfecta y próspera y construida por emigrantes, en una población en estampida que decrece a golpe de abortos y despedidas. Un país donde los niños quieren ser extranjeros y los jóvenes vivir en el extranjero. Donde hace tiempo agonizan los sistemas de salud y educación porque un médico no gana lo necesario para vivir y la mayoría de los nuevos instructores son formados en cursos emergentes durante unos pocos meses porque los maestros están en extinción. Donde la alegría caribeña es una mueca en el rostro de una anciana pobrísima con un habano folclórico entre los labios a cambio de las migajas en dólares de cualquier turista. Fracaso, es expulsar, encarcelar o ejecutar extrajudicialmente a los mejores de entre los hijos de esta tierra, como hicieron con mi padre hace casi 5 años. Fracaso, es no tener el coraje de darnos a los cubanos libres unos minutos en televisión nacional después de que el oficialismo lleve seis décadas hablando solo a través de absolutamente todos los medios de difusión. Fracaso, es tener miedo, hasta de mencionarnos públicamente.  

En ese eufemismo siniestro pasa sus últimos días una revolución que no tiene nada que ofrecer, pero que convirtió a sus comandantes, responsables por miles de fusilamientos arbitrarios, en ídolos de las juventudes progresistas del mundo. Por mucho tiempo el engaño parecía funcionar y un idilio hipócrita eclipsó la realidad de opresión que han vivido los cubanos, pero gestos solidarios y coherentes como el suyo acercan al mundo a la realidad cubana y renuevan la esperanza de un pueblo que lleva muchos años luchando solo. Muchas gracias.

Los promotores de Cuba Decide, como usted acota, reclamamos mecanismos de democracia directa que son esenciales para la expresión de los pueblos. No renunciaremos a usar las herramientas de la democracia para lograr los cambios radicales que nuestro país necesita de manera pacífica e institucional. Como usted conoce, Cuba Decide es una campaña por la realización de un plebiscito que permita a los cubanos comenzar un proceso de transición real del sistema de partido único comunista perpetuado arbitrariamente en la constitución actual a un sistema plural donde estén garantizados “todos los derechos para todos los cubanos”.  Esperamos contar con la OEA en nuestro justo reclamo de participación para el pueblo a través del plebiscito, no porque esperemos que tome posición en contra del régimen sino porque aspiramos a que las voces de las democracias y las instituciones democráticas del mundo se alcen responsablemente en favor del derecho a elegir del pueblo cubano.

Proponemos y tenemos concebido un proceso de transición inclusivo que siente las bases para que el “alcance de los máximos niveles de desarrollo y bienestar social” sean fruto del trabajo y la creatividad de todos los ciudadanos a partir del libre ejercicio de todos los derechos. Estamos convencidos de que Cuba puede ser el ejemplo de transición exitosa que el mundo necesita y con ello erradicar la injerencia nociva que el régimen cubano practica en el resto de la región. Los cubanos estamos deseosos de ser parte del concurso de los pueblos del mundo y de retornar al sistema interamericano.

Desde la Red Latinoamericana de Jóvenes por la Democracia renovamos nuestro compromiso de trabajo conjunto. Nos sentimos honrados con el acuerdo de cooperación establecido con la OEA.

Es para mí un inmenso honor felicitarlo, aunque sea en la distancia, por la merecida obtención del premio Oswaldo Payá, Libertad y Vida.

Reciba desde La Habana el abrazo fraterno de todos los que apreciamos su coraje, junto a las muestras de mi más alta estima y consideración.

Posdata:
Con pesar le informo que los servicios migratorios, la cancillería y la seguridad del estado del régimen, no solo negaron la entrada al país a usted, a la exministra chilena Sra. Mariana Aylwin y al Sr Felipe Calderón, ex presidente de México; también secuestraron a su llegada al aeropuerto y retornaron a su país de origen al Sr. Francisco Rojas Toledo, político y activista mexicano, a Juan Carlos Vargas, chileno miembro del directorio ejecutivo de nuestra Red Latinoamericana de Jóvenes por la Democracia, al embajador checo, Sr. Martin Palous y a su asistente Vaclav Mali; mientras capturaron en la calle y tuvieron secuestrados hasta su deportación a los cineastas colombianos Juan Camilo Cruz y María Francisca Corredor y al Dr. Tomislav Lendo director de la Fundación Desarrollo Humano Sustentable. En adición, detuvieron arbitrariamente a varios periodistas y opositores cubanos mientras impedían que otros representantes de la sociedad civil llegaran al lugar de la ceremonia. Las cifras exactas aun no las tenemos pues nos hemos visto imposibilitados de comunicarnos con muchos de ellos. Es práctica habitual de los cuerpos represivos cortar nuestras comunicaciones, hace al menos cuatro días que mi celular no tiene servicio. En cuanto nos sea posible le enviaremos un informe a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos con los nombres y los casos de todos los afectados.






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