jueves, 21 de septiembre de 2017

The New York Times contra la mujer

En el comunismo la mujer hace mejor el amor

Orlando Luis Pardo Lazo



         El pasado 12 de agosto, el periódico norteamericano The New York Times publicó un artículo titulado¿Por qué las mujeres tenían mejor sexo en el socialismo?, firmado por Kristen Ghodsee, una etnógrafa norteamericana de 47 años que es profesora del Bowdoin College de la ciudad de Brunswick, en el estado de Maine.

         El artículo, ciertamente provocador, no deja de resultar curioso a la luz de los estudios de género y de la creciente corrección feminista, que hoy ya controla cuanto se diga o piense sobre la mujer de costa a costa de los Estados Unidos, no sólo en la academia sino en todas las instituciones de este país, sean privadas o gubernamentales.

         Kristen Ghodsee empieza un poco burlándose de las supuestas penurias que trajo el comunismo soviético cuando sometió militarmente a Europa del Este, justo después de la Segunda Guerra Mundial. La profesora afirma que, desde Norteamérica, todo aquel mundo detrás del Telón de Acero ahora sólo “se imagina como restricciones de viajes, sombríos paisajes de hormigón gris, hombres y mujeres en la miseria languideciendo en largas colas para comprar en mercados vacíos, y los órganos de la Seguridad fisgoneando en la vida privada del ciudadano”.

         De hecho, la sonrisa de Ghodsee en este punto es cínicamente siniestra. Pues el cuadro que ella pinta era tristísimamente así. E incluso mucho peor, incluidos los campos de trabajos forzados, las deportaciones de por vida y el asesinato extrajudicial, siempre con las tropas de Moscú a cada momento pisoteando la soberanía de Europa Oriental. Como en la Cuba de Castro, todos los países comunistas en la órbita de Moscú ni siquiera contaban con ciudadanos, pues el concepto de sociedad civil, así como el de democracia y derechos humanos, fueron prohibidos a perpetuidad.

         Eso también deberían de verlo desde Norteamérica hoy. Y, sobre todo, eso deberían de haberlo visto a tiempo desde el periódico The New York Times, el que, por el contrario, durante el siglo XX se dedicó a justificar y a negar el holocausto bajo el totalitarismo de Stalin (un aliado de Hitler casi hasta el final), gracias a que varios de sus reporteros eran cómplices espirituales o agentes pagados por el comunismo internacional, como el famoso e infame caso del corresponsal Walter Duranty.

         La profesora Ghodsee continúa afirmando, sin ningún tapujo, que “las mujeres del bloque oriental gozaban de muchos derechos y privilegios inexistentes en las democracias liberales de entonces, incluidas la grandes inversiones estatales en educación y capacitación, la plena incorporación a la fuerza de trabajo, las generosas licencias de maternidad, así como un cuidado infantil gratis y garantizado”. Pero, según ella, aún había otra gran “ventaja que no ha recibido mucha atención”. ¿Cuál? ¡Pues que las mujeres bajo el comunismo disfrutaban de un mayor placer sexual!

         Y, como buena académica al fin y al cabo, allá va la doctora Ghodsee a citar encuestas y estudios de carácter científico comprobado. La conclusión es que, comparadas con las explotadas mujeres del capitalismo Occidental, bajo el comunismo era posible hasta duplicar el número de orgasmos. La falta de libertad era, al parecer, un bálsamo afrodisíaco.

          Y también la profesora Ghodsee cita y ella misma hace entrevistas contemporáneas a varias mujeres del campo ex-socialista mundial: la mayoría se queja que ahora, bajo el capitalismo, ya no pueden gozar lo mismo que antes. Porque en el siglo XXI, con el desarrollo y la Unión Europea, entre otros lujos innecesarios, todos y todas están muy agobiados tras tantas horas de trabajo y, al llegar a casa, sólo pueden “sentarse como zombis frente al televisor.” Esposos con esposas: un Primer Mundo asesinamente asexual.

         La cuestión, según la doctora Ghodsee, es que bajo el comunismo la calidad de vida de las mujeres contaba con todos los recursos del Estado, que veía en la “emancipación de la mujer” un paso clave hacia la construcción de la “sociedad socialista científica más avanzada”. Esta liberación ejemplar, en la mayoría de los casos, les garantizaba todos los derechos propios de su sexo, los que no serían aprobados hasta pasados muchos años en el resto del mundo democrático.

         Y lo más triste del caso, sobre todo dicho por una norteamericana que nació y va a morirse en plenitud de libertades individuales, es que, según Ghodsee, al parecer era necesario que semejante emancipación de la mujer fuese “proclamada desde arriba hacia abajo”. Es decir, por la fuerza despótica de los hombres que controlaban aquellos Estados.

         Yo casi podría apostar que Kristen Ghodsee votó en contra de Donald Trump en las elecciones presidenciales de noviembre 2016. El racismo más sucio de nuestro planeta es este apartheid de izquierdas. En efecto, lo que los norteamericanos no toleran en Norteamérica, con gusto lo aplauden al otro lado de sus fronteras. Sin ningún tipo de culpa ni dilema moral. Dentro de los Estados Unidos: elecciones, debates, periódicos, porno-selfies y playas de nudistas poli-amorosas. Pero al resto del mundo le encasquetan enseguida el castigo de una burka brutal. Para Ghodsee, no todos los seres humanos nos merecemos vivir una vida en la verdad. Algunos tenemos que conformarnos etnográficamente con jugar a ser ceros humanos.

No sé si Cuba siga siendo comunista después de los cadáveres de Fidel y Raúl Castro. Confieso que sé relativamente poco sobre cómo las mujeres cubanas hacían o deshacían el amor. Pero tampoco sé por qué tendríamos que renunciar al capitalismo y a la democracia para que, según The New York Times, las cubanas puedan disfrutar más del amor.

viernes, 15 de septiembre de 2017

Un poco al estilo de Salinger



Un poco al estilo de Salinger
Orlando Luis Pardo Lazo

Nos perdimos la belleza de una segunda guerra mundial. Nos perdimos ser reclutados en una ciudad lejana con cafés, con cervezas, y con mujeres solitarias sentadas ante la barra como si fuera un altar. Nos perdimos hablarles, la cualidad del diálogo entre desconocidos con destinos opuestos.

No sé. Hay noches en que pienso en todas esas pérdidas. Y en que sólo por eso los cubanos nunca podremos formar parte de la civilización.

No somos un pueblo occidental. Nos falta la experiencia de una vida adulta. Que es la experiencia de la belleza bárbara de una segunda guerra mundial. La experiencia de ser reclutados en una ciudad ajena donde las mujeres se sientan solas en los bares como ante un altar. Y la experiencia de poder hablarles entonces, en cualquiera de esos anocheceres foráneos, fascinados ambos por ser tan desconocidos en medio de la historia universal y, sin embargo, de pronto ya estarnos amando desde la primera cerveza o café hasta el fin de la eternidad.

Parece poesía. Tal vez un poco lo sea. Cubanos escuálidos y conmovedores, al estilo de un cuento de Salinger.

En las noches de insomnio extraño eso para mi patria. Un país de personas. Donde cada palabra cuente. Donde biografía no sea un sinónimo de mentira. Y donde a la gente se le inculque desde muy pequeños el instinto sagrado de la curiosidad. Sin miedo. Las ganas de no morirnos. Sin miedo. Y el asombro atroz de llevar cada uno al universo entero debajo del cráneo. Sin miedo.

Los cubanos carecemos de una cubanía salinger que nos salve. Nuestra raza nunca fue del todo alfabetizada. Leímos mucho y leímos mal. No alcanzó el silencio para todos y el bullicio nos convirtió muy pronto en pobres personajes anti-literarios. Parodias pésimas. Exhibicionistas a la intemperie de la ideología más idiota del siglo, sin siquiera el menor resquicio de un espacio interior.

Por más que bebamos y nos emborrachemos, a los cubanos nos va a costar muchísimo trabajo aprender el arte cívico de la privacidad, de los cuerpos contenidos en público, de los parlamentos dichos no para seducir sino para durar.

No sé. Hay noches en que me acuesto en mi cama de exilio y no consigo dormir, pensando en cosas mitad escuálidas y mitad conmovedoras como éstas. Catástrofes pasadas de moda que ya nadie extraña, pero que yo extraño. Resonancias de una Revolución que se fue de revoluciones desde el inicio, arrebatándonos por igual mujeres y guerras, barras y bares, cafés y cervezas, conversaciones y soledades.

Las carencias de los cubanos no se curan con cosas. La nuestra es una carestía crónica, constitucional. Y hasta que no aprendamos a vernos como habitantes políticos de este planeta, la política entre cubanos seguirá dándonos pánico. Y pena propia.

La noche nos convoca de nuevo esta noche. Estamos vivos y desvelados. Todavía hay más tiempo que vida. Y más vida que Revolución.

Cubansummatum est.


viernes, 8 de septiembre de 2017

CACHITOS DE CACHITA

Orlando Luis Pardo Lazo




Últimas fotos de la Virgen de la Caridad cubana con Fidel Castro vivo: tal vez las tomé yo, en La Habana. Poco antes de irme, minutos antes de no regresar. Porque yo en Cuba era eso: un testigo de la tragedia, un espía para nuestros arqueólogos de un futuro en libertad, un cronista en imágenes de la fase terminal de una Revolución interminable.



Fue un 8 de Septiembre, como hoy. En el cumpleaños sagrado de nuestra Cachita cubana del corazón que nunca se cansa, que nunca claudica, que nunca nos deja completamente desconsolados.



Yo hacía clic con mi cámara Canon como un demente. Captaba para la historia a las multitudes coaguladas alrededor del Cuchillo de Zanja, en el Barrio de Chino de Centro Habana. Y luego la acompañé, como miles y miles de desamparados, a nuestra Virgencita de la Caridad en su pobre procesión anual permitida. Un viaje vigilado alrededor de unas pocas cuadras, por Galiano y por Reina, antes de regresarla de nuevo a la prisión política de su altar.



Incluso para mí, forzado a sobrevivir sin fe por décadas de educación comunista, los 8 de Septiembre la Virgen mambisa cubana siempre se me hace un ser entrañable. Mi madre, nuestra madre. Cuando menos, la magnificencia maravillosa de una maestra o una madrastra. La única que nos conoce en secreto desde que éramos niños buenos y verdaderos. La única que reconoce en silencio que todavía no hemos dejado de serlo: niños buenos y verdaderos dentro de un aula, dentro de una jaula.



Caridad del Cobre: siempre noble y siempre nueva, siempre amable y siempre amor. Una mujer cubana con la capacidad intacta de perdonarnos. Perdónanos, Cachita querida. Perdónalos, por favor, porque los cubanos saben muy bien lo que hacen. Lo que hemos hecho en contra de nuestros hermanos y hermanas.



Tanto en Santiago de Cuba como en Miami, la virgencita de nuestras vidas nos ha visto morir en masa lejos de la patria. Porque vivir en cubano implica contar con una biografía apátrida, sea en la Isla de los secuestrados o en el exilio de los sentenciados. Y porque la muerte, además, es la peor manera de alejarnos.



Viernes. 8. Septiembre. 2017. Todavía quedamos algunos millones de cubanas y cubanos con esperanza. Todavía confiamos a medias en un futuro acaso sin mucha fe, pero por fin ya sin ningún Fidel. Un Fidel que nunca más volverá y que no tuvo ni la decencia de despedirse (o tal vez murió tardíamente arrepintiéndose en un ataque de pánico).



Este fin de semana se acerca un huracán demoledor: la ira de Irma. Nuestra historia nacional reciente también lo ha sido: un huracán de horror. Recemos, pues, cada cual como mejor podamos, a nuestra virgencita magnánima y para algunos imaginaria. Pidamos ser cada cual lo que cada cual es. Pidamos el fin de la era de las máscaras (y de las masacres). Porque, mientras uno solo de los cubanos esté aún excluido de nuestra compasión, nunca seremos compatriotas ni mucho menos ciudadanos, sino soldados del odio opuestos en trincheras totalitarias, sea en una República democrática o en una Revolución dictatorial.



Recemos por los cubanos que vendrán. Por los que nunca conocerán en vivo el significado ni el sonido de las palabras fidel y castro. Pidamos por los que no llegaron hasta aquí, por aquellos a quienes se los tragó el olvido pensando que todo estaba perdido a perpetuidad.



Es Viernes. Es 8. Es Septiembre. Es 2017. Apretemos entre todos los cubanos buenos y verdaderos ese hilito frágil de la esperanza, esa hebra que emana del vientre de una hembra que fue la madre virgen del niño Dios. Por ese cordón cordial podemos hallar la salida del laberinto: así sea una salida imaginaria, pero que sea siempre magnánima (un vocablo que acaso tenga la misma raíz que esa otra palabra del alma: madre).



Los días de una cobardía cruel llamada castrismo ya están acabados. Que comiencen por fin, Cachita querida del corazón, los días cubanos de la compasión: ese tiempo sin trampas que ha de ser el que requiera de verdad de todo nuestro coraje. No tengamos miedo de la libertad. Sólo en libertad nos es posible resucitar. 

Amén, Cuba. 


jueves, 7 de septiembre de 2017

EL CORAZON CUBANO ENTRE CICLONES


Del ciclón y otros olvidos inolvidables

Orlando Luis Pardo Lazo



Para Javier Serrano,

meteorólogo desde Lawton

hasta América TeVe.




Lo recuerdo muy bien. De niño, los ciclones en Cuba eran un alivio contra el clima del resto del año. Además de la alegría inconmensurable que traían desde días antes, cuando podíamos reunirnos y perder el tiempo todos en casa: familiares, amigos, vecinos y hasta los desconocidos de paso por el barrio.



No había internet. Los satélites sólo se acordaban de Cuba para espiarla, como el peón que éramos en el ajedrez atroz de la Guerra Fría entre Estados Unidos y la URSS (¿se acuerdan de aquellas siglas que por entonces iban a ser eternas, la URSS?).



Tampoco había luz (es decir, electricidad). Y eso significaba que por fin estábamos libres de la propaganda oficial, que por fin la Revolución y su retórica quedaban allá lejos, allá afuera: en ninguna parte. Por lo menos hasta que viniera y se fuera el ojo pacífico del guerrerista huracán.



Y eso significaba, también, que nos pasábamos las 24 y las 48 y las 72 horas despiertos, gozando la ventolera, respirando el aroma de la lluvia horizontal, viendo las alcantarillas desbordarse con la mierda comunitaria a la que todos aportábamos, amarrando las matas de mango y de aguacate como si de un dominó al aire libre se tratara (mientras jugábamos dominó de verdad, por supuesto, y parchís, y damas, y cartas, y veo-veo-qué-ves, y cualquier otro invento que se pusiera de moda). Comiendo a deshoras. Corriendo a deshoras. En un tiempo de tornado trastornado pero muy tierno, donde podíamos abrazarnos sin pena a cualquiera de nuestros padres (porque en los años 70s y 80s aún no había muerto el primero de nuestros padres), y donde reíamos despreocupadamente de la tragedia que se nos venía encima, porque, claro, la vida era tan nueva que, de hecho, aún no se había muerto ni nunca se nos iba a morir nadie.



Nuestra inocencia nos hacía casi ángeles. Niños completos, seres humanos completos. Vivíamos en la dictadura más completa del planeta y, sin embargo, no nos faltaba nada. Éramos los que éramos. En la miseria, pero no en la mentira. La felicidad tiene ese don: nos hace reales, verdaderos, presentes, buenos. En ese sentido, crecer ha sido el peor crimen que pudiéramos haber cometido contra nosotros mismos.



Los ciclones le dieron a nuestra infancia un color increíble salido del corazón. Y por eso en el corazón está todavía ese tinte, ahora que todo luce más adulto y adusto. Y mucho más adulterado.



Cuando la Defensa Civil irrumpía en el barrio con sus tanquetas y anfibios, la fiesta se hacía ya un carnaval. Había que escaparse de la casa. Había que saltar sobre aquellos vehículos de verde olivo, que para nosotros no significaba el color vil del odio, sino todo lo contrario: era como si fuéramos indios de miniatura, contentos de ser descubiertos y salvados por los militares (muchos de los cuales eran nuestros propios tíos y padres).



Cuando el ciclón se alejaba de Cuba sin decirnos ni adiós, era una decepción trágica, desconsolada. Una traición a nuestra esperanza de aventuras e historias para contar en la escuela después que todo pasara. Era como si el ciclón nos estuviera rechazando, sin nosotros haberle hecho nada. O, peor, como si nos dejara plantados a la puerta de un espectáculo que no sabíamos si alguna vez volvería con tanta furia como lo imaginábamos.



Ah, pero cuando un huracán nos golpeaba y bien golpeados, entonces era maravilloso ver cómo mi casa de tablas centenarias se pendulaba bajo las ráfagas, como un barquito de velas en un oceáno de horror y novelas leídas o películas memorizadas, mientras mi abuela prendía velas e inciensos y lanzaba sus oraciones con una expresión espantada. Mi pobre abuela Braulia, por parte de madre, que ya no tiene velas, ni inciensos. Ni cara.



Los días siguientes eran los de la recuperación (¿recuerdan esa palabra, recuperación?). Poco a poco volvía la luz, electrificando los parches de una Habana remozada en sus ruinas, recién bañada y sin peste a guerra, silenciosa y sensual. Una Habana vana donde había que por fuerza enamorarse (yo desde los 8 o 9 años ya me enamoraba de por vida varias veces a la semana), y donde todos y cada uno de sus habitantes habíamos sobrevivido a Frederick, a Allen, y a quién sabe a cuántos amigos de aire arremolinado y lluvia que nos golpeaba en las mejillas, acaso como imitación de una nieve imaginada. Que caía no del cielo, sino del futuro.



Hoy es Irma. El futuro se nos fue para casa del carajo. La Revolución Cubana es cadáver. Fidel Castro está por primera vez muerto, y no correrá al Instituto de Meteorología a guiar, con sus dedos déspotas y demenciales, al huracán de turno que le disputaba el gobierno de nuestro país (mejor dicho: su país), entre los pronósticos del siempre medio apenado Licenciado Rubiera (¿recuerdan esa palabra, Rubiera?)



Hoy es Irma y da la impresión de que en Cuba no queda nadie, de que el huracán en su venganza recorrerá un páramo desierto, desertado. Hoy es Irma y sus bajas presiones y altas velocidades arrasarán la casa de nadie. Porque la tristeza de los cubanos a estas alturas ya no es medible en ninguna cantidad de hectopascales.

miércoles, 6 de septiembre de 2017

QUE TU ERES UNA LOLITA








SE TE VE EN LA CARITA…
Orlando Luis Pardo Lazo
 
Olvídate del alemán Heinz von Lichberg y su cuento pre-pornográfico Lolita de 1916. Olvídate de si el ruso Vladimir Nabokov lo plagió o no lo plagió en su novela post-pornográfica Lolita de 1955. Olvídate de las Lolitas de colores, porque el origen de todas las Lolitas literarias está en Cuba: la Lolita mitad puta y mitad pacata escrita por Juan Alcalde y publicada en Puerto Príncipe en 1902.

Es la “graciosa”, “picarilla” al punto de “loquilla”, “simpática”, “muy requetebuena y cariñosa”, “joya más preciada”, “enamorada niña” y “bellísima hija” adolescentaria de un hacendado rico en la Isla. Es la “niñita ángel”, una “distinguida señorita” y “mimada criatura”  de “hechicero rostro” (huerfanita de madre, para mayor candor y como caracterización canónica de cualquier Lolita que se respete).

¿Qué más podría pedir nuestra tradición nacional que esta Lolita primorosa y primordial con todas las de la ley: flirteando por cortesía con su correspondiente señor Don Pomposo de cuarenta y tantos (que en este caso es el “taciturno banquero” solterón Don Jerónimo, que la persigue con sus “codiciosas miradas”), y a la par muy ávida ella de que su amorío decimonónico (con chaperona negra incluida) culmine en santísima boda con el jovencito Carlos, de más o menos su edad.

El triángulo de las tentaciones. La pastoral patria en su punto de caramelo virginal, con citas clandestinas al amanecer en un “bohío de la sabana”, que culmina con la partida a destiempo (¡poco después del Pacto de Zanjón!) de Carlos hacia la manigua redentora. Carlos, “el madrugador mancebo” bajo el tronco de una ceiba alzada “majestuosamente”. Carlos, perseguido no por los soldados iberos, sino por tres hileras de puntos suspensivos tras el apretón con que “los dos amantes, tan conmovido el uno como el otro, se estrecharon fuertemente entre sus brazos”.

En fin, es la inversión de clase, raza y género de la consabida Cecilia Valdés. Y es lo que Lezama Lima y sus límites origenistas nunca alcanzaría a leer. Simplemente, Lolita. Ah, más el cameo de unas décimas con pie forzado del camagüeyano Francisco Agüero y Agüero (1832-1886, un poeta perdido cuya memoria no alcanza ni para una entrada en la Wikipedia):

                   En fin, mujer adorada,
                   Si escuchas mi humilde ruego,
                   Del corazón que te entrego
                   No tienes que temer nada.
                   A ti será consagrada
                   Mi constante y tierna fe;
                   Mil sacrificios haré
                   Tan sólo por merecerte,
                   Que no en vano al conocerte
                   A tus palabras me postré.

(Alguien tendrá que explicar algún día si acaso no fue el octosílabo cubano, ese sonsonete de seguidillas que logró llegar hasta el programa Palmas y Cañas ya en plena TV Revolucionaria, lo que retardó tanto la abolición de la esclavitud en Cuba, así como nuestra Independencia de España a fines del XIX.)

Todo esto mientras Don Jerónimo, apostado en sus aposentos, cae en trance delator de celos por su Lolita (que es también ahora nuestra Lolita, nuestro espejismo de impaciencia), y gimotea para sí mismo con la “faz lívida” (tal como hablan todo el tiempo a solas los personajes de la literatura cubana, desde los poetas románticos hasta Mario Conde): “¿Por qué no puede librarme de Carlos una bala enemiga?”

Y, como si de una techne de best-seller se tratara, Carlos no tarda en caer con el cuerpo “materialmente acribillado”, aunque por un milagro de amor sobrevive sólo para que Lolita lo cure, junto a un sargentico herido de la infantería enemiga. Y no digo española porque por entonces todos lo eran, españoles de pura zeta: desde el profeta Varela hasta el apóstol Martí, el primero reencarnado en el segundo a inicios de 1853 (como Dalai-Lamas de nuestro evangelio literario local).

En definitiva, los 35 capitulillos de nuestro folletín lolitesco, concluyen con Jerónimo chantajeando económicamente al padre de Lolita a cambio de su mano (la de Lolita, no la del padre), cuando el solterón de Sagua la Grande confiesa que “necesito los consuelos de Lolita”, pues “su sola presencia es mi único lenitivo”.

Y esta es una verdad universal que cada literatura nacional por fuerza necesita: su propia Lolita. Todo por Lolita. Cañoneando a Lolita. Y Lolita se desmaya al escuchar esta conversación desde la “habitación contigua” al despacho de su pobre padre. Un padre de oro. Un padre ya entrado en edad. Uno de esos padres prototípicos de La Edad de Oro.

No es necesario contar el final. Todos sabemos que un golpe del destino hará desistir al súbito Jerónimo Jerónimo de sus perversos planes (reapareció su ex-esposa asesinada en falso por él), justo cuando ya casi Lolita se estaba haciendo la ilusión de sacrificar himen e hijos por su tan probo papá.

Por lo demás, la boda de Lolita y Carlos ocurre puntualmente en el capítulo final, con “vivas a Lolita y al Ángel de la Caridad”, bajo la misma ceiba donde la guerra necesaria poco antes los separó. Pero de lo ocurrido esa noche entre el mambí convaleciente y su recién “gentil desposada”, el tal autor Juan Alcalde no nos dejó dicho nada.

Ni falta que nos hace tampoco. Mejor así.

Porque nuestra Lolita de la Colonia será todavía Lolita incluso después de la Revolución Cubana, cuando ya a los epígonos Heinz von Lichberg y Vladimir Nabokov no los lea casi nadie, con sus dos Lolitas tan mundanas que ambas prefirieron morirse dentro de sus respectivas páginas.

Así, la de los extranjeros resulta inmoral. Pero la cubana, al contrario, es una Lolita inmortal.