miércoles, 18 de octubre de 2017

Cubanos sin Cuba

Cubanos sin Cuba
Orlando Luis Pardo Lazo


Como todo exilio que se respete, los Estados Unidos son el país de la mentira y la muerte. Es aquí donde los cubanos hemos creído llegar, con ínfulas más o menos idiotas de libertad. Y es aquí, también, donde los cubanos vamos cayendo cadáveres, como moscas mediocres que nunca se emanciparon.


Estados Unidos se nos hizo demasiado tarde para los cubanos. Miramos y miramos en derredor, esperando acaso un milagro, por puro supersticiosos que somos desde que literalmente vagábamos por la Isla, pero el milagro a estas alturas ha devenido una mierda descomunal. Lo que nos queda es la inercia y una innata idea de lo que hubiéramos podido ser de habernos dado cuenta a tiempo de que ya lo éramos.


Acostúmbrate.


Los cubanos somos menos que inmigrantes aquí. Todos los latinoamericanos nos odian, con sus sonrisitas arteras y sus acentos sacados de la telenovela de turno. Los cubanos somos nordacas, animales con voluntad de triunfar en el Norte y despojarnos de toda nuestra tara del sur. Pero ya no tenemos lugar aquí. Ni en los cementerios. Sólo cenizas quedarán de todo. Sombras nada más. Entre tu vida y la mía, vidas vaciadas hasta de biografía. Porque tú y yo bien sabemos que Estados Unidos va de cabeza y de culo al socialismo de los solventes. Y esa tendencia al totalitarismo de izquierda no la puede revertir ni siquiera una guerra nuclear.


Entonces por fin seremos parias en el planeta completo. Por fin podremos entender, los que no seamos tan brutos como nuestros vecinos, que no hay retorno posible a Cuba. Porque Cuba fue el inicio de estos Estados Unidos mentirosos, mórbidos y, sobre todo, mediocres. Mentecatos. Porque con la carencia crónica de Cuba nunca se nos quedó ninguna patria regada allá atrás, en el basurero entrañable de la memoria y la esquina más descojonada de nuestro corazón.


Estamos solos. Creo que por suerte. La guerra comienza ahora.


Mi amor, no confíes en ningún norteamericano. Y no confíes en ningún inmigrante a este país. Esto es entre tú y yo. Te lo digo a tu oído, como amantes. Necesitamos un sionismo cubano. Fundar una plantación, no con todos ni mucho menos para el bien de todos, sino discriminatoriamente sólo para los cubanos buenos. Una finca de luz. Un ghetto de gloria. Se llama sentido común. Lo otro fue demagogia decimonónica de ese monstruo de frialdad llamado José Martí (así le llamaban las mujeres en sus cartas desconsoladas: “monstruo de frialdad”).


Mi amor, necesitamos una derecha decente. Necesitamos un apartheid en contra de la izquierda totalitaria que ha carcomido a Latinoamérica y que ahora corroe cómplice a los Estados Unidos.


Toma mi mano. Te quiero hoy. ¿Sabes qué? Nunca te he dejado de pensar. No por altruismo, sino porque me gustas. Porque, además, me encanta que yo te encante. Porque estoy enamorado de ti y tú de mí. Qué privilegio, en medio de esta mierda de nación plural donde lo primero que está penado es precisamente el amor. Tengo la impresión que los Estados Unidos es una burbuja donde, quien no es un perverso, es porque padece anorgasmia. Decadencia, sí. Degeneración, cómo no. No le tengamos miedo al lenguaje. Nadie te hablado nunca como te estoy hablando ahora yo.


Mi amor, no compartas estas palabras. Es un panfleto del alma y ha sido escrito única y exclusivamente para ti. Te amo. Nunca está de más repetirlo. Yo te amo, incluso cuando ya no te acuerdes de mí. Te toco. Te tengo. Cada una de mis fibras vibra y rebota en ti. Esta comunión tiene que ser obra de alguien más grande que tú y yo.


Súbete a un techo, por favor. Ahora. Termina de leerme lejos de la grosería federal.


Mira, tati, cómo la noche avanza y arrasa sobre nuestras cabezas de exilio. Mira la velocidad alucinante de los astros. Dan vueltas como reguiletes. Los aviones pasan silentes, casi a la mano, dejando un rastro de humo que se parece tanto a nosotros, los cubanos sin Cuba, pero con cubanos.


Los carros zumban en las autopistas. Los norteamericanos se matan de tan energúmenos que son entre sí. Ni siquiera eso. Se matan energúmenamente entre otros, porque ya ni un solo habitante de los Estados Unidos es norteamericano como tal. No están aquí. Se fueron a hacer la revolución de los pobres a nivel mundial. Cedieron su espacio vital para los desposeídos, que ya vienen a repoblar la infertilidad natural de una intelectualidad siniestra. Renunciaron con pena pacata a su propia narrativa. Son todos ahora una minoría nativa. No les dediques ni un minuto más. Sé tú. Sé fundamental y fundamentalistamente cubano.


Respira. Hay una cosa allá arriba llamada dios, con minúscula. Es nuestra existencia exclusiva. Somos, aunque no lo creamos todavía, casi contemporáneos. Estamos ahora y aquí. Esa presencia mutua se llama Poder, con mayúscula. Por eso te quería dar las gracias ahora por estar ahora y aquí. Ya sé que no has hecho nada para estarlo, pero igual no quería que se nos acabara nuestro tiempo común en La Tierra sin agradecértelo. Te lo repito, mi amor. Te quiero a ti.


Baja ya si quieres de esa azotea. Es un martes del mundo. Todo es rabiosamente maravilloso. El fuego aún vive entre nosotros, dentro de nosotros. Somos un pueblo elegido. No usé la palabra sionismo por gusto. Los cubanos somos el Israel de las Américas. Siempre lo supimos. Y siempre nos dejamos distraer por la brutalidad vecinal. Nadie en este hemisferio brilla más que la lumbre que hemos descubierto en los ojos de una mujer o un hombre cubanos a quienes tú y yo adoramos, siglos atrás. Trata de recordar ese fulgor, ese rayo, ese renacer. Trata de ser tú de nuevo, por favor.


Me callo ahora por un ratico. Es triste vivir para siempre sin un paisaje. Eso sí que lo perdimos cuando perdimos a Cuba desde ahora hasta la eternidad. Nos arrebataron la paz que da asomarse a un paisaje propio, reconocible.


En Estados Unidos y en el resto de Europa (porque Estados Unidos es Europa, nunca lo dudes) los cubanos reímos y lloramos como turistas. Tampoco estamos aquí. Casi que ya nos hemos confundido con la inmundicia íntima del ser norteamericano. Andamos en andrajos por nuestra pérdida permanente del paisaje. Y así es imposible ni elegirnos a nosotros mismos.


Lo primero sería, pues, ocupar un espacio. Un observatorio estelar, desde donde clavar nuestros huesos en el magma de la tierra y no sentir que hemos visto y vivido en vano. Y saber que estamos trayendo a otros cubanos mejores que nosotros para extender este ramalazo de luz. Y sentir que engendramos por puro amor, que somos alguienes capaces de crear y creer en los alguienes que vendrán, algo que ningún Estado concreto ni ninguna Fe abstracta podría jamás hacer por nosotros.  


Te beso. Te abrazo. No es falta de cariño. Te quiero con el alma. Pero tampoco te digo adiós.

Tuyo,


Lord Landy.

Betsy DeVos y el abuso estalinista del Title IX en USA


Thank you Dean Henry Butler for the kind introduction and for the opportunity to be here. Thank you President Angel Cabrera for your leadership of George Mason University. 


And to the students and faculty with us today, thank you for making time to be here during this busy day of classes. It is a great honor for me to be here today to address a very important topic. 


Earlier this year marked the 45th anniversary of Title IX, the landmark legislation passed by Congress that seeks to ensure: “No person in the United States shall, on the basis of sex, be excluded from participation in, be denied the benefits of, or be subjected to discrimination under any education program or activity receiving Federal financial assistance.” 


The amendment to the Higher Education Act was initially proposed by Democrat Senator Birch Bayh, signed into law by Republican President Richard Nixon, and was later renamed for Congresswoman Patsy Mink, herself a victim of both sex-based and race-based discrimination as a third-generation Japanese-American. 


Mink’s law has served an important role in shaping our Nation’s educational environment. Title IX has helped to make clear that educational institutions have a responsibility to protect every student’s right to learn in a safe environment and to prevent unjust deprivations of that right. It is a responsibility I take seriously, and it is a responsibility that the Department of Education’s Office for Civil Rights takes seriously. 


We will continue to enforce it and vigorously address all instances where people fall short. Sadly, too many fall short when it comes to their responsibility under Title IX to protect students from sexual misconduct, acts of which are perpetrated on campuses across our nation. 


The individual impacts of sexual misconduct are lasting, profound, and lamentable. And the emotions around this topic run high for good reason. We need look no further than just outside these walls to see evidence of this. 


Yet I hope every person—even those who feel they disagree— will lend an ear to what I outline today. 


I’m glad we live in a country where an open debate of ideas is welcomed and encouraged. Debate, of course, comes with responsibilities. Violence is never the answer when viewpoints diverge. 


I appreciate that you have the opportunity to attend a university that promotes a higher level of discourse. So let me be clear at the outset: acts of sexual misconduct are reprehensible, disgusting, and unacceptable. They are acts of cowardice and personal weakness, often thinly disguised as strength and power. 


Such acts are atrocious, and I wish this subject didn’t need to be discussed at all. Every person on every campus across our nation should conduct themselves with self-respect and respect for others. 


But the current reality is a different story. 


Since becoming Secretary, I’ve heard from many students whose lives were impacted by sexual misconduct: students who came to campus to gain knowledge, and who instead lost something sacred. 


We know this much to be true: one rape is one too many. One assault is one too many. One aggressive act of harassment is one too many. One person denied due process is one too many. This conversation may be uncomfortable, but we must have it. It is our moral obligation to get this right. 


Campus sexual misconduct must continue to be confronted head-on. Never again will these acts only be whispered about in closed-off counseling rooms or swept under the rug. Not one more survivor will be silenced. We will not abandon anyone. We will amplify the voices of survivors who too often feel voiceless. 


While I listened to the stories of many survivors and their families over these past several months, I couldn’t help but think of my own family. I thought about my two daughters. And I thought about my two sons. Every mother dreads getting that phone call: a despondent child calling with unthinkable news. I cannot imagine receiving that call. 


Too many mothers and fathers are left on the other end of the line completely helpless. I have looked parents in their tear-filled eyes as they recounted their own stories, and each time their pain was palpable. 


I’m haunted by the story one brave young woman told me. She was targeted and victimized by her college boyfriend — someone she thought cared about her. He looked on as his roommate attempted to rape her. She escaped her harrowing encounter, but too many do not. For too many, an incident like this means something even worse. 


There is no way to avoid the devastating reality of campus sexual misconduct: lives have been lost. Lives of victims. And lives of the accused. Some of you hearing my voice know someone who took his or her own life because they thought their future was lost; because they saw no way out; because they lost hope. 


One mother told me her son has attempted to take his life multiple times. Each time she opens the door to his bedroom, she doesn’t know whether she will find him alive or dead. No mother, no parent, no student should be living that reality. We are here today for those families. 


We need to remember that we’re not just talking about faceless “cases.” We are talking about people’s lives. 


Everything we do must recognize this before anything else. And we’re here today because the previous administration helped elevate this issue in American public life. They listened to survivors, who have brought this issue out from the backrooms of student life offices and into the light of day. 


I am grateful to those who endeavored to end sexual misconduct on campuses. But good intentions alone are not enough. Justice demands humility, wisdom and prudence. It requires a serious pursuit of truth. 


And so, this is why I recently hosted a summit to better understand all perspectives: survivors, falsely accused students and educational institutions, both K-12 and higher ed. 


I wanted to learn from as many as I could because a conversation that excludes some becomes a conversation for none. We are having this conversation with and for all students. 


Here is what I’ve learned: the truth is that the system established by the prior administration has failed too many students. Survivors, victims of a lack of due process, and campus administrators have all told me that the current approach does a disservice to everyone involved. 


That’s why we must do better, because the current approach isn’t working. 


Washington has burdened schools with increasingly elaborate and confusing guidelines that even lawyers find difficult to understand and navigate. Where does that leave institutions, which are forced to be judge and jury? Where does that leave parents? Where does that leave students? 


This failed system has generated hundreds upon hundreds of cases in the Department’s Office for Civil Rights, mostly filed by students who reported sexual misconduct and believe their schools let them down. It has also generated dozens upon dozens of lawsuits filed in courts across the land by students punished for sexual misconduct who also believe their schools let them down. 


The current failed system left one student to fend for herself at a university disciplinary hearing. She told her university that another student sexually assaulted her in her dorm room. In turn, her university told her she would have to prosecute the case herself. Without any legal training whatsoever, she had to prepare an opening statement, fix exhibits and find witnesses. “I don’t think it’s the rape that makes the person a victim,” the student told a reporter. 


She said it is the failure of the system that turns a survivor into a victim. This is the current reality. 


You may have recently read about a disturbing case in California. It’s the story of an athlete, his girlfriend and the failed system. The couple was described as “playfully roughhousing,” but a witness thought otherwise and the incident was reported to the university’s Title IX coordinator. The young woman repeatedly assured campus officials she had not been abused nor had any misconduct occurred. But because of the failed system, university administrators told her they knew better. They dismissed the young man, her boyfriend, from the football team and expelled him from school. 


“When I told the truth,” the young woman said, “I was stereotyped and was told I must be a ‘battered’ woman, and that made me feel demeaned and absurdly profiled.” This is the current reality. 


Another student at a different school saw her rapist go free. He was found responsible by the school, but in doing so, the failed system denied him due process. He sued the school, and after several appeals in civil court, he walked free. This is the current reality. 


A student on another campus is under a Title IX investigation for a wrong answer on a quiz. The question asked the name of the class Lab instructor. The student didn’t know the instructor’s name, so he made one up — Sarah Jackson — which unbeknownst to him turned out to be the name of a model. He was given a zero and told that his answer was “inappropriate” because it allegedly objectified the female instructor. He was informed that his answer “meets the Title IX definition of sexual harassment.” His university opened an investigation without any complainants. This is the current reality. 


I also think of a student I met who honorably served our country in the Navy and wanted to continue his education after his service. But he didn’t know the first thing about higher education. He Googled “how to apply to college” and applied to one nearby, an HBCU. He was accepted and became the first in his family to attend college. The student told me that as graduation approached, his grandmother beamed with pride. She had already purchased a flight and picked out her Sunday best for the occasion. 


But three weeks before graduation, he saw his future dashed. This young man was suspended via a campus-wide email which declared him a “threat to the campus community.” When he tried to learn the reason for his suspension, he was barred from campus. He was not afforded counsel by the college and couldn’t afford counsel himself. 


Eventually, he found a lawyer who submitted a Freedom of Information Act request pro bono — but would do no more. Only through the FOIA was he able to discover he had been accused of sexual harassment, but he was still denied notice of the specific allegations, and he remained suspended. This young man was denied due process. 


Despondent and without options or hope, after five years of sobriety, he relapsed and attempted to take his own life. He felt he had let down everyone who mattered to him — including, most of all, his grandmother who was so much looking forward to seeing the first member of her family don a cap and gown. “Whatever your accusers say you are,” he told me, “is what people believe you are.” That is the current reality. 


Here is what it looks like: a student says he or she was sexually assaulted by another student on campus. If he or she isn’t urged to keep quiet or discouraged from reporting it to local law enforcement, the case goes to a school administrator who will act as the judge and jury. The accused may or may not be told of the allegations before a decision is rendered. If there is a hearing, both the survivor and the accused may or may not be allowed legal representation. 


Whatever evidence is presented may or may not be shown to all parties. Whatever witnesses—if allowed to be called— may or may not be cross-examined. And Washington dictated that schools must use the lowest standard of proof. And now this campus official—who may or may not have any legal training in adjudicating sexual misconduct— is expected to render a judgement. A judgement that changes the direction of both students’ lives. 


The right to appeal may or may not be available to either party. And no one is permitted to talk about what went on behind closed doors. It’s no wonder so many call these proceedings “kangaroo courts.” Washington’s push to require schools to establish these quasi-legal structures to address sexual misconduct comes up short for far too many students. 


The current system hasn’t won widespread support, nor has it inspired confidence in its so-called judgments. The results of the current approach? Everyone loses. 


Some suggest that this current system, while imperfect, at least protects survivors and thus must remain untouched. But the reality is it doesn’t even do that. Survivors aren’t well-served when they are re-traumatized with appeal after appeal because the failed system failed the accused. And no student should be forced to sue their way to due process. 


A system is not fair when the only students who can navigate it are those whose families can afford to buy good lawyers—or any lawyer at all. No school or university should deprive any student of his or her ability to pursue their education because the school fears shaming by—or loss of funding from—Washington. 


For too long, rather than engage the public on controversial issues, the Department’s Office for Civil Rights has issued letters from the desks of un-elected and un-accountable political appointees. In doing so, these appointees failed to comply with basic legal requirements that ensure our so-called “fourth branch of government” does not run amok. 


Unfortunately, school administrators tell me it has run amok. The Office for Civil Rights has “terrified” schools, one said. Another said that no school feels comfortable calling the Department for simple advice, for fear of putting themselves on the radar and inviting an investigation. 


One university leader was rightly appalled when he was asked by an Office for Civil Rights official: “Why do you care about the rights of the accused?” Instead of working with schools on behalf of students, the prior administration weaponized the Office for Civil Rights to work against schools and against students. 


One administrator summed this up clearly when he told me his staff should be “forward looking advocates for how to stop sexual misconduct.” Instead, he said, “they’ve been forced to be backward looking data collectors” to meet the Department’s demands. Faculty from the University of Pennsylvania’s law school also voiced grave concerns about the current approach. They wrote, and I quote, “it exerts improper pressure upon universities to adopt procedures that do not afford fundamental fairness.” 


Too often, they wrote, “outrage at heinous crimes becomes a justification for shortcuts” in processes. Ultimately, they concluded, “there is nothing inconsistent with a policy that both strongly condemns and punishes sexual misconduct and ensures a fair adjudicatory process.” These professors are right. The failed system imposed policy by political letter, without even the most basic safeguards to test new ideas with those who know this issue all too well. 


Rather than inviting everyone to the table, the Department insisted it knew better than those who walk side-by-side with students every day. That will no longer be the case. 


The era of “rule by letter” is over. 


Through intimidation and coercion, the failed system has clearly pushed schools to overreach. With the heavy hand of Washington tipping the balance of her scale, the sad reality is that Lady Justice is not blind on campuses today. This unraveling of justice is shameful, it is wholly un-American, and it is anathema to the system of self-governance to which our Founders pledged their lives over 240 years ago. 


There must be a better way forward. Every survivor of sexual misconduct must be taken seriously. Every student accused of sexual misconduct must know that guilt is not predetermined. These are non-negotiable principles. 


Any failure to address sexual misconduct on campus fails all students. Any school that refuses to take seriously a student who reports sexual misconduct is one that discriminates. And any school that uses a system biased toward finding a student responsible for sexual misconduct also commits discrimination. A better way begins with a re-framing. 


This conversation has too often been framed as a contest between men and women or the rights of sexual misconduct survivors and the due process rights of accused students. The reality is, however, a different picture. 


There are men and women, boys and girls, who are survivors, and there are men and women, boys and girls who are wrongfully accused. I’ve met them personally. I’ve heard their stories. And the rights of one person can never be paramount to the rights of another. 


A better way means that due process is not an abstract legal principle only discussed in lecture halls. Due process is the foundation of any system of justice that seeks a fair outcome. Due process either protects everyone, or it protects no one. 


The notion that a school must diminish due process rights to better serve the “victim” only creates more victims. A better way also means we shouldn’t demand anyone become something they are not. 


Students, families, and school administrators are generally not lawyers and they’re not judges. We shouldn’t force them to be so for justice to be served. A better way is also being more precise in the definition of sexual misconduct. 


Schools have been compelled by Washington to enforce ambiguous and incredibly broad definitions of assault and harassment. Too many cases involve students and faculty who have faced investigation and punishment simply for speaking their minds or teaching their classes. Any perceived offense can become a full-blown Title IX investigation. 


But if everything is harassment, then nothing is. 


Punishing speech protected by the First Amendment trivializes actual harassment. It teaches students the wrong lesson about the importance of free speech in our democracy. Harassment codes which trample speech rights derail the primary mission of a school to pursue truth. A better way is ultimately about recognizing that schools exist—first and foremost—to educate. Their core obligation under Title IX is to ensure all students can pursue their education free of discrimination. 


Schools tend to do a good job, as they should, of making appropriate accommodations that don’t infringe on the rights of others. While a Title IX complaint is pending, schools usually make academic accommodations such as adjusting schedules, changing dorm assignments, and postponing papers or exams. But there is a fundamental difference between making these sorts of accommodations for accusers—and schools which seek to punish the accused before a fair decision has been rendered. 


There is a competency gap here. Washington has insisted that schools step into roles that go beyond the mission of these institutions. This doesn’t mean schools don’t have a role. They do. But we should also draw on medical professionals, counselors, clergy, and law enforcement for their expertise. And so, a better way includes pursuing alternatives that assist schools in achieving justice for all students. 


In order to ensure that America’s schools employ clear, equitable, just, and fair procedures that inspire trust and confidence, we will launch a transparent notice-and-comment process to incorporate the insights of all parties in developing a better way. 


We will seek public feedback and combine institutional knowledge, professional expertise, and the experiences of students to replace the current approach with a workable, effective, and fair system. 


To implement sustainable solutions, institutions must be mindful of the rights of every student. No one benefits from a system that does not have the public’s trust—not survivors, not accused students, not institutions and not the public. 


Other groups have already made progress on these difficult issues. The American Bar Association established a task force comprised of lawyers and advocates from diverse backgrounds and varying perspectives. They found consensus and offered substantive ideas on how we can do better. 


Schools should find their recommendations useful. The American College of Trial Lawyers also gathered experts from across the country to produce reasonable responses to the current failed system. An open letter from Harvard’s law school faculty provides important perspectives and insights that will be helpful as we pursue a better way. 


Another promising idea comes from two former prosecutors, Gina Smith and Leslie Gomez. Both of them have spent their careers specializing in sexual misconduct cases. They propose a “Regional Center” model; and it is being explored by a number of states today. The model sets up a voluntary, opt-in Center where professionally-trained experts handle Title IX investigations and adjudications. 


It looks something like this: in partnership among states and their Attorneys General, participating schools refer to the Center any Title IX incident which rises to a criminal level. The Center cooperates with local law enforcement and has access to resources to collect and preserve forensic evidence, facilitate—but never require—criminal prosecutions, and apply fair investigative techniques to gather and evaluate all relevant evidence to determine whether sexual misconduct occurred. 


This insures that students are not charged by school-based tribunals on the basis of hearsay or incomplete evidence. This model allows educators to focus on what they do best: educate. These are only a few examples that allow for a more effective and equitable enforcement of Title IX. Our interest is in exploring all alternatives that would help schools meet their Title IX obligations and protect all students. 


We welcome input and look forward to hearing more ideas. Schools have an opportunity to help shape and improve the system for all their students. But they also have a responsibility to do better by their students. This is not about letting institutions off the hook. They still have important work to do. 


A survivor told me that she is tired of feeling like the burden of ensuring her school addresses Title IX falls on her shoulders. She is right. The burden is not hers, nor is it any student’s burden. We need to act as if any of these students were one of our own loved ones. 


One young woman made this clear to me when she told me her story of the failed system. Both as a falsely accused student, and as a survivor. She had recently gone through a bad break-up with her boyfriend. Another female student, one of her close friends, sought to console her—except in all the wrong ways. The friend showed up and made an unwanted sexual advance. Upset about being rejected by the heartbroken student, the young woman who was supposed to be there as a friend, instead turned a lighthearted gesture into a full-scale Title IX incident. 

Shockingly, the school punished the student who only needed a friend after a break-up. This student then revealed to me that she had been sexually assaulted earlier in life. “I’ve been on both sides of this issue,” she told me, “and on neither side did they get it right.” 


We can and must get it right for her, and for all students. We must continue to condemn the scourge of sexual misconduct on our campuses. We can do a better job of making sure the handling of complaints is fair and accurate.  


We can do a better job of preventing misconduct through education rather than reacting after lives have already been ruined. We can do a better job of helping institutions get it right. And we can do a better job for each other. The truth is: we must do better for each other and with each other. 

May God bless all of you, and may He continue to bless our great Nation.


viernes, 13 de octubre de 2017

Viejuca, dame de comer.


Mi novia de la vejez en WashU
Orlando Luis Pardo Lazo


Yo pensaba que esto sólo pasaba en Cuba. Pero no. Pasa también en los Estados Unidos. Y mucho. Donde quiera que haya recepciones con comida gratuita, allá va un número de personas a hacer acto de presencia. Es decir, a comer como desquiciados. Las más de las veces, a comer y a llevarse otra cuota de comida para sus casas. Si es que tienen casas.


En Washington University in Saint Louis, Missouri, hay varias personas así. Todas muy mayores de edad. Pero no se pierden una conferencia. Podrían tener ya como cinco o seis PhD en varias disciplinas, de tantos temas que ellos y ellas han escuchado cada día, siempre a la caza del consabido platico con ensalada y alguna carne fría, siempre con una jabita de nylon lista para contrabandear las sobras de la élite intelectual.


No me van a creer, pero aquí ya todo es igualito que en Cuba, cuando las recepciones de la UNEAC y el ICAIC, por ejemplo, se repletaban no sólo con poetastros y cineastas hambrientos, sino también con ancianos salidos como de ninguna parte, usando con orgullo de clase sus raídos trajes elegantes y sus ostensivas dentaduras de plástico.


A Washington University in Saint Louis siempre viene a comer una señora vestida de negro. Usa sombrero negro también, calado sobre su pelo de plata casi hasta la altura de su mirada. Esos ojos de un hálito azul dulzón y un poco como de bruja buena. Preciosa debió de ser. Cuando preciosa lo es hoy todavía.


Jamás le he hablado a esta señora enigmática. Pero en ocasiones coincidimos los dos en los ómnibus del transporte público. Ignoro si ella paga o no paga. Sólo sé que no interactúa con nadie. No mira a los lados. La vista clavada en el infinito. La tristeza escondida con arrogancia. Así fue que me enamoré de una mujer muy mayor. Y una vez hasta me atreví a tomarle una foto. Pero ahora no me atrevo a publicarla. (Discúlpenme, pero me están cazando la pelea, y por cualquier bobería podrían acusarme de cualquier imbecilidad.)


Lo cierto es que pienso en ella como en mi novia de la vejez. Yo también estoy envejeciendo a pasos agigantados en este páramo perverso que es el mid-west norteamericano, en el corazón del corazón de la América.


Lo cierto es que yo también voy a comer gratis en las recepciones y charlas de la blancada profesional, a la par que intento terminar mi PhD en Literatura Comparada, aunque la izquierda académica crea que yo no tengo lugar aquí, por ser un escritor reaccionario que defiende al capitalismo y a la democracia. Igualito que en Cuba, las universidades de Estados Unidos parecen ser ya únicamente para los revolucionarios.


Pienso en ella como en la “viejuca” en blanco y negro de Pulgarcita, ¿recuerdan? Aquella señora era sin duda mi personaje preferido de una infancia real-socialista a ras de la TVC.


Hay días en que me doy cuenta que la señora de negro va de luto porque ya está muerta, y quien viene a comer a WashU es apenas el recuerdo de su fantasma. Otros días entiendo entonces que en realidad esta señora es una inmortal. Y, de hecho, me está esperando con su atuendo funerario en mi propia vejez de exilio, para, en efecto, casarse conmigo y ser mi novia postrera, justo un día antes de morirnos ambos en alguna lectura de mala narrativa en inglés o acaso durante un panel sobre la formidable falta de libertad de expresión en los campus universitarios de USA, empezando por Washington University in Saint Louis, donde cualquier debate de aula puede terminar en una denuncia de jaula.


Pienso en esta mujer anciana como en una metáfora de la libertad. Viene a la universidad exclusivamente a lo suyo. Come y se va. No se regodea en las mil y una charlas a las que asiste. No se contamina de socialismo, ni siquiera de solidaridad. Es un individuo. Justo lo que no tenemos en Cuba. Y justo lo que se está extinguiendo hoy en los Estados Unidos, por el pánico que todos sienten de ser ellos mismos.


Amo a mi bruja de azabache y azahar. Amo a la bruja que come gratis en mi universidad. Sueño con estar tan viejo como ella para poder casarnos y hacerle mansamente el amor, antes de dejarnos morir con una sonrisa asocial en nuestros labios cuarteados por el tiempo y la soledad.


No sé su nombre. Nunca se lo he preguntado. Mejor así. Conservo apenas una foto tomada como si yo fuera un ladrón, para no olvidarla. Amar es eso. No conocer el nombre anónimo de la rosa. O conocerlo, pero no tener ninguna necesidad en la vida de pronunciarlo en voz alta. Amar es saber callar entre dos.


martes, 10 de octubre de 2017

El hereje Padura versus un Rembrandt balsero


Leonardo Padura: un Rembrandt balsero
Orlando Luis Pardo Lazo



La novela Herejes[1] del cubano Leonardo Padura paradójicamente no resulta ser una novela heterodoxa. Como estilo e historia, Herejes es formalmente fácil de leer, a pesar de las más de 500 páginas y los vericuetos de su lenguaje: esa prosa mitad preciosista y mitad provinciana, mitad erudita y mitad estéril, que ha sido elogiada hasta la exageración[2] así como ridiculizada sin misericordia[3] por la crítica literaria internacional, siempre tan subjetiva y personalista, a veces hasta el punto de caer en el despotismo.

Dentro de Cuba, donde Padura reside permanentemente a pesar de ser desde 2011 un ciudadano español[4] (doble estatus migratorio que la Constitución cubana no reconoce[5]), resulta un poco más difícil tanto el elogio como la estigmatización de Herejes. En primer lugar, porque, siendo Padura en potencia un best-seller nacional, sus libros circulan pésimamente en la Isla, como con desgano comercial por parte de las editoriales del Estado (las únicas legales en el país), sin reeditarse tanto como lo exigiría la demanda de sus lectores[6], constituyendo todo lo anterior precisamente uno de los dos nuevos estilos de la censura oficial en Cuba: boicotear sin armar escándalo la circulación de las obras.

El otro estilo de la censura neocastrista sería nada menos que pactar e imponerle la “estrella amarilla”[7] de un Premio Nacional de Literatura[8] al escritor en cuestión que el Ministerio de Cultura ―en cuyo interior coexiste el Ministerio del Interior― desea captar y/o cooptar. Es una especie de neutralización por naturalización. Además de ser la mejor manera del poder para decirle cínicamente al intelectual cubano de hoy: ya no necesitamos tu sumisión incondicional; ahora nos basta con tu disciplina dentro de un canon cultural construido más o menos nacionalistamente, porque fuera de Cuba un escritor cubano sería sólo un soberano Don Nadie.

En el caso de Padura, esta “captura mágica”[9] ocurrió apenas cinco años atrás, a finales del 2012, cuando ya su novelística era un fenómeno formidable en trance de múltiple traducción, con vocación sino global al menos sí globalizable. En Cuba, país libre de analfabetismo desde 1961 según la estadística gubernamental, al parecer hasta los déspotas se han leído a Guattari y Deleuze9: esquizocomunismo a la carta, mil mascaradas, izquierda imaginaria como significante vacío para seducir a la academia primermundista, rizomatización de una Revolución no por reumática menos represiva. Cubansummatum est!

Herejes, pues, como nos tiene acostumbrado su prolífico autor (Padura mismo reconoce que acaso él sea el escritor cubano que más trabaja[10]), nos propone en paralelo la resonancia de varios planos narrativos en diferentes espacios y tiempos. La Habana, a saltos desde 1939 hasta 1959, y desde 1959 hasta el 2009. Miami, como continuidad y antípoda de la capital cubana, entre 1958 y 1989. Y las tan remotas del sol caribeño Cracovia en 1648 y Ámsterdam (Nueva Jerusalén) entre 1643 y 1947.

La novela1 marca una especie de resurrección policiaca de Mario Conde, ahora algo envejecido de espíritu a sus cincuenta y tantos años, retirado un par de décadas atrás de sus detectivismos como agente de la Policía Nacional Revolucionaria y, todavía, como el propio Padura hoy, sin haber compartido esa “experiencia traumática de tener un hijo” (341), pues lo más que ha logrado el Conde es tener con su pareja Tamara un hijastro veinteañero que vive fuera del país (439).

Al respecto, es como si Conde y Padura fueran convergiendo en un solo ente ficticio pero a la vez fáctico, según acumulan peripecias y páginas, siempre con más derrotas que esperanzas. Uno y otro medio amalgamados y medio amargados. Otro y uno como un dúo de filósofos de barrio cuyos nombres, Leonardo y Mario, tienden amorosamente a la apócope de Leomario[11], en una homorrelación a ratos ingenua y a ratos incestuosa, donde cada quien pare y es parido por su par, pero donde cada uno de estos dos hombres fuera de época resultan patéticamente entrañables en medio del desierto y la desolación, amulatándose entre sí en un solo personaje criollo de tintes tragicómicos o casi.

Y cada cual cuestionándose en Herejes1 si “¿será verdad que soy un alcohólico?” (476) o por qué de pronto “¿ahora todo le da ganas de llorar?” (477). En escenas escuetas con mucho squalor, por supuesto, como Esmé se lo pide a Salinger en cuento[12] traducido en Cuba que marcó a la generación de Leomario, con una cita literaria reiterativa hasta lo apabullante, que ha teñido con su escualidez conmovedora a esta simbiosis de zombis en medio del socialismo insular, un sistema insulso al punto de lo insultante.

Escribir resulta entones una válvula de escape para ambos: si para Conde semejante imposibilidad es una tortura, para el imparable Padura ha sido una epifanía de mercadotecnia. Escribir es en Herejes1 la ilusión de contar las cosas a contracorriente, pero siempre desde la Isla: instinto de inventarse una biografía a falta de vida, mientras “apenas les quedaba el recurso de resistir como sobrevivientes” de una “generación escondida”, en medio de un “cansancio sideral”, con la “sensación de incertidumbre constante” y “derrota irreversible” (24), además de las consabidas “memorias empecinadas” y, por supuesto, una jauría domesticada de “perros callejeros” por doquier. (26)

 Escribir, también, como una quimera de papel y lápiz, porque Cuba sigue habitando estadísticamente en una Era Analógica, pre-digital y post-dictatorial, donde, aunque la ideología de Estado devino hipocresía de izquierda y el Comandante en Jefe devino cenizas de cadáver en noviembre de 2016, todavía la élite corporativa-militar sigue acaparando las computadoras y dispensando la internet como si de buchitos de café se tratara: siendo esta tal vez la última batalla de la gerontocracia para enlentecer al futuro, para enlutar su llegada un día después.

Escribir en Padura es también ese fantasma de la fertilidad y ese tabú para los que tengan o no tengan talento. Como en ese habanero sueño de 2007 en Herejes1 que es llegar a “escribir alguna vez una novela donde contara una historia, por supuesto que también escuálida y conmovedora, como las que había escrito aquel hijo de puta de Salinger que en cualquier momento se moría, de seguro sin volver a publicar ni un miserable cuentecito”. (27)

Solo que, ya antes de Herejes publicarse en 2013, Leonardo Padura sabía que, en efecto, Jerome David Salinger le había hecho la hijodeputada de morirse sin volver a escribir ni un maravilloso cuentecito. Como tal vez, más temprano que tarde, un día del siglo XXI de la Cuba sin Castros el crimen de Padura tendrá que ser entonces en contra de su propio alter-ego (técnicamente, un Mariocondecidio), cuyo cuerpo acaso sea hallado muerto por su perro holgazán Basura II, a mitad del más lánguido y conmovedor de sus párrafos: ¿los de Padura?, ¿los del Conde?, a esas alturas de la saga, ¿para qué distinguir?

Pero, a fuerza de tanto intentarlo, insisto en que Herejes pudiera leerse, a contrapelo de sí misma, como una novela sin herejías. Las ventajas de su lectura popular son también sus propios límites inconfesados, su intríngulis íntimo: ese permanente y paralizante no poder pasarse de cierto punto. O, como pedía Salman Rushdie[13], atreverse a cruzar la raya de lo radicalmente prohibido. En este caso, la ternura con que en Cuba nos castra el tabú del totalitarismo, gracias a su maquillaje de indigencia igualitaria.

Los personajes de Herejes se creen herejes, sí. Y el autor de Herejes a su vez cree que los crea herejes, es cierto. No está nada mal para comenzar, en medio de la ñoñería edípica de las mil y una generaciones de los llamados novelistas cubanos de la Revolución. Pero todavía la sombra castradora de un San Garta[14] cubiche recorre toda La Habana desde una mansión masónica de Mantilla, donde el Génesis de Mario Conde viene verificándose desde pronto hará ya tres décadas. Y todavía un lector libre siente el peso de la política como ausencia atroz, mientras más y más reclamen Padura y Conde (en sus entrevistas[15] y en su dramaturgia, respectivamente), que por favor no politicemos su obra.

Es decir, las herejías de Herejes han sido desplazadas con prestidigitación autoral. Están en otra geografía muy ajena a la cubana (Europa vista desde Cuba es un planeta extrasolar). O tocan la geografía cubana, pero quedan demasiado lejanas en el tiempo (la República vista desde la Revolución es paleohistoria). O están por fin en nuestro tiempo y espacio actual, pero interiorizadas, con esa mala costumbre sobreactuada del cine cubano que es poner a los personajes a hablar a solas, a monologar con nadie a través del espejo, para así denotar sus conflictos, complejos y, con suerte, su complejidad (narcisismo naive).

Mario Conde también lo hace en Herejes, por supuesto. Policía de raza y perdedor empedernido, consciente al punto del encabronamiento de ser “un comemierda con dos doctorados” (96), Conde bien sabe que hablar con el otro en Cuba te puede poner a podrirte en una cárcel, sin necesidad de pruebas o testigos o cargos. El totalitarismo en esencia es eso: una carencia total de tecnicismos, una eficacia in extremis.

De hecho, el totalitarismo sería una especie de siniestra simplificación de la vida social, a pesar de las eternas quejas de los intelectuales cubanos en contra de la proliferación burocrática. Quejas que Padura en parte comparte en sus columnas publicadas en internet (y, por lo tanto, ilegibles en Cuba), como si de un costumbrismo a la carta se tratara[16]. Y quejas que a su vez se incuban dentro de su obra, con cada uno de sus personajes con la vida y/o la carrera profesional más o menos “bloqueada por una capa de burócratas, arribistas y oportunistas” (al decir del trotskista inglés Alan Woods[17]), pero quejas que no llegan a cuestionarse el statu-quo, el establishment, ni mucho menos… ¡el sistema! (con todas sus letras en cubano).

Tales límites tentativos no niegan que cada uno de los tópicos de Herejes sea en sí mismo brutal, desde el asesinato de una joven muchacha, asidua de los emos habaneros y a medio camino de una suerte de post-existencialismo tropical, hasta la tragedia del buque Saint Luis, anclado en la bahía de La Habana en 1939 durante toda una semana de aquella primavera oprobiosa, y forzado finalmente a regresar a Europa con más de 900 judíos, los que terminarían en su mayoría consumidos por el horror del holocausto, sin que las autoridades corruptas de Cuba, ni tampoco las muy democráticas de Estados Unidos y Canadá, hicieran nada para darles refugio humanitario a esos seres humanos inocentes al borde de la II Guerra Mundial (sólo 22 refugiados recibieron autorización para desembarcar en La Habana[18]).

Es de destacar la sensación de sumisión que supura dolorosamente de la trama de Herejes en su relación con el pueblo judío y su diáspora. De hecho, las tres grandes religiones monoteístas comparten este principio de entrega humana total a Dios como la vía de actuar en libertad. Trátese del hágase-tu-voluntad católico, trátese de la sumisión que entraña la propia palabra islam, o trátese del sometimiento predicado por la ortodoxia judía, esa “aceptación de la sumisión como estrategia de sobrevivencia” (79) contra la cual los judíos de Padura se rebelan en un plano individual, pero en la cual como pueblo parecen condenados inexorablemente a caer a lo largo y ancho de la Historia, en una suerte de diferendo recurrente entre deseo y destino, entre fidelidad y fatalidad, entre la emancipación y la entrega.

Por otra parte, aunque la crítica especializada y académica aún no parece detectar ningún casus belli al respecto, ciertos estados de opinión de vez en cuando tornan a colimar cuantitativamente a Padura en la esquina roja de la misoginia, considerando que la representación de los géneros en Herejes, que en definitiva es la representación de los géneros en toda su novelística, no hace justicia a la causa global por la plena emancipación de la mujer (léase, de la mujer occidental)[19].

John O’Brien, por poner un ejemplo de este tipo de aproximación a la literatura, se interesó de manera absolutamente binaria en las “mal-representaciones de la mujer” en la novelística del checo Milan Kundera[20]. En una búsqueda de sexismos y misoginias, detectivesco al punto casi de lo Mariocondesco, O’Brien confina sus categorías a cinco pares de estereotipos femeninos en los libros de Kundera: Madonna versus Prostituta, Belleza versus Fealdad, Amistad Masculina versus Antagonismo Femenino, Fuerza versus Debilidad, y Libre Albedrío versus Destino.

Kundera, por su parte, ha respondido a semejante reduccionismo extraliterario, tal como lo reconoce el propio O’Brien20, con una boutade en contra los críticos devenidos exégetas: “¡Ahórrame tu estalinismo!” Defendiendo así a capa y espada su noción de que la ficción, y muy en específico el arte de la novela, son traicionados en su esencia cuando se someten a criterios y agendas externos a la tradición estética literaria. Por eso en su capítulo de Conclusiones el propio O’Brien20 se pregunta si su libro de ensayos no provocará que Kundera le replique con otra boutade no menos radical: “¡Ahórrame tu feminismo!”

En este sentido, nunca es tarde para reactualizar los principios fundamentales de la Literatura Comparada en tanto disciplina de rigor estrictamente académico. En su ensayo fundacional ¿Tenemos que disculparnos?[21], ya en 1995 Peter Brooks dejaba muy en claro que “el estudio de la literatura es una experiencia fundamentalmente distinta de cualquier otra” y, como tal, “no puede ser reducida a los estudios culturales porque es fundamentalmente otra, resistiéndose a una contextualización plena en otros discursos, y demandando formas diferentes de atención, incluso de conocimiento”. El peligro de no reconocerlo así en la actualidad, según Brooks21, sería “arriesgarse a remplazar el estudio de la literatura” como tal por una especie de “historia social amateur, sociología amateur, e ideología amateur”.

Más recientemente, Rita Felski[22] también ha alertado sobre estas estériles tensiones dentro del ambiente académico, donde los “críticos se hayan a sí mismos zigzagueando entre las dicotomías de texto versus contexto, palabra versus mundo, e internalismo versus externalismo para explicar las obras de arte”. Felski, aunque reconoce que “la historia no es una caja”, deja también muy en claro su filiación de lectora “post-crítica”, una perspectiva desde la cual “las maneras estándares de pensar el contexto histórico son incapaces de explicar cómo las obras de arte se mueven en el tiempo”, por lo que incluso “los textos literarios pueden ser provechosamente considerados como actores no-humanos”, sin necesidad de “oponer el pensamiento a la emoción, ni divorciar el rigor intelectual de los vínculos afectivos”.

Por lo demás, Felski[23] concluye que semejantes modelos de una “hermenéutica de la sospecha” en principio traicionan la lógica de cualquier obra de arte, debido a su antagonismo apriorístico entre lo “hegemónico” y lo “marginal”, cayendo así en una “negatividad” hacia la crítica artística que, “en años recientes, a menudo ha estado atada a estereotipos del feminismo aguafiestas, las minorías amargadas, y otros avatares resentidos de la ‘corrección política’”.

En cualquier caso, la novelística de Padura diríase que constituye más un síntoma ciego del contexto cubano, y no tanto un ejemplo específico a denunciar o corregir. A menos que estemos dispuestos a correr el riesgo de caer en un tipo de orientalismo donde el objeto bajo análisis es violentado por el analista, siempre desde una posición de ventaja teórica ajena al universo narrativo en sí y a su contexto cultural nativo.

De más está añadir que lo mismo sería aplicable al respecto de otros temas y tendencias de moda en el know-how latinoamericanista norteamericano, como sería el caso de la raza, las minorías, las religiones, las identidades, las migraciones, y un etcétera étnico y ético antes que estético. De quedar atrapado de antemano entre todos esos vectores superpuestos, Padura nunca se hubiera podido permitir escribir ni la primera línea de la sabrosa saga de su protagonista Mario Conde. Todo esto mientras el gobierno cubano, por ejemplo, de una manera inverosímilmente invisible para esos mismos estados de opinión, sigue siendo abrumadoramente masculino, homofóbico, anti-inmigrante y de raza blanca, a la vuelta de casi 60 años de poder inconsulto.

Herejes, por último, tampoco depende de la elucidación de uno o dos crímenes para su efectividad empática o antipática. Diríase que Conde nunca resuelve nada, sino que son los enigmas los que lo resuelven a él en cada episodio de odio a los que se enfrenta nuestro antihéroe dentro del socialismo a la cubana. Contrario al género policial en puridad, revelar el nombre el asesino no regala las claves de la trama. Y esto es un indicio bastante incisivo de que Padura, a pesar de que se le intente condenar por sus altos índices de venta internacional, sí se empeña en escribir novelas tanto de tesis (no por taimadas menos intolerables para el Estado cubano) como de tesitura (en la medida en que su prosa post-periodística se lo permita en cada una de sus mariocondadas).

De manera que no se infringe ninguna plusvalía en términos de copyright si uno anuncia, para terminar, que en esta novela una joven cubana se lleva en balsa a Miami nada menos que un lienzo original de Rembrandt. Padura no le da demasiada importancia a este trance, pero por algún misterioso motivo yo no paro de pensar en este pasaje de Herejes donde cristaliza una de las claves contemporáneas de la cubanía perfecta.

Un Rembrandt balsero (un óleo casi sagrado tal vez protegido del mar dentro de una chusma jabita de nylon): lo más excelso junto con lo más barriotero, la grandeza acomodada o dándose codazos en la misma mochila de la grosería, un país parejero entre la imprecación y el paraíso, un pueblo de personajillos a la intemperie de lo impredecible que han hecho de la hipocresía una virtud para progresar, y, donde, para no alejarnos tanto del tema, hasta la herejía es hoy una mera mueca entre la patria y sus paripés. En fin, la herejía ya no como libertad, tal como la reivindica por escrito el doble ciudadano Padura[24], sino como un histrionismo único del Padura narrador.











[1] Padura, Leonardo. Herejes. Barcelona: Tusquets, 2013.

[2] Galindo, Juan Carlos. “Herejes: Padura, o la mezcla perfecta de novela histórica, social y policíaca”. El País. 21 Ago 2013. https://elpais.com/cultura/2013/08/21/elemental/1377075793_137707.html
“A través de los personajes, la obra analiza más y mejor que otras anteriores de la serie la situación de Cuba y la pérdida progresiva de toda esperanza”.

[3] Macari, Enrique. “Historia, literatura y banalidad”. Letras Libres. 13 Ene 2014. http://www.letraslibres.com/mexico/libros/historia-literatura-y-banalidad
“La prosa de Herejes es floja, vaga, llena de adjetivos genéricos e innecesarios; la novela abunda además en ingenio fácil, chistes malos, reflexiones trilladas y momentos terriblemente cursis”.

[4] “Conceden nacionalidad española a Leonardo Padura”. El Economista. 28 Ene 2011. http://eleconomista.com.mx/entretenimiento/2011/01/28/conceden-nacionalidad-espanola-leonardo-padura

[5] “Capítulo II (Ciudadanía), Artículo 32”. Constitución de la República de Cuba. Gaceta Oficial de la República de Cuba. Ministerio de Justicia. 31 Ene 2003. http://www.cubadebate.cu/wp-content/uploads/2009/06/go_x_03_2003.pdf

[6] “A la Feria con Padura pero…” IPS, Inter Press Service en Cuba. Feb 2017. http://www.ipscuba.net/espacios/la-esquina-de-padura/miradas-cubanas/a-la-feria-con-padura-pero

[7] La insignia o estrella amarilla ha sido históricamente un emblema de segregación contra el pueblo judío. Ver (en inglés) “Jewish Identification: Jewish Badge”. Jewish Virtual Library. http://www.jewishvirtuallibrary.org/jewish-badge

[8] “Leonardo Padura Premio Nacional de Literatura 2012”. CubaDebate. 18 Dic 2012. http://www.cubadebate.cu/noticias/2012/12/18/leonardo-padura-premio-nacional-de-literatura-2012/#.WcVJaciGOUk

[9] Deleuze, Gilles and Guattari, Felix. “1227: Treatise on Nomadology—The War Machine”. A Thousand Plateaus. Capitalism and Schizophrenia. Translation and Foreword by Brian Massumi. University of Minnesota Press: Minneapolis and London, 1987. 352. http://projectlamar.com/media/A-Thousand-Plateaus.pdf
“Either the State has at its disposal a violence that is not channeled through war—either it uses police officers and jailers in place of warriors, has no arms and no need of them, operates by immediate, magical capture, seizes’ and binds,’ preventing all combat.”

[10] Padura, Leonardo. “No soy el escritor cubano de más talento de mi generación, pero soy el que mas trabaja”. Casa América. Madrid, España. 3 Jun 2014. http://www.casamerica.es/?q=literatura/no-soy-el-escritor-de-mas-talento-de-mi-generacion-pero-soy-el-que-mas-trabaja

[11] “Leomario” es un neologismo del autor de esta reseña. Pero el propio Padura ha reconocido que “Mario Conde es mi contemporáneo, como lo es de miles de cubanos, estén donde estén”, y ha escrito sobre esta convergencia biográfica de ambos en primera persona gramatical del plural, contribuyendo así a la cubanesca confusión de categorías narratológicas. Ver al respecto: Padura, Leonardo. “Mi contemporáneo Mario Conde”. IPS, Inter Press Service en Cuba. 18 Abr 2011. http://www.ipscuba.net/espacios/la-esquina-de-padura/el-mundo-de-mario-conde/mi-contemporaneo-mario-conde

[12] Salinger, Jerome David. “For Esmé-With Love and Squalor”. Malden, MA: Burning Man Books, 2001. https://www.mercerislandschools.org/cms/lib3/WA01001855/Centricity/Domain/1259/for%20esme%20salinger.pdf

[13] Rushdie, Salman. Pásate de la raya. Artículos, 1992-2002. Debolsillo. España, 2011.

[14] Kundera, Milan. “La sombra castradora de San Garta”. Letras Libres. 30 Nov 1991. http://www.letraslibres.com/vuelta/la-sombra-castradora-san-garta (Vuelta 180, 1991: 27-31) Kundera se refiere a Garta, personaje de una de las novelas “tristemente convencionales” de Max Brod (El reino encantado del amor), que se supone sea un retrato de su amigo Franz Kafka. Según Kundera, Brod castra a Kafka, dando inicio a su kafkificación, presentándolo como un sufriente cuya Literatura, censurada de todo humor y goce por las exégesis de Brod, se reduciría entonces ser apenas una alegoría sobre lo Real, así como “una clave para comprender su biografía”.

[15] Martín Rodrigo, Inés. “Leonardo Padura: no soy político, pero tengo responsabilidad ciudadana”. ABC. 11 Jun 2015. http://www.abc.es/cultura/libros/20150611/abci-leonardo-padura-princesa-asturias-201506101754.html

[16] Dos ejemplos: Padura, Leonardo. “La agonía de la libreta”. IPS, Inter Press Service en Cuba. 5 Ago 2011. http://www.ipscuba.net/espacios/la-esquina-de-padura/miradas-cubanas/la-agonia-de-la-libreta Padura, Leonardo. “El valor del agua”. IPS, Inter Press Service en Cuba. 17 Dic 2013. http://www.ipscuba.net/espacios/la-esquina-de-padura/miradas-cubanas/el-valor-del-agua

[17] Woods, Alan. “Leonardo Padura: El hombre que amaba a los perros”. In Defence of Marxism. 16 Ene 2014. http://www.marxist.com/leonardo-padura-the-man-who-loved-dogs-es.htm

[18] Bejarano, Margalit. “La historia del buque San Louis: la perspectiva cubana”. División de América Latina y Portugal. Instituto Avraham Harman de Judaísmo Contemporáneo. Universidad Hebrea de Jerusalem. 1999.

[19] Padura ha reflexionado sobre la discriminación de la mujer en algunas de sus columnas en internet. Por ejemplo: “Es el poder patriarcal y toda la filosofía discriminatoria que lo acompaña, el elemento cultural capaz de permitir que, a nivel social y familiar, la violencia de género no solo esté presente con alarmante frecuencia, sino, incluso, que sea admitida como manifestación de un estado de cosas normal por los hombres que la practican… y por muchas mujeres que la sufren”. Padura, Leonardo. “La violencia contra la mujer: ¿un mal endémico?” IPS, Inter Press Service en Cuba. 19 Nov 2012. http://www.ipscuba.net/espacios/la-esquina-de-padura/miradas-cubanas/la-violencia-contra-la-mujer-un-mal-endemico

[20] O’Brien John. “(Mis)representing Women”. Milan Kundera and Feminism. Dangerous Intersections. Nueva York: St. Martin’s Press: 1995. 1-61.

[21] Brooks, Peter. “Must We Apologize?” Comparative Literature in the Age of Multiculturalism. Editado por Charles Bernheimer. Baltimore y Londres: The Johns Hopkins University Press, 1995. 97-106.

[22] Felski, Rita. “Context Stinks!” The Limits of Critique. Chicago and London: The University of Chicago Press, 2015. 151-185.

[23] Felski, Rita. “Crrritique”. The Limits of Critique. Chicago and London: The University of Chicago Press, 2015. 117-150.

[24] Padura, Leonardo. “La libertad y la herejía”. IPS, Inter Press Service en Cuba. 2 Jun 2014. http://www.ipscuba.net/espacios/la-esquina-de-padura/el-mundo-de-mario-conde/la-libertad-y-la-herejia