martes, 24 de octubre de 2017

Isauro, la 1, y el supremacismo blanco

CAPÍTULO 11. 
Isauro, la 1, y el supremacismo blanco


        La ruta 1 era del paradero de Párraga. Iba hasta el muelle de Luz, creo. Y atravesaba Lawton de una manera muy rara. Cerca de la loma del Burro, bastante lejos de mi casa.

        Recuerdo cuando las 1 eran Leylands. Las ventanas tenían barrotes y había un cordelito con una campana. Igual que ahora lo tienen aquí.

        La ruta 1 en los Estados Unidos va desde Clayton hasta la estación de Central West End, haciendo un lazo en la Washington University de Saint Louis.

        Es una 1 que pasa justo por el frente de mi casa, en Waterman Boulevard. Años atrás, en Providence, Rhode Island, también viví un tiempo en otra Waterman Street.

        A falta de mar, Waterman.

        De noche, esta 1 la maneja un blanco traslúcido. Un hombre de otra época. De completo uniforme, tan azul como las venas que se asoman bajo su piel. Con un reloj analógico de guaguero colgando de la correspondiente cadena a imitación de la plata.

        Las manos de uñas cuidadísimas, de mujer. El cuello del uniforme almidonado, acaso por una mujer. Y una gorra de reglamento, tan respetable como risible en su rigidez.

        Ignoro su nombre. Yo lo llamo Isauro.

        Como el Isauro chofer que vivía en mi cuadra de Lawton.

        He debido venir inverosímilmente hasta el Mid-West norteamericano para reencontrarlo.

        Isauro era el esposo de Tati. Se murió en Cuba un día de entresemana, a las cinco de la tarde.

        Esto lo recuerdo por Tati, que decía siempre, sin importarle mis cinco o seis años:

        ―Cada día, a las cinco de la tarde, lo que quiero es que la tierra se abra y me trague.

        Y un día la tierra la complació.

        Su Isauro era igual que mi Isauro. Un blanco traslúcido, otro hombre de otra época anterior a las que les tocara en suerte o por desgracia vivir.

        Igual los dos de completo uniforme, un azul venoso. Y uñas delicadas, lenguaje delicioso, más el retintín de sus descomunales relojes de cuerda pendulándoles a la cadera, según los frenazos y baches de sus respectivas guaguas. Las 1.

        Hay noches en que pienso que el Isauro de Tati me ha venido a buscar hasta este barrio sin memoria en la ciudad segregada de Saint Louis.

        Hay noches en que sueño con él, con ellos. Los Isauros, isómeros de mi muerte mansamente Missouri.

        Aunque parezca imposible, los dos me contaron historias de conspiraciones y almas en penas. El primer Isauro, en cubano. En el aire límpido de aquella Cuba recién nacida de los años setenta. Y el segundo Isauro, en inglés. Citando canales de YouTube y emisoras de radio a las que él llama puntualmente después de la medianoche, para persuadir de su paranoia a un público mucho más populoso que yo.

        He tenido el privilegio que le fuera negado a Tati.

        Ver otra vez a su Isauro. O al menos imaginarlo en mi otro Isauro.

        Choferes de la 1. Blancos espectaculares. Una raza ciertamente superior, comparada consigo misma.

        Hombrazos calculo que con menos de setenta años. Pulcros, inteligentes, amorosos con sus mujeres, y quién sabe si hasta un poco adúlteros, como es debido, pero sin fallarle jamás a la casa.

        Muertos cada uno antes de su tiempo. Pero, a la vez, cada cual muerto justo a tiempo para evitarse a sí mismos la humillación de envejecer demasiado.

        Choferes sabios de la ruta 1, al volante de una vida sin renegar de su condición de mortales.

        Todo lo contrario de mí, que los recuerdo aquí y allá a ambos, pero a fuerza de ser precisamente una especie perversa de anti-Isauro.

        O, en el mejor de los casos, a fuerza de ser una estéril encarnación, mitad tempranera y mitad tardía, de la pobre Tati de los setenta cubanos.

        El exilio, aunque sea de mentiritas, es ser una Tati un día cualquiera de entresemana, asomada con azoro al borde de aquellas primeras cinco de la tarde.


        

domingo, 22 de octubre de 2017

Benditos barberos de la barbarie


Benditos barberos de la barbarie
Orlando Luis Pardo Lazo


Una cosa no pudo destruir el comunismo cubano: las barberías de barrio.

En mi barrio Lawton de las afueras de La Habana había básicamente dos (la memoria es así de injusta): la barbería de Eliodoro (cuyo nombre nunca supe si se escribía con H helénica), un caballero republicano siempre fino y solitario y muy contrarrevolucionario sin declararlo; y la barbería de una especie clásica de El Gordo y El Flaco cubanos: Madera y Miguel Ángel (aunque en realidad debería decir: Madera versus Miguel Ángel, pues siempre se estaban fajando sólo para enseguida reconciliarse).

Estoy hablando de los años setenta y ochenta cubanos, esa edad de oro donde tuve padres obreros, y vecinos del alma para toda la vida, y fui un hijo único, arrogante y feliz, que me preciaba de haber leído más que cualquier adulto a mi alrededor, y de conocer la ortografía de la palabra “Reykjavík”: ciudad fuera del mapa donde el cowboy Bobby Fischer derrotó a los hermanos soviéticos en ajedrez (para alegría artera de mi padre, ese otro gran gusano adorable).

Era la Cuba del actual castrismo nostálgico, donde poco importaban las decenas de miles de presos políticos, los expatriados de por vida, la violencia de Estado como pedagogía patria. Porque era, también, una edad pre-escolar, pre-púber, pre-política, donde yo no podía ser ni siquiera insolidario, pues esa palabrota aún no existía en mi vocubalario.

Cuba era entonces el mundo. Y el mundo era un lugar nuevo y verdadero. Hasta las estaciones del año eran distintivas y amables. Nadie moría nunca, de no ser estrictamente inevitable, por haberse equivocado en algo o por haber envejecido innecesariamente antes de yo nacer.

Los rostros de Lawton eran una extensión de mi psique. Y las fachadas, una extensión de mi cuerpo, que se suponía que no iba a crecer antes de tiempo (pero creció). Las dos barberías del barrio, por ejemplo, eran como templos eternos donde habitaba el aura de mi modernidad infantil, para nada infantilizada. Sé que nací adulto. Mi niñez vino mucho después, con la sexualidad y el exilio: es decir, ahora.

Madera y Miguel Ángel era bastante crueles en su diario juego de rol (nunca cogían vacaciones). No pocas veces los descubrí haciendo chistes machorros a la espalda de mi papá, y entonces yo fingía no entender nada de lo comentado, tal como el buenazo de mi padre tampoco se daba cuenta de la humillación. Sus navajas mutuas, alzadas al aire, eran un recordatorio del poder afilado que ostentaba aquel par simpar de nuestro El Gordo y El Flaco. Y eran, también, un déjà-vu de todas las tragedias entretelones que rebotaban en mi imaginación, pero que yo me resistía a creer (ya sin imaginación, todavía hoy me resisto).

Eliodoro, sin embargo, era otra cosa. Sobrevivió al holocausto de cánceres que chapeó bajito al resto de las barberías de La Habana. Y sobrevivió incluso a la Unión Soviética y al campo comunista mundial, aquel héroe tan hidalgo y señorial del post-proletariado cubano. Con su sillón fundido en Chicago, Illinois, Eliodoro se hizo cuentapropista y se dispuso a llegar cómodamente de pie hasta el año cero.

Y así fue. Llegó pelando y haciendo cucarachas hasta el mismísimo siglo XXI. Las venas se le salían por la piel. Sepia sobre azul. Las palabras se le salían por los ojos, de tanto mundo que había vivido sin moverse de su salón (nunca viajó fuera de Cuba, supongo que tampoco salió fuera de La Habana).

Ya no entendíamos nada, ni Eliodoro ni yo. Su nombre y el mío recuperaron en los años dos mil sus respectivas haches ausentes: Heliodoro, Horlando… No sé si llegó a ser un nonagenario. Tampoco estoy seguro de que el pobre príncipe manos-tijeras reconociera en mí a aquel niño-estrella de mediados de los setenta. Pero yo sí siempre reconocí en él a un semi-dios, a un titán intocado por las taras del totalitarismo cubano, a una encarnación del Bien y el sentido común sobre lo que entraña ser un ciudadano sin ciudadanía, y encima comentar como un especialista profano los periódicos a diario.

Sabía que esto iba a pasar. Tan pronto como salí al exilio, Eliodoro murió. Fui y viré de Reykjavík. Bobby Fischer yacía allí, abandonado hasta por su rabia legítimamente antinorteamericana. Eliodoro cayó al suelo por pura ingravidez inercial. Y nos enterró a ambos de un tijeretazo mal dado, ojalá que junto a alguna de las incontables escalinatas de Lawton, con aquellos horrendos bustos ancestrales donde nadie en su sano juicio reconocería a José Martí.

Eliodoro debe de haberme tocado el cráneo más de lo que ningún ser humano podría tocármelo: es probable que lo haya hecho crecer entre sus manos de mujer percudida con colonia barata. Eliodoro respiró de mi respiración, seguramente (yo aguantaba la mía para no respirar su aliento). Eliodoro arrancó de mí metros y metros de pelo: al principio, rubios y lacios, como de niña mimada; después, pardos y secos, como de cadáver sin género. Eliodoro y yo nos hemos quedado ahora sin compartir mis primeras pero copiosas canas. Es desolador deambular por el planeta sin él custodiando en la retaguardia a mi biografía.

Una cosa no pudo destruir el comunismo cubano: el cariño memorioso de sus deshabitantes.

viernes, 20 de octubre de 2017

La izquierda le ganó al imperialismo

El fin del imperialismo: 
los profesionales de mañana están deprimidos hoy
Orlando Luis Pardo Lazo


No lo digo yo. Hay estudios científicos al respecto. Los estudiantes de doctorado en el Primer Mundo se deprimen hoy por hoy al por mayor.

En efecto, en un estudio realizado con 3,659 estudiantes belgas, tanto de ciencias como de humanidades, la conclusión fue brutal: poco más de la mitad de los encuestados sufre por lo menos dos síntomas de enfermedad mental, y casi un tercio padece al menos de cuatro síntomas juntos. ¡Toda una epidemia en cada uno de los individuos!

Comparados con los jóvenes que no estudian en la universidad, esto representa el doble de impacto. Es decir, intentar obtener un doctorado universitario te pone en riesgo primermundista de volverte un orate. Sea por stress, por insomnio, por exceso de internet y ansiedad de revisar el e-mail, por falta de memoria y concentración, por sensación de angustia o culpa o soledad, por pánico de ser cuestionado o rechazado por un criterio del otro (o una mirada invasiva), por sentimientos de fracaso o acoso o vulnerabilidad, y, por supuesto, por depresión: esa diosa diabólica de los inteligentes. De ahí, los estudiantes pasarían entonces a intentar el suicidio, no sin antes anunciarlo en las redes sociales acaso de la misma universidad.

Leo esta noticia con horror. Imagínense, ¡yo también estoy ahora estudiando un doctorado en el Primer Mundo! Y, lo que es mucho peor, en una de las mejores universidades del hemisferio, radicada en el medio-oeste norteamericano, justo en el corazón del corazón del país: en Saint Louis, Missouri.

Leo esta noticia espantado y caigo en la cuenta de que yo estoy ahora en muy alto riesgo de desarrollar una patología mental. Probablemente, cuatro insanias de un tiro. Es decir, patologías mentales sobre mis anteriores traumas, por haber nacido y crecido en el socialismo dictatorial de la Revolución Cubana, donde toda idea distinta es de por sí patológica y debe ser extirpada de raíz.

Espero nadie se ría de mí. Estoy en verdad más que preocupado. El artículo en cuestión no habla de “pacientes” sino de “sobrevivientes”, ese término tan de moda para describir la experiencia existencial como si fuera algo contrapuesto al capitalismo. Como si el mercado nos mantuviera vivos de puro milagro, hasta el antidemocrático día en que el comunismo por fin nos logre emancipar.

Es así. En el capitalismo contemporáneo ya no existe el concepto de “ciudadano”, pues ahora todos son apenas “sobrevivientes” de algo. Víctimas sin victimario, por un oportunista proceso de victimización espontánea. Hoy todos son sobrevivientes de una expresión racista o misógina. Sobrevivientes de un ataque sexual o de un toilet transgénero al que le faltaba una letra en la puerta. Sobrevivientes de la minoría nativa o étnica de turno. Sobrevivientes del neocolonialismo interno y la íntima inmigración. Sobrevivientes a las políticas de consumo o a las actualizaciones de la cuenta de Twitter presidencial. En general, como lo explica este artículo científico, todos son “sobremurientes” a su propio doctorado carísimo, en esta o aquella universidad (con la excepción de la Universidad de La Habana, supongo, que no presenta ninguna de estas taras tan trágicas, gracias a la sabiduría filantrópica del Compañero Fidel, EPD).

De hecho, sin necesidad de ningún estudio, yo mismo veo toda esa sintomatología socialistoide a mi alrededor, cada vez que entro y salgo de las aulas-jaulas de cualquier universidad norteamericana. Pues, tal como lo demuestra el artículo con un ejemplo de Europa, en Estados Unidos también la cultura policiaca de la denuncia ante un maestro ha sustituido todo simulacro de debate en los campus universitarios. 

Ahora se vive aquí un clima cómplice de híper-vigilancia paranoica de todos contra todos, donde a tu lado quien se sienta probablemente sea un supremacista disimulado del Ku Klux Klan. Ahora el activismo esquizoide anti-Trump y anti-republicano provoca que todo estudiante quiera vengarse contra los pequeños Trump machista-conservadores que puedan detectar a su lado, por lo que cada frase que digas será grabada para delatarte enseguida, pero de manera anónima, orwelliana, con un toquecito de estalinismo multicultural. Ahora el llantén edípico de las llamadas “microagresiones” pulula impune de una costa a otra costa de la nación, con esa arrogancia grosera tan típica del infantilismo de la izquierda radical: es decir, irracional. Y ahora, también, impera aquí una corrección hipócrita asexuada, anorgásmica, con brotes de nativofilia y primitivofilia, que son las anteojeras liberales para amar como a un “buen salvaje” a cuanto dictador enemigo a muerte de los Estados Unidos exista, empezando precisamente por el Cadáver en Jefe del susodicho Fidel.

Reitero que no se rían de mí. No es ningún juego. Yo también soy un “sobreviviente” en medio de esta marea de sobremurientes mentales, locos y locas de remate a ras de un estudiantado ex-universitario de lo que ahora es una enana nación, pigmea, para no soltar aquí una barbaridad con p (más allá de petulancias y patriotismos). Goodbye, USA. No hay quien haga a América grande de nuevo. Donald Trump llegó demasiado tarde a este círculo infame infantil.

Según mis cálculos, en la próxima generación ya no habrá adultos en ninguno de los cincuenta estados de los Estados Unidos. País de muñequitos y miserables: el arte artero de perder todo un imperio, a cambio de una prescripción mental y una licencia para denunciar no histérica sino histriónicamente.

China gozando sus millones, Irán usufructuando su uranio, Rusia espiando en paz, Norcorea machacando sus misiles, Venezuela traficando ante la cara incapaz de Washington, y la Cuba de Castro con todos y cada uno de los cubanos encarcelados hasta en nuestro corazón de cobardes (dentro y fuera de la Isla), mientras los norteamericanitos del futuro se empastillan hoy energúmenamente con el seguro médico en una consulta de Sanidad Mental (Obscenidad Mental).

Por cierto, ya yo también pedí mi turno para la semana entrante. Es el debido primer paso: pedir ayuda a tiempo, y por los canales académicos correspondientes. Sin desesperación de derecha. Hay que convertirse con calma al canon siniestro del castrismo cultural.

De manera que, al que se ría de mí en un comentario ante mi confesión, lo puede alcanzar una demanda por “acoso al discapacitado”, no el ser humano sino el cero humano que desde este instante me declaro ahora yo en aras de sobrevivir dentro de un capitalismo socializado. The United Socialists of America.

miércoles, 18 de octubre de 2017

Cubanos sin Cuba

Cubanos sin Cuba
Orlando Luis Pardo Lazo


Como todo exilio que se respete, los Estados Unidos son el país de la mentira y la muerte. Es aquí donde los cubanos hemos creído llegar, con ínfulas más o menos idiotas de libertad. Y es aquí, también, donde los cubanos vamos cayendo cadáveres, como moscas mediocres que nunca se emanciparon.


Estados Unidos se nos hizo demasiado tarde para los cubanos. Miramos y miramos en derredor, esperando acaso un milagro, por puro supersticiosos que somos desde que literalmente vagábamos por la Isla, pero el milagro a estas alturas ha devenido una mierda descomunal. Lo que nos queda es la inercia y una innata idea de lo que hubiéramos podido ser de habernos dado cuenta a tiempo de que ya lo éramos.


Acostúmbrate.


Los cubanos somos menos que inmigrantes aquí. Todos los latinoamericanos nos odian, con sus sonrisitas arteras y sus acentos sacados de la telenovela de turno. Los cubanos somos nordacas, animales con voluntad de triunfar en el Norte y despojarnos de toda nuestra tara del sur. Pero ya no tenemos lugar aquí. Ni en los cementerios. Sólo cenizas quedarán de todo. Sombras nada más. Entre tu vida y la mía, vidas vaciadas hasta de biografía. Porque tú y yo bien sabemos que Estados Unidos va de cabeza y de culo al socialismo de los solventes. Y esa tendencia al totalitarismo de izquierda no la puede revertir ni siquiera una guerra nuclear.


Entonces por fin seremos parias en el planeta completo. Por fin podremos entender, los que no seamos tan brutos como nuestros vecinos, que no hay retorno posible a Cuba. Porque Cuba fue el inicio de estos Estados Unidos mentirosos, mórbidos y, sobre todo, mediocres. Mentecatos. Porque con la carencia crónica de Cuba nunca se nos quedó ninguna patria regada allá atrás, en el basurero entrañable de la memoria y la esquina más descojonada de nuestro corazón.


Estamos solos. Creo que por suerte. La guerra comienza ahora.


Mi amor, no confíes en ningún norteamericano. Y no confíes en ningún inmigrante a este país. Esto es entre tú y yo. Te lo digo a tu oído, como amantes. Necesitamos un sionismo cubano. Fundar una plantación, no con todos ni mucho menos para el bien de todos, sino discriminatoriamente sólo para los cubanos buenos. Una finca de luz. Un ghetto de gloria. Se llama sentido común. Lo otro fue demagogia decimonónica de ese monstruo de frialdad llamado José Martí (así le llamaban las mujeres en sus cartas desconsoladas: “monstruo de frialdad”).


Mi amor, necesitamos una derecha decente. Necesitamos un apartheid en contra de la izquierda totalitaria que ha carcomido a Latinoamérica y que ahora corroe cómplice a los Estados Unidos.


Toma mi mano. Te quiero hoy. ¿Sabes qué? Nunca te he dejado de pensar. No por altruismo, sino porque me gustas. Porque, además, me encanta que yo te encante. Porque estoy enamorado de ti y tú de mí. Qué privilegio, en medio de esta mierda de nación plural donde lo primero que está penado es precisamente el amor. Tengo la impresión que los Estados Unidos es una burbuja donde, quien no es un perverso, es porque padece anorgasmia. Decadencia, sí. Degeneración, cómo no. No le tengamos miedo al lenguaje. Nadie te hablado nunca como te estoy hablando ahora yo.


Mi amor, no compartas estas palabras. Es un panfleto del alma y ha sido escrito única y exclusivamente para ti. Te amo. Nunca está de más repetirlo. Yo te amo, incluso cuando ya no te acuerdes de mí. Te toco. Te tengo. Cada una de mis fibras vibra y rebota en ti. Esta comunión tiene que ser obra de alguien más grande que tú y yo.


Súbete a un techo, por favor. Ahora. Termina de leerme lejos de la grosería federal.


Mira, tati, cómo la noche avanza y arrasa sobre nuestras cabezas de exilio. Mira la velocidad alucinante de los astros. Dan vueltas como reguiletes. Los aviones pasan silentes, casi a la mano, dejando un rastro de humo que se parece tanto a nosotros, los cubanos sin Cuba, pero con cubanos.


Los carros zumban en las autopistas. Los norteamericanos se matan de tan energúmenos que son entre sí. Ni siquiera eso. Se matan energúmenamente entre otros, porque ya ni un solo habitante de los Estados Unidos es norteamericano como tal. No están aquí. Se fueron a hacer la revolución de los pobres a nivel mundial. Cedieron su espacio vital para los desposeídos, que ya vienen a repoblar la infertilidad natural de una intelectualidad siniestra. Renunciaron con pena pacata a su propia narrativa. Son todos ahora una minoría nativa. No les dediques ni un minuto más. Sé tú. Sé fundamental y fundamentalistamente cubano.


Respira. Hay una cosa allá arriba llamada dios, con minúscula. Es nuestra existencia exclusiva. Somos, aunque no lo creamos todavía, casi contemporáneos. Estamos ahora y aquí. Esa presencia mutua se llama Poder, con mayúscula. Por eso te quería dar las gracias ahora por estar ahora y aquí. Ya sé que no has hecho nada para estarlo, pero igual no quería que se nos acabara nuestro tiempo común en La Tierra sin agradecértelo. Te lo repito, mi amor. Te quiero a ti.


Baja ya si quieres de esa azotea. Es un martes del mundo. Todo es rabiosamente maravilloso. El fuego aún vive entre nosotros, dentro de nosotros. Somos un pueblo elegido. No usé la palabra sionismo por gusto. Los cubanos somos el Israel de las Américas. Siempre lo supimos. Y siempre nos dejamos distraer por la brutalidad vecinal. Nadie en este hemisferio brilla más que la lumbre que hemos descubierto en los ojos de una mujer o un hombre cubanos a quienes tú y yo adoramos, siglos atrás. Trata de recordar ese fulgor, ese rayo, ese renacer. Trata de ser tú de nuevo, por favor.


Me callo ahora por un ratico. Es triste vivir para siempre sin un paisaje. Eso sí que lo perdimos cuando perdimos a Cuba desde ahora hasta la eternidad. Nos arrebataron la paz que da asomarse a un paisaje propio, reconocible.


En Estados Unidos y en el resto de Europa (porque Estados Unidos es Europa, nunca lo dudes) los cubanos reímos y lloramos como turistas. Tampoco estamos aquí. Casi que ya nos hemos confundido con la inmundicia íntima del ser norteamericano. Andamos en andrajos por nuestra pérdida permanente del paisaje. Y así es imposible ni elegirnos a nosotros mismos.


Lo primero sería, pues, ocupar un espacio. Un observatorio estelar, desde donde clavar nuestros huesos en el magma de la tierra y no sentir que hemos visto y vivido en vano. Y saber que estamos trayendo a otros cubanos mejores que nosotros para extender este ramalazo de luz. Y sentir que engendramos por puro amor, que somos alguienes capaces de crear y creer en los alguienes que vendrán, algo que ningún Estado concreto ni ninguna Fe abstracta podría jamás hacer por nosotros.  


Te beso. Te abrazo. No es falta de cariño. Te quiero con el alma. Pero tampoco te digo adiós.

Tuyo,


Lord Landy.

Betsy DeVos y el abuso estalinista del Title IX en USA


Thank you Dean Henry Butler for the kind introduction and for the opportunity to be here. Thank you President Angel Cabrera for your leadership of George Mason University. 


And to the students and faculty with us today, thank you for making time to be here during this busy day of classes. It is a great honor for me to be here today to address a very important topic. 


Earlier this year marked the 45th anniversary of Title IX, the landmark legislation passed by Congress that seeks to ensure: “No person in the United States shall, on the basis of sex, be excluded from participation in, be denied the benefits of, or be subjected to discrimination under any education program or activity receiving Federal financial assistance.” 


The amendment to the Higher Education Act was initially proposed by Democrat Senator Birch Bayh, signed into law by Republican President Richard Nixon, and was later renamed for Congresswoman Patsy Mink, herself a victim of both sex-based and race-based discrimination as a third-generation Japanese-American. 


Mink’s law has served an important role in shaping our Nation’s educational environment. Title IX has helped to make clear that educational institutions have a responsibility to protect every student’s right to learn in a safe environment and to prevent unjust deprivations of that right. It is a responsibility I take seriously, and it is a responsibility that the Department of Education’s Office for Civil Rights takes seriously. 


We will continue to enforce it and vigorously address all instances where people fall short. Sadly, too many fall short when it comes to their responsibility under Title IX to protect students from sexual misconduct, acts of which are perpetrated on campuses across our nation. 


The individual impacts of sexual misconduct are lasting, profound, and lamentable. And the emotions around this topic run high for good reason. We need look no further than just outside these walls to see evidence of this. 


Yet I hope every person—even those who feel they disagree— will lend an ear to what I outline today. 


I’m glad we live in a country where an open debate of ideas is welcomed and encouraged. Debate, of course, comes with responsibilities. Violence is never the answer when viewpoints diverge. 


I appreciate that you have the opportunity to attend a university that promotes a higher level of discourse. So let me be clear at the outset: acts of sexual misconduct are reprehensible, disgusting, and unacceptable. They are acts of cowardice and personal weakness, often thinly disguised as strength and power. 


Such acts are atrocious, and I wish this subject didn’t need to be discussed at all. Every person on every campus across our nation should conduct themselves with self-respect and respect for others. 


But the current reality is a different story. 


Since becoming Secretary, I’ve heard from many students whose lives were impacted by sexual misconduct: students who came to campus to gain knowledge, and who instead lost something sacred. 


We know this much to be true: one rape is one too many. One assault is one too many. One aggressive act of harassment is one too many. One person denied due process is one too many. This conversation may be uncomfortable, but we must have it. It is our moral obligation to get this right. 


Campus sexual misconduct must continue to be confronted head-on. Never again will these acts only be whispered about in closed-off counseling rooms or swept under the rug. Not one more survivor will be silenced. We will not abandon anyone. We will amplify the voices of survivors who too often feel voiceless. 


While I listened to the stories of many survivors and their families over these past several months, I couldn’t help but think of my own family. I thought about my two daughters. And I thought about my two sons. Every mother dreads getting that phone call: a despondent child calling with unthinkable news. I cannot imagine receiving that call. 


Too many mothers and fathers are left on the other end of the line completely helpless. I have looked parents in their tear-filled eyes as they recounted their own stories, and each time their pain was palpable. 


I’m haunted by the story one brave young woman told me. She was targeted and victimized by her college boyfriend — someone she thought cared about her. He looked on as his roommate attempted to rape her. She escaped her harrowing encounter, but too many do not. For too many, an incident like this means something even worse. 


There is no way to avoid the devastating reality of campus sexual misconduct: lives have been lost. Lives of victims. And lives of the accused. Some of you hearing my voice know someone who took his or her own life because they thought their future was lost; because they saw no way out; because they lost hope. 


One mother told me her son has attempted to take his life multiple times. Each time she opens the door to his bedroom, she doesn’t know whether she will find him alive or dead. No mother, no parent, no student should be living that reality. We are here today for those families. 


We need to remember that we’re not just talking about faceless “cases.” We are talking about people’s lives. 


Everything we do must recognize this before anything else. And we’re here today because the previous administration helped elevate this issue in American public life. They listened to survivors, who have brought this issue out from the backrooms of student life offices and into the light of day. 


I am grateful to those who endeavored to end sexual misconduct on campuses. But good intentions alone are not enough. Justice demands humility, wisdom and prudence. It requires a serious pursuit of truth. 


And so, this is why I recently hosted a summit to better understand all perspectives: survivors, falsely accused students and educational institutions, both K-12 and higher ed. 


I wanted to learn from as many as I could because a conversation that excludes some becomes a conversation for none. We are having this conversation with and for all students. 


Here is what I’ve learned: the truth is that the system established by the prior administration has failed too many students. Survivors, victims of a lack of due process, and campus administrators have all told me that the current approach does a disservice to everyone involved. 


That’s why we must do better, because the current approach isn’t working. 


Washington has burdened schools with increasingly elaborate and confusing guidelines that even lawyers find difficult to understand and navigate. Where does that leave institutions, which are forced to be judge and jury? Where does that leave parents? Where does that leave students? 


This failed system has generated hundreds upon hundreds of cases in the Department’s Office for Civil Rights, mostly filed by students who reported sexual misconduct and believe their schools let them down. It has also generated dozens upon dozens of lawsuits filed in courts across the land by students punished for sexual misconduct who also believe their schools let them down. 


The current failed system left one student to fend for herself at a university disciplinary hearing. She told her university that another student sexually assaulted her in her dorm room. In turn, her university told her she would have to prosecute the case herself. Without any legal training whatsoever, she had to prepare an opening statement, fix exhibits and find witnesses. “I don’t think it’s the rape that makes the person a victim,” the student told a reporter. 


She said it is the failure of the system that turns a survivor into a victim. This is the current reality. 


You may have recently read about a disturbing case in California. It’s the story of an athlete, his girlfriend and the failed system. The couple was described as “playfully roughhousing,” but a witness thought otherwise and the incident was reported to the university’s Title IX coordinator. The young woman repeatedly assured campus officials she had not been abused nor had any misconduct occurred. But because of the failed system, university administrators told her they knew better. They dismissed the young man, her boyfriend, from the football team and expelled him from school. 


“When I told the truth,” the young woman said, “I was stereotyped and was told I must be a ‘battered’ woman, and that made me feel demeaned and absurdly profiled.” This is the current reality. 


Another student at a different school saw her rapist go free. He was found responsible by the school, but in doing so, the failed system denied him due process. He sued the school, and after several appeals in civil court, he walked free. This is the current reality. 


A student on another campus is under a Title IX investigation for a wrong answer on a quiz. The question asked the name of the class Lab instructor. The student didn’t know the instructor’s name, so he made one up — Sarah Jackson — which unbeknownst to him turned out to be the name of a model. He was given a zero and told that his answer was “inappropriate” because it allegedly objectified the female instructor. He was informed that his answer “meets the Title IX definition of sexual harassment.” His university opened an investigation without any complainants. This is the current reality. 


I also think of a student I met who honorably served our country in the Navy and wanted to continue his education after his service. But he didn’t know the first thing about higher education. He Googled “how to apply to college” and applied to one nearby, an HBCU. He was accepted and became the first in his family to attend college. The student told me that as graduation approached, his grandmother beamed with pride. She had already purchased a flight and picked out her Sunday best for the occasion. 


But three weeks before graduation, he saw his future dashed. This young man was suspended via a campus-wide email which declared him a “threat to the campus community.” When he tried to learn the reason for his suspension, he was barred from campus. He was not afforded counsel by the college and couldn’t afford counsel himself. 


Eventually, he found a lawyer who submitted a Freedom of Information Act request pro bono — but would do no more. Only through the FOIA was he able to discover he had been accused of sexual harassment, but he was still denied notice of the specific allegations, and he remained suspended. This young man was denied due process. 


Despondent and without options or hope, after five years of sobriety, he relapsed and attempted to take his own life. He felt he had let down everyone who mattered to him — including, most of all, his grandmother who was so much looking forward to seeing the first member of her family don a cap and gown. “Whatever your accusers say you are,” he told me, “is what people believe you are.” That is the current reality. 


Here is what it looks like: a student says he or she was sexually assaulted by another student on campus. If he or she isn’t urged to keep quiet or discouraged from reporting it to local law enforcement, the case goes to a school administrator who will act as the judge and jury. The accused may or may not be told of the allegations before a decision is rendered. If there is a hearing, both the survivor and the accused may or may not be allowed legal representation. 


Whatever evidence is presented may or may not be shown to all parties. Whatever witnesses—if allowed to be called— may or may not be cross-examined. And Washington dictated that schools must use the lowest standard of proof. And now this campus official—who may or may not have any legal training in adjudicating sexual misconduct— is expected to render a judgement. A judgement that changes the direction of both students’ lives. 


The right to appeal may or may not be available to either party. And no one is permitted to talk about what went on behind closed doors. It’s no wonder so many call these proceedings “kangaroo courts.” Washington’s push to require schools to establish these quasi-legal structures to address sexual misconduct comes up short for far too many students. 


The current system hasn’t won widespread support, nor has it inspired confidence in its so-called judgments. The results of the current approach? Everyone loses. 


Some suggest that this current system, while imperfect, at least protects survivors and thus must remain untouched. But the reality is it doesn’t even do that. Survivors aren’t well-served when they are re-traumatized with appeal after appeal because the failed system failed the accused. And no student should be forced to sue their way to due process. 


A system is not fair when the only students who can navigate it are those whose families can afford to buy good lawyers—or any lawyer at all. No school or university should deprive any student of his or her ability to pursue their education because the school fears shaming by—or loss of funding from—Washington. 


For too long, rather than engage the public on controversial issues, the Department’s Office for Civil Rights has issued letters from the desks of un-elected and un-accountable political appointees. In doing so, these appointees failed to comply with basic legal requirements that ensure our so-called “fourth branch of government” does not run amok. 


Unfortunately, school administrators tell me it has run amok. The Office for Civil Rights has “terrified” schools, one said. Another said that no school feels comfortable calling the Department for simple advice, for fear of putting themselves on the radar and inviting an investigation. 


One university leader was rightly appalled when he was asked by an Office for Civil Rights official: “Why do you care about the rights of the accused?” Instead of working with schools on behalf of students, the prior administration weaponized the Office for Civil Rights to work against schools and against students. 


One administrator summed this up clearly when he told me his staff should be “forward looking advocates for how to stop sexual misconduct.” Instead, he said, “they’ve been forced to be backward looking data collectors” to meet the Department’s demands. Faculty from the University of Pennsylvania’s law school also voiced grave concerns about the current approach. They wrote, and I quote, “it exerts improper pressure upon universities to adopt procedures that do not afford fundamental fairness.” 


Too often, they wrote, “outrage at heinous crimes becomes a justification for shortcuts” in processes. Ultimately, they concluded, “there is nothing inconsistent with a policy that both strongly condemns and punishes sexual misconduct and ensures a fair adjudicatory process.” These professors are right. The failed system imposed policy by political letter, without even the most basic safeguards to test new ideas with those who know this issue all too well. 


Rather than inviting everyone to the table, the Department insisted it knew better than those who walk side-by-side with students every day. That will no longer be the case. 


The era of “rule by letter” is over. 


Through intimidation and coercion, the failed system has clearly pushed schools to overreach. With the heavy hand of Washington tipping the balance of her scale, the sad reality is that Lady Justice is not blind on campuses today. This unraveling of justice is shameful, it is wholly un-American, and it is anathema to the system of self-governance to which our Founders pledged their lives over 240 years ago. 


There must be a better way forward. Every survivor of sexual misconduct must be taken seriously. Every student accused of sexual misconduct must know that guilt is not predetermined. These are non-negotiable principles. 


Any failure to address sexual misconduct on campus fails all students. Any school that refuses to take seriously a student who reports sexual misconduct is one that discriminates. And any school that uses a system biased toward finding a student responsible for sexual misconduct also commits discrimination. A better way begins with a re-framing. 


This conversation has too often been framed as a contest between men and women or the rights of sexual misconduct survivors and the due process rights of accused students. The reality is, however, a different picture. 


There are men and women, boys and girls, who are survivors, and there are men and women, boys and girls who are wrongfully accused. I’ve met them personally. I’ve heard their stories. And the rights of one person can never be paramount to the rights of another. 


A better way means that due process is not an abstract legal principle only discussed in lecture halls. Due process is the foundation of any system of justice that seeks a fair outcome. Due process either protects everyone, or it protects no one. 


The notion that a school must diminish due process rights to better serve the “victim” only creates more victims. A better way also means we shouldn’t demand anyone become something they are not. 


Students, families, and school administrators are generally not lawyers and they’re not judges. We shouldn’t force them to be so for justice to be served. A better way is also being more precise in the definition of sexual misconduct. 


Schools have been compelled by Washington to enforce ambiguous and incredibly broad definitions of assault and harassment. Too many cases involve students and faculty who have faced investigation and punishment simply for speaking their minds or teaching their classes. Any perceived offense can become a full-blown Title IX investigation. 


But if everything is harassment, then nothing is. 


Punishing speech protected by the First Amendment trivializes actual harassment. It teaches students the wrong lesson about the importance of free speech in our democracy. Harassment codes which trample speech rights derail the primary mission of a school to pursue truth. A better way is ultimately about recognizing that schools exist—first and foremost—to educate. Their core obligation under Title IX is to ensure all students can pursue their education free of discrimination. 


Schools tend to do a good job, as they should, of making appropriate accommodations that don’t infringe on the rights of others. While a Title IX complaint is pending, schools usually make academic accommodations such as adjusting schedules, changing dorm assignments, and postponing papers or exams. But there is a fundamental difference between making these sorts of accommodations for accusers—and schools which seek to punish the accused before a fair decision has been rendered. 


There is a competency gap here. Washington has insisted that schools step into roles that go beyond the mission of these institutions. This doesn’t mean schools don’t have a role. They do. But we should also draw on medical professionals, counselors, clergy, and law enforcement for their expertise. And so, a better way includes pursuing alternatives that assist schools in achieving justice for all students. 


In order to ensure that America’s schools employ clear, equitable, just, and fair procedures that inspire trust and confidence, we will launch a transparent notice-and-comment process to incorporate the insights of all parties in developing a better way. 


We will seek public feedback and combine institutional knowledge, professional expertise, and the experiences of students to replace the current approach with a workable, effective, and fair system. 


To implement sustainable solutions, institutions must be mindful of the rights of every student. No one benefits from a system that does not have the public’s trust—not survivors, not accused students, not institutions and not the public. 


Other groups have already made progress on these difficult issues. The American Bar Association established a task force comprised of lawyers and advocates from diverse backgrounds and varying perspectives. They found consensus and offered substantive ideas on how we can do better. 


Schools should find their recommendations useful. The American College of Trial Lawyers also gathered experts from across the country to produce reasonable responses to the current failed system. An open letter from Harvard’s law school faculty provides important perspectives and insights that will be helpful as we pursue a better way. 


Another promising idea comes from two former prosecutors, Gina Smith and Leslie Gomez. Both of them have spent their careers specializing in sexual misconduct cases. They propose a “Regional Center” model; and it is being explored by a number of states today. The model sets up a voluntary, opt-in Center where professionally-trained experts handle Title IX investigations and adjudications. 


It looks something like this: in partnership among states and their Attorneys General, participating schools refer to the Center any Title IX incident which rises to a criminal level. The Center cooperates with local law enforcement and has access to resources to collect and preserve forensic evidence, facilitate—but never require—criminal prosecutions, and apply fair investigative techniques to gather and evaluate all relevant evidence to determine whether sexual misconduct occurred. 


This insures that students are not charged by school-based tribunals on the basis of hearsay or incomplete evidence. This model allows educators to focus on what they do best: educate. These are only a few examples that allow for a more effective and equitable enforcement of Title IX. Our interest is in exploring all alternatives that would help schools meet their Title IX obligations and protect all students. 


We welcome input and look forward to hearing more ideas. Schools have an opportunity to help shape and improve the system for all their students. But they also have a responsibility to do better by their students. This is not about letting institutions off the hook. They still have important work to do. 


A survivor told me that she is tired of feeling like the burden of ensuring her school addresses Title IX falls on her shoulders. She is right. The burden is not hers, nor is it any student’s burden. We need to act as if any of these students were one of our own loved ones. 


One young woman made this clear to me when she told me her story of the failed system. Both as a falsely accused student, and as a survivor. She had recently gone through a bad break-up with her boyfriend. Another female student, one of her close friends, sought to console her—except in all the wrong ways. The friend showed up and made an unwanted sexual advance. Upset about being rejected by the heartbroken student, the young woman who was supposed to be there as a friend, instead turned a lighthearted gesture into a full-scale Title IX incident. 

Shockingly, the school punished the student who only needed a friend after a break-up. This student then revealed to me that she had been sexually assaulted earlier in life. “I’ve been on both sides of this issue,” she told me, “and on neither side did they get it right.” 


We can and must get it right for her, and for all students. We must continue to condemn the scourge of sexual misconduct on our campuses. We can do a better job of making sure the handling of complaints is fair and accurate.  


We can do a better job of preventing misconduct through education rather than reacting after lives have already been ruined. We can do a better job of helping institutions get it right. And we can do a better job for each other. The truth is: we must do better for each other and with each other. 

May God bless all of you, and may He continue to bless our great Nation.