Natural de la ciudad de Cienfuegos, el diseñador Rolando Pulido salió de Cuba con 18 años de edad durante el éxodo del Mariel en 1980 y desde entonces reside en Nueva York. Su obra gráfica publicitaria ha sido durante años la imagen de sitios tan emblemáticos como el club de jazz Blue Note, el bar Cooper´s, la librería Strand, así como en los escenarios del programa televisivo semanal Saturday Night Live. 
Como activista cívico, durante la última década los diseños digitales de Rolando Pulido han creado una nueva visualidad para la sociedad civil disidente cubana. Polémico y provocador como todo espíritu libre, hoy este creador cubano le canta las cuarenta a nuestra cubanía cansada (o acaso cómplice) en una entrevista exclusiva para Hypermedia Magazine.  
¿Por qué eliges para tu película de animación precisamente la metáfora visual y social de la “tiñosidad”, siendo el aura tiñosa un ave tan estigmatizada entre los cubanos (la consideran fea, no bienvenida, carroñera, que se defeca en sus propias pezuñas, pájaro de mal agüero, etc.), así en la Isla como en el exilio?
La Tiñosidad en vez de decir La Humanidad. Es un concepto. Si en vez de tratarse de auras tiñosas, se hubiera tratado de caballos o de gallinas, la hubiera llamado La Caballosidad o La Gallinosidad. Es un juego de palabras, con humor. El humor funciona como un lubricante cuando se tocan temas duros de decir y difíciles de aceptar. Para evitar rasgaduras debemos usar lubricante al penetrar una idea grande y dura. Duele menos. Y si es con humor dulce, pues sabe mejor y es más fácil de tragar.
Los seres humanos somos la única especie del reino animal capaz de hacer el mal intencionalmente, es el demonio que trae tener un cerebro pensante. Ese demonio está inactivo cuando tenemos progreso personal, cuando vivimos en una sociedad que permite la prosperidad individual en plena libertad. Pero en un medio ambiente como el cubano, ese demonio innato de nuestra especie se activa y funciona de la misma manera que un virus, que pasa de generación en generación, se convierte en un meme. El virus Tiñosis Vulgaris Perverso acabó con Cuba.
Me gustaría citar la definición de meme del biólogo Richard Dawkins: “Un meme​ es, en las teorías sobre la difusión cultural, la unidad teórica de información cultural​ transmisible de un individuo a otro, o de una mente a otra, o de una generación a la siguiente”. Cuando ese demonio está activado, el hombre es capaz de delatar y de traicionar hasta a su propia madre, a sus hijos, a sus amigos. Y que podrán esperar los vecinos o el ciudadano común que no se conoce. La mediocridad y el mal gusto, la envidia y el odio, el rencor guardado por tantos años, hicieron el meme que aún resuena en las neuronas de los cubanos. Sí, el daño ha sido atroz.
Ciertamente, el aura tiñosa es un ave muy estigmatizada para la mayoría de los cubanos. Es considerada un signo de mala suerte, de muerte, de enfermedad y de peste. Esa idea me pareció perfecta para narrar la realidad de Cuba, que no es otra cosa que el resultado o el producto de su cultura (léase, como tradiciones, memes, sin incluir el arte).
El desprecio que sienten la mayoría de los cubanos por las auras tiñosas es igual al desprecio que sienten por sus compatriotas y por su país. Esa es una verdad que todos los cubanos conocemos, pero que no nos atrevemos a decir nunca. Yo pienso que para poder sanar como nación es vital reconocerlo, admitirlo y hablar de ello. Sesenta años de maldad impune han moldeado el alma de los cubanos a semejanza del más grande de sus líderes
Cuando ese líder tomó el poder se encontró un pueblo de magna ignorancia, por eso le fue tan fácil convertirlo en ganado. El pueblo cubano es en su inmensa mayoría, dentro y fuera de la Isla, un rebaño de pequeños Fideles castrenses (no castrados, por desgracia, porque castrados hubiéramos terminado más rápido) ya sin lana, calvos del alma, que decimos beee en Cuba, y chillamos como tiñosas cuando estamos afuera. 
Mientras eso no cambie, no se puede hablar de la libertad de un país. Los cubanos casi que, en general, no amamos nada de esa “patria”. Nos sentimos avergonzados de cómo se ve ese país, de cómo huele, de cómo viste, de su ortografía, de lo que comen, del agua que beben, del acento cubano. Primero tenemos, como individuos, que ascender hacia la Humanidad, y dejar la Tiñosidad atrás para siempre.
Cuéntanos un poco sobre el repertorio memorístico de la banda sonora que tanta importancia tiene para el impacto emocional de tu filme. ¿Te consideras un coleccionista o un melómano, desde cuándo? ¿El rico acervo cultural cubano del siglo XX, por ejemplo, es apreciado y atesorado por las nuevas generaciones o corre el riesgo de estarse perdiendo entre la indolencia y el olvido?
La banda sonora proviene de mi colección de discos. Muchas de las canciones que escogí fueron también la banda sonora de mi infancia, y aunque la mayor parte de la música del filme no es cubana, sí fueron canciones que se escucharon en la Cuba pre-revolucionaria. Por ejemplo, la orquesta de Les Baxter. También incluí joyas de mi compositor cubano favorito, Ernesto Lecuona, interpretadas por la magnífica orquesta de Percy Faith, también muy popular en la Cuba de los años cincuenta.
Acerca de la apreciación musical de la Cuba de hoy (o la falta de ella), no debe ser una sorpresa para nadie. Desde muy temprano en la década de los años sesenta la música fue depurada, o filtrada. Los compositores, los músicos, los cantantes que no se acoplaban al proceso revolucionario eran borrados de la historia, eran considerados “elementos”, o productos del enemigo imperialista y del pasado burgués. Muchos de esos artistas se fueron de Cuba por aquellos años y fueron borrados de la historia cubana. Otros no lograron salir de Cuba y solo tuvieron dos opciones: adaptarse y entrar por el aro del domador, o el ostracismo y la humillación total de manera perpetua.
La familia cubana, en su inmensa mayoría se sumó a esa idea y fueron los encargados de desmantelar la cultura y el arte precastrista, tanto en la escuela como en la casa, en la radio, en la televisión, en el cine, en los libros y en los periódicos. No puede sorprendernos que los hijos y nietos de esas familias, que son prácticamente el pueblo cubano entero nacido luego de que Fidel Castro anunciara que la Revolución era una Revolución marxista-leninista, no sepan nada o casi nada de la cultura y el arte de antes de 1959. Para eso fueron creados los CDR: Comités de Defensa de la Revolución. Un comité en cada cuadra, a lo largo y ancho del archipiélago cubano, y los cubanos pagaron y todavía pagan mensualmente a un vecino específico (el presidente del Comité de cuadra) para que los vigile. ¡Y hasta hacen guardia diurna y nocturna de manera voluntaria!
Tengo la impresión de que la familia cubana, entendida como la célula básica de toda sociedad libre, está situada en el centro temático de tu película. En el plano personal y artístico, ¿cómo has experimentado el trauma familiar de seis décadas de castrismo? ¿Crees que hay esperanzas de sanación en una Cuba futura para esta institución ancestral de nuestra civilización: la familia, más allá de religiones, regímenes, etc.?
La familia es la célula básica de toda sociedad y punto, para bien o para mal, lo de “libre” es otra cosa.
Hay familias que le pasan a los hijos las peores ideas de opresión y de odio que puedan existir, como es el caso de las familias cubanas. No solo las ideas comunistas afectan a la sociedad. Las ideas religiosas también, especialmente cuando se sustituye una por otra o se mezclan, como sucedió en Cuba, donde hicieron de Fidel una especie de Cristo/Castro salvador y de la Revolución un credo.
De la misma manera que la célula básica de la sociedad es la familia, la iglesia católica era la célula básica de la familia cubana, y aunque es cierto que a principios de la Revolución fueron desmantelados los colegios religiosos y fueron desterrados muchos religiosos, la iglesia católica abandonó a los cubanos y los cubanos a la iglesia. También los cubanos fuimos abandonados por el resto del mundo. Se nos dejó a la deriva, solos con los demonios, que, para ser francos, no son demonios importados, sino tan naturales del país como las verdes palmas reales, y son la inmensa mayoría del “hombre nuevo” cubano.
Para nuestra desgracia, la iglesia católica de hoy es una “santa” versión global del comunismo. Es la nueva era del imperio romano.
Mi familia, como las de casi todos, fue complemente destruida. Unos se sumaron al desastre, y otros no lo hicimos y fuimos los perdedores. Cuando hay rupturas tan radicales en la familia por seis décadas, y que persisten hasta el día de hoy, yo no veo posibilidad de sanación. La sangre que une a la familia cubana tiene un gran contenido de ácido. Rencor y desprecio.
Cuando muchos de los que nos fuimos hace años de Cuba viajamos de regreso a la Isla, nos encontramos con una enorme y alegre familia (que ni siquiera recordabas, porque nunca fueron allegados). Entre ellos nos encontramos con aquellos que te traicionaron y que te vendieron, pero que ahora te quieren mucho. Uno sabe cuándo hay amor y cuándo hay interés.
No, la familia cubana is doneis over. No se puede construir un templo fuerte y alto sobre un terreno pantanoso. Primero hay que secarlo y secarlo bien. Y la familia cubana luego de seis décadas sigue inundando la tierra con sangre y lágrimas.
¿Te consideras un artista autodidacta o has tenido alguna vez una formación técnica y estética? De ser este el caso: ¿dónde, cuándo, y cómo ha influido dicha formación en la versatilidad de tu estilo de creador visual? ¿La alta visibilidad de que ha disfrutado tu obra en las redes sociales, a lo largo de la última década, ha sido un factor positivo o negativo para ti en tanto autor?
Las artes plásticas y la caligrafía siempre estuvieron presentes en mi formación. Mi madre manejaba los dos oficios y fue mi primera tutora. Años más tarde asistí a la escuela provincial de arte que estaba situada en la ciudad de Santa Clara, pero cuando me di cuenta de que era más una escuela político-militar, regresé a Cienfuegos y nunca más exploré el camino del arte académico, lo cual no quiere decir que dejé de pintar. Aunque, en la Cuba de los 60 y 70, si no estabas asociado a alguna institución de arte, no tenías la posibilidad de adquirir o incluso de comprar productos de arte, cosas tan simples como papel.
De aquella escuela en Santa Clara solo recuerdo mi gran interés por el diseño, quizás porque tuve un excelente profesor. Al resto de los profesores los recuerdo como a las tiñosas que le provocaron la paliza a Ron Ñosa en mi película.
Permíteme que te ajuste el cuello del abrigo, “no porque empieza a nevar, sino para que empiece a nevar”, y proponerte entonces esta parodia de César Vallejo: “Hay, hermano, un sitio en el mundo que se llama New York. Un sitio muy grande y muy lejano y otra vez grande”. ¿Existe todavía aquel primer New York de tu renacimiento (acaso resurrección), o en el siglo XXI la ciudad que nunca dormía ya ha sucumbido al sueño socialista de la corrección política de una izquierda radical que está en guerra a muerte en contra del capital y la democracia representativa, tanto como odia a la libertad de pensamiento y expresión que no comulgue con su ideología igualitarista y antinorteamericana? ¿Has sufrido las consecuencias de esa pesadilla política? ¿Tú has sido alguna vez un patriota, de qué patria?
Llegué a Nueva York cuando tenía dieciocho años de edad, y cuando cumplí los veinte años comencé a trabajar en un taller de rótulos situado en Brooklyn. Desde entonces nunca he parado de hacer carteles. Antes los hacía a mano. Luego, con el avance de la tecnología, de forma digital. 
Mientras que yo no toqué el tema de Cuba, disfruté de una carrera bastante exitosa, en el sentido de que me era muy fácil encontrar trabajo y me pagaban bien. También fueron posibles varias exhibiciones de mis pinturas y algunos premios.
Nueva York no ha cambiado mucho desde entonces, en el sentido de la intolerancia hacia lo que no es de izquierda. Solo que ahora es un poco más radical, porque ya esa actitud se ha hecho nacional, global.
Todo me fue muy bien hasta que en el 2009 me vino la idea de utilizar mi oficio para denunciar los abusos a los que son sometidos los cubanos inconformes dentro de la Isla, como yo, como aquel rebelde jovencito que fui. Por pura empatía, comencé a hacer carteles de denuncia y a publicarlos en las redes sociales. Nunca nadie me pagó por hacerlos. Hice carteles y logotipos para una gran parte de la oposición, dentro y fuera de Cuba, y pronto mi nombre en la sección de “búsqueda de imágenes” de Google llenó varias páginas. Ese fue el final de mi afortunada suerte.
Desde ese momento mi nombre se “manchó” de Cuba. Quien conoce Nueva York, sabe que somos la capital de la izquierda internacional. Un artista que critique a la “bondadosa y heroica” Revolución cubana no tiene cabida en esta ciudad, a no ser que tengas un buen padrino. Pero soy ateo, detesto las religiones como detesto al comunismo. Soy un hombre libre en el sentido sexual. No soy fan de la cultura cubana, pero sí del arte pasado. Pero a estas alturas y con tanta calamidad, el arte es un tema de lujo, no de salvación para una nación tan quebrada.
No amo a Cuba, nunca la quise, más bien la detesto. Nunca amé a esa Isla porque jamás fue mía. Y, cuando quise irme, me desterraron a golpes. Critico fuertemente a las mujeres que parieron hijos en Cuba bajo Castro, lo cual encuentro inhumano, habiendo tantas clínicas de aborto gratis en Cuba. 
Pienso que es un error del exilio mirar tanto hacia el pasado, porque ya nada de aquello existe en las neuronas cubanas. Yo pronto cumpliré 58 años y nunca conocí la Cuba precastrista: ya no existe, es como la Atlántida, ya no es más. A Cuba hay que rehacerla desde los cimientos del corazón de los cubanos, y sé que estamos muy lejos de eso.
Con ese discurso (porque no me callo nada) no llegas a ninguna parte con el exilio cubano de ningún lugar. Cuando más, usan tu trabajo y te dan la espalda. Te rechazan, nunca he sido bienvenido. Ellos siguen esperando por un segundo Maceo, porque ya hay muchos Martís. Es vergonzoso ver a los viejos cubanos del exilio aferrados a cosas tan vanas del pasado como son “las tiendas” y “los cines”, y “los restaurantes” y “los cabarets” de La Habana, y “los artistas”, “la farándula”, habiendo tantas cosas de la Cuba republicana que sí podrían ser la llave de la liberación, si se hablara y se discutiera con perseverancia.
Me han dicho en ocasiones que soy un poquito “complicadito”. Lo soy, yo soy un hombre libre. Por estas cosas nunca ha aparecido un padrino y, a estas alturas, ya no lo espero. Por eso decidí publicar “por cuenta propia” mi película sin terminar, con muchos fallos por falta de recursos, pero con mi palabra abierta a un micrófono de once dólares.
Tantos años de trabajo inspirado en la libertad de los cubanos solo me han traído decepciones y mucha tristeza. Pero de todo uno se repone… O no.
Tu filme de animación La Tiñosidad, sin embargo, destila un delicado sentimiento que hasta ahora en esta entrevista has mencionado muy poco: amor, sí, amor en medio del desamor más desalmado. ¿Se trata acaso de un amor imaginado por Orlando Luis Pardo Lazo o se filtra, a pesar de los pesares de Rolando Pulido, una pizca de compasión por nuestra cubanía hecha talco?
Mi respuesta es no: yo no siento amor por Cuba. Hay cosas que aprecio, como es el caso de la música del pasado. Y me da nostalgia ajena ver fotografías de la era republicana, que distan mucho de la Cuba que yo conocí.
Compasión sí, siento una gran tristeza de ver a los niños que son criados en medio de aquella inmundicia. Siento compasión por aquellos que son oprimidos y que no tienen la esperanza de escapar nunca. Y me entristece mucho el maltrato hacia los animales en Cuba. Aprecio por el arte y compasión, no son amor. Para amar a Cuba tendría yo que ser masoquista y no lo soy: yo rechazo el maltrato.
Yo amo, y amo mucho a mi país, donde vivo. Venero su bandera y su himno y me siento muy orgulloso de ser norteamericano. La cultura cubana no permite que ideas como las que fundaron esta gran nación florezcan y se hagan realidad. La evidencia es sobrecogedora. Los cubanos tuvieron la gran oportunidad en el año 1902 de hacer una república parecida, de la mano del mejor amigo de Cuba. Pero todos sabemos qué hicieron los cubanos con su república.
Por último, ¿qué mensaje le darías a un espectador cubano de tu película que se siente a disfrutarla cómoda y arqueológicamente en, por ejemplo, el verano del año 2119? ¿Cómo quisieras ser recordado por los descendientes de los descendientes de la compatiñosidad contemporánea?
Yo no hago absolutamente nada para ser recordado ni para ser querido luego de mi muerte, pero en vida sufriría mucho si pensara que alguien me va a recordar como un buen cubano, como un patriota cubano cuando ya yo no tenga voz. Yo soy un cubano bueno, no un buen cubano: buen cubano fue Fidel Castro.
Yo no creo que para el 2119 Cuba sea muy diferente de lo que es hoy. No existe ningún síntoma de cambio a corto plazo. Y, para lo que necesita Cuba, cien años no son nada. Lamento que no tenga nada optimista que decir acerca de Cuba. Lo lamento de corazón.


Rolando Pulido (rolandopulido@yahoo.com): WebTwitterFacebook