lunes, 27 de octubre de 2008

99 in the shade

99 A LA SOMBRA
Orlando Luis Pardo Lazo

111.

Me recuerdo en 1999. Un verano asqueroso y atroz, como los últimos quince o veinte veranos de Cuba. (Sigo convencido de que el cambio climático global empezó aquí, por algún proyecto súper-secreto con los soviéticos que en los años noventa abortó). Yo caminaba las calles de una Habana decadente en franca recuperación. En el corazón infartado de la Manzana de Gómez, una amiga filóloga (no es Yoani Sánchez ni nadie cuyo nombre incluya una Y) me abrazó al borde de las lágrimas: "Qué fea Cuba, Landy, ¿verdad?", me dijo, y sólo se me ocurrió animarla con un largo beso en los labios. Por supuesto, yo no entendía nada. Ni a Jamila ni a su boca seca ni a nadie. (Esto tal vez sucedió cinco o cincuenta o quinientos años después.)



222.

Me recuerdo en 1999. Estábamos locos, estábamos muertos. Fui a un taller de técnicas narrativas como terapia de grupo para sobrevivir. El lugar era infame, en la Casa de Cultura de Castillejo y Carlos Tercero. Era tarde. Un miércoles. Se fue la luz. Pero el público de taraditos y adolescentes impúberes permaneció hipnotizado en su lugar (unos pupitres despingados acaso de cuando Playa Girón). El aire olía a orine. El conferencista destilaba amables aires de mesías. Tenía un nombre en siglas (JAAD) y, en medio de la aburrida barbarie nacionalera, nos habló de la apasionante fuerza libertaria de la palabra cuando tiene un lustre personal. Nos habló de competir con los muertos que habían escrito estoicamente desde el horror antes de estar muertos nosotros ahora. Nos habló de no dejarnos marear por los odios consensuados de la realidad, de tampoco ser tan pendejos como para mirar infantilmente hacia cualquier otra parte, de la tradición y sus traiciones, de ser hermosos y humildes desde la altanera irrepetibilidad de nuestra escritura (ni él ni ninguno de nosotros escribía entonces), y de quién recuerda cuántos otros desatinos en pleno apagón. El tipo era un inmortal en medio de la corrupción cubana en fase de recuperación. Terminamos sin ver nada, cerca ya de la medianoche. Para entonces éramos como una secta de infieles que lo elegíamos por puro azar a él: JAAD nuestro que estás en el cieno... Salimos de aquel castillejo. A oscuras e iluminados. Y eso fue todo. Un miércoles. Aquel fue el inicio y el fin de una post-revolución literárida que por suerte fracasaría avant la lettre. No teníamos que ser escritores. Ya lo habíamos sido sin darnos cuenta. Arte efímero: excritores, hezcritores. El resto sería sólo nuestras falaces carreras para triunfar humillantemente así en Cuba como en el exilio. Así en la paz tórrida de los años cero, como en las dos mil guerritas inciviles que en el futuro mediato (mediático) todos tendríamos que ilustremente lidiar.

333.
Me recuerdo en 1999. Un día de noviembre. En una funeraria.

444.
Me recuerdo en 1999. Fidel trajo a Cuba de un golpe a todos los presidentes de habla hispana, incluido Juan Carlos el rey español (creo que Eusebio Leal le regaló un óleo de su madre la ex-reina). El transporte público se puso especialmente infernal por esos días de Cumbre. Se acababa el año. Desde abril yo no tenía trabajo. En Cuba, ya no quería volver a oír de esa palabra jamás. Que se jodieron todos, empezando por mí. Todo lo veía a través de un velo opaco y distante. Era la angustia. Pensé que sería un efecto temporal, como la visita de los presidentes y el rey. Como el encuentro del "caballerín" (algo así le dijo Fidel) José María Aznar con la insipiente más que incipiente oposición cubana: una oPOSTsición dedicada a publicar panfletos en internet, contenta de no tener que alzarse en armas, ni siquiera salir a la calle salvo para coger un par de piñazos y una visa express vía Washington. Pensé que mi angustia sería una ilusión pasajera de pasajero apiñado en un metrobús. Gastaba horas y horas de ruta en ruta, sin encontrar del todo el camino de vuelta a casa. Era invierno y sudaba. No conocía a Ahmel Ahmel ni a JE. Así que no escribía, porque aún no sabía por dónde empezar. Por entonces sólo conocía a JAAD, el gurú gagueante. Así que tampoco podía dejar de escribir, porque no sabía por dónde empezar a dejar un vicio tan vacío como el de ser excretor.

555.

Me recuerdo en 1999. Fui a pedir trabajo a Trabajadores, el órgano anaranjado de los dos o tres colores patrios de la prensa plana oficial. Dije que sabía diseño en computación. Dije que sabía escribir (cité un cursillo a medio abandonar con el periodista Luis Sexto en la emisora de radio COCO). Dije que amaba a la revolución: con otras palabras, por supuesto, para que no lo tomaran como una ofensa (el lenguaje en Cuba ya no tolera semejante lexema disléxico, sólo en el resto del planeta sigue siendo posible afirmar que uno ama a una revolución). Me dijeron únicamente que volviera tranquilo a mi casa, que más temprano que tarde alguien del Departamento de Personal me contactaría. Además, primero tendrían que "verificarme" en el barrio y en mi último empleo. Buena suerte, adiós. A la vuelta de nueve años de estar tranquilo en mi casa (igual pueden ser nueve eones o nueve posts), no sé bien qué justificación ponerles si me contactan para contratarme por fin. Aún no sé diseño en computación. Asumo que ya nunca sabré escribir. Y al final siempre me faltan cojones para t-t-tart-t-tamudear la última oración.

666.

Me recuerdo en 1999. En la Feria Internacional del Libro, en el castillo de San Carlos de la Cabaña. Un joven y prolífico escritor de provincia presentaba su libro de cuentos, que recién había ganado en casa un premio continental. Dijo: "no nos llamemos a engaño, escribir es oficio de negros, cuestra trabajo". Él era blanco, si bien menos que yo. Un indio oriental bocón. Disfrutaba performáticamente sus quince minutos de spot-lights y micrófonos. Un viejo y angurrioso escritor de la capital me pasó un brazo por encima de los hombros. "Te doy quince años para que el libro lo escribas tú, comepinga", me dijo. Me queda poco menos de la mitad de aquel plazo. Pero el libro hace mucho que lo tengo completo, comepinga tú. Ahora es sólo cuestión de tener la genial mediocridad de ponerlo entre letras y espacios en blanco: de exhibirlo como en las exequias de un exquisito cadáver que yo mismo preferiría ni releer.

777.

Me recuerdo en 1999. Me faltaba un diente, me sangraban las encías. Mi salud era un fiasco. Fidel echó a correr una batalla de ideas para repatriar a Cuba al niño náufrago Elián (Robinson que reclama a su séquito de Viernes). Yo eché a correr como una zorra en el maratón Terry Fox. A mi lado rodaba un pequeño ejército de traqueotomías y amputaciones sobre mil y una sillas de ruedas. Yo corría a ciegas, despacioso e infatigable. Como un Forrest Gump loco local. Como un taradito de taller literario con olor a orine en el aire. Como un adolescente impúber entre la histeria política y la represión sexual. Como el suicida que a Orlando Luis Pardo Lazo ni siquiera en juego se le ocurrió. Fidel tenía entonces 73. Me llevaba un medio siglo de 45 años. Llegué de último a la meta del maratón. A mitad de camino, me dio por ayudar estúpidamente al prójimo más necesitado. Todos me agradecían con naturalidad, como si cada uno de mis gestos no fuera absolutamente artificial. Yo era invisible en aquella marea clínica de solidaridad. Yo era y sigo siendo invisible. Fidel tiene ahora 82 años y aún me lleva el mismo medio siglo de 45. Supongo que de vez en cuando hay que saber llegar de último o, preferiblemente, nunca llegar a la meta de un maratón sin piernas llamado Terry Fox.

888.

Me recuerdo en 1999. Viajé en botella hasta el río Duaba, en Baracoa, Guantánamo, en la frontera paleohistórica de este país. Vimos un velorio montado como una escenografía entre el portal, la calle, y la acera del frente (la de la sombra). Supongo que lo hacían de puertas afuera por el tedio y el oprobioso calor. Aunque la recorras de punta a cabo, Cuba es un eterno veneno. Todo el mundo en el pueblo masticaba aquella pasta chiclosa pronunciada chillonamente guassspén... El campismo del río Duaba estaba alquilado entero por una secta protestante que lo usaba como retiro bautismal. Todo el tiempo sonreían, tocándose mientras se encomendaban a Dios, como personajes de El Portero de Reinaldo Arenas o entelequias cartoonescas de la serie South Park. Hablé con algunos de los más jóvenes. Noté enseguida una ignorancia babeante y docta que me sobrecogió por ser tan mimética. Aquellos seres eran clones de piel ceniza y ojos transparentes de zombi: ceros antes que seres. Tenían una fe fabulosa de estar viviendo todos en la Verdad (estaban orates de remate o eran actores sensacionales para ser amateurs). Se bañaban con ropa en el río, y jugaban escandalosamente como niños inocentes, hasta que un pastor nos exigió con mucho respeto que no usáramos sólamente la trusa para zambullirnos. Les resultaba muy chocante nuestra "desnudez", casi una ofensa a su dios. Lo obedecimos como experimento y parodia. En aquel teatro vodevil nosotros seríamos el diablo/devil, y había que asumir nuestro rol de manera profesional. El agua era cristalina como nunca antes la he visto en persona. Desde aquel lecho de chinas pelonas, La Habana de 1999 era sólo una pesadilla de no te asustes, mi amor, porque es mentira y tú verás que ya pronto vamos a despertar... Aquella colmena integrista habitaba un oasis de significado en medio de la escéptica descojonación nacional (aunque los índices económicos ya habían rebotado en el subsuelo y ahora se remontaban ad infinitum desde las sesiones del Parlamento y los titulares de la prensa plana oficial). Parecían miembros no de una secta endémica guantanamera, sino mutantes de una subespecie de homúnculos perdidos hasta la próxima glaciación. Con el paso de los días, nuestra curiosidad fue menos y cedió paso a la ira. Los odiábamos un poco en su fundamentalista felicidad (ellos o nosotros: esa era la cuestión, uno de los dos bandos en combate tenía que estar muy enfermo). Los entendíamos cada vez menos a lo largo y estrecho de la semana. Al final, nos despedimos casi por señas, con saña, imposibilitados del más mínimo afecto para una mayor comunicación. Definitivamente, la cuestión era la Cuba del Dios local de ellos versus la Cuba demoniaca de nadie que traíamos por dentro desde la capital: uno de los dos relatos tenía que estar muy grave, de ingreso en una sala de terapia intensiva zoocial. Por mí, que se pudrieran ellos en aquel paraíso bautismal de un campismo a orillas del Duaba, Baracoa, Guantánamo. Por nuestra parte, viramos volando hasta La Habana. Literalmente. En avión. (Esto tal vez sucedió quinientos o cincuenta mil o cinco millones de años atrás.)

999.

Me recuerdo en 1999. Preso. Firmando la energúmena orden de arresto en una estación policial de Lawton. Entre orientales sudados con uniforme y una oquedad institucional inimaginable desde la acera. Yo había tirado un par de fotos a una chimenea en ruinas y seguí caminando confiado por el barrio, hasta cruzar las líneas férreas y salir a Juanelo. A las cinco o seis cuadras, una patrulla rara frenó hollywoodensemente a mi lado y me exigió que los acompañara. Al parecer, un custodio zombi de la fábrica en ruinas me había denunciado a la Seguridad del Estado, al detectar en mi actitud uno de esos acápites sospechosos del Sistema Único de Exploración. A los efectos, yo era un espía. Acababa de salir de una semana ingresado gratis en un hospital horroroso, y ya me reclutaban de nuevo a comparecer. Me compadecí de mí. Me dio tanta lástima la subsistencia entre la estupidez y la estulticia cubanas que, con gusto, me hubiera rajado a llorar en el asiento de atrás (las ventanillas no se bajaban). Ya en la estación, nunca me dejaron acercarme a un teléfono para hacer la llamada de rigor (rigor mortis: creo que yo también estaba sobresaturado del peor cine demócrata Made In Hollywood). A una adorable viejecita blanca, sentada junto a mí en el banco de piedra, le susurré mi número de teléfono y el nombre de mi mamá (usé justo esa palabra: mamá). La señora entró en pánico y se negó coléricamente a ayudarme: casi me denuncia por segunda vez en minutos. Tal vez pensó que yo era la perdición de su propia causa. No sé. Lo cierto es que no he sentido tanta desolación como ante aquellas arrugas venerables, de cuya muerte ipso facto allí fácilmente yo me hubiera alegrado. Después fue una muchachita negra la que sentaron a mi lado. Esperaba al marido o tal vez al padre (o ambas funciones en uno solo, como ya va siendo habitual): un tipo fuerte que manoteaba con descaro dentro de una oficina. Le repetí mi ruego y ella sí memorizó el 988269 y el nombre de mi mamá: María, corre, tu hijo está preso en la estación del parque infantil (históricamente había un parquecito al lado, pero luego lo convirtieron en una discoteca de cursilerías, adulterios y asesinatos). Tras esa escena, sentí tanta gratitud que juré, para el resto de mi vida, colaborar siempre con los condenados, así se trate de violadores en serie de ancianitas o de menores de edad (las dos claves semánticas de los rumores pro-linchamientos en Cuba). Enseguida mi madre María se apareció con un vecino capitán de la policía. Me devolvieron la cámara intacta (era prestada, por lo demás). Cancelaron el proceso antes de que la Seguridad del Estado se interesara en valorar cuánto arte o desastre había en mi rollito Konica de 100 ASA. Rompieron delante de mí el papelito de arresto en mi contra, legitimado por mi propia firma, hecha con un repuesto de bolígrafo: este detalle me hizo temer que yo estuviera en manos de algún cuerpo paramilitar. Me fui a la pinga de allí, entre el capitán vecino y el tembleque parasimpático de mi mamá. Tenía unas ganas de pinga de ser espía. De expiar tanta irrealidad. De vender pa´ la pinga mi foto al mejor postor del exilio. Pero la chimenea de la fábrica en ruinas tampoco paría mucho más. Era sólo un mojón de pie, un monolito de mierda sin valor económico ni anti-ecológico. En 1999, ni el peor enemigo de Fidel Castro podría narrar nada con semejante saurio fósil anterior a la revolución industrial. Además, hacía un calor de tres pares de cojones. Cuba se derretiría sola en la sopa insoportable de su propio sopor. De la discoteca vecina a la estación policial se fugaban los acordes de Jon Bon Jovi en matiné. Era 99 in the shade, por supuesto: 99 grados Fahrenheit a la sombra para rematar, febrícola de 37 grados Celsius en una Cuba tan fea como la frase reseca de Jamila que la fundó (fundió): "Qué fea Cuba, Landy, ¿verdad?"