martes, 21 de octubre de 2008

MEMORIAS DE LAS SUBMEMORIA

MEMORIAS DE UN CUBANITO QUE SE CASTRÓ CON EL SIGLO

Orlando Luis Pardo Lazo

1.- Hablábamos con horror de política. Era el invierno de 1989 y recién empezábamos en la universidad. Ninguno cumplía todavía ni veinte años. Queríamos sobrevivir al fin de la historia. Pero afuera se acababa el mundo colorado. Aunque en Cuba lo único que caía era una lluvia colorada, según cuenta Kozer. Los titulares de los periódicos eran tétricos. El que a hierro mata, a hierro muere (por ejemplo). Las pedradas del muro de Berlín comenzaban a caer desde Beijing hasta Panamá. Uno de esos ladrillos se fue de órbita y tumbó al Sputnik en español que circulaba perestoicamente en La Habana. Fidel se puso muy serio. Ojeroso, desencajado. Creo recordar que encaneció en pocas semanas. El eje Gorbachov-Ochoa lo ensombreció. Tal vez él fuera entonces el único cubano consciente de que tendría que sobrevivir veinte años a su propia Revolución. Por el momento, nosotros hacíamos homéricamente el amor (no pocos lo intentábamos por primera vez) y Fidel hacía túneles que sólo él sabía para qué y con quiénes y cuándo se iban a emplear.

2.- Hablábamos con horror de política. Era el verano de 1994 y recién terminábamos la universidad. Fidel lucía mucho más animado. La gente se veía flaca y de piel cetrina. Un pueblo polineurítico y paleoneurótico. Hubo asaltos espeluznantes y asesinatos en serie de un Hollywood clase C. Los rumores cogían presión. A casi nadie cogían preso, pero las cárceles continuaban repletas. Los dólares poco a poco cicatrizaban nuestra economía cauterizada (aplaudí a Fidel hasta las lágrimas en el discurso de de$penalización). Los ahogados inocentes flotaban en nuestras aguas tórrido-territoriales. Los restos comidos por los peces y mutilados por los machetazos balseros de algún compatriota encallaban arrepentidamente en los arrecifes. Vi cubanos corriendo como caballos encabritados por las calles de Centro Habana. Después otros miles lo cambiaron todo por una barca y el alquiler de un camión para arrimarla hasta el mar. Hubo un exilio intranacional en la base naval yanqui de Guantánamo. Por el momento, nosotros hacíamos planes laborales heroicos (nadábamos en tiempo y recursos en el Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología, adscrito al Consejo de Estado) mientras Fidel firmaba acuerdos migratorios a la cañona con Clinton (dicen que las administraciones demócratas son casi indecentes de tan débiliberales).

3.- Hablábamos con horror de política. Era el invierno de 1998 y el Papa silabeaba y se babeaba en La Habana. Rió. Alzó la voz más allá de sus cuerdas vocales. Se veía un viejito entusiasta y santo. Un verdadero poscomunista polaco. Pensé que se iba a morir de alegría aquí, en plena tribuna de la Plaza de la Revolución. Oímos gritos de LIBERTAD, LIBERTAD (yo no grité nada). Todavía resonaban en mis oídos las palabras del Padre Pedro en Santiago de Cuba (lo sobrecogedor fue oírlas por los micrófonos anquilosados de la TV nacional). Cargué un rato a mi novia. Pesaba. Hacía un sol impropio para la estación. El Ché de acero y el Cristo de papel se derretían iconoclásticamente. Fidel usaba traje y no sé si corbata. Me dio un descenso premonitorio, pero resistí hasta el final (lo mismo que García Márquez y su cáncer cansado). Cuando el avión del Papa despegó, entendí literalmente qué era nuestra soledad secular. Y esa misma tardenoche de domingo me convertí a cierta clase socialipsismo acatólico que no acata casi ningún comentario.

4.- Hablábamos con horror de política. Era el verano de 2001 y Fidel se moría por primera vez. Un descenso, según improvisó Pérez Roque en vivo. A las pocas horas el comandante ya resucitaba espectacularmente en una Mesa Redonda espectral. Nuestro hombre en la Plaza sólo había consumido la mitad de sus dos décadas de más, si bien decir esto en 1989 o en el 2001 hubiera sido un delirio: nadie le daba tanto tiempo en el poder. Nosotros ya no amábamos demasiado a nadie, pero los túneles de Fidel aún seguían allí: traqueotomías tumefactas alumbradas con un bombillito ahorrador Made In Beijing. Esos alucinantes criaderos de hongos alimenticios y refugios anti-atómicos de entrenamiento militar terminaron convertidos en mero entretenimiento para cópulas cubanas rigurosamente underground. Para colmo, por entonces yo no tenía trabajo: léase, trabajaba como promotor del Centro Provincial del Libro y la Literatura. Un bufón dando bufidos en esta peña o en aquella presentación. Me sentía muy triste y muy libre. Mi mejor amigo había muerto de enfisema o desesperanza (hasta el diablo sabe que se llamaba Ulises Carbonell). Intuía que yo sería el último cubano en salir de Cuba: no porque lo considerara un valor an sich, sino por pura apatía de reaccionar. Entonces leí que el escritor es el oficio más reaccionario del mundo (espero no haya sido García Márquez) y eso fue suficiente para romper a escribir. O mejor aún: eso fue suficiente para romper a romper (fin de mi hastío rampante).

5.- Hablábamos con horror de política. Era la primavera de 2003 y yo era un periodista apócrifo in-the-pendiente. Cobraba derechos de autor clandestinos, en un campo literárido donde vivir del texto puede ser penado como un acto criminal. Por supuesto, también publiqué libros y reseñas en Cuba: este país por momentos parece un paraíso editorial a la par que padece de propensión parapolicial. A veces, en la misma semana me daba el lujo de alternar heterónimos entre LaJiribilla y CubaNet (al peor modus scribendi de un Pessoa pasado de moda y bastante pesa´o). Igual sospecho que fui el hombre más independiente de mi generación: un Kafka cubanietzsche autotitulado der unabhängigste Mann in Amerika. Mucho después, Fidel quitó los dólares aún con su brazo izquierdo enyesado, y esta vez lloré de impotencia por su prepotencia indolente respecto a mi teoría de la plusvalía / minusvalía en tiempos de post-revolución (Das Kubapital). Entonces comencé a escribir menos y me concentré en fotografiar banderitas cubanas al por mayor: flagtografías. Pero enseguida fui preso por retratar una chimenea en ruinas con un Martí ñato en primerísmo plano (relato lato que queda pendiente para mi penúltima columna en PD: El Diablo y el Estado).

6.- Hablábamos con horror de política. Era el otoño de 2008 y ahora era Fidel quien escribía para mí. Son sus reflexiones del siglo XXI o acaso sus refleXXIones. Yo lo sigo con atención (técnicamente, en atención). Soy su piñeriano siervo-servil de nuestra provinciana prensa plana, y también su modelo adánico del buen lector. Los restos de mi excritura bien podrían leerse como un comentario anónimo al margen de toda esa castrosfera híperescritural. Los amigos en el exilio se dializaron en la nada digital de una nata nihilista (blogs bloqueados de la bobería local). Los amigos muertos siguen muertos desde hace justo una década (fango fósil en el cenicero de mi cabeza). Y el amor ya es sólo el apócope del amor: un anagrama suicida de quién podría sospechar ahora qué... Por lo demás, no me siento ni muy triste ni muy libre. Supongo sea mejor así. Let it read.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Orlando
me has puesto a pensar en retrospectiva con tu crónica. Y lo más sorprendente es que las fechas que mencionas han sido, al igual que para ti, muy significativas en mi vida: 1989, 1994, 1998, 2001, 2003 y 2008. Fechas que determinaron cambios incluso de vida. Lo que no me he permitido es escibir, pero ahora siento gran necesidad de hacerlo.
es muy bueno este artículo.
saludos
Irma