martes, 14 de octubre de 2008

Necia necesidad de una guerrita incivil

Una imagen vale tanto como una imagen y mil palabras casi nunca valen mil nadas.
Hay que pasear por La Habana como turistas tarados de penúltima generación: estar permanentemente de paso, aunque sea sólo una pose de payaso post.
Caminar como cronistas apócrifos que ya nada podrían restar a nuestra suma de poquedades bajo ese sol del mundo maniatado a mural.
Hay que ser un postproletario de retaguardia en medio de este mausoleo insolente devenido manicomio insolvente.
Ser un predicador protestante en una guagua repleta, tart-t-tamudeando entre la desidia de Dios y el odio de la multitud.
Ser uno de esos mendiguitos sin patria, pero todavía con amo: no pedir ni dar limosnas, insolidáridos de remate.
Ser un zombi trastabillando de déjà-vu en déjà-lu: porque es muy agobiante leer en Cuba, sea directamente de nuestra irrealidad hiperreal o virtualmente en la web fantasma del resto del mundo.
Avanzar como un bonzo por esta ciudad de atrezo es padecer el Síndrome de Sergio en los años sesenta: cualquier trama nos sabe a tramoya de cartón, a cartabón disciplinario, a Memorias de la Desmemoria (tampoco parece un mal título para subtitular alguna película de aquella década).
En definitiva, hay que recorrer La Habana para corroerla en venganza por no habernos fugado a tiempo de su tríada pitagónica de vocales a.
Dolce & Habbana: afasia, abulia, anomia.
Brave New Habanada: apatía, ataraxia, apostasía.
Hiroshimabana, mon amour: apocalipsis, apoplejía, apoptosis.
Et al.
Crucigrama sin clave o tic-tac-toe tropical: cada pisada marca una casilla que lo mismo podría ser de un acta de defunción que de la próxima boleta electoral anulada.
En cierto sinsentido, bovarísticamente, La Habana c’est moi!
Y en esto coincidimos inánimemente con la pancartística nacional de moda: somos un alef maléfico que ya no regurgita nada, sin concesiones ni oposición (es un estado mental al margen de todo, excepto del ojo levógiro del huracán).
Hay que maquinar delirios entre el deleite y el delito: distopía de la d.
La Habana como contexto de una mala maqueta: obscena escenografía sin extras ni personal técnico ni director de culto del film (del fin).
¿Dónde se meten los ciudadanos a escala 1:10 000 000 de la maqueta?
¿En qué cajita de fósforos los han reconcentrado a la espera de un bombardeo de confituras y confeti?
¿En la maqueta estará representada la propia maqueta de esta ciudad no tan maquetada como traqueteada?
Hay que comparar las luces y demás guiños mediáticos del tráfico suburbano: supongo que ése sea nuestro decadente derecho al pataleo, en tanto derecha endémica que tampoco dio para mucho más.
Debe ser un placer y un privilegio persistir en un presente tan pertinaz que no deja grietas de cara ni de culo al futuro (o tal vez sea cronotópicamente al revés: el futuro es tan fatuo y tan flato que no se cuela ni por las fallas tectónicas de nuestro presente tan impertinente).
Debe ser casi un estado de euforia contemplarnos en derredor y auto-robarnos una tajada de inercia feliz.
De esa energía falaz dependen los corcoveos que después simularán ser nuestra excritura: de la apoteosis sweetsida de Arenas a un jueguito de jergas tan complejo como Kozer y cantar, de la prosa espinosa de Rosales al autismo autorial de García Vega, de la cáscara oculta de Carpentier a la caspa doméstica de Novás Calvo, de los hombres con hambre de hembra de Montenegro a los ladridos cubinformes de Labrador Ruiz, de la caza del jabalí lezamiano al olor de la pinga que puede detener a un pájaro piñeriano.
Et al.
Hoy habría que leer un poco menos a estos apellidos (menos que lo que nunca los hemos leído, se sobreentiende) y priorizar otras zonas e-mergentes de la literanada cubana: por ejemplo, los comentarios mitad choteo y mitad fascismo que dejamos en nuestra blogosfera tan boba como las palmas (si el planeta sobrevive digitalmente, ese cubangelio.com será una exquisitez para los arqueólogos del 2666).
Habría que priorizar también, por supuesto, las lecturas del cuerpo: desgastarlo masoquistamente contra la lija de lujo que in situ resulta esta habana.cu.
Habría, por último, que desestetizar la barbarie: husmear en los huesos de una ideología sin más esperanza que una osteoporosis con anestesia.
Porque en algún momento algo hizo crac dentro de la médula biológica o histórica de la maqueta, y ya no hay vuelta atrás a la catalina equitativa de un nuevo milenio clínico al punto de lo criminal.
Tal vez sólo sea una inocente guerrita incivil sin bandos ni bajas: una catarsis sin catástrofe, un caos antiteórico de entropía cero, un llegar tarde a la fiesta que nadie nos invitó (un fiasco nombrable), para colmo sin averiguar si era boda o velorio: la ausencia de novia o de cadáver será por fin, ahora, nuestra indefinición mejor.
Necesidad de una guerra errática: saturada de e-rratas que por lo menos le dejen cierto amargor al texto insipiente de nuestra incipiente sigloveintiumnidad.
Necedad del penúltimo payaso cuya pose post sea proseguir imperturbablemente de paso: en algo teníamos que dilapidar el tiempo, todo el tiempo del mundo (¿o no?).
Así pues, en plena imposición de nuestras facultades mentales, habría que proponer la impostergabilidad de una guerrita incivil: acaso baste con una imagen que valga tanto como una imagen, acaso con mil palabras que casi nunca valdrán mil nadas.