martes, 21 de octubre de 2008

PORNO PARA RICSANDRA

A FALTA DE SANDRA, RICARDO

Orlando Luis Pardo Lazo



Fue el concierto más largo del mundo, a los efectos del actual piquete de punk Porno Para Ricardo.


El escándalo duró sólo una canción y media: de los pioneritos chivatones al policía de la culturrr...


Y, en efecto, llegó una patrulla con portezuelas tiradas y luces giratorias y demás parafernalia prepoliciaca.


Eran dos agentes de lustroso y cansado uniforme de color azul industriales (de noche no todos los policías son grises).


Se introdujeron muy cortésmente en principio, como corresponde según nuestra constitución en corsé, pero venían acompañados de un rally medio rabioso salido de uno de esos 12- o 18-plantas del Ministerio del Interior que se empinan en Nuevo Vedado (y en ocasiones se empingan también).


Eran vecinos insomnes (vecinas incluidas), gente propensa voluntariamente a ser autores de algún que otro informe de cara a la autoridad.


Por esta vez no sin razón: era la una de la madrugada cubana y la música recién rompía a sonar a todo wattaje dentro de la casa.


Terminaba así un sábado sin Sandra (Ceballos) y comenzaba un domingo a medio trasnochar con Gorki, Ciro, Renay & Herbert: los cuatro jinetes del Pornocalipsis local, ya a punto de lanzar un nuevo disco para atizar su peleíta cubana contra los demonios de la oficialidad (y, de paso, los de la ofrikicialidad).


El público: casi ellos mismos, más unos pocos adictos doctos en la materia (además de dos probables espías espontáneas al estilo del temita Marlén y Tatiana: tipas que sirven al menos para uno después acostarse en la cama / coger dos almohadas / meterlas entre las piernas / y seguir pensando en Marlén y Tatiana).


La Habana es una ciudad protopornográfica: polis política y anticosmopolita devenida paraíso parapléjico y parapolicial; urbe pacata y promiscua, onanista y orgiástica, provinciana y posnacional; ubre reseca de lectores pero insecable de leche.


De hecho, la gran novela habanera, Paradiso, que no fue escrita por un gran novelista sino por un gran habanémico, es la meca cubana del regodeo en las sinuosidades del cuerpo y del lenguaje.


Así mismo, el gran monumento patrio de la ciudad, el monolito de la Plaza de la Revolución, desde donde aún bombea el corazón infartado de nuestra utopía tupida, funge como un falo con cresta que se hinca muy hondo en la vagina vacua del cielo (todo a la vista voyeurista de la casa del miniconcierto maxiclandestino).


Rodeada entre ministerios y edificios antisísmicos de importación, dicha casa de milagro aún no se cae en medio del caos: su arquitectura republicapitalista resiste estoicamente la agresión visual del resto del municipio Plaza de la Revolución, y finge sentirse bien en medio de los signos clínicos de su depauperación terminal (techos abofados, paredes con cabillas en carne viva, cortocircuitos por la humedad de caverna, habitaciones usadas como cuartos de desahogo o plan tareco o ensayo punk, jardines boscosos con animales domésticos en vida salvaje, etcétera).


Sospecho que esa casa (o acaso cosa) sí resulta un espacio aglutinador para cuando cada noche se nos venga encima encima la noche y los edictos dictatoriales del Consejo Nacional de las Artes Plastificadas y un 2008 que se acaba inaugurando en Cuba lo que ideológicamente intenta ser toda una Restauración.


Mientras tanto, nada: discutir un poco con los policías de ronda (tipos amables y de ingenuidad casi criminal).


Mientras tanto, manotearle al vecindario hasta la próxima delación (o felación).


Mientras tanto, por supuesto, rockear pornopolíticamente para las masas y las mozas cárnicas: ya sabemos, darles un poco por culo a las frikis / a las repas embutirle el pingón / a las mikis mamarles su bollo / y que todas gocen el pornock and roll.


Oremos, pues, que se acerca el fin de los tiempos y ya muy pronto se nos acabará a todos el fun.