martes, 25 de noviembre de 2008

2 years ago in Casa

DECÁLOGO DEL PERFECTO COLIZA

Orlando Luis Pardo Lazo


1.

San Homo en Casa de las HeteroAméricas. A todo trapo, a toda vela: velo de novia, chal y mantilla. A toda leche y a toda voz. A todo color: de los pies a la cabeza y del turbante a un par de botines anaranjados (Clock-Work Orangay).


Pedro Lemebel revisita La Habana a finales de noviembre del 2006: esta Semana de Autor en calle G y 3ra (el patio de mi Casa no es particular) realmente promete. Y los anfitriones lo saben. De ahí sus risitas cómplices ante un show(wo)man llamado Pedro Lemebel. De ahí sus puestos puntuales en primera fila. Por si acaso.


Show must go homo.



2.

—Papá –implora mi hijo de nueve años, aburrido frente a la TV nacional–: llévame a ver al Mago Lemebel.


Porque era eso. Se esperaba un acto de magia. Se respiraba una tolerante atmósfera de prestidigitación. Sobre todo por la reacción solemne y somera con que lo anunciaron los medios locales (nada locuaces, sino a medias tintas por esta vez):


Lemebel en Casa. Un escritor chileno de izquierda. Amigo personal de Gladys Marín.


Entonces cargo en el cuello a mi hijo y con un gesto de resignación lo complazco:


—Vamos.


Y fuimos. Hasta una Casa que no existía antes del magister Potter Lemebel.


3.

En Cuba, para no variar, aún no había nada editado de tal escritor chileno de izquierda, aunque fuese amigo personal de Gladys Marín: demasiado estrafalario, estravestifalario, falario a secas (queer queen).


Una década atrás, Pedro Lemebel había estado en La Habana para desplegar su estrambótico peorformance: Las Yeguas del Apocalipsis. Pero al parecer vino, no vio vicio, y se fue. Sin penes ni glorias.


Ahora, sin embargo, la cosa en Casa sí prometía ponerse caliente. De ahí el interés de grandes y chicos, incluido mi hijo que apenas sabe leer. Porque acaso se tratara justamente de eso. De aprender a leer con Leemebel.


Sería un método fulminante de sacar del closet ese scrabble cariado que nos paraliza en el modo straight. Una metodología All-included & Pret-à-porter (Pedro-à-porter). Servicio a domicilio. Coge tu Lemebel en Casa durante toda una Semana de Autor: en realidad, cuatro tardes truncas de noviembre del 2006.


4.

Baja el telón y sube el telón, y aparece Pedro Lemebel. El tipo tamiza las luces de Casa y pasa por el audio una balada kitschilena. Esta es la ecología perfecta para declamar ahora un poema civil. Un Manifiesto por su diferencia, escrito 20 años atrás y democráticamente leído bajo la dictadura del general Augusto Pinochet, en el Santiago de Chile de septiembre 1986.


Es un panfleto de versos edípicos y conversensacionales: howllidos de Lobomel o, mejor aún, el graznido de cisne de Lemebird. Es una monserga donde se pone patas arriba el mito de Cuba en tanto paraidso de la izquierda socialutópica global.


Pedro Lemebel dixxxit:


No soy Pasolini pidiendo explicaciones. No soy Ginsberg expulsado de Cuba.


¿Y entonces? ¿Qué harán con nosotros, compañeros? ¿Nos amarrarán de las trenzas en fardos, con destino a un sidario cubano?


¿El futuro será en blanco y negro? ¿El tiempo en noche y día laboral, sin ambigüedades? ¿No habrá un maricón en alguna esquina desequilibrando el futuro de su hombre nuevo?


¿No cree usted que solos en la Sierra algo se nos iba a ocurrir? Aunque después me odie por corromper su moral revolucionaria.


Mi hombría no la recibí del Partido porque me rechazaron con risitas muchas veces.


Mi hombría espera paciente que los machos se hagan viejos, porque a esta altura del partido, la izquierda tranza su culo lacio en el Parlamento.


Hay tantos niños que van a nacer con una alita rota. Y yo quiero que vuelen, compañero: que su Revolución les dé un pedazo de cielo rojo para que puedan volar.


Oh-vación cerrada. Ah-plausos unánimes. Uh-rras al por mayor. Eh-sfínteres de todos los países, ¡abríos!


5.

Sube el telón y baja el telón, y desaparece Pedro Lemebel. En su lugar, tras el micrófono, surge una flora y fauna de conferencistas del patio y académicos de university llegados de USA.


Por supuesto, de tanto en tanto se habla, también, de literatura. Pero la mayor parte del tiempo, como es lógico (time is money), cada cual habla de sí, de sus respectivos ingenios como lectores privilegiados de Lemebel: todos lo han leído ya todo de él, lo que demuestra lo innecesario de publicarlo antes aquí.


Se alaban las crónicas cólicas de Lemebel. Se le pasa la mano a su novela Tengo miedo torero, primer libro del invitado chileno que en Cuba circulará (otro chileno, Roberto Bolaño, le advirtió que era patética y que mejor no la publicara, pero Roberto Bolaño murió en el 2003).


Se admira su militancia levogay. Sobrecogen sus desplantes políticos en vivo ante las cámaras de la televisión chilena (la televisión cubana lo filma todo off-the-record, por si aparece luego un espacio donde editar en diferido a Lemebel). Y se captan sus ironías sobre el savoir-faire entre hombres en las noches otoñales del trópico insular, no muy lejos de la domesticada Casa de 3ra y calle Gay.


Los anfitriones demuestran su excelencia de anfibios, al no perder nunca la risita cómplice desde sus puntuales puestos en primera fila, mientras aplican la táctica urbanoguerrillera del laisser-faire. Pero mi hijo de nueve años igual se aburre muy pronto y ya se quiere marchar.


—Papá –me implora otra vez–: llévame a ver al Mago de Oz en Cubavisión.


6.

Letras de penúltimos cuplés, boleros lelos, rancias rancheras y slogans revolucionáridos. Todo gritado a sotto voce desde un radiecito clandestino: el tralalí-tralalá de Pedro Lemebel en Tengo miedo torero no tiene para cuando acabar.


El personaje La Loca del Frente (Patriótico Manuel Rodríguez) es su pedrerónimo en esta novela breve. La fecha y el lugar de la trama recurren incisivamente en Santiago (de Chile), en septiembre 1986. Sólo que ahora ya no se trata de declamar afectadamente un poema civil, sino de matar a bazukazo limpio al general Augusto Pinochet (más los imprescindibles daños colaterales, incluido el Mercedes limousine presidencial).


En un país cuyo presidente ha sobrevivido a más de 600 intentonas de asesinato, Tengo miedo torero resulta a la postre de un realismo naif. Lo más interesante del libro es acaso cierta entrelineada noción de falorrevolución. Un cierto candor de los años sesenta ahora ya demodé. En este sentido se trata de un relato inactual, un fósil remix de la paleohistoria de América Letrina. Un guión que fácilmente podría dramatizarse como radionovelón de las 2 PM en cualquier emisora estatal.


Lo cierto es que, Por la Razón o la Fuerza, el viejo zorro de Roberto Bolaño sabía dar en clavo en términos de publicar o no publicar: that is the gaystion.


7.

—Mi niño –Lemebel le dijo a mi hijo al concederle un autógrafo–, el año que viene vuelvo y ya seremos legión: el coche hay que empujarlo de a poco para que avance –sentenció teatralmente, guiñándome un ojo a mí.


Un par de años después, ese parlamento continúa siendo incomprensible al menos para mí. De nada ha valido preguntarle al propio autor qué quiso decir con aquello. Del correo que nos regaló en la solapa de Tengo miedo torero (lemebel@hotmail.com), sólo llegan saludos cordiales y evasivas pasivas.


Al parecer, al torete de Lemebel le gusta guardar sus cartas más afiladas para la hora de la estocada final.


8.

Pedrísimo Lemebel, con su atuendo de bi-sualidad hi-tech y sus tics de narrador homosentimenstrual. Perrísimo Lemebel, hechizando a la vampiresca familia lectiva cubana, ávida de lebeber su nefanda sangre post-HIV: milagro del sickglo XX. En fin, el mal. Lemebel, P: p(l)ato fuerte que desborda la copa pacata con que alguna vez los chilenos leyeron al Donald Dick.


En plena Casa, ante las palabras y gestos del transchilen@, aún tratándose de todo un escándalo, la presidencia prefirió no escandalizar. Así todo quedaría dentro del canon cooltural del siglo XXI local (de locas), con su correcta dosis de low-profile, más una diplomática imagen de tolerancia de cara a la Izquierda Internacional Ltd.


9.

Quoth the condor: Nevermebel.


10.

Para comfort de grandes y chicos, ya ha pasado la revisita de Pedro Lemebel. Una naranjada mecánica capaz de provocar toda una revolución naranja, al menos en mi cráneo de ucranio tropical.


Verlo en directo fue casi un augurio de la inminente muerte en cama (y no a bazukazo limpio) del general Augusto Pinochet.


Así sea, pues: let it mebel.