jueves, 13 de noviembre de 2008

FRIGIDAIRE O MUERTE

MI REINO POR UN REFRIGERADOR
Orlando Luis Paro Lazo

No son simples refrigeradores, trademark de una General Electric congelada en el Paleolítico de apenas medio siglo atrás. No son simples refrigeradores, sino sondas de nuestra memoria insondable: máquinas del tiempo, como los "almendrones" jurásicos con que la Chevrolet aún traza el mapa hecho trizas de esta Habana del XXI. No son simples refrigeradores, repito, sino fósiles fáciles a ras de tierra (en carretas de caña): ataúdes patrios para descongelar un pretérito preterido o el futuro precario que ya nunca será.

Mi madre estuvo como una semana llorosa. Desde los años 50s había vivido codo a codo con el mismo refrigerador (empezó en la casa como sirvienta: 15 pesos al mes, más comida y alojamiento gratis). Era (es) un rollizo y corajudo Frigidaire de lata eterna, con el motor como un corazón de toro desde que el proletariado yanqui se lo cronometró en pleno macartismo y paranoia nuclear.

Al igual que el resto de la cuadra y del barrio, mi madre se había metido por inercia en una lista para el cambio de aquellos equipos: una especie de update estatal de la refrigeración cubana, más 7 mil pesos MN que debíamos pagar a crédito ad infinitum (280 CUC). Uno de esos mediodías tarados de domingotoño en revolución, no resistí más su nostalgita republicana y exploté (lo siento, mi madre es una buena mujer que ya rebasa los 70 años). Puse a un lado la triste sopa de 100% fideos, di un puñetazo en la mesa y le grité: ¡No tenemos que cambiar ni cojones!

Y así fue. Una decisión por unanimidad personal. No abandonamos a nuestro Frigidaire en una morgue colectiva cubana, donde taxidermistas emergentes le extirparían sus vísceras eléctricas como a un androide de Philip K. Dick (acaso para revender la chatarra a un empresario manga nipón). Me pregunto si la llamada newrrativa de la Generación Año Cero sabrá lidiar de manera light con un argumento así: ¿Jorge Enrique Lage, Raúl Flores, Michel Encinosa o yo?

Recordé un minicuento de Enrisco publicado en Letras Cubanas: mover los muebles en secreto como un síntoma de resistencia política o dejarlos inmóviles en tanto complot clandestino de subversión. Esta situación límite sería más o menos lo mismo. Defenderíamos nuestro refrigerador al precio que fuera necesario. Hasta la escarcha siempre: Frigidaire o Haier o LG, ¡congelaremos!

Por supuesto, semejante osadía opositora puso a mi madre de nuevo a lloriquear, ahora por motivos cri(pt)opolíticos. El mensaje de cara al barrio no podía ser más tajante, un monosílabo en mayúsculas noire: NO. Los vecinos de Lawton nos miraban entre la cautela y la compasión. Nos observaban como aliens (mi madre daría un genial remake geriátrico de Sigourney Weaver). Se apartaban de nosotros como si recién hubiéramos firmado un pacto suicida o incestuoso: una especie de "Declaración Disidente de Lawton-Batista" o "Proyecto Varelawton", o acaso una parapastoral al estilo de "Lawton todo lo espera", o incluso una réplica anti-establishment titulada "Lawton es de Todos".

Pero ya no me importaba el aislamiento moral ni la presión psico-ideológica del populacho (allá mi madre con su cadena de lágrimas perpetuas). La decisión era un hecho: alea jacta est (según las páginas pink de la Edición Revolucionárida del Pequeño Larousse). Cambiará el universo, pero no nuestro congelador: hice mía la sabiduría conservadora del aleph borgiano. A una acción, una reacción. Y este gesto sería mi pequeño martirologio de incipiente miembro de nuestra insipiente zoociedad civil.

De hecho, la cosa no se quedó ahí. Imprimí un centenar de proclamas contra el cambio de los refrigeradores y las pegué por los postes del barrio. En ellas evocaba el cambio de los Mercenarios por Compotas (en los 60s), el de los Gusanos en Mariposas (en los 70s), y el de las joyas auténticas por tantas tontas baratijas (en los 80s). Incluso cité, aunque no viniera muy al caso, la reseña stalinista "Transgresiones al límite", firmada por Ada Oramas en el periódico más odioso de Hispanoamérica: Tribuna de la Habana (publicada ese mismo domingo, 11 de octubre, en que tuve mi revelación). Allí Ada Oramas, redactando con heroica dificultad sus ideas, propone al cabo la desmantelación de El frigidaire, una comedia de Copi que Juan Carlos Cremata dirige irreverentemente desde la sala de teatro Adolfo Llauradó:

"Actitudes absolutamente negativas" donde "se introducen alusiones con enfoques desacertados, relativas a nuestra realidad social". "Resulta totalmente inoportuna esta propuesta teatral" pues "representa la antítesis del sentido del momento histórico. Se impone una revisión de su discurso para continuar sus presentaciones, porque constituye lo más controvertido del panorama teatral cubano" (Ada dixit).

Un par de años atrás, el Jefe de Información de dicho peoriódico (Víctor Joaquín Ortega), a la cabeza de una comisión o coto de caza del Partido Comunista de Cuba, expulsaron por No-Idoneidad a la narradora capitalina Yusimí Rodríguez (al final, seguro le ofrecieron la tétrica tabla de surf de pedir ella misma su Baja Laboral). La causa: un cuento incruento titulado "Los invencibles" (yo no pude vencer su lectura) que había ganado el Concurso Nacional "Ernest Hemingway" 2006. "Los invencibles" fue acusado de difamar al staff estofado de Tribuna de la Habana, de manera que se bloqueó su publicación mientras duró el pánico comepingoide inicial, y hasta se presionó a los organizadores del Concurso para que le retirasen el Premio.

Yo tenía esta historia enquistada por dentro desde el mismo octubre de 2006, cuando Yusimí Rodríguez y yo hicimos una carta abierta de la que ella enseguida renegó tras los consejos pacificadores de Alberto Guerra, entre otros narradores de élite y hálito oficial (la autora reescribió su texto para destribunizarlo y obtener el imprimátur institucional). Lo cierto es que en mi proclama contra el cambio climático de los frigidaires cité como exergo una línea de aquel cuento premiado: no importa que haya que limpiar, llevar sábanas, que no haya refrigerador, que la cocina sea de luz brillante.

Ahora sólo me queda esperar. Los postes y paredones de Lawton ya están llenos de mi samizdat, trademark de una Underwood sin cinta pero con papel carbón. Mi madre llora en su cuarto todavía. Teme a esta nueva revolución refrigerada. Yo espero sentado en el comedor. El ronroneo rococó de Rocco (así se llama fresa-y-chocoláticamente nuestro aparato) es garantía jurada de que todo lo que he escrito, Señor Juez, es la pura y nada más que la puta verdad.

2 comentarios:

papelbit dijo...

Si te hace falta un testigo en ese juicio, avísame Orlando¡ Un abrazo¡

carlos dijo...

Esos refrigeradores son los testigos de millones de lamentos y a su vez la imagen exterior del hambre de los cubanos
hambre de comida y de libertades.