martes, 16 de diciembre de 2008

ALAMAR IMPRESS








JUAN CARLOS FLORES IN DESMEMORIAM

Orlando Luis Pardo Lazo

1.

Juan Carlos me encanta, aunque su poesía me espante. Flores funerarias para un inicio inicuo de siglo. Huecos repetitivos. Heces que hacen eses dentro del objeto poema. Túneles ciegos en barbacoa. Minas para dinamitar el campito literario cubano desde el otro lado de la bahía. Naufragio ágrafo. Pesadilla radical de quien sobrevive radicado en Alamar: Habana del Este como hipóstasis incivil de Europa del Este. Juan Carlos me espanta, aunque su poesía me encante.

2.

Año 8. Sábado 13 de diciembre. Tardenoche fría del Décimo Festival de Poesía Sin Fin, organizado por los artistas independientes de OMNI-ZonaFranca.

Contracultura al margen de casi todo, pero con albergue estatal en la Casa de la Cultura de la Zona ¿Cero? de Alamar. Y hasta allá vamos en un ómnibus articulado P-3, ávidos de una lectura que no se parezca tanto a la poesía. Que no sepa tanto a poesía.

La culpa de nuestro interés generacional la tiene, en efecto, el escritor Jorge Alberto Aguiar Díaz (JAAD). Que sea él quien pague los platos rotos de cara al canon y a la Realpolitik local: "Juan Carlos Flores es el más perro (de pelea) de los poetas cubanos. Cada contragolpe es una mordida rabiosa. Cada túnel un intento desesperado (lúcido y ecuánime) de afirmar su libertad. Uno de pocos que ha sabido practicar el cimarronaje, en un país donde los poetas se quejan como niñatos y escriben como damiselas encantadas. Jíbaro de pura sangre".

Con semejantes truenos teóricos no hay más remedio que atravesar media Habana hasta un cenotafio posproletario llamado Alamar. "Horror de paisajes destartalados", lo reseña Lorenzo García Vega desde la playa albina de los exilios sin orígenes. "Laberinto" o "terreno pisoteado [...] donde todas las mixturas posibles se encuentran", según Reina María Rodríguez. "Espantoso entorno de edificios cuadrados e iguales", Duanel Díaz dixit: "una degeneración del estilo funcionalista del Bauhaus".

3.

Juan Carlos Flores (La Habana, 1962) ha publicado muy poco en Cuba: Los pájaros escritos en 1994 y Distintos modos de cavar un túnel en el 2003. Después fue el disco con grabaciones de su período en Vegas Town. Y este año, aunque en el copyright aún se lea "2007", el comando kangxi de La Torre de Letras de Reina María Rodríguez le ha editado dos tomos: la antología poética Un hombre de la clase muerta (1986-2006) y El contragolpe (y otros poemas horizontales).

La lectura de este fin de semana se desplegó literalmente sobre un tatami. Juan Carlos Flores descalzo, desclasado, como un síntoma clínico de desnudez. La voz era su última arma de enfermo, mientras iba fumándose el alma entre los micrófonos y el video-beam. Performance de estilo contenido y cómico. Flujos de espontaneidad en escena. Puede que él sea el último de los poetas muertos que hoy sobrevive aún en Cuba.

"Sensación de intemperie", así lo ha descrito el ensayista Enrique Saínz: "espacios despoblados", "ruinas", "texto mixto e inclasificable", "libro sin paisaje y sin historia", "poesía sin teleología, [...] desnuda en su percepción del vacío", "extraños y alucinantes fragmentos", "trágico, pero sin patetismos ni poses agónicas", "esencial desolación ontológica en la que vivimos cotidianamente en los supuestos centros de realización personal o social" (el lenguaje como testimonio o demonio "descarnado, sucio, esquizoide").

La audiencia resistió estoicamente una hora. Estadísticamente, no era un público específico de lenguajes requintados al límite. La analfabetosis se podía respirar hasta en los aplausos. Había niños gateando por el salón. Juan Carlos Flores se interrumpió para dejar claro que a él ya nada lo molestaba, pero sí a la proyección pública de su poesía.

Los festivales de OMNI-ZonaFranca debieran cuidar dos cosas al respecto: 1) Desechar los ecumenismos de invitados que diluyen la fuerza de un evento tan excéntrico como este (menos masividad y más molecularidad); 2) Defender como gatos bocarribas la autonomía ante el poder burocrático que aún se da el lujo de expulsar sesiones enteras de lecturas (como la del pasado martes 9 de diciembre, que tuvo que realizarse en un garaje remoto).

Al final de la jogging session, Juan Carlos Flores se tiró con su mono deportivo como un cadáver exquisito sobre el tatami. Luchador vencido por la palabra, se la cedió entonces a un amigo cazurro con una cazuela sobre la cabeza.

"Piedras, nada más que piedras", me susurró al oído Lizabel Mónica, la prologuista del próximo libro de Juan Carlos Flores en Letras Cubanas (2009), la misma que ahora me dicta por teléfono todavía más: "Al avanzar por el texto, Flores nominaliza. Cada palabra se coloca en función de otorgar la nueva cualidad a lo nominado. Sin embargo, no se trata de la conformación de un bosque, con sonido de follaje sobre la cabeza y hojarasca bajo los pies. Es la reducción de la palabra a su estadío de piedra, a su silencio de elemento".

4.

Juan Carlos Flores leyó en paz su poesía intempestiva de guerra. Leyó sin dolor ni desastre ni flatulencias anafrodisíacas. Leyó sin equivocarse. Leyó casi de memoria, pero sin levantar apenas la vista del papel pautado que le sirve de ritmo y talismán. Leyó con vigor, sin dar síntomas de vagancia: escribe muy lento, reescribe constantemente, lee como un ciclón. Juan Carlos Flores leyó de espaldas a su generación, exiliada en su mejor minoría. Leyó ilegible y casi apócrifamente. Leyó con testigos y amigos, pero sin cómplices con sentido histórico de qué significa leer en la Cuba del sábado 13 de diciembre del año 8. Leyó como un fantasma que recorre y corroe Alamar. Leyó desde su no tan fantasmática como fantástica desmemoria poética. Leyó Juan Carlos Flores in memoriam.

5.

Cran cran cran,

Cran cran cran,

Cran cran cran,

(uno)

Un alacrán, ya muerto, sobre la acera grafitada, sólo importante para las hambrientas hormigas, semejantes a las hambrientas personas, en las lentas colas de la carne,

Cran cran cran,

Cran cran cran,

Cran cran cran,

(uno)

Un alacrán, ya muerto, sobre la acera grafitada, importante también para el poema o posible poema de lo necrosado, aunque aquí la única persona atenta a estas minúsculas muertes cotidianas sea yo.