martes, 23 de diciembre de 2008

LAGERATURA

EL LIBRO MENOS CUBANO DEL MUNDO

Orlando Luis Pardo Lazo


Los años cero quedarán en la historia de la literatura cubana como los de un complot en fase terminal. Unos pocos escritores de Ciudad de la Habana insubordinados contra el resto de la repúsblica letrada. Contra los restos de una reiteratura municipal antes que provinciana, boba antes que bucólica, patética antes que política. Con suerte, será un verdadero golpe de estado de lesa escrituralidad (laxa excrituralidad). Un gesto mudo al margen de la crítica literárida nacional, siempre tan fofa como desfasada. Una conjura de idiotas indigestos de ideología. Uno de esos momentos maravillosos que aún nadie se atreve a narrar dentro del corpus texti de la Revolución Cubana. Momentum fáctico, físico, ficcional: masa crítica de fractura e ingrávida aceleración. Jorge Enrique Lage (La Habana, 1979) sería uno de esos subguerrilleros urbanos sin demasiado genio ni generación.


Para empezar, por supuesto, lo ideal es que no lo lean (igual sus libros ya no aparecen en librerías). Esta prosa no necesita la prisa de ningún lector. Fragmentos encontrados en La Rampa (Abril 2004), Yo fui un adolescente ladrón de tumbas (Extramuros 2004), Los ojos de fuego verde (Abril 2005) y, least but not last, el libro de cuentos menos cubano del mundo: El color de la sangre diluida (Letras Cubanas 2007). Quince textos que sacan de vacaciones a buena parte del compungido y mugiente quehacer nadarrativo local. Un pentadecálogo del peorfecto cuentista. Apoptosis y apoteosis del placer libérrimo a la hora de trazar y traicionar el continuum cubensis de la tradición cánonstitucional. Y un politiquísimo etcétera.


El color de la sangre diluida es, como todos sus libelos anteriores (ninguno superaba las 80 páginas), un camino alfombrado hacia Ninguna Parte: una burbuja de la barbarie que sube, paradójicamente por su propio peso, en la atmósfera vacua de un planeta mitad autista y mitad caníbal llamado Jorge Enrique Lage, hasta provocar un blackout en las coordenadas ordenadas del buen lector. Este holocausto de mil y una referencias coolturales al final deviene puro significaos, pero nunca aquelarre. La ironía enfría todo conato de choteíto ad usum al borde mismo no del cinismo, sino del escepticismo. La cubanidad se desangra a cuentagotas en una suerte de cubanihildad. Y así del absurdo pasamos a lo mínimal, y de lo bizarro a lo glam, y de lo negro al splatter, y del eros a lo vamp, hasta que "donde antes había acontecimientos, experiencias, pasiones, hoy quedan sólo parodias" (las comillas de Jorge Enrique Lage son a su vez una cita confesa de otro escritor).


Todo esto, para colmo de efectividad, embalado en una estructura diáfana como de rayos X (en ocasiones, de rayos XXX), donde las escenas se suceden como en un filme fantasma de alta narratividad pero muy baja interpretación. En efecto, cuesta trabajo estigmatizar de antemano los temas de El color de la sangre diluida. Hasta la nota de contracubierta se lava las manos con agüita de exégesis y anuncia farisaicamente "un modo peculiar de ver las cosas de la realidad". En defecto, cuesta trabajo no tanto leer (la prosa es 100% potable) como leer leyendo este libro. Eso sería un trabajo de siervos serviles que a nuestro público pospiñeriano acaso ya no le importe pagar, pues para la mayoría bastante caro es ya el precio del libro para encima leerlo leyendo. Y, en medio de semejante estado de analfabetosis endémica, reitero que lo más rentable para este autor podría ser entonces una amnesia lectiva activa.


Por mi parte, conocer en persona a Jorge Enrique Lage y paladear su imaginario casi avant la lettre, incluidos los inauditos "buitrextos" de Vultureffect (aún inéditos) y su autotitulada "novela del culto" Carbono-14, ha implicado la emoción telúrica de ser de una secta, por más que su personalidad y su poética sean la patogenia misma del pathos, donde la palabra emoción y sus epígonas no se registran en su vocabulario: el vocubalario acubano de un futurista y fatuo New Vedado. Habitar en la newrrativa de Jorge Enrique Lage ha sido mi entrenamiento de altura para liberar el lastre del logos, experimentando antes que exprimiéndole un sentido sésil o una etiología anémica a El color de la sangre diluida. Así mismo, también ha sido exquisito contar con su textis spiritus a lo largo y estrecho de los ocho episodios de nuestro e-zine de escritura irregular The Revolution Evening Post: impostura posteada desde La Habana por Ahmel Echevarría, Jorge Enrique Lage y yo.


Podría hablar ahora en términos de una revolagelución literaria, pero eso sería (lo mismo que esta reseña) el último destino que él buscaría para ubicarse: no olvidar que su ubicubidad es nula por el momento. Autor que no elude la épica del comics y de lo cartoonesque (lo fun deconstruye siempre al fundamentalismo), nuestro Homer en La Habana se articula como un artefacto cizallador de esquirlas, un zapador automático capaz de (a)firmar la frase: "desayuno imágenes, fragmentos encontrados". Un cirujano póstumo con voraz vocación de "autopsia naif", apostando a "una raya que cruza el aire a la súpervelocidad de un corte" ("Hurgar. Registrar. Queremos verlo todo. Todo blando. Dulce. Hiperreal"), hasta conseguir "armar ambientes locos, post-absurdos, underground, largas tiras de pensamiento, reflexiones, teorías, imágenes, trazos de personajes, sensaciones, incluso el recuerdo de haber leído, las huellas de un contacto físico con la escritura" ("Desesperanza y desescritura. Nada más"), para en definitiva regurgitar "libros que me salían con las páginas en blanco, o con las páginas llenas de lenguaje al azar": "piezas", "literatura-pantalla, literatura-lejos".


Pocos escritores cubanos se han desmarcado tanto del modus scribendi local con tan poco esfuerzo exhibicionista y con un aparato conceptual tan poco aparatoso. En una entrevista publicada en Cuba [1] (al final, respetaron hasta nuestra loca nota a pie de página "vía telefónica"), Jorge Enrique Lage me enredó aún más con su modo peculiar de ver las cosas de la inmortalidad: "En el caso improbable de que quede algo mío en algún archivo, seguirá escrito en una larvita de español (post Julián Ríos). Pero nadie lo podrá leer a menos que sea traducido al chino". Sólo que ese lector ideal tampoco sería un académico de descubrimientos decrépitos, sino una morbosa descripción de sus cien centésimas de soledad (porque Jorge Enrique Lage y yo y todos los excritores menos cubanos del mundo nos hemos quedado desoladoramente solos): "Sobre los veinte años. Sexo femenino. Adicción de la mirada. Medio genio y medio fan. Apasionada pero descreída. Sabe que hay palabras que se nos pudren en las manos. Sabe conectar y asociar y pertenece al futuro. Es muy mala. Es un ángel caído. Reconoce el peligro. Estima los silencios. Nunca ha estado cerca."


"Ser un hombre todo el tiempo debe ser horroroso", es el colofun de un personaJE o alter-textos de JE: uno de esos "extras" o "extraterrestres" ("voluntarios talentosos") que dializan El color de la sangre diluida desde "Las hermosas vísceras de Alicia en las paredes y el techo", pasando por "Laura llama desde Manhattan", hasta "Pensar todo el tiempo en Lorenzo García Vega". El libro de desdobla así en un alef maléfico que, como todo panóptico que se respete, expande el ojo omnisciente de todo Lage que se respete para entonces ejercer, cómoda y diplomáticamente, su poder dictautorial. Un poder ficticio hechizante y déspota, magnánimo y mezquino, venerable y vil. Y por eso también, por supuesto, tal vez yo prefiera que aún nadie lo sepa leer leyendo. Semejante privilegio mental (frontera enfermiza entre deleite, delirio y delito) quisiera me fuera dado exclusivamente a mí.


Y ya. Supongo que esto no haya sido todo por el momento. Con el imaginariœscritura del El color de la sangre diluida tampoco hay mucho más que decir. Se escurre: corre, corroe. Son subpartículas de sinsentido que se crean y aniquilan en el túnel negro de su propia fuerza de impensantez (quarks que hacen crack en el córtex). Es una poética que no plantea problemas, sino que planea sobre la viscosidad más pedante que pedagógica de nuestro atlas bioliterario. Es un helicóptero de helio: leve, rápido, exacto, visible y múltiple (nadie parece acordarse de habitar el desierto de nuestro ítalocalvinista siglo XXI, todavía sin inaugurar). Sus notas flotan como una nata de apuntes sin puntería, y estos zepelines de espuma son un peligro en potencia cuando operan al máximo tolerable de tensión superficial. Jorge Enrique Lage es el zar del azar cuántico cubano: de ahí su politicidad radical (no saber qué sabemos de él) y de ahí su carácter de catástrofe taimada (quod scripsi is crisis), casi ofensiva de tan jovial: un arte del desastre que se queda a medio camino de todo y, por eso mismo, es de mínima momificación y de máxima conectividad.


Con tales hilos se deshilacha el tapiz de esta textilandia habanalbina que un buen lector jamás podría sospechar dentro de la Isla. Una suerte de brave new habana, mon amour que es "un espacio atiborrado de cosmética nuclear y marcas ilegales", una urbe "triste como una bomba desactivada", o acaso aquella ubre estéril o show-fiction espesada, según Alberto Garrandés [2], por "los videoclips, los fetiches pop, los zombies, las armas bellas (los sables japoneses, por ejemplo), los vampiros, las películas de Paris Hilton, las entidades biológicas extraterrestres, las pantallas planas, las cámaras de vigilancia, las biomasas dudosas, los objetos metálicos poseedores de artisticidad, las tomografías de órganos, los tigres (una tigresa llamada Demi Moore, por ejemplo), los fantasmas de escritores, los dinosaurios (un estegosaurio bebé llamado Daína Chaviano, otro ejemplo), los chorros de pintura iridiscente, el anime, la sangre (cuajada, o líquida, o caliente, o congelada, o aromatizada con químicas raras), las artes marciales, y una mirada donde el sexo y la desnudez del cuerpo quieren apartarse de su realidad somática, no para desentenderse de ella, sino para re-ordenarla, para aislarla de su caos presumible, o para independizarla dentro y fuera del lenguaje": "una extensión novelesca y estereoscópica que deberíamos leer (o escuchar leer) mientras vemos Kill Bill, mientras oímos a The Gathering, o mientras vemos fotos de Gian Paolo Barbieri mezcladas con algunas de Tracy Nakayama, o mientras visitamos una instalación de Duane Hanson".


En verdad, para fugar de nuestra iconolalia patria, no tan pútrea como petrificada, aún no sé si proponer o posponer El color de la sangre diluida en tanto fuetazo de escubamarga o acaso fotutazo de cubinanidad. Tras cuatro siglos de historieta literárida nacional, los años cero son un escenario tan excecrable que el único sustantivo no asfixiante es el sonido diluido de la insubordinación. Cubansummatum est.


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1) Orlando Luis Pardo Lazo y Kirenia Legón. "The People versus JE". La Letra del Escriba, no. 53, p.10, septiembre 2006.

2) Alberto Garrandés. "La llegada de los trombocitos". Presunciones, www.cubaliteraria.cu, 2008.

1 comentario:

Brasil Empreende dijo...

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