martes, 23 de diciembre de 2008

MARIMONIA

CRONOLOGÍA DEL VÉRTIGO Y EL NAUFRAGIO
Orlando Luis Pardo Lazo

Entre cuarteles y cuarterías, entre tramas y traumas, entre bibliotecas y burdeles, entre demonios y demoliciones, entre arpas y arpías, entre traiciones y tiburones, desde su jergón lunático y desde su lúgubre jerga, trastabillando a ras de la locura con tal de arañar un poco de lucidez, cuerdo de remate, sin más coraje que todo el miedo del mundo, sin más herencia que la soledad suya y del resto, suicidándose a diario en el duro oficio de sobrevivir: a la vuelta de una década regresa ahora la palabra de Luis Marimón (La Habana, Cuba, 1951 - Las Vegas, EUA, 1995), poeta de todas las barbaries que en la historia han sido, incluidas las de esa entrañable y sangrienta ciudad llamada Matanzas ("ninguna ha tenido nombre más perverso"), donde él amó y odió y fue libre y preso y parió y mató y finalmente huyó para quedarse siempre, convertido en mito y meta de nosotros, sus lectores sobremurientes a lo largo y estrecho de ésta y de cualquier otra geografía.


"Cronología del vértigo y del naufragio" (Ediciones Unión, 2007) es el objeto libro portador del milagro. Cincuenta poemas de ocho libros, en su mayoría inéditos. Y aún así se trata, por supuesto, apenas de una mirada al sesgo, casi al azar, al azoro de un poeta que se privó de su siglo XX literárido local. No le interesaba gran cosa, aunque lo conocía al dedillo (su genialidad nunca fue la de un improvisado). Antes bien, le daban un poco de risa todos nuestros grandes ismos y grupos y manifiestos. Sospecho que Luis Marimón sabía de los años cero que después habitaríamos sin él, al borde mismo de una literatura posnacional. Sospecho que él no tenía prisa y por eso vivió a tope de velocidad. Sospecho que él sospechaba ser un inmortal y decidió darse el lujo de escribir desde y para la memoria de los muertos: el mejor signo vital de cualquier creador.


Al margen de todo canon o contracanon y ausente de honor de las antologías (f)iniseculares cubanas, esta lonja de los vértigos y naufragios de Luis Marimón se publica por fin ahora. Sea ésta, pues, su eufórica victoria. Y también su más auténtico y remoto exilio a pesar de él, que dejó escrito "no permitiré el exilio ni la lejanía" mientras la existencia se le iba destejiendo irónicamente al revés: el inxilio y la cercanía tampoco nunca nos lo permitieron a él.


Como antologadores o acaso médiums de Luis Marimón, su hija Yanira y yo devoramos los mil y un paquetes de papel cebolla donde el propio poeta tecleaba sus textos y, llegado el caso, los usaba después como materia prima para liar cigarrillos: el humo ingrávido como destino y desatino de su mejor escritura. Entre Yanira y yo resucitamos de texto en texto la bocanada deliciosa y amarga de su lectura: sus exorcismos rabiosos y sus excelsas cartas de amor junto a la boca diabólica de un manantial angélico de La Marina, su barrido barrio de Matanzas, Cuba y América.


Así, Yanira Marimón y yo tanteamos a ciegas los retazos de esta biografía cubana literalmente a matarse. Más allá de taxidermias y provincianismos arcaicos, la patria política de Luis Marimón rechina en cada esquina de su poética, que es una y es múltiple. La nota de contracubierta de Alfredo Zaldívar parece leerlo también así, entre el largo aliento y el fulgor breve, como bibliotecario del infierno o como bufón del rey: claro, oscuro, clásico, caballeresco, desenfadado, desfachatado, impecable, desaliñado, elitista, libresco, culterano, marginal, cotidiano, soez, mínimal, trascendentalista, lúdico, inmediato, atávico, entre otros rayos peculiares que distinguen a los poetas de estirpe.


No sé. Si escribir es autodestruirse, entonces Luis Marimón escribió: única manera de autoconstruirse, incluso con parches de nada y con jirones del caos, significados de una "perfecta y asombrosa tristeza", "árida música que llega desde lo alto como una lluvia venenosa, finísima", "sus leves osaturas grabadas como símbolos" aún por descifrar entre "las cornamentas del uro y las garras del tigre". Poesía sustantiva a pesar de su propia sobreadjetivación. Barroco barrueco. Relatos y fábulas: personajes sacados de un realismo visceral, clínico más que lírico. Animalia y floresta, cientificismos del cuerpo en primer plano, con el foco apuntando dolorosamente al corazón: ese "pan caliente y rojo" de "un niño idiota que arranca cerezas doradas".


No sé. Sospecho que desde hacía eones Cuba se merecía una furibundia en versos así: la entrañable y terrible y desastrosa y magnífica y benevolente y cruel y jamás correcta poesía de Luis Marimón. Que es nuestra poesía ahora: la de sus hijos Yanira y Javier Marimón. Y la mía. Y que es la de nadie y que, de no tomar precuaciones, podría ser la tuya también. Luis Marimón contamina.