jueves, 18 de diciembre de 2008

NO IRÉ A SANTIAGO



RENQUEANDO HASTA EL RINCÓN
(apuntes para la columnata que tal vez no escribiré)
Orlando Luis Pardo Lazo
Decenas de buses puestos en función de llegar a Santiago de Las Vegas desde cualquier punto de la ciudad.
Santiago de Las Vegas y El Rincón desde ayer (o antes) han sido tomados pacíficamente por los militares: policías con walkie-talkies, bomberos, luminarias portátiles, cintas demarcadoras, ambulancias, civiles muy sospechosos, meriendas de cajitas y latas, y un ejército de adolescentes con el uniforme verde raso del MININT.
Hay abundantes quioscos privados y estatales, muchos con reguetón a todo volumen y un personal más allá del bien y del aburrimiento.
Se arman colas gigantescas y efímeras.
Las pipas de agua potable evitan la deshidratación popular.
Se respira más organización que devoción.
Se trata apenas de otra “actividad” que debe desarrollarse sin contratiempos.
El sol pica fuerte después de varias semanas de abulia otoñal.
Los fieles rebosan la iglesia de El Rincón.
La prensa extranjera hace zafra etno-antropológica en formato raw o jpg, yo intento no quedarme muy atrás.
Hay toneladas de cera derretida por todo el piso.
Tal vez la noche fue larga e intensa.
Debe ser hermoso y triste pernoctar despiertos aquí.
No hay campanadas, pero sí murmullos en sordina.
Dentro no hay tanta bulla como debiera, tratándose de una congregación de cubanos.
Vuela la misa matutina.
El Cardenal Jaime Ortega especula sobre la esperanza.
Habla de Dios como una terapia contra la soledad del alma.
Anuncia su próximo mensaje navideño este viernes en La Catedral de La Habana (la televisión nacional al parecer lo transmitirá, pero no en vivo).
Su tono es pedagógico, reconforta pero no ilumina.
Como en los cabarets, muchos lo oyen de rebote, mientras oran por cuenta propia, encienden velas entre las columnas o dejan un ramo de flores en este o aquel altar.
Los fieles han venido desde muy lejos con una misión fáctica y ningún discurso canónico los va a distraer ahora.
Flota en el aire una sensación de teatro paternalista.
Aquí uno podría comprender mejor las relaciones in crescendo entre El Estado y La Iglesia.
Ambos narran ficciones inverosímiles como máquinas de realidad.
Ambos vierten su verdad absoluta y apuestan por la emoción en medio de una apatía de bestias.
Ambos están tocados por el don de lo eterno y usan la muerte como demostración experimental.
Mientras tanto, el populacho se viste de saco y con prendas de color lila.
Se arrodillan y avanzan con gestos de dolor.
Hay quien barre el camino para así minimizarles el via crucis.
Hay quien lanza unas palabras de aliento al desconocido: ¡ánimo, ya falta poco!
Hay quienes se persignan ante el sacrificio de causa ignota y donan sus moneditas y billetes de baja denominación.
Otros se arrastran o arrastran objetos pesados, además de perros.
Muchos van descalzos y con bastones de palo.
Algunos se pintan llagas, a algunos les salen en el trayecto de penitencia.
Los rostros se deforman por el esfuerzo y por la necesidad de exhibir en público la promesa a pagar.
Faltan piernas y dedos.
Hay ciegos y sillas de ruedas.
Ancianos milenarios y bebés de meses.
Es impactante semejante collage.
Por la amplificación de la iglesia se reitera que el templo es un lugar sagrado donde por respeto no se puede fumar, ni beber alcohol, ni usar gorras.
De vez en cuando esa misma voz solicita de urgencia la presencia de la Cruz Roja.
Los camilleros despliegan entonces su acting.
Los campos alrededor del campanario lucen vacíos.
Huele a tierra colorada.
Al mediodía, el cielo también luce vacío hasta de nubes.
Por los comentarios, no son pocos los que reinciden cada año con las piruetas de sus promesas.
A algunos los he visto desde hace semanas recorriendo las avenidas de La Habana.
Es un modus vivendi, lo cual no hace menos auténtica su fe.
Me retiro temprano, otra vez a pie desde El Rincón hasta Santiago de las Vegas.
Decenas de buses están ahora en función de llegar a cualquier punto de la ciudad desde Santiago de Las Vegas.
Para mí ha sido un miércoles excepcional, lo cual no hace menos auténtica mi falta de fe.
Es mi primer 17 de diciembre en 37 años.
Me hubiera gustado no tener que añadir: y el último...