viernes, 10 de octubre de 2008

tres tristes tiradores


Tristes hombres del chaplin que mil y una vez tumbaron a la Revolución Cubana y después fueron tan gentilmente tristes que mil y una vez la hicieron sobrevivir.

Orlando Luis Pardo Lazo

(plagiado del e-zine de escritura irregular THE REVOLUTION EVENING POST, episodio 3)


1

Se parece a Sean Penn en El asesinato de Richard Nixon. Usa bigotico obsceno. Ríe cobardemente. Y trasmite cierto aire de erudición o solemnidad bajo un traje raído de color gris rotoso.

Aunque no se llama Sean Penn, por supuesto, ni Richard Nixon.

En julio de 2008, a ras del Vedado, La Habana, Cuba, él simplemente ha perdido el nombre (tampoco le hace falta encontrarlo). Él es el fin de una época y el coda de una generación. Y con eso ya es suficiente para narrar. Insuficientemente narrar.

A él, sin embargo, le basta sólo con ser un punto. Con entrar siempre de primero para ocupar su eterno puesto en última fila. The last in line. A estas alturas de la historia, lo menos que él desea es un cambio de perspectiva. Lo menos que él desea es que lo identifiquen con él. Un cinéfilo desconocido ha de ser un virtuoso de la invisibilidad: sólo así es posible sacarse la pinga en público para entonces tirar en paz.

Pero en este punto quien entra en la escena soy yo. Porque yo también asisto a diario al cine Chaplin de 23. Porque estoy allí para relatarlo, tal vez delatarlo: a él y a todo su gremiecito o exhibicionista complot.

Yo soy a ratos el testigo y a ratos el cómplice de este pornográfico prestidigitador. De éste y de sus tristes colegas de sala oscura: ciudadanillos raídos en trajes color gris rotoso, atorados por la demasiada angustia mitad onanista y mitad incivil; sean-pennes de pene en mano que nunca nadie les tocará (excepto el médico o el forense), richard-nixones ridiculizados por el Estado y por Dios; hombres alguna vez convidados a creer en la palabra futuro, posproletarios de una utopía seminal que jamás eyaculó (los tiradores no se vienen, por definición); títeres cuyos hilos convergen todos en la portañuela (sin culpa y sin monserga moral, pero sin alegría y sin dignidad), iconos masturbadores de la insolidaridad humana en su estado crudo y carnal; augures del desastre antropológico que más temprano que tarde les pareceré a ustedes yo.


2

La pinga humana se compone de:

1) la pinga genital o la pinga en sí (das Ping an sich);

2) la pinga simbólica.

La pinga genital participa, entre otros determinismos, de la evolución biológica de la especie. La pinga simbólica es la encargada de muchas manifestaciones espirituales del hombre, tales como:

1) la función ideológica o lingüística;

2) la función fáctica o exhibicionista.

Hasta aquí, la cita más o menos plagiada de un manualito de difusión materialista, impreso en la URSS de los años setenta.

En nuestro contexto social de los años cero, la función fáctica o exhibicionista podría ser la enfermiza esperanza de sacar de su despótica decadencia a la praxis de nuestra izquierda local.

A partir de aquí, véngase o vénguese sobre nos el diluvio reaccionario del hombre de derechas que nunca del todo seré (después de mí, el delirio).


3

En julio de 2008 se celebra el Día de Todos los Mártires Inocentes, fecha patria en que el Ministerio de Cultura suspende cualquier fiesta pública nacional: sea cabaret, función de danza, teatro, carnaval, concierto, exposición, show de travestis o proyección de un film.

Entonces los habituales del cine Chaplin se ven expulsados por decreto contra el contén. Cada año, ellos son los verdaderos mártires de esta efeméride, de la cual ninguno se declara culpable. Cada año se les puede ver merodeando por allí con una pasividad sobrecogedora: una suerte de huelga de las pingas caídas, que sería noticia de primera plana en cualquier otro país aunque no existiera la prensa.

Algunos pernoctan en la acera de la avenida 23 (nadie podría confundir su alcurnia de tirador con la de un mendigo). Otros se acurrucan contra los vidrios de la Cinemateca (niños huérfanos de la institución audiovisual, pequeños elpiditos-valdés sin ticket ni beneficencia). Y otros se largan de madrugada hacia algún parquecito oscuro, siempre que sus bancos simulen la disposición de butacas del cine Chaplin (diáspora conmovedora por su patetismo híperreal, en medio de un siglo XXI tan adorablemente hipócrita y laissez-faire y cínico y make-believe).

Pero es sólo un día de julio, no más. A lo largo y estrecho del 2008, a esta tropita pinguenciera le quedan 364 no-efemérides para ejecutar su venganza privada contra la nación (en años bisiestos ni siquiera se notaría la discontinuidad ministerial). Ellos disponen de 364 jornadas de automanoseo social, de 364 sesiones contraparlamentarias (tirar es el más fáctico de los verbos: es un fatum). Así reaccionan contra las resoluciones de política cultural, y le ponen, como de pasada, un diario punto y aparte a las grandes construcciones discursivas de la revolución (pura pinga simbólica ideológica o lingüística, si hemos de respetar la taxonomía filomarxista anterior).

Los tiradores (que, reitero, no se vienen si son de verdad) funcionan como las termitas de un cactus patriarca: insectos que comen cosas (incluidas las espinas), hasta tumbar simbólicamente el tronco del árbol social. Son bichos que fugan por las rizomáticas galerías de túneles que ellos mismos cavan bajo los ex-cines de lujo de la capital. Y son un contrapeso actancial tras medio siglo de ideología. Antes que el Anti-Cristo, serían el Anti-Verbum. Así masajean sus ciclos de carne estilo Carnot: son maquinitas de ondulación permanente, ya sin la retórica barrueca de un capítulo 8 que ninguna madre cubana leyó. Ellos son de pinga, por suerte desafortunadamente. Como yo.

Por lo demás, todos tienen Libreta de Abastecimiento, residencia urbana legal, familias más o menos integradas al proceso desde Playa Girón y, para colmo, cargan agua desde una cloaca hasta la azotea. No hay nada que hacer al respecto por parte de la Seguridad. En gran medida estos terroristas del falo son, a la postre, un efecto colateral de la propia semenevolución.

¿Qué podría hacer yo ahora, salvo cronicarlos mitad con pánico y mitad con admiración? Siento que, en más de un sentido, nos merecemos esta conspiración de la pinga (nada obscena, por cierto, pues ninguna simbología lo es). Además, tampoco es para halarse los pelos (histeria de hembrita al descubrir a alguno sobándose en la butaca de atrás), pues ellos serán una amenaza pero son también el último chance de que resucite, aunque sea por carambola, la ya referida célibevolución.

Es así. En una epoquita de deserciones en masa, sólo en el descaro de ellos yo me atrevería a confiar. En esos mullidos hombres bien podría descansar ahora el sutil sentido histórico de una posrevolución entendida como continuum antes que corte.


4

Japón, La Habana. Hay que inmolarse con un sable y una sábana, a falta de una bandera mejor. Ahí está el relato de Yukio Mishima, Patriotismo (amén de la biografía de samurai frustrado de este escritor).

La Habana, Japón. Hay que fornicar en primerísimo plano hasta venirse o morir. Y ahí está el filme de Nagisa Oshima, El imperio de los sentidos (amén del porno manga y otras delicadeces: como el bondage o la práctica de comprar blumercitos usados por una escolar).

En Cuba, para no variar, no tenemos maneras limítrofes de narrar así (aquí todo es meseta fósil sobre una plataforma insulada). En Cuba, ni la voz ni el sujeto dieron jamás para tanto (de la bucolia a la denuncia al choteo a un Partido Calvinista que excomulgó el jueguito de la ficción). De hecho, técnicamente en Cuba hace medio siglo o medio milenio que no existe la ficción (o es entendida sólo como una cuestión de género: pasto para peritos, puaf-puaf de provincianos pendejos).

Y lo más triste del caso es que Cuba conserva, paradójicamente, la mayor reserva simbólica de pingas fácticas o exhibicionistas del mundo: un potencial renovable de tiradores natos de cine, cada cual con un asta en ristre, donde ondean sus cinco dedos en lugar de las cinco franjas pixeladas (a falta de una bandera peor).

Sospecho que cada uno de ellos es como un samurai humillado, incapaz incluso de darse muerte. Tal vez por eso, desde Paradiso hasta Boarding Home, en las novelas cubanas surgen personajillos patrios que no se saben matar; payasines de muelle que tienen que pedirle tristemente al mismo que se los templó (pienso en Foción y en Francis, para empezar): ¡por favor, mátame: para mí ya ha sido suficiente la realidad!


5

Tristes hombres del Chaplin. Inconcebibles hombres-rana con la muerte buceando por dentro, en un sistema falocrático que contradictoriamente los margina contra un butacón. Últimos votantes de nuestra demasiado equitativa y pacata democracia pingopular. Seres que ya ejercen el verdadero oficio del siglo XXI: onania todas las noches. Y el más solitario, también. Porque si exhibir no es una suerte de radical y rabiosa escritura, entonces ninguna barbarie lo es.

Tristes hombres del Chaplin. Sobremurientes a la MenoPausia de PM y a la obra taimada y tonta de un genio como Titón. Sedientos de un socialipsismo que se quedó sin lechita a mitad de ordeño. Tan arcaicos como el ICAIC, pero con una linterna mágica a punto de eyacular fotones veinticuatro veces en cada segundo. Héroes mestizos colimados entre una acomodadora negra en chancletas y un funcionario blanco uniformado de civil. Víctimas de la vulgaridad constitucional. Ángeles más caídos mientras más eréctiles su entretenimiento de entrepierna: ¡y tú, empíngate!, dicen que fue la arenga guerrerista de una madre decimonónica a sus machos más cheos.

Tristes hombres del Chaplin. Espectaculares morrongas morenas del Caribe, jugando al voyeur-ball en apagón y tie-break. Ellos son el minicuento privado de una noción de nación excluida por la meganovelón oficial. Ellos son nuestros mejores lectores al margen, al pie, entre líneas, o desde una analfabetosis contagiosa pero ignorada (si en este punto no hubiera entrado en la escena yo).

Tristes hombres del Chaplin. Nadie les hará un monolito, pero yo les lego ahora y para siempre esta columna casi criminal. Se la merecen ellos y me la merezco yo: invisible de remate, al extremo de publicar esto con mi nombre en The Revolution Evening Post, sin que haya nada que hacer al respecto por parte de la Seguridad. Y, por supuesto, se la merecen ustedes si me han seguido sin despingarse simbólicamente hasta aquí.

No hace falta, pero permítanme, por favor, repetir el título toda vez rebasado este umbral de familiaridad. Es una frase magnificente que en reiteratura cubana nadie antes la osó escribir: tristes hombres del Chaplin que mil y una vez tumbaron a la Revolución Cubana y después fueron tan gentilmente tristes que mil y una vez la hicieron sobrevivir.


6

Un último desvarío: de cara al Estado todos somos a priori como tiradores de cine.

Yo mismo he hecho la prueba de sacármela someramente a mitad de filme, a ver si es cierto que uno percibe los estertores demoniacos de la libertad. A ver si algo en mi cerebro despierta o se hace añicos, cric-crac, y se me quitan las lagañas de este suicidium vivendi con que habito en el sistema más festivo de la humanidad (dentro de las efemérides, todo: podría ser el slogan). A ver si, por lo menos, una manito blanca se compadece de mi desasosiego y se anima a manipular mi órgano simbólico o genital (encuentro lejano de ninguna especie).

Mi performance, por supuesto, jamás ha tenido éxito. Ya es imposible aquel intempestivo nietzscheano capaz de darle un mandarriazo a las imágenes dominantes de lo real. Será que yo tampoco he sido Sean Penn. Ni Richard Nixon. Lo cierto es que al final termino guardándomela sin mayor erección, inhibicionista entre el ridículo y lo humillante.

Y después, nada. Deambular de vuelta a mi casa de Lawton desde El Vedado (yo he soñado en mis lawtúgubres noches...). Tan triste como los chaplinéfilos verdaderos, pero sin la emoción oscura de haber protagonizado ni un fotograma de la revolución.

Es horrible, es horrible. No sé. Supongo que mi pinga simbólica se agota a sí misma en su excesiva función ideológica o lingüística. De manera que ningún acto mío me involucra de veras a mí. De pronto todo flota como si estuviera relleno de pajuza mental, guata de lujo de marca Guattari & Deleuze (estilo Dolce & Gabbana habanémico), si bien yo tampoco quisiera cambiar de perspectiva a estas alturas de la historieta, pues lo menos que deseo ahora es que alguien me identifique conmigo. Ser un virtuoso de la invisibilidad tal vez me permita devenir un cinéfilo desconocido y tirar entonces en paz. Es sólo cuestión fe y ficción: Padre nuestro que estás en el cine, nacionalizado sea siempre tu nombre: véngase en nosotros tu tedio triste, vénguese sólo tu voluntad de varón, danos el pene nuestro de cada tanda y, por favor por favor por favor, no dejes de dejarnos caer en la tentación...