jueves, 16 de octubre de 2008

El Evangelio según los Extras

El evangelio según los extras
(extravangelio inisecular)Orlando Luis Pardo Lazo
(plagiado del e-zine de escritura irregular THE REVOLUTION EVENING POST, episodio 2)

Soy foto-fija de cine y televisión, dos fenómenos que todavía se dan en Cuba. Uso una camarita digital de 4,2 megas y con esa baratija voy tirando entre fotógrafos clásicos que en los sesenta fundaron el ICAIC y el ICRT, hoy todos millonarios dinosaurios del Adobe Photoshop. De este part-time job sale mi inquietud civil por ese otro fenómeno colateral que ya rebasa los límites del cine y la televisión. Me refiero a los extras.
Los extras, ah. Ese ejército de resistencia fantasmal. Esa conspiración iletrada y acéfala que se multiplica a la sombra de. Bajo las mismas narices de. Una suerte de extrarquía que aún no se atreve a. Teoría del complot en el crepúsculo del proceso rextravolucionario cubano (aprox. 1959-200x). Expedientes X en el lobby militarizado del ICRT, acaso IXRT. Extrambóticas viditas paralelas en los rodajes de los films más emblemáticos del ICAIC, acaso ICAIX. Expeditos expedientes que la Seguridad del Estado cubana nunca sabrá leer tan bien como yo (son viditas para leerlas). Y es que yo los he colimado a través de mi lentilla plástica. In vivo. Clic. Día a día. Flash. In fraganti. Ah, los extras. Esa formidable oposición a nuestro statblishment-quo.
Por ejemplo, yo los he visto apiñarse entre la orden de "acción" y la de "corten", siempre en busca de obtener más luz (opacos Goethes de provincia) y de estar más visibles dentro de cada encuadre de cámara. Los he visto alardear a voz en cuello de sus extensísimos currículos de talla extra. Los he visto hacer gala fuera de escena de sus potencialidades histriónicas, las que por supuesto ningún director todavía ha tenido el talento de descubrir. Y los he visto lamentarse, con el corazón en la mano, del encasillamiento al que injustamente los somete la institución audiovisual (siempre deben interpretar a extras, cuando en realidad ninguno se considera como tal).
Yo los he visto polemizar texto-a-texto y tête-à-tête con guionistas multipremiados como Eduardo del Llano y Senel Paz, ambos escritores en un inicio. Lo que es más, incluso los he visto corregir este o aquel acting de nuestras protagonistas estrellas. Una vez fue en un teatro con Eslinda Núñez, ángel tan afable que casi acepta los consejos que le dieron no uno sino varios extras. Y otra vez fue en un teleplay con Isabel Santos, demonio justiciero que expulsó a pinga y cojones a aquella jauría del set, lo que provocó un retardo de dos días en la filmación, pues casi hubo una huelga de extras en solidaridad contra el despotismo actoral de los protagónicos (y hasta el sindicato los apoyó: a los extras, se sobreentiende).
Yo he visto, además, cómo comen. Y es una experiencia excepcional. Acumulan alimentos para después de la guerra con. Saben que todo tiempo futuro por fuerza ha de ser peor. Son agoreros agónicos. Los extras son aquellos comecoles del film cubano Madagascar, empezando por Jorge Molina (quien también come lombrices y fichas de dominó, y encima delira en su empeño de dirigir y ser profesor de algo llamado Facultad de Cine y Televisión). Los extras usan cordelitos y ligas y periódicos y trapos sucios para envolver (no es un símbolo, sino un arsenal de combate). Y usan jabitas de nylon reciclado y cucharillas de aluminio y platillos de comedor y canecas plásticas diseñadas como juguetería durante el Quinquenio o acaso ya el Quincuagenio Gris. No les falta nada a su genoma de altísima adaptación. En este sentido, los extras serán los únicos sobrevivientes en caso del siempre pospuesto holocausto nuclear que acaso ya ocurrió en octubre de 1962 (a lo peor, todos los cubanos somos extras pero aún no tenemos el talento de interpretarnos como tal).
Por lo demás, los extras jamás levantan la vista. Como los gatos, desdeñan la mano que les dio la bandeja obrera. Los extras desarrollan extrambóticas habilidades acrobáticas (vi a un casi anciano pasarse la madrugada haciendo el triple salto mortal, justo en la misma piscina donde el resto del equipo intentaba filmar) y en muchos de ellos se manifiesta cierto soplo poético espontáneo (un mulatico me regaló esta composición de despecho cuyo extrafalario título era Ella deseó mi suerte y me dijo mucho cuídate: "Mi mujer necesita estar / junto al que está con el dinero / y yo morir / por la naturaleza de las cosas: / adiós, malandra, / ya te amaba"): el poeta ya no como el fingidor de Pessoa, sino como un extra más en la muda y burocrática nómina del ICRT/ICAIC.
Los extras tienden a no poseer dientes desde muy jóvenes (a lo mejor nunca le salen, como si fueran una subespecie mutante: digamos, el Homo Xtrapiens). La semana pasada (octubre de 2008), con gusto me hubiera casado con una chica extra de diecitantos, de no haberla visto sacarse la prótesis dental después del almuerzo y lavarla fríamente en un bebedero de la locación. En ese momento pensé (aunque todavía no sepa qué pueda esto significar): "Dios mío, esa nena es la muerte. La mía. La tuya. La del universo entero. La de Wall Extreet y la de Cuba Zoocialista por lo demás".
Los extras no sobran ni rellenan nada. Los extras son. Funcionan como el indeseable pero inevitable contexto de cualquier producto estético nacional. Y, si por casualidad hay una secuencia de desnudos, ahí sí hay que barrerlos como moscas muertas del set. Se hacen los bobos, mitad profesionales y mitad liberales, pero al cabo son voyeuristas y tiradores natos, ultraconservadores y déspotas desde el lenguaje que usan para desestimar a quienes se exhiben ante cualquiera (escenas de "encuerismo", le llaman ellos).
Por cierto, los extras tienden a aparejarse entre sí de rodaje en rodaje y sé de primera mano que ninguno aceptaría un rol sin ropas en cámara. Y en esto no creo que les falte tino, pues el resto del team técnico de la TV no hace más que babearse al ver a un actor (¡o una actriz!) desvestirse: supongo sea el síndrome del demasiado uniforme que embiste e inviste a todo cubano desde la fundación de las milicias (no recuerdo si antes o después de octubre de 1962).
Toda vez expulsados por los altavoces, los extras se aglomeran entonces frente a los monitores del rodaje, para así al menos ver en diferido la cosa en cuestión: más que adánicos, ellos son lectores desnúdicos (entes húmedos y eréctiles). Diríase que son una plaga y un síntoma a nivel micro de lo que sucede en el resto de los cines y pantallitas de la nación, computadores oficiales incluidas.
Hoy por hoy, tras el tevéxorcismo de Luispavones y Papitosergueras, nadie debería olvidar que fueron los extras de la Papelera de Puentes Grandes los primeros que reaccionaron en la prensa contra el filme "contrarrevolucionario" Alicia en el pueblo de Maravillas (1991, año capicúa), del entonces realizador Daniel Díaz, acaparando para ellos solos la voz indignada de todo un pueblo que nunca estuvo para humoradas bajo la imaginaria amenaza de una invasión de storyboard. En ocasiones, he pensado en el concepto marxista de "pueblo" como justo eso: un comando élite de extras que son llamados a escena según la conveniencia del director.
No quisiera abundar aquí en los extras cautivos, esos pobres sancionaditos que, domingo tras domingo, son forzados a sentarse por una miseria de salario en los palcos sonrientes del programa Palmas y Cañas (verdadera mazorra reTVolucionaria, sólo que con mejores condiciones de audio e iluminación). Tampoco es mi deseo caer en columnismos de calumnias políticas de este o aquel signo, género tan de moda en cualquier tema que toque los derechos humanos en la Cuba caótica de la Revolución.
De todo lo anterior, por supuesto, no queda huella testimonial alguna, pues hay una suerte de pacto de secta entre los extras y, además, ellos nunca se dejan fotografiar de cerca (al menos no por mi camarita digital). Da la impresión de que los extras son convocados no por la productora, sino por un cuarto o un quinto poder. Sextocolumnistas por excelencia tras bambalinas, ellos son tan inmediatos y ubicuos que apenas acatan instrucción alguna de la autoridad. Al contrario, ellos disienten de todo y así generan la mayor cantidad de cortes y repeticiones por minuto editado de filmación. Al respecto, los extras serían la única causa cuántica de variabilidad nacional (motor molecular de la evolución biológica) y también son la crítica más tempranera a todo intento de representación extética Made In Cuba hoy por hoy.
Incluso sospecho que aún podrían ser mucho más. Acaso sean la democracia desenfocada que se incuba por los cuatro canales y por las decenas de películas más o menos ñoñas que se han rodado en este país. Los extras son algo así como la Cuba Secreta que en el siglo XX ni María Zambrano ni Gaspar Pumarejo advirtió. De manera que sólo ellos podrían protagonizar el auténtico cine independiente y underground, así como nuestra inminente televisión privada (sea por cable robado o por alquiler de casetes VHS). Sólo los extras ya han perdido foucaultianamente su nombre (hasta en los créditos) y su rostro (en cada plano). Sólo los extras filman deleuzianamente como quien cava su tumba o su mausoleo: literalmente a ciegas, pues a raíz de cierto escandalito de plagio, está vigente ahora una resolución ministerial que prohibe enseñarle a un extra el guión. Así, ellos nunca saben en qué proyecto los ha enrolado el Estado (único productor, o coproductor cuando se trata de capital extranjero). Los extras son, pues, como los ciegos cínicos de Sobre héroes y tumbas, de Ernesto Sábato. Y esta situación es tan alienada como la del proletariado decimonónico ficcinado en El Manifiesto Comunista, por lo que no sería de extrañar que en Cuba ocurriera pronto una "revolución dentro de la revolución", como la dexcrita por Regis Debray.
El propio ex-presidente Fidel Castro Ruz, en más de un sentido catalogado mundialmente como un líder extra-ordinario, se ha referido a estos fenómenos de manera más o menos velada a lo largo de sus discursos, aunque ningún taquígrafo del Consejo de Estado parezca reparar en ello. Pero los extras sí saben interpretar y confían en que sigue estando seguro su locus laboral dentro del paraparaíso cubano.
En cualquier caso, lo mío no es conceptualizar, sino disparar fotofijas de cine y televisión, dos fenómenos que todavía se dan en la Cuba del siglo XXI. Para semejante part-time job, con mis 4,2 megas digitales me basta y me sobra para codearme con los clásicos que en los sesenta fundaron el ICAIC y el ICRT avant-l´adobephotoshop. El resto son apenas mis inquietudes civiles colaterales. No por importantes menos intrascendentales.
Consummatum extra.

martes, 14 de octubre de 2008

Necia necesidad de una guerrita incivil

Una imagen vale tanto como una imagen y mil palabras casi nunca valen mil nadas.
Hay que pasear por La Habana como turistas tarados de penúltima generación: estar permanentemente de paso, aunque sea sólo una pose de payaso post.
Caminar como cronistas apócrifos que ya nada podrían restar a nuestra suma de poquedades bajo ese sol del mundo maniatado a mural.
Hay que ser un postproletario de retaguardia en medio de este mausoleo insolente devenido manicomio insolvente.
Ser un predicador protestante en una guagua repleta, tart-t-tamudeando entre la desidia de Dios y el odio de la multitud.
Ser uno de esos mendiguitos sin patria, pero todavía con amo: no pedir ni dar limosnas, insolidáridos de remate.
Ser un zombi trastabillando de déjà-vu en déjà-lu: porque es muy agobiante leer en Cuba, sea directamente de nuestra irrealidad hiperreal o virtualmente en la web fantasma del resto del mundo.
Avanzar como un bonzo por esta ciudad de atrezo es padecer el Síndrome de Sergio en los años sesenta: cualquier trama nos sabe a tramoya de cartón, a cartabón disciplinario, a Memorias de la Desmemoria (tampoco parece un mal título para subtitular alguna película de aquella década).
En definitiva, hay que recorrer La Habana para corroerla en venganza por no habernos fugado a tiempo de su tríada pitagónica de vocales a.
Dolce & Habbana: afasia, abulia, anomia.
Brave New Habanada: apatía, ataraxia, apostasía.
Hiroshimabana, mon amour: apocalipsis, apoplejía, apoptosis.
Et al.
Crucigrama sin clave o tic-tac-toe tropical: cada pisada marca una casilla que lo mismo podría ser de un acta de defunción que de la próxima boleta electoral anulada.
En cierto sinsentido, bovarísticamente, La Habana c’est moi!
Y en esto coincidimos inánimemente con la pancartística nacional de moda: somos un alef maléfico que ya no regurgita nada, sin concesiones ni oposición (es un estado mental al margen de todo, excepto del ojo levógiro del huracán).
Hay que maquinar delirios entre el deleite y el delito: distopía de la d.
La Habana como contexto de una mala maqueta: obscena escenografía sin extras ni personal técnico ni director de culto del film (del fin).
¿Dónde se meten los ciudadanos a escala 1:10 000 000 de la maqueta?
¿En qué cajita de fósforos los han reconcentrado a la espera de un bombardeo de confituras y confeti?
¿En la maqueta estará representada la propia maqueta de esta ciudad no tan maquetada como traqueteada?
Hay que comparar las luces y demás guiños mediáticos del tráfico suburbano: supongo que ése sea nuestro decadente derecho al pataleo, en tanto derecha endémica que tampoco dio para mucho más.
Debe ser un placer y un privilegio persistir en un presente tan pertinaz que no deja grietas de cara ni de culo al futuro (o tal vez sea cronotópicamente al revés: el futuro es tan fatuo y tan flato que no se cuela ni por las fallas tectónicas de nuestro presente tan impertinente).
Debe ser casi un estado de euforia contemplarnos en derredor y auto-robarnos una tajada de inercia feliz.
De esa energía falaz dependen los corcoveos que después simularán ser nuestra excritura: de la apoteosis sweetsida de Arenas a un jueguito de jergas tan complejo como Kozer y cantar, de la prosa espinosa de Rosales al autismo autorial de García Vega, de la cáscara oculta de Carpentier a la caspa doméstica de Novás Calvo, de los hombres con hambre de hembra de Montenegro a los ladridos cubinformes de Labrador Ruiz, de la caza del jabalí lezamiano al olor de la pinga que puede detener a un pájaro piñeriano.
Et al.
Hoy habría que leer un poco menos a estos apellidos (menos que lo que nunca los hemos leído, se sobreentiende) y priorizar otras zonas e-mergentes de la literanada cubana: por ejemplo, los comentarios mitad choteo y mitad fascismo que dejamos en nuestra blogosfera tan boba como las palmas (si el planeta sobrevive digitalmente, ese cubangelio.com será una exquisitez para los arqueólogos del 2666).
Habría que priorizar también, por supuesto, las lecturas del cuerpo: desgastarlo masoquistamente contra la lija de lujo que in situ resulta esta habana.cu.
Habría, por último, que desestetizar la barbarie: husmear en los huesos de una ideología sin más esperanza que una osteoporosis con anestesia.
Porque en algún momento algo hizo crac dentro de la médula biológica o histórica de la maqueta, y ya no hay vuelta atrás a la catalina equitativa de un nuevo milenio clínico al punto de lo criminal.
Tal vez sólo sea una inocente guerrita incivil sin bandos ni bajas: una catarsis sin catástrofe, un caos antiteórico de entropía cero, un llegar tarde a la fiesta que nadie nos invitó (un fiasco nombrable), para colmo sin averiguar si era boda o velorio: la ausencia de novia o de cadáver será por fin, ahora, nuestra indefinición mejor.
Necesidad de una guerra errática: saturada de e-rratas que por lo menos le dejen cierto amargor al texto insipiente de nuestra incipiente sigloveintiumnidad.
Necedad del penúltimo payaso cuya pose post sea proseguir imperturbablemente de paso: en algo teníamos que dilapidar el tiempo, todo el tiempo del mundo (¿o no?).
Así pues, en plena imposición de nuestras facultades mentales, habría que proponer la impostergabilidad de una guerrita incivil: acaso baste con una imagen que valga tanto como una imagen, acaso con mil palabras que casi nunca valdrán mil nadas.