jueves, 30 de octubre de 2008

CURADORES / CUBADORES

QUERIDA SANDRA:
Orlando Luis Pardo Lazo


Abrí el attachment con ilusión infantil. Pensé que me enviaban una invitación volante al estilo de EL SÁBADO 18 TODOS CON SANDRA. Pero no fue así. Qué fiasco. A mis 37 años por cumplir en diciembre supongo que ya sea hora de ñampiar las ñoñerías de mi niñez. Igual aquel attachment sonaba a treta o atentado. Su texto se travestía de cadáver exquisito o poema visual. Era el epitafio de una lagartija muerta en formato jpg, un reptil sin rabo y medio desinflado en tanto metáfora del globo desaglutinador que nunca flotó ese sábado 18:


QUEDA SUSPENDIDA, TEMPORALMENTE, LA

EXPOSICIÓN COLECTIVA.

¡¡CURADORES, GO HOME!!

aglutinador-laboratorio.


Lagartija, que en inglés es Lizard, que en cubano se retrotraduce Elizardo: recordar la carátula camaleónica del libro El Camaján, heterobiografía que la Seguridad del Estado cubana publicó a nombre de Elizardo Sánchez Santacruz, quien al parecer era la causa eficiens de este nuevo Caso Sandra (Ceballos), no muy diferente de aquel de a finales de los ochenta, cuando el staff de Somos Jóvenes se daba el lujito de contar con escritores como Luis Manuel García (hoy esa revista es apenas un epígono entre indecente y adolescente de la pioneril Zunzún y la universitárida Alma Mater).

Al inicio, un lapsus opticus me obligó a leer: ¡¡CABRONES, GO HOME!! Pero no. Había sido un artefacto de mi arcaica 486 o uno de esos fenómenos de feria llamados Artefímero. No sé. Igual el evento me dejó pensando en el poder desproporcionado que ya monopoliza en Cuba Elizardo Sánchez Santacruz, antes incluso de ostentar cargos públicos en nuestra sociedad. Basta su presunta presencia para intimidar a medio ministeriato y, lo que es peor, para paralizar un proyecto que persiste desde 1994: Espacio Aglutinador (fundado por Sandra Ceballos y Ezequiel Suárez, con sede en una casa particular de 25 y 6, El Vedado).

Un amigo en el exilio euskespañol me enviaba ipso facto un e-mail escueto con letra Comic (más la imagen de un perrito en short y con espejuelos): «Compañero, creo que los muy caballos se han cebado en la Ceballos». Yo le zumbé de vuelta un Reply no tan barroco como barrueco: «Cúmbiletarra, resulta que es retóricamente al revés. Sandra Ceballos la emprendió a e-pístolas apriorísticas contra el Consejo Nacional de las Artes Plastificadas, cuando lo que hacía falta era un par de pistolas para plantar en siete y media su proyecto de ex-posición».

Volví a mirar el attachment de clausura. Mi ignorancia no me permitía identificar ni la poética ni al autor de esa obra (si no fue concebida como tal, de súbito ya lo era: ¿Artespontáneo?). Lo que más me preocupaba era si el reptil había sido sacrificado especialmente para la ocasión (se puede comer carne pútrida, tatuarse un mojón alrededor del ano o pintar las paredes y el piso con sangre menstrual, pero me insultan las estupideces estéticas con los animales). Por supuesto, también me preocupaba un poco el destino o desatino zoocial de la Cuba artística del XXI, regida tan omnímodamente por el protagonista de El Camaján.

Supongo no haya mucho que hacer ya al respecto. Son los síntomas clínicos de una época apocada y por suerte sin épica. Eso es todo y San Seacabó. Por cierto, «Sandra acabó» fue el lamento una blogger en mi buzón.cu: y no es Yoani Sánchez ni nadie cuyo nombre incluya una Y. Yo le replico sin mucha convicción a lo Santiago Feliú: «No es Sandra, mi amor, son los demás». Y de paso le forwardeo la imagen del perrito en short y con espejuelos, que asumo sea una obra del proyecto de diseño Los Camaleones: ¡todo repta subrepticiamente a mi alrededor!

Resumiendo el caso o acaso el ocaso de Sandra Ceballos, lo menos que puedo es reconocer que las dos notas nítricas del Consejo Nacional de las Artes Plastificadas (organelo que ha llegará a muy viejo sin oír consejos de artista alguno), son los dos textos más creativos de todo este corre-corre de correos social-realistas que puso en jaque la precaria conectividad de la www (where-why-when) nacional. Paladeen con deleite esta prosa de impertinente transparencia:

1) «Show propagandístico con fines abiertamente políticos...» 2) «Representantes en La Habana del gobierno genocida de George W. Bush y mercenarios tan desprestigiados como...» (ver arriba los captions de la etimolagartija). 3) «Intento de dar cobertura artística a provocaciones de esta naturaleza...» 4) «Juego a los servidores del imperio...» 5) «El Nuevo Herald, Cubaencuentro y otros medios anticubanos...» 6) «Pone al descubierto quién manipula, agrede y ofende a los artistas cubanos...» 7) «Suspensión inesperada y voluntaria por parte de los organizadores de la inauguración de la exposición manifiesta las propias contradicciones internas del proyecto...» 8) «De la soberanía del país y del derecho inalienable de las instituciones a defenderla...» 9) «No pueden abrogarse el derecho a intentar silenciar las legítimas voces de las instituciones...» 10) «Ratifica su posición y nuestros directivos asumen toda la responsabilidad por sus criterios...»

Es un decálogo del peorfecto cuentista: una joya en bruto, en brutísimo. Una cámara de las maravillas medieval: bóveda vedada donde se atesora desde semen santo en un grial hasta el mil novecientos cincuentinoveno clavo con que los hombres crucificaron al hijo de dios. Y digo aún más: un ataque de sinceridad oficial así (Realpolitik) es de lo poco a agradecer en medio de la batahólica barahunda e-mailística (¿una spielbergiana Schandra´s List?) de este nuevo episodio de política cultural, que será amarga pero es nuestra cultura policial.

Por mi parte, le doy mis votos al blog medio bloqueado Hechizamiento Habanémico Hebdomanario, donde la escritora capitalina Lia Villares, siempre tan lúcida acaso por estar siempre tan al margen de todo, en su artículo ¿Hasta cuándo y hasta dónde la censura?, añade un par de apuntes puntiagudos al respecto, puro tequila tórrido en strike (como siempre debiera ser el diálogo pendenciero con el poder):

Aglutinador debería estar listo y ser más decisivo en sus acciones, más consecuente. ¿Por qué no ignorar –si de hecho la procedencia es de por sí dudosa– la nota recibida (apenas un párrafo insolente e indecente) y seguir adelante con el proyecto de la exposición ya preparada?... Si Aglutinador –"un espacio para nada oficial ni propagandístico"– se deja vencer por una nota insípida del más insípido aún Consejo Nacional –todo está dicho, ocridad y olor a muerte incluídos en el rótulo– de las Artes Plásticas, y que además como proyecto independiente ("una casa, no una galería, un espacio privado, no una institución o un museo") no tiene que rendirle cuentas a ningún Consejo decadente; si su trayectoria de años no está lo suficientemente afincada, entonces qué nos queda. Responder a este atropello al que no se le debería dar la más mínima importancia suspendiendo temporalmente la exposición es para mí cobardía injustificada...

Claro, pero Lia Villares está afuera incluso del modus operandi de nuestro alto arte cánonstitucional. Su voz será ninguneada, como corresponde, por ser la de un agent provocateur, y así tendrá cero repercusión en esta peleíta cubana contra los censores o curadores o ambos. Tal vez sus fotos desnudas sobre la bandera cubiche sí sean downloaded mucho más. Claro, sólo para vilipendiarla, como corresponde también, por ejemplo, en los comentarios no pendencieros sino pendejos del sitio caosmunista Kaos en la Red (otro lapsus opticus de mi 486 jurásica me obliga a leerlo analgramáticamente como Asko en la Red). Así son las cosas, los casos y acaso los ocasos. Con estos bueyes habrá que ir tirando (metáfora onanista): arando e incluso narrando en el mar. En fin, el mal.

Por último, un enemigo editor del más antiguo de los tabloides culturales o culturralos cubanos me llama por teléfono para advertirme: «Acere, el dado está duro de verdad». Y yo le zumbo de vuelta un silencio que él seguramente confunde con su propio pánico paranoico de que hay peritos golosos pinchando en nuestra línea digital. Entonces se pone patético, casi hace pucheros: «A mí no me importa que nadie me oiga», patalea on-line, «como artista revolucionario yo no tengo nada que ocultar». Clic, clic. Y colgamos al unísono los dos (o los dos mil ocho, en caso de que hubiera de verdad peritos goloso al escucha de nuestra conversación).

Vuelvo al teclado y a mi monitor monocromo. Siento la cabeza como una cebolla trademark Ceballos SA. Por supuesto, simpatizo con Sandraglutinadora y con su laboratorismo laborante de emergencia (hasta una foto mía participaba de esta muestra muerta por edicto dictatorial). Me gusta ese descaro sandremocrático de gestar «futuras acciones paraculturales» (Sandra dixit) en su Cuerpo de Guardia en 25 y 6, El Vedado. Pero de esta revolucioncita ninformática alrededor de ella creo que sacaremos todos muy poco en limpio. Creo que Sandra Ceballos subestimó su alta visibilidad legitimadora en tanto artista global y apostó precipitadamente por preservar un espacio que ya iba siendo hora de dinamitar.

Querida Sandra (comienzo a escribir otro de esos eones de e-mails abiertos de apoyo al que nunca le daré Send/Sandra):

Todo está bien. Por esta vez el futuro tendrá que esperar a que las autoridades paraculturales se desaglutinen a tu alrededor. No olvides que tú llevas la ventaja histórica de ser la acción y ellos la histérica reacción. Pero así y todo extraño las esquirlas de tu explote. Tu esquela necro en la prensa hubiera sido utilísima para resucitar todos el día después. Por favor, no te insultes por compartir contigo semejante imagen apocalítica en jpg. P.D. (Por lo Demás): ¿te parece simpática la función de cadáver exquisito para una medio desinflada y ya sin cola lagartija electrónica (e-lizard, en inglés)?

lunes, 27 de octubre de 2008

The Charge of the 400

400 años en el Cardoso

Orlando Luis Pardo Lazo

(plagiado del e-zine de escritura irregular THE REVOLUTION EVENING POST, episodio 1)


Los orígenes de la tragedia

Un antiguo amigo de universidad, escritor amateur y recientemente "quedado" en el extranjero durante una "misión oficial", me dice que ha logrado contactos de alto nivel con el campus editorial académico de Canadá. En consecuencia, me pide cosas. En específico, me pide armar una antología cubana de textos raros y/o excluidos de autores menores y/o marginados. Da igual poesía, novela, cuento, ensayo, que cualquier especimen endémico de escritura intergenérica y/o transgenital. En Canadá lo quieren Todo-Sobre-Cuba, y lo quieren ya. Right off: NOW is the moment. Justo ahora, a finales del 2008: al borde mismo del Posible Cambio Cubano (PCC). De hecho, no querían nada "hasta hace muy poco" y nada querrán "dentro de muy poco después" (me alerta mi ex-colega bioquímico): así que es una oportunidad única de esas que se dan once in a lifetime. Con buena paga para los dos, por supuesto of course: más de lo que yo he ganado durante una década fungiendo y/o fingiendo como "escritor cubano de Cuba" (valga no tanto la redundancia como el oxímoron). Tal vez hasta me "resuelvan" un viajecito free gratis para dar un par de speeches literarios en Canadá: "el público canadiense es polite, pero demasiado politically correct con corrimiento hacia el rojo", me advierte porque me conoce. A cambio del paraíso, sólo me pide compilar una "historia de bolsillo por los 400 años de literatura cubana": algo que se in$erte rápido en el mercado de la pocket-bookeratura mundial. Allá el tema Cuba está de moda aunque no se conoce nada de aquí, me dice: "aquí el tema Cuba está de moda aunque no se conoce nada de allá". De manera que si no lanzamos el proyecto enseguida, cualquier improvisado nos robará la primicia y la patente en Canadá. "Pero ni pinga, Landy", me pincha en su último e-mail, "ya es hora de sacar algo no tan jodido del subdesarrollo". Y ése mismo fue el primer título que se me ocurrió proponer (Algo no tan jodido del subdesarrollo: historia portátil de los 400 años de literatura cubana). Y ya. Esto fue todo para empezar. Reconozcamos, con humildad más que con humillación, que se trataba de un pacto diabólico so very much tentador.


Ecce homo

Las únicas Obras Completas cubanas que me he leído del pí al pá son las de Onelio Jorge Cardoso (1914-1986): un buen narrador nacional, pero demasiado ruralinfantilizado. Los únicos estudios litécniterarios que poseo los adquirí coincidentemente en el Centro de Formación Literaria "Onelio Jorge Cardoso In Memoriam" (en Miramar). Moraleja de mural: si sólo dispones de un martillo, todos tus problemas te remiten a un clavo (¿fue Nietzsche el que habló de escribir a mandarriazos?). ¿Qué más podía hacer yo, triste y aislado, con todos mis amigos al otro lado del charco y cada cual con su nick en el chat, en medio de mis lúgubres noches de una Habana inisecular regida de súbito por Raúl?

No sé. Tal vez sí hubiera podido intentar "lo más difícil", como le encarga Rialta a su hijo José Cemí, en una página perdida de nuestro Paradiso. "Pero ni pinga, Landy". Al final hice lo contrario. Lejos de someterme al sermón lezamiano, y ponerme a investigar mierdangas polillosas en las bibliotecas sin aire acondicionado de La Habana, agarré unos pocos dólares canadienses (un adelanto de mi partner en esta joint-venture) y logré copiar para mi memoria flash la base de datos Excel de los diez cursos del Cardoso. Si bien le juré silencio eterno a mi cómplice, ahora les juro a ustedes que no he podido evitar contarlo: "vivir para contarla", me protege el epitafio de un amigo del ex-líder máximo de mi garcíamarquiano país.

Había medio millar de textos inéditos en aquellos pocos megas. Una fortuna, una máquina de narrar. Una joya en bruto, en brutísimo. El fichero era una caja de caudales sin necesidad de copyright ni password: un alef totipotente de relatos, un do-it-yourself pero ya listo pret-à-porter. Allí dentro latía el desafío de la ficción explicado a los niños o el evangelio según Scheherasade. Y realmente tenían madera de narradores los muy cabrones (así fuera ácana con ácaro: lo cierto es que el gérmen de un régimen nacioficcional ya se incubaba allí). De manera que me fue muy fácil establecer filias y nexos con cada estereotipo histórico de realismo cubano: única cepa literárida que prospera bajo el cepo de nuestro clima. Elegí 40 ejemplos ejemplares (a una velocidad moderada de 10 plagios/siglo) y les pasé la mano para forzarlos en sus respectivos contextos. Un arcaísmo por aquí y un costumbrismo por allá. Y listo. Me sentía un Alí Babá posmoderno. Así, con cambios menores, los 40 textos parecían hallazgos arqueológicos míos de los clásicos locales de nuestros aburridos siglos XVII, XVIII, XIX y XX (lo que va del XXI asumí que, con cambios mayores, bien podría impostarlo yo a partir de mi impropia excritura).

Y ya. Esto fue todo para continuar. El resto fue hacerme de un Diccionario de la Literatura Cubana (edición cariada de 1980, con más omisiones que menciones) y de los dos tomos truncos de Historia de la Literatura Cubana ("1492-1898" y "1899-1958": el de "1959-????" aún no tiene imprimátur por subversivo), editados ambos oficialmente por instituciones culturales del patio. De esos mamotretos extraje ciertas maneras de nombrar dentro de la atmósfera editorial de cada período: la calumnia calcinada de la Colonia, la resaca resabiosa de la Repúsblica, y el revolico rebobo de la Revoilusión.

El ocaso de los dioses

El libro se publicó en un nuevo sello editorial fundado por mi amigo "quedado" en Montreal, Quebec: Cubaquois Books. Mi antología apócrifa (con nadie nunca antes compartí la verdad) fue un suceso no sólo en el reino políglota de Canadá, sino también en los United States. Por suerte, nunca se publicaron los originales en español: así, un team de traductores profesionales ayudó, sin saberlo, a enmascarar aún más mis 40 reescrituras robadas. El título finalmente fue el mío: Something not so fucking from underdevelopment: portable history of 400 years of Cuban literature / Quelque chose pas donc pis de sous-développement: histoire portative des 400 années de littérature cubaine (edición bilingüe con un anexo de cada cuento resumido en inuit).

Comercialmente, más que un suceso fue todo un success y/o succès. Un éxito, un exit: incluido mi primer permiso de salida para viajar (la suerte de escapar por una sortie), concedido en tiempo y forma por un ministerio que misteriosamente no era el de Cultura sino el del Interior (aún cuando yo me dirigía justo en sentido contrario: hacia el exterior).

Viajé. Vi. Viré.

Cobré mejor de lo que pensaba, excepto por un pleito judicial perdido que me impuso mi ex-colega bioquímico por un asunto de royalties. Di no un par, sino pila de speeches literarios entre lo polite y lo politically correct. Conocí en persona a Barbara Gowdy, una mente imponente a sus más de 50 años, y logré disimular con chistes ambiguos que nunca la había leído y menos aún visto la película de sus Falling Angels (era algo de construirse un búnker doméstico contra la bomba atómica). Hablé en inglés hasta en la televisión de Toronto. Caí bien: mostrarme "levemente levoliberal" era mi triunfal carta de presentación. Conocí a Gloria Beatty (así lo escribió en una servilleta), una aeromoza virgen y cosmopolita que me pidió la matase en pleno vuelo de regreso Toronto-Montreal: acaso lo único no falso ni literario de mi experiencia expatriada. No la maté, pero ese fin de año, tras una borrachera de whiskey y bolas de nieve (ya era primero de enero), terminé desnudo y gritando "viva la literatura cubana" mientras me venía en el tracto anal de la hija del embajador: intentarlo por delante hubiera sido una ofensa con ella, pues era una chica gay que fue el objeto más caliente/canadiense que conocí en todo aquel mes sabático (de hecho, apenas 21 días de aire freesco).

And the rest is silence. Y ya. Esto fue todo para terminar. De vuelta a Cuba no traje conmigo ni un solo ejemplar de mi plagio antológico o, mejor aún: autológico. No me arriesgué a pasar semejante bomba nuclear doméstica por la Aduana, ni ante los perritos groseros del Ministerio del Interior ni ante los peritos golosos del de Cultura (aunque es probable que nadie reparara en mi búnker burlesque).

Allá la dejé: con su medio millar de páginas, con sus 40 000 ejemplares en primera tirada (a la velocidad menos moderada de 10 000 plagios/siglo), y con su carátula de Raúl Martínez que disimulé a mi nombre en Adobe Photoshop (era una de las imágenes de su serie de "fotomentiras"). Más mi prólogo. Más un epílogo de mi antiguo amigo escritor amateur. Más mis 40 papas podridas metabolizándose en su tripa por los siglos de los siglos, améen. Ya es hora de sacar algo no tan jodido del subdesarrollo. Allá se las dejé: que se comieran un cable académico con esos clásicos cubanos hechos de ejercicios de clases (etimológicamente, un clásico es lo que tiene clase), cuentos sin adjetivos, icebergs yanquis y matriushkas chinescas, largos diálogos de Asimov sin acotación, mudas justificadas, niveles naifs de una realidad más rala que realista, neotojosianismos de dato escondido, violencia de vodevil, flujos menstruales de pensamiento, vicios comunicantes, entre tantos tontos subgéneros apolíticos, y mil y un etcéteras técnicos y tours-de-force à-la-carte. Todo un alef maléfico.

En legítima defensa, supongo esta haya sido mi mínima contribución a la crisis general del capitalismo (CGC) en la era global: exponer la insultante ignorancia del continente americano de cara a nuestra insulsa hezcritura insular (ínsula insulated-isolée-aislada tras medio siglo y/o milenio de fatalismo geografiterario). Después de todo, ¿quién quita que, dentro de otros 400 años, Cuba no será recordada mejor por los resúmenes en inuit anexados a cada cuento de Something not so fucking from underdevelopment: portable history of 400 years of cuban literature / Quelque chose pas donc pis de sous-développement: histoire portative des 400 années de littérature cubaine?

99 in the shade

99 A LA SOMBRA
Orlando Luis Pardo Lazo

111.

Me recuerdo en 1999. Un verano asqueroso y atroz, como los últimos quince o veinte veranos de Cuba. (Sigo convencido de que el cambio climático global empezó aquí, por algún proyecto súper-secreto con los soviéticos que en los años noventa abortó). Yo caminaba las calles de una Habana decadente en franca recuperación. En el corazón infartado de la Manzana de Gómez, una amiga filóloga (no es Yoani Sánchez ni nadie cuyo nombre incluya una Y) me abrazó al borde de las lágrimas: "Qué fea Cuba, Landy, ¿verdad?", me dijo, y sólo se me ocurrió animarla con un largo beso en los labios. Por supuesto, yo no entendía nada. Ni a Jamila ni a su boca seca ni a nadie. (Esto tal vez sucedió cinco o cincuenta o quinientos años después.)



222.

Me recuerdo en 1999. Estábamos locos, estábamos muertos. Fui a un taller de técnicas narrativas como terapia de grupo para sobrevivir. El lugar era infame, en la Casa de Cultura de Castillejo y Carlos Tercero. Era tarde. Un miércoles. Se fue la luz. Pero el público de taraditos y adolescentes impúberes permaneció hipnotizado en su lugar (unos pupitres despingados acaso de cuando Playa Girón). El aire olía a orine. El conferencista destilaba amables aires de mesías. Tenía un nombre en siglas (JAAD) y, en medio de la aburrida barbarie nacionalera, nos habló de la apasionante fuerza libertaria de la palabra cuando tiene un lustre personal. Nos habló de competir con los muertos que habían escrito estoicamente desde el horror antes de estar muertos nosotros ahora. Nos habló de no dejarnos marear por los odios consensuados de la realidad, de tampoco ser tan pendejos como para mirar infantilmente hacia cualquier otra parte, de la tradición y sus traiciones, de ser hermosos y humildes desde la altanera irrepetibilidad de nuestra escritura (ni él ni ninguno de nosotros escribía entonces), y de quién recuerda cuántos otros desatinos en pleno apagón. El tipo era un inmortal en medio de la corrupción cubana en fase de recuperación. Terminamos sin ver nada, cerca ya de la medianoche. Para entonces éramos como una secta de infieles que lo elegíamos por puro azar a él: JAAD nuestro que estás en el cieno... Salimos de aquel castillejo. A oscuras e iluminados. Y eso fue todo. Un miércoles. Aquel fue el inicio y el fin de una post-revolución literárida que por suerte fracasaría avant la lettre. No teníamos que ser escritores. Ya lo habíamos sido sin darnos cuenta. Arte efímero: excritores, hezcritores. El resto sería sólo nuestras falaces carreras para triunfar humillantemente así en Cuba como en el exilio. Así en la paz tórrida de los años cero, como en las dos mil guerritas inciviles que en el futuro mediato (mediático) todos tendríamos que ilustremente lidiar.

333.
Me recuerdo en 1999. Un día de noviembre. En una funeraria.

444.
Me recuerdo en 1999. Fidel trajo a Cuba de un golpe a todos los presidentes de habla hispana, incluido Juan Carlos el rey español (creo que Eusebio Leal le regaló un óleo de su madre la ex-reina). El transporte público se puso especialmente infernal por esos días de Cumbre. Se acababa el año. Desde abril yo no tenía trabajo. En Cuba, ya no quería volver a oír de esa palabra jamás. Que se jodieron todos, empezando por mí. Todo lo veía a través de un velo opaco y distante. Era la angustia. Pensé que sería un efecto temporal, como la visita de los presidentes y el rey. Como el encuentro del "caballerín" (algo así le dijo Fidel) José María Aznar con la insipiente más que incipiente oposición cubana: una oPOSTsición dedicada a publicar panfletos en internet, contenta de no tener que alzarse en armas, ni siquiera salir a la calle salvo para coger un par de piñazos y una visa express vía Washington. Pensé que mi angustia sería una ilusión pasajera de pasajero apiñado en un metrobús. Gastaba horas y horas de ruta en ruta, sin encontrar del todo el camino de vuelta a casa. Era invierno y sudaba. No conocía a Ahmel Ahmel ni a JE. Así que no escribía, porque aún no sabía por dónde empezar. Por entonces sólo conocía a JAAD, el gurú gagueante. Así que tampoco podía dejar de escribir, porque no sabía por dónde empezar a dejar un vicio tan vacío como el de ser excretor.

555.

Me recuerdo en 1999. Fui a pedir trabajo a Trabajadores, el órgano anaranjado de los dos o tres colores patrios de la prensa plana oficial. Dije que sabía diseño en computación. Dije que sabía escribir (cité un cursillo a medio abandonar con el periodista Luis Sexto en la emisora de radio COCO). Dije que amaba a la revolución: con otras palabras, por supuesto, para que no lo tomaran como una ofensa (el lenguaje en Cuba ya no tolera semejante lexema disléxico, sólo en el resto del planeta sigue siendo posible afirmar que uno ama a una revolución). Me dijeron únicamente que volviera tranquilo a mi casa, que más temprano que tarde alguien del Departamento de Personal me contactaría. Además, primero tendrían que "verificarme" en el barrio y en mi último empleo. Buena suerte, adiós. A la vuelta de nueve años de estar tranquilo en mi casa (igual pueden ser nueve eones o nueve posts), no sé bien qué justificación ponerles si me contactan para contratarme por fin. Aún no sé diseño en computación. Asumo que ya nunca sabré escribir. Y al final siempre me faltan cojones para t-t-tart-t-tamudear la última oración.

666.

Me recuerdo en 1999. En la Feria Internacional del Libro, en el castillo de San Carlos de la Cabaña. Un joven y prolífico escritor de provincia presentaba su libro de cuentos, que recién había ganado en casa un premio continental. Dijo: "no nos llamemos a engaño, escribir es oficio de negros, cuestra trabajo". Él era blanco, si bien menos que yo. Un indio oriental bocón. Disfrutaba performáticamente sus quince minutos de spot-lights y micrófonos. Un viejo y angurrioso escritor de la capital me pasó un brazo por encima de los hombros. "Te doy quince años para que el libro lo escribas tú, comepinga", me dijo. Me queda poco menos de la mitad de aquel plazo. Pero el libro hace mucho que lo tengo completo, comepinga tú. Ahora es sólo cuestión de tener la genial mediocridad de ponerlo entre letras y espacios en blanco: de exhibirlo como en las exequias de un exquisito cadáver que yo mismo preferiría ni releer.

777.

Me recuerdo en 1999. Me faltaba un diente, me sangraban las encías. Mi salud era un fiasco. Fidel echó a correr una batalla de ideas para repatriar a Cuba al niño náufrago Elián (Robinson que reclama a su séquito de Viernes). Yo eché a correr como una zorra en el maratón Terry Fox. A mi lado rodaba un pequeño ejército de traqueotomías y amputaciones sobre mil y una sillas de ruedas. Yo corría a ciegas, despacioso e infatigable. Como un Forrest Gump loco local. Como un taradito de taller literario con olor a orine en el aire. Como un adolescente impúber entre la histeria política y la represión sexual. Como el suicida que a Orlando Luis Pardo Lazo ni siquiera en juego se le ocurrió. Fidel tenía entonces 73. Me llevaba un medio siglo de 45 años. Llegué de último a la meta del maratón. A mitad de camino, me dio por ayudar estúpidamente al prójimo más necesitado. Todos me agradecían con naturalidad, como si cada uno de mis gestos no fuera absolutamente artificial. Yo era invisible en aquella marea clínica de solidaridad. Yo era y sigo siendo invisible. Fidel tiene ahora 82 años y aún me lleva el mismo medio siglo de 45. Supongo que de vez en cuando hay que saber llegar de último o, preferiblemente, nunca llegar a la meta de un maratón sin piernas llamado Terry Fox.

888.

Me recuerdo en 1999. Viajé en botella hasta el río Duaba, en Baracoa, Guantánamo, en la frontera paleohistórica de este país. Vimos un velorio montado como una escenografía entre el portal, la calle, y la acera del frente (la de la sombra). Supongo que lo hacían de puertas afuera por el tedio y el oprobioso calor. Aunque la recorras de punta a cabo, Cuba es un eterno veneno. Todo el mundo en el pueblo masticaba aquella pasta chiclosa pronunciada chillonamente guassspén... El campismo del río Duaba estaba alquilado entero por una secta protestante que lo usaba como retiro bautismal. Todo el tiempo sonreían, tocándose mientras se encomendaban a Dios, como personajes de El Portero de Reinaldo Arenas o entelequias cartoonescas de la serie South Park. Hablé con algunos de los más jóvenes. Noté enseguida una ignorancia babeante y docta que me sobrecogió por ser tan mimética. Aquellos seres eran clones de piel ceniza y ojos transparentes de zombi: ceros antes que seres. Tenían una fe fabulosa de estar viviendo todos en la Verdad (estaban orates de remate o eran actores sensacionales para ser amateurs). Se bañaban con ropa en el río, y jugaban escandalosamente como niños inocentes, hasta que un pastor nos exigió con mucho respeto que no usáramos sólamente la trusa para zambullirnos. Les resultaba muy chocante nuestra "desnudez", casi una ofensa a su dios. Lo obedecimos como experimento y parodia. En aquel teatro vodevil nosotros seríamos el diablo/devil, y había que asumir nuestro rol de manera profesional. El agua era cristalina como nunca antes la he visto en persona. Desde aquel lecho de chinas pelonas, La Habana de 1999 era sólo una pesadilla de no te asustes, mi amor, porque es mentira y tú verás que ya pronto vamos a despertar... Aquella colmena integrista habitaba un oasis de significado en medio de la escéptica descojonación nacional (aunque los índices económicos ya habían rebotado en el subsuelo y ahora se remontaban ad infinitum desde las sesiones del Parlamento y los titulares de la prensa plana oficial). Parecían miembros no de una secta endémica guantanamera, sino mutantes de una subespecie de homúnculos perdidos hasta la próxima glaciación. Con el paso de los días, nuestra curiosidad fue menos y cedió paso a la ira. Los odiábamos un poco en su fundamentalista felicidad (ellos o nosotros: esa era la cuestión, uno de los dos bandos en combate tenía que estar muy enfermo). Los entendíamos cada vez menos a lo largo y estrecho de la semana. Al final, nos despedimos casi por señas, con saña, imposibilitados del más mínimo afecto para una mayor comunicación. Definitivamente, la cuestión era la Cuba del Dios local de ellos versus la Cuba demoniaca de nadie que traíamos por dentro desde la capital: uno de los dos relatos tenía que estar muy grave, de ingreso en una sala de terapia intensiva zoocial. Por mí, que se pudrieran ellos en aquel paraíso bautismal de un campismo a orillas del Duaba, Baracoa, Guantánamo. Por nuestra parte, viramos volando hasta La Habana. Literalmente. En avión. (Esto tal vez sucedió quinientos o cincuenta mil o cinco millones de años atrás.)

999.

Me recuerdo en 1999. Preso. Firmando la energúmena orden de arresto en una estación policial de Lawton. Entre orientales sudados con uniforme y una oquedad institucional inimaginable desde la acera. Yo había tirado un par de fotos a una chimenea en ruinas y seguí caminando confiado por el barrio, hasta cruzar las líneas férreas y salir a Juanelo. A las cinco o seis cuadras, una patrulla rara frenó hollywoodensemente a mi lado y me exigió que los acompañara. Al parecer, un custodio zombi de la fábrica en ruinas me había denunciado a la Seguridad del Estado, al detectar en mi actitud uno de esos acápites sospechosos del Sistema Único de Exploración. A los efectos, yo era un espía. Acababa de salir de una semana ingresado gratis en un hospital horroroso, y ya me reclutaban de nuevo a comparecer. Me compadecí de mí. Me dio tanta lástima la subsistencia entre la estupidez y la estulticia cubanas que, con gusto, me hubiera rajado a llorar en el asiento de atrás (las ventanillas no se bajaban). Ya en la estación, nunca me dejaron acercarme a un teléfono para hacer la llamada de rigor (rigor mortis: creo que yo también estaba sobresaturado del peor cine demócrata Made In Hollywood). A una adorable viejecita blanca, sentada junto a mí en el banco de piedra, le susurré mi número de teléfono y el nombre de mi mamá (usé justo esa palabra: mamá). La señora entró en pánico y se negó coléricamente a ayudarme: casi me denuncia por segunda vez en minutos. Tal vez pensó que yo era la perdición de su propia causa. No sé. Lo cierto es que no he sentido tanta desolación como ante aquellas arrugas venerables, de cuya muerte ipso facto allí fácilmente yo me hubiera alegrado. Después fue una muchachita negra la que sentaron a mi lado. Esperaba al marido o tal vez al padre (o ambas funciones en uno solo, como ya va siendo habitual): un tipo fuerte que manoteaba con descaro dentro de una oficina. Le repetí mi ruego y ella sí memorizó el 988269 y el nombre de mi mamá: María, corre, tu hijo está preso en la estación del parque infantil (históricamente había un parquecito al lado, pero luego lo convirtieron en una discoteca de cursilerías, adulterios y asesinatos). Tras esa escena, sentí tanta gratitud que juré, para el resto de mi vida, colaborar siempre con los condenados, así se trate de violadores en serie de ancianitas o de menores de edad (las dos claves semánticas de los rumores pro-linchamientos en Cuba). Enseguida mi madre María se apareció con un vecino capitán de la policía. Me devolvieron la cámara intacta (era prestada, por lo demás). Cancelaron el proceso antes de que la Seguridad del Estado se interesara en valorar cuánto arte o desastre había en mi rollito Konica de 100 ASA. Rompieron delante de mí el papelito de arresto en mi contra, legitimado por mi propia firma, hecha con un repuesto de bolígrafo: este detalle me hizo temer que yo estuviera en manos de algún cuerpo paramilitar. Me fui a la pinga de allí, entre el capitán vecino y el tembleque parasimpático de mi mamá. Tenía unas ganas de pinga de ser espía. De expiar tanta irrealidad. De vender pa´ la pinga mi foto al mejor postor del exilio. Pero la chimenea de la fábrica en ruinas tampoco paría mucho más. Era sólo un mojón de pie, un monolito de mierda sin valor económico ni anti-ecológico. En 1999, ni el peor enemigo de Fidel Castro podría narrar nada con semejante saurio fósil anterior a la revolución industrial. Además, hacía un calor de tres pares de cojones. Cuba se derretiría sola en la sopa insoportable de su propio sopor. De la discoteca vecina a la estación policial se fugaban los acordes de Jon Bon Jovi en matiné. Era 99 in the shade, por supuesto: 99 grados Fahrenheit a la sombra para rematar, febrícola de 37 grados Celsius en una Cuba tan fea como la frase reseca de Jamila que la fundó (fundió): "Qué fea Cuba, Landy, ¿verdad?"