martes, 18 de noviembre de 2008

SOBRE LA ZOOCIEDAD CIVIL

DEATH ON TWO LEGS
Orlando Luis Pardo Lazo

¡Como un perro!, termina abruptamente la novela El Proceso, de Franz Kafka.

Nunca me gustó ese remate vil. Todavía pienso que tal vez no sea el final que planeaba su autor.
De esa frase emerge un violencia fáctica que hace añicos la abyección anónima y traspapelada que nos va asfixiando (hilarante pero horripilantemente) a lo largo y a lo estrecho de la novela: una novela con geografía insulsa de isla.
¡Como un perro!, así se llevaron al perro ante mi cámara.

Fue en la Virgen del Camino, municipio San Miguel del Padrón. Muy temprano en la mañanita del falsotoño nacional. Yo caminaba hacia la parada de la ruta P-3 y oía los tanganazos a mi espalda y no pensaba en nada en especial.

Sería alguna obra en construcción. O alguna descarga de hielo o viandas para el mercado (nuestro agro es amargo, pero es nuestro agro). A lo más, serían los peritos de Comunales, dándole jan a sus tanques de basura sin ruedas ni tapas ni agarraderas (donación de alguna diputación de la Madre España).

Entonces oí el chillido. Un chillido de perro. Como un frenazo agudo o un efecto feedback amplificado: ¡Como un perro!
Los tanganazos eran los cuerpos de múltiples perros repicando contra una planchuela de metal. Dos tipos los tiraban full-speed, tras darles un par de vueltas por el aire para potenciar el torque torturador.

En efecto, los rollizos empleados de Zoonosis cumplían su higiénica labor. A mano alzada, pues con el lazo luce mucho peor. Así está estipulado por el MINSAP, supongo. Entorpecer esta tarea de choque (literalmente, de choque contra el metal) podría ser penado como sabotaje o cantrarrevolución.

Como en una novela georwelliana, sigue siendo horrible la idea de que nuestra infancia sucumba de rabia. Me han dicho que a los animales que lucen más enfermos los ahogan con monóxido de carbono al estilo de BRAUSEBAD (las cámaras de gas del siglo XX decían DUCHAS). Pero los bichones más vitales pueden terminar como alimento para las fieras del Zoológico de 26 (otra vez para deleite de la gritona grey infantil), las que mucho dependen de esa quimera canina para que sus caninos cariados no se les caigan.

La grey de perritos urbanos también gritaba. Puedo jurarlo. Gritaban como en un final operático o perrático. Sabían que ése ya era el fin fílmico de su Proceso. No más olisqueos mutuos de genitales. No más folladera pública homo/hetero/bi. No más pulgas ni garrapatas ni sarna. No más ladridos a las canillas, carros y camellos (además de la aliteración, todavía no me adapto a la supuesta modernidad de pronunciar: metrobús). No más compañía a los mendigos y taraditos que pululan por la Estación de Pasajes Interprovinciales (revendedores de tickets, la mayoría). No más kaos kafkiano en la red vial. No más vida de perro, en última instancia.
Mientras tomaba la foto, me sentí como el reportero suicida ante la niña moribunda, esperando durante minutos hasta que el buitre extienda sus alas: hombre o buitre o trailercito pintado de blanco, la muerte siempre rueda en dos patas.
Seguramente estos dos zoompañeros arriesgan su salud de jornada en jornada para preservar la salud popular: los salarios no deben ser muy altos, aunque se ven ambos bien alimentados (ojalá no cometan canibalismo en su cuartel general).
Presuntamente el presupuesto de Zoono$i$ no alcanza y por eso en una jaula mínima debe ripiarse de pánico la jauría diaria.

A lo peor, cada mañana hay que recoger especímenes en varios municipios de la capital y por eso ellos pinchan temerariamente temprano, pues después el sol sube y hasta sufren más los perritos en su mortaja de metal.

A lo mejor, todo esto no es más que la pose pasiva de un seudointelectual con ínfulas de Padre Bartolomé de los Canes. Mejor podrían, por ejemplo, prender a los mendigos y taraditos de la patria (lo digo sin aquella ironía irlandesa de Jonathan Swift) y prensarlos como comida de consuelo para enviarlos como Correo Spam a las zonas afectadas por el paso del siempre penúltimo huracán. ¿Operación Peter Can?

Lo cierto es que al séptimo día de haber tomado la foto me siento tan pésimo como al instante cero. Así que ahora vendrá una frase que tecleo con confianza, porque me he ganado el derecho a ser cursi en Cuba tras casi un año de excritura limítrofe: eran animalitos inocentes que no le hacían ningún mal a nadie.

No sé. Tal vez no debí tomar la foto (es una imagen prepóstuma). En un segundo, tuve que encuadrar y ajustar velocidad, asaje y diafragma, e incluso esperé el instante justo antes de disparar: es decir, me olvidé estética y anestésicamente de los sucesivos perros raptados como carne de cañón estatal. Allí fui tan perro como los perreros, lo reconozco y me importa.
Como de costumbre, ningún chucho cubano se resistió, más allá de chillar agónicamente (hasta en el plano literario, a Cuba le falta su Cujo criminal y best-seller).

Como de costumbre, el público participó golosa y apáticamente del reality-show. A este (d)efecto los teóricos de televisión lo llaman rating pasivo: creo que Cortázar disparató algo similar respecto a sus levo-novelones más lúdicros que lúcidos.

Como de costumbre, un tipo cutre se me acercó para putear pensando que yo era extranjero y, como de costumbre, al verse en ridículo por mi nacionalidad endémica, me increpó policiacamente que para qué yo tomaba "ese tipo de fotos" (sic).

Luis Marimón (1950-1995), poeta de Matanzas y consumidor de Kafka así en la vida como en su poesía (su muerte en el exilio etílico resuena también como un tanganazo de cuerpos contra el metal, ¡como un perro!), escribió candorosamente en "Shalom Shabat" que el amor de una ciudad se conoce / por la cantidad de sus perros callejeros. / Cuando en una ciudad comienzan a botar sus perros / es que, de cada casa, están botando el corazón.

La banda británica Queen, en uno de los temas más glamorosos de A Night at the Opera, también aporta lo suyo de cara a nuestra fitopésima ciudad de paupérrimos corazones: Death on two legs, you never had a heart of your own...

ON AIR

EN EL AIRE
Orlando Luis Pardo Lazo


Yo nado. Yo, nada. Nudos y nidos de una realidad rala, ralentizada, irreal. Nichitos patrios para jugar a ser ingrávido medio metro sobre el nivel de la arena, entre muchachas que gozan la payasada de su amigo escritor, y marzo que muere con sus ventiscas de invierno bajo un sol cenital.

Yo, nada. Yo nado. Páramo de paz. Paisaje sin peso. País post. La murumaca del nadador que flota como antítesis del escritor más denso que el medio. La brazada en el aire como mueca hueca de una escritura que toca fondo y se asfixia y, por concepto, ya no puede avanzar. El artista como autista: bonzo avant-gard con la trusa rota, excritor que hace scuba-diving para no aburrirse tanto con su irrealidad lela, literárida, sin links y, al mismo tiempo, híperterminal.

Yo, nada. En Cuba irrumpe la primavera con todas sus esquinas restauradas, no importa que se trate de un Estado sin estaciones (ni estadísticas ni estadistas). En un hospital de La Habana, Benedetti podría agonizar coloquialmente con su inmortalidad intestinal. Al fondo, unas palmeras domesticadas se debaten en el escenario. La brisa marina las bate hacia el sur. Faulkner en cubano se pronunciaría Fuckner. Por eso religiosamente fornico con la cabeza hacia el sur: los orgasmos antimagnéticos son una forma de resistir, de no ser un sujeto contemporáneo. Pero, ¿es posible fugar de nuestra cubanescente cubicuidad?

Yo nado. Los movimientos geotectónicos están virando el archipiélago hacia el sur, lo expulsan como a una falla de la plataforma continental. Son tiempos al sur bajo el cielo azul de esta foto amateur: tiempos sur-reales políticamente hablando y paleolíticamente tecleando. Soy un copista del período pre-fax, un contador de granos de arena para anunciar la hora, un archivero micro pero excelente antes del descubrimiento de Microsoft Excel. Hoy me siento, más que nunca, como un dextrosaurio analógico en plena Era Levógira digital. No me quejo ni reacciono a ningún estímulo, me aburren las simbologías siniestras de Ariel y Calibán. Mejor me entreno para averiguar si nosotros, los sobremurientes, debimos a alguien nuestra sobremuerte.

El estilo libre indirecto es otra manera de nadar de espaldas, sin emplear ni exponer el pecho. Braceo a medio metro sobre el nivel de la espuma, pataleo como el ahorcado que, medio segundo después, caerá de panza contra la patria. Para entonces mi sombra y yo nos habremos reconciliado en un único fantasma. Para entonces estaré a ras de tierra, en tabula rasa: en una habanula rasa crasa. Mientras tanto, me bato tozudamente contra la corriente de aire y la fuerza de gravedad. Mientras tanto me debato tácita y tácticamente en contra de.

Parece un montaje digital, por supuesto: son las consecuencias de una revolución pasada por Abode Photoshop. Ya ninguna instantánea es suficientemente creíble. No hay una sola acción que pueda ser narrada tal cual. Se llama Síndrome de la SigloVeintiumnidad. Sobrevivir es mero acto de subsistencia, un storyboard sin esprit. Es sólo cuestión de ser el testigo de esta historieta sin histología, o de protagonizarla hasta el fin sin mayor histeria, desde los amagos amargos de la imago. Deslocalizando al logos: Who´s afraid of Orlando Woolf? Talando cualquier telos literario (tedium cubensis) y epatando todo epos nacional remanente. Taladrando sin transparencia ni superposición, sin parodia ni paradoja, sin consenso ni contradicción: ¿cómo narrar-en-el-mar de semejante alef maléfico necional?

Yo nado. Yo, nada. Es un placer y un privilegio sumarme a una población flotante que es la pura resta de su indefinición mejor. El vértigo de la suspensión aérea es el mejor signo clínico de que, en tanto paciente, yo recupero mi vitalidad. Como un flotante de fontanero, soy parte del engranaje móvil de un sistema hidrostático ya a punto de coagulación: utopía tupida expulsada por su propio autor como si fuera un esputo (esputopía). Tenso músculos y contraigo los esfínteres para no perder mis reflujos de aire interior. Soy un animal inflable, sin órganos: de mí cualquier disparate neumático se puede ahora esperar, incluso ser el primer héroe eólico tras eones inciviles de demasiada humanidad.

Yo, nada. Yo nado. Splash, plaff, flash. Los monosílabos son la última esperanza de la multiplicidad: onomatopoética del gag. Tart-t-tamudear al aire libre de una playa presa al norte de Cuba es un juego muy grave, ingrávido: mortífero y salvo. Splash, plaff, flash. Pero ese peligro no se revela materialmente en ninguna fotografía, es sólo un equívoco de lectura: una sutil violencia de photomatum que cometo y comento ahora en ti. Splash, plaff, flash.