martes, 25 de noviembre de 2008

CORAZÓN PEDRIZO

PASAJE GUTIÉRREZ

Orlando Luis Pardo Lazo


No sé por qué me pasa esta aberración de lectura con Pedro Juan Gutiérrez (Matanzas, 1950): desde Trilogía sucia de La Habana (Anagrama, 1998) siempre le exijo más y más. O repetirse menos y menos.


Supongo sea el precio por ser PJG un contra-clásico. Supongo que mi temperamento esquizo se resiste al reciclaje de cualquier escritura: PJG ha hecho de su estilo una estela. Supongo que mis manías de lector límite me acercan al borde imposible del abismo, como uno de esos "últimos lectores" del argentino Ricardo Piglia.


Al cabo de una década de Don Pedrojuanismo, aparece ahora Corazón mestizo, El delirio de Cuba (Planeta, 2007): una suerte de crónica ficcionada que le da la vuelta a Cuba en 280 páginas, cuyo slogan editorial podría ser "visite la non-fiction primero y el dirty-realism después". Porque, en más de un sentido, este libro apuesta por la recuperación de las raíces reporteriles de nuestro PJG en La Habana.


Sólo que la realidad cubana es una pulpa que dice en el embalaje: Handle With Care. Y de tanta precaución con tal de no meter la pata, la carne cruda del imaginario de PJG es procesada en este libro para su mejor consumo y potabilización. El texto, como una masa mansa de tintes autobiográficos, queda texturizado de buenas intenciones, hasta casi caer en el "solaz esparcimiento" del buen lector: Cuba explicada a los niños.


De manera que, de tanto Manéjese Con Cuidado (y hay muchos viajes por carretera en este libro), la literadura anterior de PJG deviene aquí literatoura: un Bildungsroman light a lo corto y estrecho de nuestro paisaje, un brochure gratuito sin necesidad de hacer cola para comprar un pasaje.


Las buenas maneras de nuestro autor se notan de sólo abrir este manual de viajes infranacionales de la Era Yutong (si bien a PJG las guaguas chinas no lo atraen demasiado). El libro ni siquiera intenta salirse de su propia apoteosis documental (¿tara congénita de los reporters?) y, capítulo tras capítulo (son 15 lecciones de geocubasofía), cada nueva peripecia se nos destiñe predeciblemente en la peripecia anterior.


Corazón Mestizo se articula como un diario de campaña de fast-reading o tal vez de auto-ayuda: es casi una edición crítica del propio PJG, con cronologías y comentarios y bibliografía y hasta nombres científicos en latín para extranjeros instalados o interesados en la Isla. Así, PJG ha compuesto su Suite Cuba particular: "un fascinante viaje por el interior de Cuba y de todas sus gentes", lo promociona radionovelosamente el narrador en off de la contracubierta. "El lado oculto y salvaje de mí mismo y de la gente que me rodea", bravuconea PJG en su "Prólogo del autor", cuando ninguna de sus anteriores ficciones precisó de introducción para ser verosímil (este libro "más serio" parece que sí).


Al contrario del caos desbalanceado que alimenta su "ciclo de Centro Habana" (o Contra Habana), el corazón mestizo de PJG no delira demasiado aquí. Se nota enseguida su ansiedad taquicultural a la hora de nombrar bien las cosas. El ritmo de la prosa es trepidante, como siempre, pero la sorna cáustica se neutraliza con rashes de ingenuidad. PJG destila justicia (la mirada justa más que la mot juste) y dispersa así la fricción que hacía cortocircuito en sus otros relatos, motivo por el cual Trilogía sucia de La Habana continúa todavía sin el imprimátur institucional.


Es como si a PJG le hubiera llegado la hora de demostrar que es un homme de lettres ante un tribunal académico, y por eso recorre Cuba datándolo todo con la prueba del Carbono-14 (hasta saturar y suturar con fechas la factura del libro). Por supuesto, esto no impide que el texto sea deslumbrante de cara a la nadarrativa nacional. Y un epígono del primer PJG hasta podría sentirse satisfecho de haberlo escrito (a pesar de lo comedido de la deconstrucción, que por esta vez patina de lo cándido a lo canónico).


Después de Trilogía sucia de La Habana, supongo sea muy arduo seguir siendo PJG y no morir en el intento. Sus otros libros de ficción (El Rey de La Habana, Animal tropical –único de esta saga editado en Cuba, aunque casi podría incluirse en ella Nuestro GG en La Habana–, El insaciable hombre araña, Carne de perro y El nido de la serpiente) intentan competir, sin mucho éxito, con esa máquina de narrar de marca PJG que, en mi opinión, es de lo más exultante e insultante que nos ha pasado en 40 o 400 años de un espejismo de paciencia llamado Literatura Local.


De hecho, PJG fue una revolución del relato cubano finisecular: un gesto tan efectivo como aquel rabioso cross a la mandíbula que predicara otro argentino, Roberto Arlt. PJG ha sedimentado una lengua minoritaria no pronunciable en Cuba antes de cristalizar en su obra. De ser un poco más humildes, en nuestro camping literárido se hablaría del cuento antes de PJG y después de PJG, pues dicho género (premios y antologías aparte) se revolcaba penosa y posnovísimamente en la agonía de un realismo ramplán.


PJG es un sobrecogedor ejemplo de intuición en nuestras condiciones de aislamiento lectivo: un caso heroico para quien ha debido redactar por encargo para una revista retro como Bohemia. Su tesitura es síntesis antes que mímesis, por más que nuestra marginalia aparezca copiosamente reflejada en su prosa: este equívoco puede ser la génesis de su encanto y su escándalo.


PJG es puro olfato de demonio dramático, así como precisión preciosista de cirujano (excepto en algunos diálargos). Para ello, PJG opera con un detector de mierda que expulsa lo disciplinario del discurso y asimila el debris de una zoociedad en implosión: big crash traducido al hezpañol. Paradójicamente, PJG parte de una limpieza lingüística cuyo desenfado linda con el descaro: su realismo sucio estilísticamente es muy pulcro, por la economía a rajatablas con que revuelve y resuelve su materia prima soez.


PJG es también sentido de la conectividad: esto imprime a sus relatos la energía potencial de toda su impolite politicidad (a muy pocos escritores cubanos les interesa la cuerda desafinada de la política: tal vez nosotros, los sobremurientes, nos preocupamos demasiado en sobrevivir).


Y PJG es, last but not least, el cuerpo. No sólo cuerpos templando en un escenario socialipsista de posguerra, sino cuerpos contemplativos vaciados de deber y viciados de placer: pornoidiotez subproletaria de una utopía tupida en pleno paraíso parapolicial. Y no son pocas las claves del thriller noir contrabandeadas cómicamente en la poética de PJG. Como en el Kafka de Deleuze & Guattari, en nuestro autor es factible una lectura hilarante en medio de la barbarie, donde el sufrimiento y el dolor quedan pospuestos ante la aventura tragicaricaturesca del "echar pa´lante" (en su acepción de "progreso" y no de "delación").


Creo que muy pocos autores rinden tanto con tan poco como PJG. De ahí mi malestar con Corazón mestizo, El delirio de Cuba. Un motor que se me antoja escaso de fuel: el carburador ahogado por usar solventes más saludables que el crudo. PJG ha rebajado aquí su combustible a lo costumbrible, al punto de que hasta su anti-intelectualismo resulta ya demasiado letrado.


Supongo que PJG reciba ahora la venia de la curia que lo evalúa. Me temo que ninguno de sus detractores ideotemáticos podrá decir que él no era un escritor "de verdad". Peor para ellos. Para mí, tras una docena de libros publicados (incluidos varios de dirty-poetry), muchos de ellos sobretraducidos incluso al hebreo (me gustaría leer esta oración en la lengua que habló Salomón: "ahrrrgggggg, salvaje, así no, más suave, ahhhh, ahhh, ahhhh..."), PJG es hoy por hoy una especie en peligro de extinción. Como todo contra-clásico que se respete, lo autorreferencial lo va acorralando en la esquina estéril de la confianza: vivir para leer.


Sería un crimen de lesa literaturidad terminar sin una avanzadilla del chismorreo apocalíptico y sicalíptico que PJG dosifica, con su gotero de gurú, en su libro más reciente: son verdaderos raptos de delirium cubensis, aunque no lleguen a infartar el corazón mestizo autorial.


PJG repasa las leyendas rurales antes que las urbanas que habitualmente él explota. Nos topamos aquí, como si fueran personajes feijoosianos de la serie animada South Park, con guajiros abducidos por OVNIs que darían envidia hasta a nuestro cosmonauta cubano (quien hace un cameo en la página 272). Con PJG descubrimos restos celtas y fenicios precolombinos, sin descartar que ambas civilizaciones hayan tenido su cuna en Cuba. Especulamos sobre naufragios costeros que, de ser rescatados, serían la panacea de la cancaneante economía cubana. Consultamos a energopiramidistas y a monjes independientes de la batalla anti-cáncer, todos en busca del santo grial anticancerígeno. Y hasta conferenciamos con caracoleros fósiles de teorías tectónicas.


El plato fuerte de PJG (con plateau cinematográfico para una súperproducción del ICAIC) es la Atlándida pinareña sumergida en el Golfo de México: en semejante guión (acaso del propio PJG), podría concluirse que Moctezuma tuvo un antepasado en Mantua (¿Manctuezuma?), y hasta reclamaríamos a la ONU la herencia con que México DF debería indemnizar a nuestros nativos (esto sin descartar que los peritos criptoliterarios pudieran detectar que el Popol-Vuh fue el primer plagio continental contra nuestra escritura de isla).


Por esa línea, Corazón mestizo, El delirio de Cuba (Planeta, 2007) pudo convertirse en El Satangelio según Pedro Juan. No fue el caso, por desgracia. Pero, en cualquier variante, sí ha sido otro ticket de polizón para bojear y barajar al contrarrelato cubano. Como tal, el libro es una bocanada de aire freesco en nuestra atmósfera tan asfixiante de ciclones sin colofón.


Por si sirve de referencia, yo lo leí de un palo y redacté este pugilato ipso facto. Esa inmediatez creativa supongo sea su epitafio mejor, más allá de mis aberraciones de lectura y mis exigencias excéntricas para con PJG. Let it read.

2 years ago in Casa

DECÁLOGO DEL PERFECTO COLIZA

Orlando Luis Pardo Lazo


1.

San Homo en Casa de las HeteroAméricas. A todo trapo, a toda vela: velo de novia, chal y mantilla. A toda leche y a toda voz. A todo color: de los pies a la cabeza y del turbante a un par de botines anaranjados (Clock-Work Orangay).


Pedro Lemebel revisita La Habana a finales de noviembre del 2006: esta Semana de Autor en calle G y 3ra (el patio de mi Casa no es particular) realmente promete. Y los anfitriones lo saben. De ahí sus risitas cómplices ante un show(wo)man llamado Pedro Lemebel. De ahí sus puestos puntuales en primera fila. Por si acaso.


Show must go homo.



2.

—Papá –implora mi hijo de nueve años, aburrido frente a la TV nacional–: llévame a ver al Mago Lemebel.


Porque era eso. Se esperaba un acto de magia. Se respiraba una tolerante atmósfera de prestidigitación. Sobre todo por la reacción solemne y somera con que lo anunciaron los medios locales (nada locuaces, sino a medias tintas por esta vez):


Lemebel en Casa. Un escritor chileno de izquierda. Amigo personal de Gladys Marín.


Entonces cargo en el cuello a mi hijo y con un gesto de resignación lo complazco:


—Vamos.


Y fuimos. Hasta una Casa que no existía antes del magister Potter Lemebel.


3.

En Cuba, para no variar, aún no había nada editado de tal escritor chileno de izquierda, aunque fuese amigo personal de Gladys Marín: demasiado estrafalario, estravestifalario, falario a secas (queer queen).


Una década atrás, Pedro Lemebel había estado en La Habana para desplegar su estrambótico peorformance: Las Yeguas del Apocalipsis. Pero al parecer vino, no vio vicio, y se fue. Sin penes ni glorias.


Ahora, sin embargo, la cosa en Casa sí prometía ponerse caliente. De ahí el interés de grandes y chicos, incluido mi hijo que apenas sabe leer. Porque acaso se tratara justamente de eso. De aprender a leer con Leemebel.


Sería un método fulminante de sacar del closet ese scrabble cariado que nos paraliza en el modo straight. Una metodología All-included & Pret-à-porter (Pedro-à-porter). Servicio a domicilio. Coge tu Lemebel en Casa durante toda una Semana de Autor: en realidad, cuatro tardes truncas de noviembre del 2006.


4.

Baja el telón y sube el telón, y aparece Pedro Lemebel. El tipo tamiza las luces de Casa y pasa por el audio una balada kitschilena. Esta es la ecología perfecta para declamar ahora un poema civil. Un Manifiesto por su diferencia, escrito 20 años atrás y democráticamente leído bajo la dictadura del general Augusto Pinochet, en el Santiago de Chile de septiembre 1986.


Es un panfleto de versos edípicos y conversensacionales: howllidos de Lobomel o, mejor aún, el graznido de cisne de Lemebird. Es una monserga donde se pone patas arriba el mito de Cuba en tanto paraidso de la izquierda socialutópica global.


Pedro Lemebel dixxxit:


No soy Pasolini pidiendo explicaciones. No soy Ginsberg expulsado de Cuba.


¿Y entonces? ¿Qué harán con nosotros, compañeros? ¿Nos amarrarán de las trenzas en fardos, con destino a un sidario cubano?


¿El futuro será en blanco y negro? ¿El tiempo en noche y día laboral, sin ambigüedades? ¿No habrá un maricón en alguna esquina desequilibrando el futuro de su hombre nuevo?


¿No cree usted que solos en la Sierra algo se nos iba a ocurrir? Aunque después me odie por corromper su moral revolucionaria.


Mi hombría no la recibí del Partido porque me rechazaron con risitas muchas veces.


Mi hombría espera paciente que los machos se hagan viejos, porque a esta altura del partido, la izquierda tranza su culo lacio en el Parlamento.


Hay tantos niños que van a nacer con una alita rota. Y yo quiero que vuelen, compañero: que su Revolución les dé un pedazo de cielo rojo para que puedan volar.


Oh-vación cerrada. Ah-plausos unánimes. Uh-rras al por mayor. Eh-sfínteres de todos los países, ¡abríos!


5.

Sube el telón y baja el telón, y desaparece Pedro Lemebel. En su lugar, tras el micrófono, surge una flora y fauna de conferencistas del patio y académicos de university llegados de USA.


Por supuesto, de tanto en tanto se habla, también, de literatura. Pero la mayor parte del tiempo, como es lógico (time is money), cada cual habla de sí, de sus respectivos ingenios como lectores privilegiados de Lemebel: todos lo han leído ya todo de él, lo que demuestra lo innecesario de publicarlo antes aquí.


Se alaban las crónicas cólicas de Lemebel. Se le pasa la mano a su novela Tengo miedo torero, primer libro del invitado chileno que en Cuba circulará (otro chileno, Roberto Bolaño, le advirtió que era patética y que mejor no la publicara, pero Roberto Bolaño murió en el 2003).


Se admira su militancia levogay. Sobrecogen sus desplantes políticos en vivo ante las cámaras de la televisión chilena (la televisión cubana lo filma todo off-the-record, por si aparece luego un espacio donde editar en diferido a Lemebel). Y se captan sus ironías sobre el savoir-faire entre hombres en las noches otoñales del trópico insular, no muy lejos de la domesticada Casa de 3ra y calle Gay.


Los anfitriones demuestran su excelencia de anfibios, al no perder nunca la risita cómplice desde sus puntuales puestos en primera fila, mientras aplican la táctica urbanoguerrillera del laisser-faire. Pero mi hijo de nueve años igual se aburre muy pronto y ya se quiere marchar.


—Papá –me implora otra vez–: llévame a ver al Mago de Oz en Cubavisión.


6.

Letras de penúltimos cuplés, boleros lelos, rancias rancheras y slogans revolucionáridos. Todo gritado a sotto voce desde un radiecito clandestino: el tralalí-tralalá de Pedro Lemebel en Tengo miedo torero no tiene para cuando acabar.


El personaje La Loca del Frente (Patriótico Manuel Rodríguez) es su pedrerónimo en esta novela breve. La fecha y el lugar de la trama recurren incisivamente en Santiago (de Chile), en septiembre 1986. Sólo que ahora ya no se trata de declamar afectadamente un poema civil, sino de matar a bazukazo limpio al general Augusto Pinochet (más los imprescindibles daños colaterales, incluido el Mercedes limousine presidencial).


En un país cuyo presidente ha sobrevivido a más de 600 intentonas de asesinato, Tengo miedo torero resulta a la postre de un realismo naif. Lo más interesante del libro es acaso cierta entrelineada noción de falorrevolución. Un cierto candor de los años sesenta ahora ya demodé. En este sentido se trata de un relato inactual, un fósil remix de la paleohistoria de América Letrina. Un guión que fácilmente podría dramatizarse como radionovelón de las 2 PM en cualquier emisora estatal.


Lo cierto es que, Por la Razón o la Fuerza, el viejo zorro de Roberto Bolaño sabía dar en clavo en términos de publicar o no publicar: that is the gaystion.


7.

—Mi niño –Lemebel le dijo a mi hijo al concederle un autógrafo–, el año que viene vuelvo y ya seremos legión: el coche hay que empujarlo de a poco para que avance –sentenció teatralmente, guiñándome un ojo a mí.


Un par de años después, ese parlamento continúa siendo incomprensible al menos para mí. De nada ha valido preguntarle al propio autor qué quiso decir con aquello. Del correo que nos regaló en la solapa de Tengo miedo torero (lemebel@hotmail.com), sólo llegan saludos cordiales y evasivas pasivas.


Al parecer, al torete de Lemebel le gusta guardar sus cartas más afiladas para la hora de la estocada final.


8.

Pedrísimo Lemebel, con su atuendo de bi-sualidad hi-tech y sus tics de narrador homosentimenstrual. Perrísimo Lemebel, hechizando a la vampiresca familia lectiva cubana, ávida de lebeber su nefanda sangre post-HIV: milagro del sickglo XX. En fin, el mal. Lemebel, P: p(l)ato fuerte que desborda la copa pacata con que alguna vez los chilenos leyeron al Donald Dick.


En plena Casa, ante las palabras y gestos del transchilen@, aún tratándose de todo un escándalo, la presidencia prefirió no escandalizar. Así todo quedaría dentro del canon cooltural del siglo XXI local (de locas), con su correcta dosis de low-profile, más una diplomática imagen de tolerancia de cara a la Izquierda Internacional Ltd.


9.

Quoth the condor: Nevermebel.


10.

Para comfort de grandes y chicos, ya ha pasado la revisita de Pedro Lemebel. Una naranjada mecánica capaz de provocar toda una revolución naranja, al menos en mi cráneo de ucranio tropical.


Verlo en directo fue casi un augurio de la inminente muerte en cama (y no a bazukazo limpio) del general Augusto Pinochet.


Así sea, pues: let it mebel.