martes, 23 de diciembre de 2008

RUMIANDO SIN RENCOR A R.R.

NO POR MUCHA MADRUGADA

Orlando Luis Pardo Lazo

Rubén Rodríguez nació en 1969. Su libro de cuentos "La madrugada no tiene corazón" (Premio "Hermanos Loynaz", Ediciones Loynaz 2006) acaso debió publicarse entonces. La actual edición bien pudiera haber sido, pues, una reedición en rescate de esos raros autores cubanos que, ya en los años sesenta, se desviaban de los códigos realistas que predominaron hasta mediados de los ochenta.


Pero no es así. Rubén Rodríguez lo publica con 37 años y, al tratarse de una edición príncipe, el libro nace de espaldas a lo que he llamado, no sin sorna, un "siglo XXI literárido posnacional" (ver "RefleXXIones", en The Revolution Evening Post 4). En consecuencia, más que no tener corazón, su tardía madrugada nos llega con muy poca razón de ser, a menos que la leamos como parodia retro o manuscrito encontrado en... Sólo que "La madrugada no tiene corazón" no deja guiños ni asideros para maniobrar creativamente así.


Lo que quiero decir es simple. Rubén Rodríguez ha escrito un excelente libro de literatura cuyos –según la nota de contracubierta de la jurado María Elena Llana (una de esas raras autoras cubanas)– "notables valores estilísticos lo inscriben en lo más feliz de nuestra literatura fantástica, gracias a sus bien elaboradas anécdotas donde irrealidad y verosimilitud se diluyen en lo cotidiano con envidiable factura". Lo que quiero decir es que, en tanto lector de élite radical, este libro me frustra por su corrección tópica y estructural: los demonios que se asoman a estos siete textos no llegan a ripiar su propia escritura. Lo que quiero decir es que "La madrugada no tiene corazón" con gusto yo mismo lo hubiera premiado en cualquier otro autor cubano, excepto en Rubén Rodríguez y, por supuesto, en mí. Hay que pedirle peras al olmo, porque el peral ya se sabe que con buen tiempo siempre las dará.


Ambiguas situaciones en la tan manoseada frontera del par dicotómico fantasía-realidad, sutil dosificación del detalle significativo que se ilumina sólo con la anagnórisis, prosa casi preciosista donde lo coloquial y lo excelso van bordando un tapiz, deseos eternamente pospuestos por la mordaza de lo poético y lo sugerente, contextos barrioteros y descontextualización espacio-temporal que pone al relato en órbita planetaria, sinuosidad y golpe fáctico, gracia innata para sostener un aliento y un tono que van involucrando a cierto mayoritario lector adánico más que ideal: son demasiados "valores notables" de signo positivo y, por más que yo fuerzo las dioptrías de mi lupa, no logro detectar ni una sóla crisis de ruptura o al menos de discontinuidad.


Sospecho, pues, que "La madrugada no tiene corazón" es un libro escrito irremediablemente con gran factura, sin fracturas. Es filocanónico de remate. Y ocurre que, irremediablemente también, mi brújula no me permite orientarme sin un toque de caos centrífugo que tienda al vacío simbólico de la forma, así como a la desintegración diaspórica del discurso, rozando los procesos más o menos patológicos de la creación como desastre imposible que escapa y capa a su creador: fuga fugaz, quod scripsi is crisis.


Espero se comprenda que, en aras de una nueva narrativa, mis criterios apuestan exclusivamente por el displacer. Concedo que el resto del savoir-faire literario me sabe a relato lato. Concedo que tal pose me obliga a no creer del todo en buenas ni malas literaturas, pues más allá de géneros y tendencias, para mí lo único rentable estéticamente es la inexistencia misma de la literatura: su puesta en jaque antes que su puesta en escena. Concedo que de aquí al terrorismo lectivo sólo hay un paso. Concédanme a cambio el mínimo privilegio de dar ese paso yo. Y conmigo una delirante avanzadilla (sin)táctica de guerra, æscritores que acompañan mi soledad degeneracional, entre los que, por supuesto, se incluye Rubén Rodríguez: no necesariamente todos sus premios publicados en los años cero, demasiadas décadas después de 1969.


Sirva, sin ironías, "La madrugada no tiene corazón" como disfrute del buen lector: ése que igual no llegará hasta este punto de mi comentario. Tampoco sería atinado atizar una guerrita incivil. Hay papel y tinta para todos, aunque permanecer cautelosamente inéditos pueda ser un gesto más vivo que los aplausos del best-reader local.


En cualquier caso, reitero que se trata de un libro fascinante que sabe contar y atrapa, que no deja hilos sueltos excepto los que seducen y crean suspense, que su parafernalia de personajes evoluciona dramatúrgicamente de la normalidad al bizarre, que no hay complicaciones políticas que violenten al reino autónomo de lo literario, que se cuelan intertextualidades íntimas que no molestan porque tal vez no se notan, y que –según María Elena Llana todavía– "la técnica se emplea sólo como vehículo indispensable al malabar de la imaginación". En resumen, una legibilidad preposmoderna a pulso.


No sé. Pero en tanto núcleo conceptual de lo que, texto a texto, iremos haciendo de nuestro "siglo XXI literárido posnacional", cualquier tipo de provocación lupina o disfrazada de oveja tendrá cabida. No así cualquier tipo de literaturinercia para bien o para mal: tenga o no (co)razón, sea tempranera o tardía. No sé. Supongo que a mis 37 años de lectura, la lección de un siglo XX sea ya suficiente saturación.

LAGERATURA

EL LIBRO MENOS CUBANO DEL MUNDO

Orlando Luis Pardo Lazo


Los años cero quedarán en la historia de la literatura cubana como los de un complot en fase terminal. Unos pocos escritores de Ciudad de la Habana insubordinados contra el resto de la repúsblica letrada. Contra los restos de una reiteratura municipal antes que provinciana, boba antes que bucólica, patética antes que política. Con suerte, será un verdadero golpe de estado de lesa escrituralidad (laxa excrituralidad). Un gesto mudo al margen de la crítica literárida nacional, siempre tan fofa como desfasada. Una conjura de idiotas indigestos de ideología. Uno de esos momentos maravillosos que aún nadie se atreve a narrar dentro del corpus texti de la Revolución Cubana. Momentum fáctico, físico, ficcional: masa crítica de fractura e ingrávida aceleración. Jorge Enrique Lage (La Habana, 1979) sería uno de esos subguerrilleros urbanos sin demasiado genio ni generación.


Para empezar, por supuesto, lo ideal es que no lo lean (igual sus libros ya no aparecen en librerías). Esta prosa no necesita la prisa de ningún lector. Fragmentos encontrados en La Rampa (Abril 2004), Yo fui un adolescente ladrón de tumbas (Extramuros 2004), Los ojos de fuego verde (Abril 2005) y, least but not last, el libro de cuentos menos cubano del mundo: El color de la sangre diluida (Letras Cubanas 2007). Quince textos que sacan de vacaciones a buena parte del compungido y mugiente quehacer nadarrativo local. Un pentadecálogo del peorfecto cuentista. Apoptosis y apoteosis del placer libérrimo a la hora de trazar y traicionar el continuum cubensis de la tradición cánonstitucional. Y un politiquísimo etcétera.


El color de la sangre diluida es, como todos sus libelos anteriores (ninguno superaba las 80 páginas), un camino alfombrado hacia Ninguna Parte: una burbuja de la barbarie que sube, paradójicamente por su propio peso, en la atmósfera vacua de un planeta mitad autista y mitad caníbal llamado Jorge Enrique Lage, hasta provocar un blackout en las coordenadas ordenadas del buen lector. Este holocausto de mil y una referencias coolturales al final deviene puro significaos, pero nunca aquelarre. La ironía enfría todo conato de choteíto ad usum al borde mismo no del cinismo, sino del escepticismo. La cubanidad se desangra a cuentagotas en una suerte de cubanihildad. Y así del absurdo pasamos a lo mínimal, y de lo bizarro a lo glam, y de lo negro al splatter, y del eros a lo vamp, hasta que "donde antes había acontecimientos, experiencias, pasiones, hoy quedan sólo parodias" (las comillas de Jorge Enrique Lage son a su vez una cita confesa de otro escritor).


Todo esto, para colmo de efectividad, embalado en una estructura diáfana como de rayos X (en ocasiones, de rayos XXX), donde las escenas se suceden como en un filme fantasma de alta narratividad pero muy baja interpretación. En efecto, cuesta trabajo estigmatizar de antemano los temas de El color de la sangre diluida. Hasta la nota de contracubierta se lava las manos con agüita de exégesis y anuncia farisaicamente "un modo peculiar de ver las cosas de la realidad". En defecto, cuesta trabajo no tanto leer (la prosa es 100% potable) como leer leyendo este libro. Eso sería un trabajo de siervos serviles que a nuestro público pospiñeriano acaso ya no le importe pagar, pues para la mayoría bastante caro es ya el precio del libro para encima leerlo leyendo. Y, en medio de semejante estado de analfabetosis endémica, reitero que lo más rentable para este autor podría ser entonces una amnesia lectiva activa.


Por mi parte, conocer en persona a Jorge Enrique Lage y paladear su imaginario casi avant la lettre, incluidos los inauditos "buitrextos" de Vultureffect (aún inéditos) y su autotitulada "novela del culto" Carbono-14, ha implicado la emoción telúrica de ser de una secta, por más que su personalidad y su poética sean la patogenia misma del pathos, donde la palabra emoción y sus epígonas no se registran en su vocabulario: el vocubalario acubano de un futurista y fatuo New Vedado. Habitar en la newrrativa de Jorge Enrique Lage ha sido mi entrenamiento de altura para liberar el lastre del logos, experimentando antes que exprimiéndole un sentido sésil o una etiología anémica a El color de la sangre diluida. Así mismo, también ha sido exquisito contar con su textis spiritus a lo largo y estrecho de los ocho episodios de nuestro e-zine de escritura irregular The Revolution Evening Post: impostura posteada desde La Habana por Ahmel Echevarría, Jorge Enrique Lage y yo.


Podría hablar ahora en términos de una revolagelución literaria, pero eso sería (lo mismo que esta reseña) el último destino que él buscaría para ubicarse: no olvidar que su ubicubidad es nula por el momento. Autor que no elude la épica del comics y de lo cartoonesque (lo fun deconstruye siempre al fundamentalismo), nuestro Homer en La Habana se articula como un artefacto cizallador de esquirlas, un zapador automático capaz de (a)firmar la frase: "desayuno imágenes, fragmentos encontrados". Un cirujano póstumo con voraz vocación de "autopsia naif", apostando a "una raya que cruza el aire a la súpervelocidad de un corte" ("Hurgar. Registrar. Queremos verlo todo. Todo blando. Dulce. Hiperreal"), hasta conseguir "armar ambientes locos, post-absurdos, underground, largas tiras de pensamiento, reflexiones, teorías, imágenes, trazos de personajes, sensaciones, incluso el recuerdo de haber leído, las huellas de un contacto físico con la escritura" ("Desesperanza y desescritura. Nada más"), para en definitiva regurgitar "libros que me salían con las páginas en blanco, o con las páginas llenas de lenguaje al azar": "piezas", "literatura-pantalla, literatura-lejos".


Pocos escritores cubanos se han desmarcado tanto del modus scribendi local con tan poco esfuerzo exhibicionista y con un aparato conceptual tan poco aparatoso. En una entrevista publicada en Cuba [1] (al final, respetaron hasta nuestra loca nota a pie de página "vía telefónica"), Jorge Enrique Lage me enredó aún más con su modo peculiar de ver las cosas de la inmortalidad: "En el caso improbable de que quede algo mío en algún archivo, seguirá escrito en una larvita de español (post Julián Ríos). Pero nadie lo podrá leer a menos que sea traducido al chino". Sólo que ese lector ideal tampoco sería un académico de descubrimientos decrépitos, sino una morbosa descripción de sus cien centésimas de soledad (porque Jorge Enrique Lage y yo y todos los excritores menos cubanos del mundo nos hemos quedado desoladoramente solos): "Sobre los veinte años. Sexo femenino. Adicción de la mirada. Medio genio y medio fan. Apasionada pero descreída. Sabe que hay palabras que se nos pudren en las manos. Sabe conectar y asociar y pertenece al futuro. Es muy mala. Es un ángel caído. Reconoce el peligro. Estima los silencios. Nunca ha estado cerca."


"Ser un hombre todo el tiempo debe ser horroroso", es el colofun de un personaJE o alter-textos de JE: uno de esos "extras" o "extraterrestres" ("voluntarios talentosos") que dializan El color de la sangre diluida desde "Las hermosas vísceras de Alicia en las paredes y el techo", pasando por "Laura llama desde Manhattan", hasta "Pensar todo el tiempo en Lorenzo García Vega". El libro de desdobla así en un alef maléfico que, como todo panóptico que se respete, expande el ojo omnisciente de todo Lage que se respete para entonces ejercer, cómoda y diplomáticamente, su poder dictautorial. Un poder ficticio hechizante y déspota, magnánimo y mezquino, venerable y vil. Y por eso también, por supuesto, tal vez yo prefiera que aún nadie lo sepa leer leyendo. Semejante privilegio mental (frontera enfermiza entre deleite, delirio y delito) quisiera me fuera dado exclusivamente a mí.


Y ya. Supongo que esto no haya sido todo por el momento. Con el imaginariœscritura del El color de la sangre diluida tampoco hay mucho más que decir. Se escurre: corre, corroe. Son subpartículas de sinsentido que se crean y aniquilan en el túnel negro de su propia fuerza de impensantez (quarks que hacen crack en el córtex). Es una poética que no plantea problemas, sino que planea sobre la viscosidad más pedante que pedagógica de nuestro atlas bioliterario. Es un helicóptero de helio: leve, rápido, exacto, visible y múltiple (nadie parece acordarse de habitar el desierto de nuestro ítalocalvinista siglo XXI, todavía sin inaugurar). Sus notas flotan como una nata de apuntes sin puntería, y estos zepelines de espuma son un peligro en potencia cuando operan al máximo tolerable de tensión superficial. Jorge Enrique Lage es el zar del azar cuántico cubano: de ahí su politicidad radical (no saber qué sabemos de él) y de ahí su carácter de catástrofe taimada (quod scripsi is crisis), casi ofensiva de tan jovial: un arte del desastre que se queda a medio camino de todo y, por eso mismo, es de mínima momificación y de máxima conectividad.


Con tales hilos se deshilacha el tapiz de esta textilandia habanalbina que un buen lector jamás podría sospechar dentro de la Isla. Una suerte de brave new habana, mon amour que es "un espacio atiborrado de cosmética nuclear y marcas ilegales", una urbe "triste como una bomba desactivada", o acaso aquella ubre estéril o show-fiction espesada, según Alberto Garrandés [2], por "los videoclips, los fetiches pop, los zombies, las armas bellas (los sables japoneses, por ejemplo), los vampiros, las películas de Paris Hilton, las entidades biológicas extraterrestres, las pantallas planas, las cámaras de vigilancia, las biomasas dudosas, los objetos metálicos poseedores de artisticidad, las tomografías de órganos, los tigres (una tigresa llamada Demi Moore, por ejemplo), los fantasmas de escritores, los dinosaurios (un estegosaurio bebé llamado Daína Chaviano, otro ejemplo), los chorros de pintura iridiscente, el anime, la sangre (cuajada, o líquida, o caliente, o congelada, o aromatizada con químicas raras), las artes marciales, y una mirada donde el sexo y la desnudez del cuerpo quieren apartarse de su realidad somática, no para desentenderse de ella, sino para re-ordenarla, para aislarla de su caos presumible, o para independizarla dentro y fuera del lenguaje": "una extensión novelesca y estereoscópica que deberíamos leer (o escuchar leer) mientras vemos Kill Bill, mientras oímos a The Gathering, o mientras vemos fotos de Gian Paolo Barbieri mezcladas con algunas de Tracy Nakayama, o mientras visitamos una instalación de Duane Hanson".


En verdad, para fugar de nuestra iconolalia patria, no tan pútrea como petrificada, aún no sé si proponer o posponer El color de la sangre diluida en tanto fuetazo de escubamarga o acaso fotutazo de cubinanidad. Tras cuatro siglos de historieta literárida nacional, los años cero son un escenario tan excecrable que el único sustantivo no asfixiante es el sonido diluido de la insubordinación. Cubansummatum est.


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1) Orlando Luis Pardo Lazo y Kirenia Legón. "The People versus JE". La Letra del Escriba, no. 53, p.10, septiembre 2006.

2) Alberto Garrandés. "La llegada de los trombocitos". Presunciones, www.cubaliteraria.cu, 2008.

MARIMONIA

CRONOLOGÍA DEL VÉRTIGO Y EL NAUFRAGIO
Orlando Luis Pardo Lazo

Entre cuarteles y cuarterías, entre tramas y traumas, entre bibliotecas y burdeles, entre demonios y demoliciones, entre arpas y arpías, entre traiciones y tiburones, desde su jergón lunático y desde su lúgubre jerga, trastabillando a ras de la locura con tal de arañar un poco de lucidez, cuerdo de remate, sin más coraje que todo el miedo del mundo, sin más herencia que la soledad suya y del resto, suicidándose a diario en el duro oficio de sobrevivir: a la vuelta de una década regresa ahora la palabra de Luis Marimón (La Habana, Cuba, 1951 - Las Vegas, EUA, 1995), poeta de todas las barbaries que en la historia han sido, incluidas las de esa entrañable y sangrienta ciudad llamada Matanzas ("ninguna ha tenido nombre más perverso"), donde él amó y odió y fue libre y preso y parió y mató y finalmente huyó para quedarse siempre, convertido en mito y meta de nosotros, sus lectores sobremurientes a lo largo y estrecho de ésta y de cualquier otra geografía.


"Cronología del vértigo y del naufragio" (Ediciones Unión, 2007) es el objeto libro portador del milagro. Cincuenta poemas de ocho libros, en su mayoría inéditos. Y aún así se trata, por supuesto, apenas de una mirada al sesgo, casi al azar, al azoro de un poeta que se privó de su siglo XX literárido local. No le interesaba gran cosa, aunque lo conocía al dedillo (su genialidad nunca fue la de un improvisado). Antes bien, le daban un poco de risa todos nuestros grandes ismos y grupos y manifiestos. Sospecho que Luis Marimón sabía de los años cero que después habitaríamos sin él, al borde mismo de una literatura posnacional. Sospecho que él no tenía prisa y por eso vivió a tope de velocidad. Sospecho que él sospechaba ser un inmortal y decidió darse el lujo de escribir desde y para la memoria de los muertos: el mejor signo vital de cualquier creador.


Al margen de todo canon o contracanon y ausente de honor de las antologías (f)iniseculares cubanas, esta lonja de los vértigos y naufragios de Luis Marimón se publica por fin ahora. Sea ésta, pues, su eufórica victoria. Y también su más auténtico y remoto exilio a pesar de él, que dejó escrito "no permitiré el exilio ni la lejanía" mientras la existencia se le iba destejiendo irónicamente al revés: el inxilio y la cercanía tampoco nunca nos lo permitieron a él.


Como antologadores o acaso médiums de Luis Marimón, su hija Yanira y yo devoramos los mil y un paquetes de papel cebolla donde el propio poeta tecleaba sus textos y, llegado el caso, los usaba después como materia prima para liar cigarrillos: el humo ingrávido como destino y desatino de su mejor escritura. Entre Yanira y yo resucitamos de texto en texto la bocanada deliciosa y amarga de su lectura: sus exorcismos rabiosos y sus excelsas cartas de amor junto a la boca diabólica de un manantial angélico de La Marina, su barrido barrio de Matanzas, Cuba y América.


Así, Yanira Marimón y yo tanteamos a ciegas los retazos de esta biografía cubana literalmente a matarse. Más allá de taxidermias y provincianismos arcaicos, la patria política de Luis Marimón rechina en cada esquina de su poética, que es una y es múltiple. La nota de contracubierta de Alfredo Zaldívar parece leerlo también así, entre el largo aliento y el fulgor breve, como bibliotecario del infierno o como bufón del rey: claro, oscuro, clásico, caballeresco, desenfadado, desfachatado, impecable, desaliñado, elitista, libresco, culterano, marginal, cotidiano, soez, mínimal, trascendentalista, lúdico, inmediato, atávico, entre otros rayos peculiares que distinguen a los poetas de estirpe.


No sé. Si escribir es autodestruirse, entonces Luis Marimón escribió: única manera de autoconstruirse, incluso con parches de nada y con jirones del caos, significados de una "perfecta y asombrosa tristeza", "árida música que llega desde lo alto como una lluvia venenosa, finísima", "sus leves osaturas grabadas como símbolos" aún por descifrar entre "las cornamentas del uro y las garras del tigre". Poesía sustantiva a pesar de su propia sobreadjetivación. Barroco barrueco. Relatos y fábulas: personajes sacados de un realismo visceral, clínico más que lírico. Animalia y floresta, cientificismos del cuerpo en primer plano, con el foco apuntando dolorosamente al corazón: ese "pan caliente y rojo" de "un niño idiota que arranca cerezas doradas".


No sé. Sospecho que desde hacía eones Cuba se merecía una furibundia en versos así: la entrañable y terrible y desastrosa y magnífica y benevolente y cruel y jamás correcta poesía de Luis Marimón. Que es nuestra poesía ahora: la de sus hijos Yanira y Javier Marimón. Y la mía. Y que es la de nadie y que, de no tomar precuaciones, podría ser la tuya también. Luis Marimón contamina.

MERRY XMAS, QVA

NADAVIDADES

Orlando Luis Pardo Lazo


De Julián del Casal (1863-1893) conservo sólo su inviernofilia. Esas crónicas semanales donde se añora un invierno que dure meses en Cuba, para así disfrutar del silencio ad infinitum de unas calles ya apenas habaneras después del crepúsculo: […] ¡y que la nieve principiara a caer, colocando sus arandelas alrededor de los troncos de los árboles, poniendo sus caperuzas sobre las montañas eternamente verdes, y empezando a extender los pliegues del sudario en que todos nos hemos de abrigar!


Narrativamente, desde 1998 las Navidades cubanas se me han ido haciendo cada año menos rentables y más inverosímiles. Algo sutil se ha perdido en el aura vieja de la noche de 24 para 25. Algo sacro flotaba antes en el espíritu de resistencia contra su prohibición por edicto. Algo triste que se ha hecho ahora demasiado tangible.


Mientras Cuba más se mimetiza con el resto del mundo, cuando demagogia y democracia parecen parónimos o padecen de parodia, mientras la gente más se entusiasma con el día después o se suicida el día antes, yo intuyo que nuestro futuro está condenado a repetir represivamente siempre la misma vacua representación. Habitamos una Habana deshabitada hasta por aquellas películas lánguidas, al estilo de Los paraguas de Cherburgo, que en la Cinemateca se programaban puntualmente cada fin de año.


En el 2002, diciembre me sorprendió en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (Jalisco, México). Desde los primeros días del mes, la ciudad se llenó de flores rojas que yo no sabía nombrar y que ridículamente confundí con toda la parafernalia de adornos artificiales.


Un funcionario cubanófilo me preguntó de buena fe cómo era en Cuba el decorado de Merry Christmas, Revolución (el buen hombre me recordaba al John Lennon de una balada de navidad). Por entonces desgraciadamente yo aún no conocía esa útil figura retórica que se llama "diálogo diplomático", así que le solté un desplante por el que después vía e-mail hasta le pedí perdón: Nosotros colgamos banderas cubanas y caritas de Fidel en los arbolitos de Navidad.


En efecto, desde hace un par de años las he vuelto a ver, sobre todo en las tiendas en divisas de Ciudad de La Habana. Simulan ser estampas navideñas del Compañero Fidel. La barba cana como última reminiscencia de Papá Noel. El uniforme verde daltónico de Santa Claus. Y, al fondo, una marea humana de renos desfilando ante la Plaza de la Revolución (arquitectura conífera que siempre me pareció propicia para engancharle una giganto-guirnalda).


Ese fin de año de 2002 una poeta valiente y callada de Matanzas me escribió, con los rescoldos o los resabios de nuestro amor, un poema como aguinaldo, cuya lectura siempre me deja cierto sabor a pesadilla post-Padilla:


[…] Cercenaron nuestra infancia en consignas vacías,

historias de mar, cárceles inútiles.

Nos arrancaron las manos de construir castillos de arena,

las piernas de correr delante de la muerte,

la voz de cantar salmos, los ojos de mirar a las estrellas.

Nos volvieron austeros, siniestros.

Han querido borrarnos el alma pero nos queda el llanto y la rabia

y la memoria como escudo ante tanta mentira.

Hoy todo es vacío y una densa paz ciñe la noche […].

Mi amiga poeta y yo cumplíamos ese diciembre 31 años. También 31 tenía el ruso Joseph Brodsky cuando escribió su poema 24 de diciembre de 1971 (justo el año en que nacimos mi amiga poeta y yo):


[…] Vacío. Pero ante la idea del vacío ves

de pronto como una luz de ninguna parte.

Si el Monstruo supiera que mientras más fuerte es,

más creíble e inevitable es el milagro […].


En la esquina blues de este ring de boxeo, un narrador al límite como Pedro Juan Gutiérrez (1950) nos noquea con una pepita si no de oro por lo menos de horror: La Navidad del 94, casi un minicuento pulcro dentro de su Trilogía sucia de la Habana (Anagrama, 1998).


En la esquina roja, mientras tanto, la prensa plana cubana nos devuelve efemérides fúnebres de la patria. Es obvio que el Estado nunca desea la desmemoria total: antes bien, según el argentino Ricardo Piglia, se trata de un pugilato entre ficción de autor versus ficción estatal. De (mala) suerte que otra vez leemos reciclados los titulares y testimonios de las Pascuas Sangrientas, asesinatos cometidos hace medio siglo por Fulgencio Batista (antihéroe al estilo de un Herodes loco local) sólo para aderezar la sangre amniótica de una revolución.


Sea solsticio o sean saturnales, disfruten de la venia papal o de una prohibición puritana, entre pesebres y despotismos, a ritmo de villancicos o de reguetón, igual las navidades en Cuba me remiten a otras crónicas finiseculares donde añoramos un invierno que dure milenios, para así disfrutar del silencio ad libitum de unas calles apenas crepusculares ya después de La Habana: […] ¿qué mejor mortaja que la nieve puede ambicionarse en un pueblo que bosteza de hambre o agoniza de consunción?