lunes, 11 de mayo de 2009

Martí que espere


QUE ESPERE PÉREZ
Orlando Luis Pardo Lazo

Flores versus Marines o tal vez versus el propio Martí.
Flores versus borrachitos y deambulantes, incluidos extranjeros y animales.
Flores versus los efluvios de los enamorados.
Flores versus la fila india indisciplinada de los pioneros.
Flores versus la estatua estatal en sí.
El State-of-the-Art de la restauración urbana no conoce otro Know-How.
Rejas, cadenas, verjas, custodios con walkie-talkies y dedos índices amenazantes, cartelitos de NO PASARÁS y, ahora también, flores.
La jardinería retoña, no tan kitsch como ñoña, en el “combate sin cuartel” contra la “indisciplina social”.
Un par de cartas en un periódico fue suficiente señuelo para aislar en su claustro de piedra preciosa a Martí.
Al parecer, los más devotos o indolentes se sentaban alrededor del Apóstol (hay imágenes pixeladas en la prensa nacional).
Otros hacían sus foticos con flash foráneo como fetiche de exportación.
Los hijos de nadie corrían felizmente mataperreando sin mirar nunca hacia arriba (son más entretenidos los altorrelieves que rodean la base: por ahí yace la historia sumergida de esta nación, lo mismo que en el clavo de oro que le robaron hace cien años).
Ahora los tiestos son horrendos y las maticas parecen nuestra pobre premier en la debacle ecológica de la globalización.
Ojalá se trate sólo de una “solución temporal”.
El Parque Central es normalmente un hervidero de policías y arrestos.
Los he visto llamar la atención a unos adolescentes sólo por subir los pies en un banco (con La Esquina Caliente de fans al béisbol nadie se mete).
No es probable entonces que algo sacrílego pudiera ocurrirle en público al monumento más eminente de esa plaza.
En cualquier caso, se trata de una modificación seguramente no consultada al concepto arquitectónico original: técnicamente, la trinchera de flores constituye otra de esas “indisciplinas sociales” que proliferan como la gripe (un “patrimonicidio”, diría Chivichana en un sketch censurado de “Jura decir la verdad”).
Del Martí de mármol al Martí de las macetas.
De la silueta legible y fértil al cenotafio marchito e infranqueable.
De todas formas, hace diez o veinte años que no me gusta el Parque Central de La Habana (sólo me hechiza una jarra de asas decapitadas).
De todas formas, no habrá aguacero de mayo (ni de julio ni tampoco de enero) que resucite a estas florecitas-frontera.
De todas formas, tarde o temprano tomará cartas pudientes (y ojalá que no podantes) la leal Oficina del Historiador.
Mientras tanto, Martí que espere como en cuarentena.
Me pregunto quién que no sea yo lo va tan estrambóticamente a extrañar.

1 comentario:

Omar dijo...

Que siga esperando, el apóstol. Ni modo.

Saludos tuyeros.