martes, 30 de junio de 2009

WHERE THE STREETS HAVE TOO MUCH NAMES

NOMBRAR LAS CALLES
Orlando Luis Pardo Lazo

Esta noche, caminando de vuelta a Lawton, leí:
“Trespalacios, Aguilera, Bouza, Rafael de Cárdenas, Beales...”
Y por primera vez desde que era un niño pensé en los nombres de las calles.
Mis calles.
Hacía por lo menos dos décadas que no reparaba en esos detalles.
Tarjas milenarias, de las que ya no se fraguan en esta ciudad anónima.
Para mí el barrio ya ha perdido del todo el sabor.
Todo se deslíe y punto.
Se desvanece en el aire denso de los sucesivos años sin estaciones.
Son cuadras y más cuadras y eso es todo alrededor.
Adiós, infancia, ojalá te recuerde con amor en mi vejez.
Y de pronto este rafagazo de lectura.
Un flash-back que le devuelve su tono innato a cada fachada y a cada esquina de la madrugada.
Su tono intacto.
Respirar.
Abrir los brazos.
Los ojos humedecidos por ser yo el último testigo de la caída de un imperio recóndito para mí, que aún no sé cómo ni a quién nombrárselo, porque aún no he descubierto cómo ni cuándo pronunciar sinceramente ninguna palabra: adiós, infancia, ojalá, recuerde, amor, vejez.
Morúa Delgado, Pasaje Córdova, Luz, Fonts...
Y pensar: “pero todavía soy yo, estoy vivo, hay algo que no han conseguido o yo mismo no he sabido matar”.
Vivir tanto tiempo en un mismo sitio es una especie extinta de perversidad.
Las chimeneas y escalinatas de Lawton se empinan amenazantes y se inclinan alienígenas sobre mi silueta siempre de vuelta al hogar.
Sweet Home Alahabana.
Me quiero ir, me quiero ir ya, hace mucho que para mí ya ha sido suficiente espectáculo.
No quiero irme, no quiero irme ya, para mí ya nunca será suficiente espectáculo.
Ese borde, esa frontera frágil, esa imposibilidad es la imagen de la locura que me crece por dentro.
Un nocturoma.
Una masa anómala que no se nota y, sin embargo, debería doler.
Un peso muerto en los pómulos y en la mandíbula apretada para disimular la ira.
Bajar los brazos.
Respirar.
Escenografía funeraria de semáforos desquiciados, naves vacías, una ruta 23 salida de la prehistoria literárida de este país sin literatura, cercas peerless y postes pendulando un foco mortecino, talleres con custodios roncando o a la escucha de un radiecito ancestral.
¿Quién les habla y desde qué época inimaginable por mí?
¿Hay alguien triste a esta hora en Cuba o todo no es más que una autista autosugestión?
Los nombres de las calles son muy peligrosos.
Te demuestran que no tiene sentido jugar al adulto que durante años se embota los sentidos con tal de no reventar.
De un plumazo, los nombres de las calles te devuelven la vida íntegra y también tu inocua imposibilidad de habitar en tu sitio.
Literalmente, es un estado de sitio.
Ruinas de la memoria, runas emotivas que nunca nos alcanza la noche para desencriptar.
Indolencia, indolencia infinita debiera ser el título político de estas páginas que a la mañana siguiente serán sólo un ridículo.