martes, 21 de julio de 2009

BUCK AND EROS



MALTA MALA
Orlando Luis Pardo Lazo

Hay maltas que saben mal y maltas que saben peor.
Pero ninguna se acerca al sabor de la malta en botella que bebíamos y botábamos en nuestra infancia.
Aquella era malta negra y no sepia, como ahora.
Aquella era malta espumosa en vidrio y no liquidito en lata, como ahora.
Aquella era malta a secas, sin marcas ni copyright.
Aquella era malta-malta como criterio ontológico de la verdad: la malta como bebida de todas las cosas.
Hoy, para colmo de maltas, circula en Cuba una leyenda urbana que debe ser orgullo de recicladores y ecologistas.
Dicen (no me hagan caso, porque esto no es periodismo) que florece underground un emporio privado de rellenadores de laticas de malta.
Un iceberg. Técnicamente, un icebucanero.
Y dicen (no me hagan caso, porque esto es periodismo) que después las venden a mansalva en los negocios en CUC del Estado.
No me interesan los detalles ni la verosimilitud.
Me interesa sólo la eficacia de semejante contra-relato (una diversión ante cualquier versión o aversión oficial).
Y lo mejor, existe un dato súper-significativo como colofón.
Una traza, casi una huella criminal, que sería la prueba de que todo no ha sido otro sueño dentro de ese subgénero llamado La Habana Noir.
Si se fijan, verán dos rasguños paralelos en la base de metal.
Dicen, para rematar, que se trata de un desperfecto de fábrica de las máquinas domésticas de rellenado.
Si tu próxima malta incluye esa tara descascarada, entonces no es malta en absoluto sino cualquier otra emulsión militante.
¡Y casi todas las latas que compro me llegan tatuadas!
Lo que habla de la generosidad del mercado clandestino en CUC o de que esta leyenda urbana es puro delirio incivil de nuestros ciudadanos ansiosos de contrabando.
Me da lo mismo.
Lo cierto es que nunca antes había reparado en este síntoma mínimo de Gastronomía Política.
Así me pasa con todo el resto del tiempo.
Siempre estoy botado.
Incapaz de entender ni siquiera lo obvio para la plebe.
Seré un blogger bobo, supongo.
Otro de esos taraditos de la patria que me piden una moneda de 5 o 10 centavos para, precisamente, reunir el precio CUC de una malta cubana o de importación.
Falsa o auténtica, les da igual.
El verano vicia y vacía nuestro sentido de la verdad.
Si tu próxima malta incluye esa tara descarada, por favor, paladéala pensando en mi desconcierto de mal catador cubano.
Porque lo cierto es que, esté o no esté tatuada la base del metal, hay maltas que me saben mal y maltas que me saben peor.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Si La Habana entera se acostara en las calles y decidiera no levantarse mas hasta que los que estan obligados a hacer el relevo se pusieran horizontales definitivamente.

El Niño Atómico dijo...

Malta, ambrosia cubana. Al igual que el mango y el sexo, el más malo es bastante bueno. Cero alcohol, mucha vitamina. Fuerte como un trinquete y competente para lo que sea. No me la chotées que vas a salir malteado. No me la maltates, que no hay malta por bien no venga. Llégate por la entrada a La Tropical por la 41, a la altura de 48 o 50, díles que quieres levadura usada. Dáles un pomo grande. Si la consigues, usa 1 o 2 cucharadas en un vaso de agua con azúcar. Verás como te gustará más la malta.