viernes, 21 de agosto de 2009

ARTO DE HARTE



PARA JAMARTE MEJOR
Orlando Luis Pardo Lazo

Me gusta el arte contemporáneo (parónimo de contestatario).
Entrar tontamente a cualquier galería churrupienta municipal y toparme maravillas que años atrás le hubieran costado la cárcel a su autor.
Hay de todo.
Fetos en formol. Pinturas menstruales. Gusanos vivos. Maletas. Fotos de quince. Pelos y peluches. Pastiches de papel periódico. Ciclos de video con frases de nuestro peor repertorio político. Un iglú de poliespuma. Dientes del policlínico número no recuerdo cuál. Papas pudriéndose con banderitas. Cartones cagados. Y etcéteras estéticas de toda ralea.
La factura por lo general es pésima (por el bajo presupuesto, supongo), pero las ideas son tan desquiciadas que simpatizo automáticamente con ellas.
Elogio la locura cubana contemporánea.
Es decir, en realidad no me gusta tanto el arte como sus implicaciones a nivel de escritura: esta columna, por ejemplo, garabateada en una parada del P-1 tras tomar la foto de arriba en una expo patrocinada por la Asociación Hermanos Saíz.
También me da un poco de tristeza.
Todo, quiero decir.
Incluido yo, por ejemplo, desandando galerías en busca de imágenes explotables. Sin ilusión de entrar en ninguna sala por el calor y a la vez sin ganas de regresar a mi casa: con la sensación de ya no tener dónde esconderme para seguir siendo yo.
Cuba cansa dentro y fuera de una cámara Canon.
De todas formas es mejor que nada porque, en ocasiones, la gente se me acerca y sostiene bizarros diálogos conmigo.
Más allá de ser extranjero (lo asumo para no defraudar al 99% de los que me preguntan), una vez me confundieron (mitad en broma, mitad muy en serio) con un actor brasileño de telenovelas que al parecer estaba en La Habana por esos días.
Un niño negro de 10 o 12 años se me acercó otra vez en San Lázaro y Algo, y me soltó una jerigonza que supuse fuera en lengua afro: por el tono sonaba a advertencia. De hecho, me sobrecogió verlo tan enclenque y tan bien plantado con aquella información acaso del más allá. Lo dejé ir sin molestarme en saber de qué se trataba el mensaje o la trampa.
Me han devuelto, por supuesto, decenas de propinas en moneda nacional (casi siempre doy un peso cubano). Hoy por hoy se ha creado una zona franca donde los mendigos ya sólo aceptan donaciones en CUC (y casi nunca moneditas, por cierto, sino papel billete).
Una mujer en carro (manejaba otra mujer) me tiró un flash en plena cara en la esquina de Vento y 100. “Esta es pa´ chuparte todo después”, me gritó mientras su colega aceleraba el Buick bajo la luz verde del semáforo. Sexo o brujería o espionaje estatal: síntomas incomprensibles para mí de esa insania nacional que el arte contemporáneo regurgita tan bien.
En la Bienal de Artes Plásticas antepasada una funcionaria en correcto uniforme me preguntó: “¿Usted es el autor?” Yo recorría las fotos megadesnudas de Spencer Tunick (todavía sueño con hacer una en la Plaza de la Revolución) y no pude menos que responderle: “Sí, no ahora, pero pronto lo voy a ser”.
Los viejitos vendedores de periódicos no sé por qué siempre me usan de confidente. Les compro toda la prensa del día y ellos a cambio me sueltan chistes políticos como el de que ambos periódicos dicen lo mismo, que a su vez es lo mismo dicho en la fecha anterior.
Me pregunto si estos proselitistas soltarán el mismo desplante a todos sus clientes o si paranoicamente se trata de un complot versus Orlando Luis, probablemente para evaluar mi reacción instantánea. Lo cierto es que nunca les sigo la rima reaccionaria. Les doy las gracias, más cortante que cortés, y ni siquiera sonrío con indulgencia ante lo avanzado de sus edades para estar aún luchando sus cuatro quilos a mitad de calle.
Y la escena invariablemente me da otro poco de tristeza, para no variar.
Tristeza de que cualquiera de ellos pudo ser mi padre, que por suerte murió en su cuarto sin perder la noción de un refugio contra la intemperie (yo ya perdí esa patria interior). Tristeza de que en cualquier momento el que extienda el periódico y no la moneda seré yo.
Sólo en este sentido vale la pena seguir tirando fotos desde la distancia cercana. Sin participar. Paliando los palos. Un lobo pardo estepario que postea los penúltimos píxeles de una Revolución eterna.
A ratos apático; a ratos encantado de nuestro arte contestatario (anteparónimo de contrarrevolucionario, según el discreto dictum oficial).
Y así salgo de cualquier galería churrupienta y recuento para nadie las maravillas municipales que años atrás me hubieran costado tontamente la cárcel en tanto autor.

1 comentario:

~Zurama~ dijo...

Gracias por otro magnifico post. Luis, tu eres un artista y sera dificil que alguien te entienda,en cualquier lugar del mundo, pero en Cuba sera imposible. :)