martes, 4 de agosto de 2009

MODIGLIENIN



ICONOS DE ÍNSULA INSANA
Orlando Luis Pardo Lazo

Los otros lunes, bajo el sol líquido de las doce del mediodía en El Cerro, fui a casa de un viejo amigo que enloqueció en algún punto impreciso entre los noventa y los años cero.

Tiene justo mi edad. Los dos nacimos en diciembre de 1971. Digamos que se llama Ismael. Y es un tipo tan noble y lúcido que merece mucha mejor suerte en todo, así en la vida como en la literatura. Aunque a veces pienso que nuestra historia bien podríamos narrarla al revés. Es decir, a veces pienso que el que delicadamente perdió la cordura fui yo.

Esta vez Ismael la cogió con venderme un par de objetos sagrados de su colección. Muy baratos, por tratarse de mí. Pero le hacía falta el dinero. Esto era fácil notarlo, por lo raído de sus ropas y lo ralo de sus cabellos (antes por la cintura) y el rancio olor de su piel. Se me apretó el pecho con aquella visión bajo un techito de zinc caliente.

El verano en Cuba es una salación, dijo. La cosa se va a poner muy dura con Raúl, dijo. Los americanos parecen que aflojan pero no aflojan, dijo. Entre otros lugares comunes para no hablar directamente de su economía. Ismael vive sólo con su madre, como yo. Y a veces me pregunto si simplemente no lo he abandonado a su suerte.

Los dos objetos en venta eran una especie de Lenin de Milos, estatuilla de bronce sin manos, según él fundida en una fragua del primer partido comunista cubano, cuando Gerardo Machado. Y el otro era un óleo de Modigliani original.

Pronunció apenas el precio. Quería cien pesos cubanos por cada obra. De no tenerlo ahora mismo, podríamos arreglarnos a plazos. Entre nosotros no había líos, dijo. Broders desde los conciertos del Patio de María, dijo. Por la memoria nunca muerta del Virgo, dijo, y le tembló un poco la voz al evocar al amigo que en agosto de 1998 se nos fue de un paro respiratorio en plena descarga.

Le dije que me parecía una ganga. Que no aceptaba. Que no era justo rematar así dos tesoros. Que yo acababa de cobrar un derecho de autor en el extranjero y que ya era famosito con mi página de internet (la palabra blog ni él ni yo la entenderíamos en aquel contexto pre-tecnológico). Que era muy probable que yo fuera el próximo premio de fotoperiodismo Ortega y Gasset, en España, que seguro me invitaba el Príncipe de Asturias, y que ya hasta me habían girado un adelanto. Que, además, me interesaban con cojones sus dos objetos museables, que los conservaría hasta que él los quisiera de vuelta. Y esto último se lo impuse sin ningún tapujo a Ismael, con esa incontrovertible vehemencia de las palabras cargadas con la verdad.

Me paré. Fui a mi mochila. Conté. Tenía encima treinta pesos cubanos, dos CUC, y cien euros para cambiar en el banco. Respiré. De pinga. Era ahora o ahora.

Puse los dos billetes de cincuenta dentro de un sobre que improvisé con una hoja del medio de libreta rayada. Un origami de la óptima suerte para mi viejo amigo y yo. Sonreí. Le di lo suyo y, para mí, guardé el Lenin manco en la mochila y cargué con el lienzo acaso centenario con marco de madera y todo.

Me fui.

La sensación ha sido la misma de cada vez que me despido de él.

Lo hemos abandonado a su suerte.

Aunque siempre pienso que nuestra falta de historia bien podríamos narrarla al revés. Es decir, que en su locura Ismael delicadamente me ha abandonado a mí, que tengo justo su edad (los dos nacimos en diciembre de 1971) y que digamos que aún me llamo Orlando Luis.

4 comentarios:

JAAD dijo...

Buena crónica.

R.L.R. dijo...

Lindo post y lindo gesto.

El Niño Atómico dijo...

Perdona, pero no sé decirlo en español. You are your brother's keeper. Ya quisiéramos muchos poder ser como tú.

Anónimo dijo...

Gracias Orlando.

Lila.