lunes, 10 de agosto de 2009


PANFIPASTEL DE CREMA
Orlando Luis Pardo Lazo

Cremar era un placer.

Y Cuba, que no podía ser menos, también crema ya a sus cadáveres.

Famosos y famélicos, de cenizas simbólicas o simplemente por costumbre de cenicero: desde el 2006, a casi 4000 cubanos se les ha concedido la gracia póstuma de no ser expuestos en una capilla funesta y mucho menos ser enterrados en un cementerio patrio.

Pronto habrá demasiada cola para el incinerador de Guanabacoa, que, según el periódico Granma, por el sobreuso ha perdido parte de su ladrillaje refractario y ya no puede cremar gente gorda sin riesgo de que la grasa se bote y cause un fuego.

Hay muertos incendiarios y esa es una verdad histórica que no parece pasar de moda.

Resoluciones del Ministerio de Salud Pública más el de Economía y Planificación (casi una ironía cuando se trata de legislar la muerte), evisceraciones y neveras, autorizaciones vía telefónica, carrocitas luctuosas y taxis ripiados, inversiones de miles de dólares que al instante necesitan reparaciones de miles de dólares más (el saco de la muerte es una novela donde cabe todo), desplazamientos de cuerpos y firmitas institucionales al estilo del film cubano “Guantanamera”, dirigido por un tanático Titón.

Y después, por supuesto, cada cual a desperdigar sus restos post-biológicos allí donde el ser querido lo eligió: sea el mar, una ceiba, un puente o una fuente, el jardín botánico o la punta de la Plaza de la Revolución...

El personal de las cien funerarias de Ciudad de la Habana hace lo mejor que puede con sus uniformitos raídos (de vez en cuando sancionan a alguno por su desparpajo, pero es injusto: la muerte sigloveintiúnica ha perdido peso como acto y discurso). El tedio de la indolencia no le permite mucho más al necroproletariado nacional. Los enterradores tal vez sí estén aterrados: como los linotipistas en la década decadente pero digital de los noventa, en muy pocos años ellos también podrían perder para siempre su oficio.

Las iglesias, por su parte, tendrán que empezar a hablar de la resurrección de todas las cenizas, si es que quieren conservar la verosimilitud de su versión teoexistencial. A falta de uso de los cementerios, Cuba completa se convertirá en un camposanto de polvillo fatuo. Podría irse pensando ya en modelos mini de incinerador que sirvan para mascotas o, llegado el caso, para uso personal (la panacea de los suicidas y asesinos en serie). Algo así como “en cada cuadra, un cremador”.

Faltando solamente ahora que las artes plásticas locales se apropien de este recurso de vanguardia tardía y algún gurú del performance se haga cremar en público en protesta contra o en campaña a favor de (no quiero mencionar nombres ya sobremencionados tanto por los peritos teóricos como por los policías políticos). Sin este toque de parodia, sospecho que nuestras muertes colectivizadas seguirán siendo todavía un ritual obsoleto.

Lo otro sería pagarle al pobre payaso de Pánfilo, que no es gordo e igual ya está metido en candela y su piel en cámara fotografía como un tizón, para que se deje cremar borrachito en exclusiva para el Canal 41 o al menos para algún joven realizador de videoclips (el crítico Rufo Caballero, incremable por el momento, tendría que evaluar este gesto estético al nivel del tatuaje de Baby Lores).

No es racismo ni crueldad con Nuestro Primer Hombre en YouTube (casualmente de la misma raza que nuestro primer compatriota en el cosmos).

Escandalícense escatológicamente o encárnense piromaniacamente conmigo si eso les da consuelo o placer (cremar como una de nuestras bellas artes). Sólo les recuerdo que no soy yo el autor del amiantado Artículo 73 de nuestro Código Prepenal.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Pudiera ser posible que los familiares de alguien que muera en Cuba envien sus cenizas a Miami a parientes alla (o a quien pueda interesar) y asi poder cumplir con la ultima y mas deseada voluntad de la mayoria.