miércoles, 26 de agosto de 2009

RUBEL COCKROACHES


CUBARACHAS ROJAS
Orlando Luis Pardo Lazo

Recuerdo cucarachas no sólo en la madrugada de Lawton, al pasar por la cocina zombi rumbo al baño a mear, y oír el scratch escalofriante que provocan sus patas y alas en movimientos de burdel.

Zoé Valdés, Ena Lucía Portela y Anna Lidia Vega Serova, acaso en ese orden, han narrado el cucaracherío insular de la nata cotidiana de los años noventa en Cuba.

Una vez llegué a mi aula de la Facultad de Biología con el cuerpo de una de ellas en la mochila. Muerta. No podía hacer otra cosa que dejarla allí dentro hasta terminar el turno (Biofísica). Pero después se me olvidó aquel bicho. Fue varios días después cuando la boté de su nicho mortuorio. Para entonces ya sólo era polvillo sepia de cucaracha.

Por esa época un amigo de otra carrera biológica se montaba en las guaguas con un pomo de vidrio lleno de cucarachones de jardín. Así alimentaba a unos chipojos jurásicos en extinción que él criaba en su propio cuarto, para conservarlos y como fuente de ADN para estudios evolutivos. La gente se escandalizaba y esa histeria lo ponía aún más eufórico. A veces metía la mano y cogía una. Me la enseñaba teatralmente para todo el público asqueado de la guagua: “Mira, está preñada, estos son los huevitos...”

A pesar de que la higiene era superior al resto de la ciudad, en una centrífuga de un centro biotecnológico muchas veces vi cucarachas, sobrevivientes a la refrigeración y a la fricción y a velocidades de giro capaces de precipitar proteínas y otros mondongos moleculares. En una cubeta de cuarzo de un espectrocolorímetro me pasó algo parecido.

También vi una muy pequeña dando vueltas en una cinta de música en la consola de una cabina de radio, en la COCO. Era una tarde de domingo de los años cero y yo estaba allí para publicitar penosamente mi libro de narrativa “Empezar de Cero”.

No me gustan, pero no me gusta matarlas. Creo que pudieran estar cumpliendo su rol. Como cada ser sobre la cáscara de este planeta. Como yo a ras de piel dentro de este blog. Como Talia Rubel jugando sinuosa y sensualmente su rol de Lily Zarrasky, en una película casi unipersonal de Miguel Coyula: “Cucarachas Rojas”, copyright del 2004 de Piramide Films.

No sé si ella hace de actriz o de pornostar francesa o de newyorker resucitada de poltergeist o si es sólo un efecto digital más, de los muchos que, como un pastiche naif, se empastelan en este film. No sé si Talia Rubel será un nombre o un sexdónimo o la maldición metafórica del deseo que es siempre imposibilidad e ignición.

Sólo sé que ella misma se parece a un insecto, exoesqueleto frágil que muta, cabecita retorcida y preciosa, las patas pendulando como apéndices independientes que son su propia respiración, palabras perfectamente procaces pronunciadas con candor puta al punto de lo criminal. La amé. Lamí el monitor o pomo de vidrio con cucarachas en 3-D. Esta Lily de la ficción descoyuntada de Coyula me recordó los párrafos más perversos de mi cuento “Lugar llamado Lilí”, publicado en La Gaceta de Cuba a inicios del 2007, y que de pronto quise que este hombre-orquesta del cine poscubano filmara por mí: una especie extinta de “Memorias de la Desmemoria”.

Con Talia Rubel como prot-agónica, por supuesto, en aquella fábrica de muñecas llamada Lilí, monstruo punk-proletario donde se funde la muñequería futurista que va repoblando de títeres siniestros a este país (tal era el guión de mi cuento, además del incentivo incestuoso de inseminar a una infante medio difunta, como Lily Zarrasky).

Vi el fichero digital en la madrugada eréctil de Lawton, y al pasar por la cocina como un zombi excitado rumbo al baño, creí oír de nuevo aquel scratch escalofriante de los años noventa en plena patria.

Sentí un soplo fantasmal en la nuca. Recordé un inicio de Kafka, que nunca usó la palabra “cucaracha” que sus teóricos y traductores después le han impuesto. Era el aliento de Talia Rubel, adolescentaria y encueros en una Cuba roja ya vaciada hasta de cucarachas. T terminal con su entrepierna tirada como un octópodo entre los cacharros de cocinar la nada. R rubicunda con sus dientecitos de leche apiñados en la mandíbula. Mariposa bruja, no tan pecosa como pecaminosa, babosa cuyo hilo húmedo le va partiendo el cuerpo justo por la mitad. Aliento acre, afrodisíaco, de edición analógica más que digital.

Oriné y atravesé mi casona de vuelta al cuarto. Quería soñar con ella. Soñar en Cuba no tan necrofílmica como necrofílicamente con Talia Rubel. O, mejor aún: soñar en una Cuba cadáver con canibalizar los cuerpíxeles de Talia Rubel. Que me perdone Miguel Coyula por estos usos sinestésicos de su parestésica audiovisual.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Muchas son las experirncias con ellas pero la mas menorable es la que tuve desempaquetando una maleta llena de libros, despues de un viaje de mas de 16 horas y haber atravesado el atlantico y el mediterraneo me la encuentro nada mas abrirla...que horror!!! que asco!!! que pena(verguenza para los no cubanos), delante de todo el familion!!!