miércoles, 9 de septiembre de 2009

EN EL DÍA DE LA C(L)ARIDAD









DIOS TE SALVE, PATRÍA
Orlando Luis Pardo Lazo

Las multitudes me aturdían. Antes. Ya no. Ahora me da pena verme entre toda esa gente reunida y yo ahí. Un extranjero que no comparte con ellos la mínima ilusión. Aunque lo intento.

La música tal vez aún pueda recuperarme para María o la Patria o ambas. Es innato en mí emocionarme. Todavía no estoy del todo fosilizado, supongo. Para bien y para mal.

Hay unos coros lánguidos de Iglesia, por ejemplo, que me van arrastrando hasta que siempre, estúpidamente, se me salen las lágrimas sin ningún motivo que yo pueda nombrar. Es como un alivio. Muchas veces la gente me mira condolida y piensa que acabo de perder a un familiar (en realidad, hace mucho que los he perdido a todos de un palo llamado adultez).

Lo mismo me sucede con varios temas clásicos del cine cubano. Soy un idiota Brouwer. No sé cómo ni para qué evitarlo. Es posible que disfrute esa válvula de escape, ese último lazo sensiblero que me reconecta con algo humano que tal vez nunca existió. O yo nunca tuve genes para captarlo más allá de la infancia.

Hoy, en la iglesia de Manrique y Salud, no tendría por qué ser la excepción. Y no lo fue.

Tantos ancianos. Tan solos. Todavía pidiendo qué.

Piernas mutiladas. Malos olores. Vendedores de flores y de maní. Tan atareados. Tanto entusiasmo de qué.

Amas de casas cuyos hijos emigraron en los noventa (son mis @migos) y vienen a visitarlas puntualmente cada tres años.

Jóvenes con la mirada nerviosa donde en silencio se anuncia una enfermedad mortífera o algo peor: los primeros destellos de la locura.

Tantos mendigos. Tantos policías parcos. Tantos sacerdotes sonrientes. Tantos uniformados de civil.

Y entonces ese coro escuálido que se demora en las vocales abiertas y que todas las bocas hacen como que cantan, aunque ni siquiera recuerden la letra (y, sin embargo, se oye).

El Cardenal, oveja en medio de un rebaño de lobos. Tan lúcido y tan incapaz de mover los hilos de todo ese teatro de la acumulación.

El piso percudido por el exceso de pasos. Las ofrendas acumulándose en piras que, supongo, después alguien respetuosamente tendrá que desechar en un latón de basura.

Los flashes de las cámaras y los teléfonos celulares. Nadie está allí. Todos estamos automáticamente en otro lugar. Vamos a ver la virgen para vernos nosotros junto a ella para siempre en un jpg. Y esa vocación banal me conmueve. Se me aprieta no el pecho, sino los pómulos y la garganta: órganos de la angustia por excelencia. Y lloro, por supuesto. Lloro en paz, sin que ni yo mismo lo note hasta que las lágrimas me impiden enfocar la próxima foto del espectáculo.

Las multitudes me aturdían. Antes. Ya no. Ahora me doy pena de vernos sin darnos cuenta de la carencia crónica con que Cuba nos une y nos abisma en Dios.

María o la Patria te salven. Conmigo no se puede contar, porque yo sólo soy precisamente el que cuenta.

3 comentarios:

El Niño Atómico dijo...

EL que cuenta, cuenta. Es inútil tratar de resistir, o resistir el tratar. Muy bueno.

Anónimo dijo...

La sinceridad cuenta. Por lo demás "amarás al prójimo como a ti mismo".

Anónimo dijo...

Gracias, a veces entro aquí para sentirme más cerca de casa. Que triste todo lo que nos ha ocurrido. Adentro, afuera, donde estemos.