martes, 8 de septiembre de 2009

JJ-1


JORNADA JAMILA 1
Orlando Luis Pardo Lazo

No entiendo este libro de poesía. Y no me importa. En realidad, no entiendo que exista un libro de poesía. Y menos me importa aún.

¿Quién conoce a Jamila Medina Ríos, el heterónimo poeta de la filóloga Jamila Medina Ríos (Holguín, 1981)?

¿Saben por qué su primer libro publicado en Cuba (Ediciones Unión 2009) se llama “Huecos de Araña”?

¿No se han enterado del equívoco que en 2008 hechizó al Jurado de Poesía del Premio David (se enamoraron de su escritura avant la lecture, desde que Georgina Herrera y Rafael Díaz Pérez vieron aquel manuscrito con hojas a medio imprimir y cosidas a mano por la aspirante a poeta)?

¿Se imaginan que yo la conozco desde los años cero que ya se acaban, y que durante una década decadente le hecho fotos fúnebres vestida sólo con una mueca cubana? (Ya no recuerdo cómo es el eco de su cuerpo, sólo conservo sus cacofonías.)

En verdad, hemos sobrevivido a un tiempo feo y triunfal. Esa comunión del desastre nos hermana y ampara. Nos destierra y entierra. Y destarra.

A Jamila la recuerdo siempre involucrada en la nada vomitiva de los acontecimientos. Milagrosamente su mente ha resistido los crótalos del desamor y no se ha desintegrado en absoluto, como yo (¿como yo qué?). Al contrario, ella ahora escribe con una de las uñas más ríspidas de nuestra generación. Por eso es y será una ilegible a pesar de ella. Léase, una elegida a pesar de mí.

Su libro “Huecos de Araña” se presenta este viernes 11 de septiembre en la Sala Villena de la sede nacional de la UNEAC, en 17 y H (letra muda), El Vedado. Alguien allí vetó que fuera yo su presentador. Mejor así (nuestras torres gemelas todavía no caen). Ya me sentía incómodo de fingir una lectura ante quienes nunca me han sabido leer.

Esta no es la presentación, por supuesto. Por suerte.

La mujer que soy saborea las sales sintácticas de Jamila Medina Ríos. En apenas cien papeles de formato enano, Jamila me envuelve y revuelve el sentido del tacto, lo que enseguida me obliga a rechazarla por s(al)obresaturación de su olor.

Porque no huele rico. Jamila huele raso. Y a ruso (la URSS, sister, la URSS). Porque, además, ella pare parónimos de su cabeza coronada de diásporas: vocablos castrados por la familia, la propiedad social y un estado grávido de ingravidez. Porque, también, ella aborta geografías políticas de escuelita primaria pasada por las armas (las almas). Y porque, como si no bastara tanta debacle, Jamila bufa cosas que caen, gota a gótica, como fetos fósiles desde su vaginalef: incluido el busto de un mártir fundacional de cierta mística tísica de la revolución.

Jamila, espero este párrafo baste para demostrarte porque soy tu mejor lectora.

Debería terminar mi pre-presentación justo aquí. Debería dejarte con las ganas de que yo te rasure con este retrato retórico con menos filo que felonía (falonía).

Pero, en verdad os digo, hemos sobremuerto a un tiempo emput(r)ecido. Los mejores se han ido o se han hecho matar. Los peores están bien parapetados entre el buen logos y el peor lugar. No tenemos defensa, excepto la ofensa. Cada oración será, pues, un caño de cisne: canto de arañas que exponen la inmundicia de su propio juego estomacal, nana onanista de quien se viene porque se resiste roñosamente a sumarse al todos se van.

No me interesa tu libro de poesía. Me interesas tú. Te vi niña y jalonada por tu padrespótico a lo ancho y ajeno del mundo. Te oí ironizar. Versos de pingasía, visión geriátrica y genial de quien ha extraviado su edad. Te sorprendí cargando etimologías sin ética, hipando menstruos monstruosos, y peando el collage cucarachero de tus sílabas secesionistas. Te atisbé cagando cristos en una caverna. Animalia única y flora fecal. Me dejé dormir por tus ritmos rotos. Muérete, puta. Miénteme, potro. Mírate, madre, y por tu hedor no llores. Igual ya te amé en una parada de metrobuses de la Cuba posrevolucionaria de septiembre del dos mil qué.

Es cierto que la H de Holguín sigue siendo una herejía hincesante. El ímpetu o imp de Reinaldo todavía rebota en los resquicios de tu escriturarenas. Esa tara reiterativa los aniquila de uno en uno a todos ustedes, órganos orientales ya sin orientación en una orgía llamada hoy, cuando de tanto repetir un sonido se van quedando sordos para el resto de lo real (los restos de lo real).

Ese don de campana que reverbera es un signo sintomático en tu primer libro. Y es un sino del que, más temprano que temprano, te tendrás que desmarcar para no chapotear más en tu misma miasma: para violar más que violentar el clítorisexo de tu discurso, para no consolidar ninguna voz femenina (ni tampoco ninguna voz), para mutar matando las mil y una máscaras descascaradas de Jamila Medina Ríos (Lawton, 1971, como yo: ¿como yo qué?).

Hace unas semanas vi de refilón en la UNEAC al muchacho que hace unos meses trajo a mi casa una citación, a la postre apócrifa (el único correctamente identificado era yo). Este viernes 11 de septiembre de 2009 seguro él asiste a la Sala Villena por mí, al tanto de tantear las palabras con que Ricardo Alberto Pérez te presentará.

Por si sí lo sabías, en eso también hurgan haraganamente tus “Huecos de Araña”. En esas urnas Jamila y yo nos hemos hurtado sin querer una biografía incivil, un arrebato en medio de los surcos urbanos de las habanavenidas, un lengüeteo lépero capaz de provocar la lepra, un siseo socialipsista de sujetos que simulan lo mismo ante el Estado que ante Dios.


(to be continued...)