miércoles, 23 de septiembre de 2009

KAFKARAT


KARAT SE ESCRIBE CON M
Orlando Luis Pardo Lazo

Aquel concierto de Karat me salió bien caro.
Karat era un grupo de rock de la RDA.
La RDA era un país que existía al este de Alemania.
El Anfiteatro de La Habana estaba repleto de frikis.
Finales de diciembre de 1986 (como toda info dentro de mi excritura, este dato es sólo una aproximación: de ahí su exactitud radical).
Salimos en masa al Malecón, una jauría preuniversitaria.
De guagua en guagua.
Cuando llegábamos al barrio sentí un disparo en la cara.
Un impacto de cañón.
Caí varios metros hacia atrás, de espalda contra un garaje.
“Me mataron”, dije o pensé, y todo comenzó a rodar en cámara lenta. Con sonido en off, casi en mute.
Fue en la acera de El Cangrejito, una cochambre de cafetería que hace décadas no logra levantar cabeza, a pesar de estar ubicada en una esquina de Porvenir.
Varios frikis se abalanzaron sobre mí.
Recuerdo específicamente a El Erizo.
“¡No te toques, cojones, no te toques ahí!”, es todo lo que recuerdo en sus expresiones de horror.
“¿Pero qué tengo, pinga, qué tengo?”, fueron los gritos ralentizados que tal vez nunca del todo grité.
Intentaron cargarme.
Los manché. Los manché de sangre.
Sólo entonces me asusté de verdad.
Ellos retrocedieron y yo decidí que, fuera lo que fuera, yo estaba solo en medio de aquel piquete y debía ponerme fuerte si quería sobrevivir.
Señalé a la avenida. Que pararan un carro para ir al hospital.
Yo ya estaba bien. Pero por favor que por favor pararan un carro por mí.
Estuvieron varios minutos en esa agonía.
Era tarde, pasadas las once de la noche. Un viernes de invierno.
Días preciosos donde Cuba aún no era del todo real.
Yo tenía quince años y pensaba que aquel era el fin.
Qué equívoco tan delicioso.
Sangraba y sangraba, empecé a sentir frío por dentro.
Pensé en mi mamá (con estas palabras: pensé, en, mi, mamá).
Me habían tirado algo desde alguna parte.
Tal vez un balazo desde un balcón.
Después me dijeron que a mi lado cayó la lata con piedras.
Un lata de leche evaporada o carne rusa, lanzada a tope de velocidad desde un camión de volteo que pasó por Porvenir hacia Dolores.
Un Hino rojo, parece, o un ZIL. En cualquier caso, con cubanos divirtiéndose sobre su cama.
Si me coge en la sien me mata, dijo una hora después un médico, si es que no me mató de hecho y enseguida volví a nacer para contarlo a la vuelta de un cuarto de siglo.
Un cuarto de siglo, increíble.
Nadie paraba.
Quién se atreve a pararle a un bulto borracho de frikis que se tira sobre los autos.
Pasó una militar caminando, creo que de uniforme verde MININT.
La señalé.
Se brindó a parar un carro y sólo así pude montarme en un vehículo.
El chofer me frenó en seco antes de entrar:
“Ponte bastante cosas ahí para que no me embarres el carro.”
Supongo que en cualquier sitio y tiempo del mundo aquel hombre tenía estrictamente la razón.
Bajamos por Luyanó y luego por Diez de Octubre hasta La Dependiente.
El Cuerpo de Guardia era un infierno.
Entonces sí me quise morir de inmediato, no quería verme tan desolado allí (El Erizo viajó conmigo, pero no era nadie).
Recuerdo el rostro de una anciana moribunda, tumbada a su suerte en una camilla.
Me miró muy fijo. Tenía un suero inútil en una mano. Quizás no miraba nada. Sentí una tristeza infinita por aquella mujer para quien todo terminaría en diciembre de 1986.
Quise vivir de nuevo.
Supe que nunca la iba a olvidar mientras viviera.
Que esa anciana arrugada y sola se va conmigo hasta el fin de los tiempos.
Fui su último testigo (no se veían sus familiares por todo aquello).
Te amo, anciana muerta. Entendí en un segundo tus estertores. Los hice mío y seguí.
Me dieron como diez puntos. Tenía abierto el labio superior.
Varios dientes astillados, pero ninguno arrancado de raíz: eso vendría con los noventa.
La cara inflada como un balón.
Me dijeron: “¡ya está, libraste!”
Y eso fue todo. Me fui.
Nos fuimos, el Erizo y yo.
No sabía cómo llegar a mi casa con aquel desastre en el rostro.
Lo peor fue que mi madre nunca me creyó.
Odiaba a los frikis y ha vivido el resto de sus días convencida de que me picaron en alguna bronca durante el concierto de Karat (nunca vi ninguna, por cierto, apenas un bofetón entre dos imbéciles incapaces de mayor daño).
Eso es lo más kafkiano de aquella noche invernal.
La imposibilidad de hacerte creer por los tuyos.
Todo el mundo está convencido de cualquier otra cosa.
No es intolerancia, sino falta de credibilidad.
La sospecha libre de toda sospecha: Cuba es ese convencimiento de que sólo vale nuestra versión.
Por eso la narro ahora aquí.
Créeme o muérete.
Hace unos años entregué una croniquilla al respecto para La Jiribilla digital, pero nunca la publicaron.
Tampoco se me ha ocurrido poner en Google aquella rara palabra: Karat.
Durante mucho tiempo conservé una pegatina amarilla con las letras al revés (seguramente para pegarla por dentro del parabrisas de un carro).
Me queda una cicatriz ostensible en el labio.
Eran las pruebas finales del primer semestre de décimo grado.
Así que tuve que reincorporarme enseguida a un aula del preuniversitario Cepero Bonilla, con los puntos en su apogeo de Scar Face (muchos hasta se me infectaron).
Y una muchacha que ya iba siendo mi amor se burló de mí.
Ni siquiera me miró con detalle. Se reía con esa risa común de los don nadies (cuando ella para mí era un don todo, sólo que solo yo lo sabía).
Quizás no se reía de mí, sino de la situación. O de su propia ignorancia infantil. O de su nerviosismo de no saber qué hacer ante el monstruo súbito que hasta el otro día jugaba a robarle un beso si la sorprendía de espaldas en un pasillo del Pre.
Igual sentí una tristeza infinita por aquella muchacha para quien todo terminaría en diciembre de 1986.
También supe que nunca la iba a olvidar mientras viviera.
Que esa risa rasa y preciosa hasta el dolor se va conmigo hasta el fin de los tiempos.
Fui su primer testigo y todavía te amo, M, por supuesto, aunque seas una muchacha muerta.

1 comentario:

Anónimo dijo...

no me digas que M era la marisol, espero que no.... porque sino lo escondistes bien. creo que era la chiquitica aquella que tenias de novia por el paradero no??? sea como sea la historia de la lata de que tiraron nunca jamas me la contastes completa mientras vivi alla y mira por donde vengo a conocerla. las vueltas que da la vida. cuidate. anda con 4 ojos..