miércoles, 23 de septiembre de 2009

REEDICIONES R



foto: Silvia Corbelle

REGYS EN REJAS
Orlando Luis Pardo Lazo

Lo conocí siendo yo un adolescente, a mediados de los ochenta.

Los dos éramos fans de Black Sabbath, si no recuerdo mal.
Con la diferencia de que él ya lo había oído todo de la banda, con o sin Ozzy Osbourne de vocalista, y a mí apenas me fascinaba el imaginario satánico de las pocas fotos de sus espectáculos que llegaban a Lawton.
Los dos vivíamos en Lawton.
Yo todavía sobrevivo aquí. Él ya no.
Desde marzo de 2003 hasta acaso marzo del 2021 estará más o menos lejos de nuestro barrio.
Preso, por supuesto.
Tras las rejas, como corresponde a su nombre, Regys, tal como lo recuerdo raspado en todas las paredes y rutas del paradero de Lawton.
Regys en rejas.
Nunca he sabido nada de su militancia en el Proyecto Varela, pero una vez lo vi en plena CNN cargando una caja de cartón, con miles de firmas a ras de la Calle 42 de Playa, frente a la sede del Parlamento Nacional, según aseguró la locutora.
“¡Cojones!”, se me escapó en la sala de una casa que no era mía.
Tal vez Regys se confió demasiado en Carter, que en el Aula Magna de la Universidad de La Habana, a la ceniza del presbítero Varela ya en trámites de canonización, se dio el lujito demócrata de disertar sobre ese Proyecto homónimo.
Tal vez Regys sea otro de los tantos gloriosos y anónimos combatientes de la Seguridad, como de vez en aniversario la prensa oficial los evoca.
No sé.
Sólo recuerdo el brillo demencial de su inteligencia nocturna en el Parque B o en el de la Asunción. Su ropa negra. Su pelo lacio y casi nunca suelto del todo (ese acting lo reservaba para momentos memorables). Sus ironías, que me caían a veces tan mal. Su cercanía creciente a los jóvenes que por entonces se hacían asiduos a la iglesia que corona la loma de calle 10, cosa que nunca entendí.
Un amigo de un conocido que es amigo de un desconocido me dice que en este septiembre Regys ha cumplido 40 años (y yo descubro con estupor que él es apenas dos años mayor que yo).
Él, por supuestísimamente, no tuvo ni la más puta idea de quién fui yo en aquellos ochenta: un friki de pacotilla más en medio de los ases ancestrales que eran él y el Sissy y el Blackmore y otros que temo mal deletrear.
Yo tampoco tengo idea de quién será ahora él.
De niño oía a mi madre y sus amigas comentar de casos de asesinatos conyugales que involucraban consuetudinariamente una condena de 20 años.
Supongo que Regys no haya matado a nadie, por la paz de su alma.
Supongo que todo no ha sido más que un error (el horror siempre lo es).
Y ojalá que en alguno de sus remotos cumpleaños podamos volver a sentarnos otra vez en los peldaños en ruinas de Calle 10, a intercambiar aquellos discos rayados de acetato que lavábamos con detergente y pulíamos a diario, a putear con el recuerdo de aquellas espectaculares muchachas estrafalarias que usaban cráneos y candados (como la Wizard y Medio Metro), a preguntarnos al estilo etílico de Villon en dónde se derritieron las nieves de los años ochenta en Lawton, a cantar temas paranoides de Ozzy (yo firmaba así en cuanta fachada podía) y baladas locales de Santiaguito Feliú justo allí, en su escenario original: aprendiendo a morir entre el argot y la pupila insomne a la sombra lunática del convento que hay en B...
En el 2021 yo debo cumplir cincuenta contemporáneos años con Regys.
Haré mi mejor esfuerzo para darle a él una bienvenida a la libertad lawtoniana, pero no puedo asegurar que para entonces todavía tengamos ganas ni alegría para insistir en resistir.
Por eso es mejor ponerlo todo por escrito ahora mismo, y lanzarlo a la nada cubana dentro de un blog que funcione (o al menos flote) como una blogtella en el Mal.