sábado, 24 de octubre de 2009

BONE BONA FIDE




TUS HUESOS HABLAN
Orlando Luis Pardo Lazo

La historia de la barbarie ancestral de nuestro planeta no está signada en palabras, sino en tuétanos.

La médula de la modernidad tampoco escapa a este archivo cruento del horror humano o, mejor, homínido.

Los huesos.

Cuando el poder bruto se aburra de ti, la estadística existencial de tu carne y líquidos vitales ya no valdrá ni una astilla ósea.

Te borran. Te vaporizan. Te entierran.

Te clavan, te descalifican y, sin embargo, nunca del todo te descalcifican.

Tratan de no dejar la más mínima huella de tu cuerpo sobre la corteza planetaria, pero ahí queda la marioneta de tus huesos haciendo una mueca en los medios masivos.

Porque tus huesos hablan.

Esqueletos sin fronteras.

Los he visto delatar a ex-presidentes, lo mismo en el Iraq inicuo de Saddam Hussein que en el Perú pésimo de Alberto Fujimori.

La Tierra es por fuerza de gravedad un cementerio de continentes.

El siglo XX fue la Era del hueco pragmático donde no se inhuman personas sino cifras. Hasta el holocausto se nos ha devaluado. No es que no haya existido, sino que nunca dejó de coexistir entre nosotros.

Para colmo de calamidades, los huesos perduran perversamente. La justicia postrera de su denuncia tiene un toque de morboso mausoleo.

Porque es obsceno que nuestra osamenta se exponga de pronto ante la mirada tecnicista del flash. Porque es atroz que nuestra histología íntima sea violada por esa diosa materialista que es la Historia.

Ni después de cadáveres conseguiremos un nicho de privacidad personal. Un refugio para el individuo sin masas. El infierno, el limbo y el paraíso comparten esa eterna fatalidad: son instituciones colectivas.

En los cementerios civiles cubanos he visto cómo se confunden montañas anónimas de huesos.

En las escuelas de medicina aún quedan cráneos pedagógicos de muertos republicanos jamás reclamados por nadie.

La escenografía fúnebre de la nación se atiza en estos tiempos en cada titular y en cada nuevo enterramiento masivo o de un viejo jerarca.

El juego de las inhumaciones inunda la isla (también el rito del polvo cremado en el cenicero del mar).

Quien domina la narración de la muerte, domina la narración del presente. Y justo de ese pugilato prepóstumo se trata.

¿Qué será en el futuro inminente de toda esa huesada tan espontánea como involuntaria?

¿Cómo y quién leerá en estos jeroglíficos apocalípticos?

¿Quién podrá ser el autor de la próxima Piedra Rosetta que a nosotros, los sobremurientes, acaso ninguna clave nos traducirá?

Los huesos.

Esas vísceras ventrílocuas y nada volátiles.

1 comentario:

El Niño Atómico dijo...

Ni los huesos perduran. Del polvo vinimos y al polvo regresaremos (se me ocurre que los españoles pudieran tomarlo de otra manera, pero hablo en cubano, aunque pensándolo bien...)