jueves, 8 de octubre de 2009

CUBALAJARA


¡AY, JALISCO, NO TE ROJAS!
Orlando Luis Pardo Lazo

A finales del 2002 estuve en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, Jalisco, México. Fui como invitado oficial, en medio de una súper-delegación que incluía desde Ricardo Alarcón hasta a la Orquesta Sinfónica Nacional, ya que Cuba ese año sería la invitada de honor. (Polo Montañez murió y sus pósteres atiborraban los postes de Guadalajara.)

Es la primera y única vez que he salido y también entrado a mi país. Y, para colmo, lo hice con un pasaporte institucional (luego me lo retiraron en La Habana) y todos los trámites gratis. La vida en verdad es muy extraña.

Ni siquiera lo mencioné en mi trabajo de entonces (promotor cultural y/o editor). Sólo anuncié que tomaría quince días de vacaciones. En el último instante, la directora se molestó conmigo pues se había enterado “por otra vía” de mi tan importante viaje. No sabía si felicitarme o fusilarme por indisciplina.

Yo no sabía si reír o pedir mi baja laboral ipso facto. Acababa de llegar de una reunión multitudinaria con Abel Prieto y Felipe Pérez Roque, donde se nos explicó la poética de combate de nuestra delegación. Y aquella mujer me hablaba de que le dejase un papelito firmado, afirmando nunca entendí bien qué: supongo fuera una especie de affidávit inverso por si yo desertaba en medio de la misión.

Cuando llegué a Guadalajara terminé en un hotel aparte del grueso de nuestro team all-stars, casi cama con cama en el mismo cuarto del narrador Rogelio Riverón: gentil anfitrión más avezado que yo en esas lides internacionales. El muchacho carga-maletas, sin conocernos, enseguida nos soltó un chiste sobre Fidel (a lo mejor nos estaba evaluando a título de la Seguridad). Después, se quedó esperando algo hasta que se largó con un sutil portazo de la habitación. Supongo que no se tratara de dinero: éramos cubanos, ¡éramos cubanos!, ¡¡¡éramos cubanos!!!

Al inicio, estuve muchas horas desconcertado y fingiendo absoluta normalidad. Un zombi a ras de Zapopan. Estaba fuera de Cuba. ¡Estaba fuera de Cuba! ¡¡¡Estaba fuera de Cuba!!!

No fui a todas las actividades que me tocaban por el Programa, y me metí en la única que estaba advertido de no hacerlo. Locura de principiante: me aparecí de improviso en la presentación de un número de la revista Letras Libres dedicado a Cuba y concomitantemente a su Revolución.

Por suerte, compré un ejemplar a escondidas antes de entrar (valía la fortuna de 5 dólares), porque el local se llenó enseguida de mexicanitos con globos y ganas de protagonizar un guateque sin tequila.

Rafael Rojas se puso aún más colorado y comenzó a sonreír con sapiencia (su hermano Fernando Rojas jugaba a ser su alter-texto en nuestra delegación). Vi dos o tres rostros de ideólogos cubanos y ellos también me miraron no sin sorpresa a mí. Allí bien podrían aniquilarse como un par materia/anti-materia desde Antonio José Ponte hasta Fidel Díaz Castro (El Diablo Ilustrado). El escandalito en el corazón de Jalisco no permitía empezar con aquel libérrimo lanzamiento.

Me puse muy nervioso y salí. Me vi mártir involuntario (acaso la próxima Feria de La Habana llevaría mi nombre: el horror empieza siempre por un error). Un enorme uniformado armado me advirtió que si salía no podría volver a entrar al salón. Nunca sentí a Cuba y a México tan hermanados como en la voz despótica de aquel mariachi marcial. Para mí la Feria en tanto Feria terminó justo allí (por cierto, nada más llegar a Cuba, presté la revista sin leerla y la perdí).

Ya después Guadalajara fue otra cosa, más biográfica y menos literanada. Compré lo que me faltaba de Milan Kundera y Octavio Paz (tenía 100 dólares de dieta en cash, más los ahorros de media familia). Conocí a gente preciosa. Hacía frío en las noches y se anunciaban a todo rojo las Navidades. Con gusto me hubiera quedado una temporada hibernando allí.

Al tercer día, Cuba desapareció. No recordaba nada. Fue como si llevara décadas de exiliado. Bebía tequila y no me mareaba. Lucía más joven y sin barba. Me inventé plots de novelas y planes de colaborar con periódicos. De un teléfono público traté de llamar a mi madre y debí teclear el número con gran trabajo (Alzheimer apátrida).

Pasé mails a montones desde cualquier negocio e imprimí páginas para no leerlas ante la pantalla (todo al contado, por supuesto). Gasté en taxis y en gasolina. Visité casas. Di una desastrosa charla ante un alumnado que se aburrió de mi abuso de la palabra “revolución”: yo quería explicarles un pasado pesado y ellos eran el futuro fútil.

Fui a un multicine. A un bosque (vi ardillas). A iglesias y restaurantes (nunca comí arroz) e, inevitablemente, participé de un taller literario. Manejé de noche. Me enamoré.

Al décimotercer día (en vísperas de mi cumpleaños 32) Rogelio Riverón y yo nos miramos. ¿Qué hora era? ¿Por qué no venía un bus oficial a recogernos? Los dos estábamos literalmente “quedados”. Hacía casi una hora que debíamos estar chequeando en el aeropuerto. Y nosotros todavía allí, a kilómetros de distancia.

Entregamos la habitación de corre-corre. Pagamos no sé cuál sobrecargo (la venganza del carga-maletas) y también la cuenta del teléfono local. Después contamos a dúo las monedas para alquilar un taxi hasta el aeropuerto. Por suerte, el vuelo charter ni siquiera había llegado desde La Habana. No habíamos desertado de manera espontánea.

Cuando aterrizamos en Rancho Boyeros y salí a la Avenida de Independencia rumbo a la Plaza de la Revolución (también Guadalajara tiene esa perversa manera de nombrar), había un soberano apagón. Zonas de luz y de prehistoria, parches del siglo XXI y del medioevo.

A mi casa no le tocaba la electricidad. Me bañé, comí, y me acosté, sin hablar con nadie (a mi madre le dije que “mejor mañana”). No llamé por teléfono ni nadie me llamó a mí. Era tempranísimo, pero hacía un silencio de sentencia mortal. La medianoche del fin del mundo. No desempaqué. No traje regalos de tipo familiar. Ni los perros ladraban. Oí un tren lejos. O un barco. ¿Qué había hecho? Estaba en Cuba. ¿Estaba en Cuba? ¿¿¿Estaba en Cuba???

Hará ya siete años este fin de año. Rafael y Fernando Rojas siguen jugando al buen cubanólogo antípoda (el primero es un ensayista de élite y del segundo se comenta que será el próximo Abel Prieto: al parecer, en el Ministerio de Cultura todo es cuestión de colores).

La nada cubana me emborronó el amor (técnicamente, lo traicioné). Escribí de mentiritas y gané premios nacionales. Entonces me puse a escribir verdadcitas y enseguida me quedé fuera de nuestro pastel literárido. Ninguna de estas peripecias importa ahora. Estoy vivo.

Quisiera volver solo a Guadalajara. Sin deberle dinero ni silencio a nadie. Sin tener dónde quedarme: apostando a un papelito con los teléfonos que conservo de antaño. Presentar un libro ilegible en una editorial muy menor, sin público, casi sin ejemplares. Caminar bajo el frío que hinca la altísima noche transparente de México, sangrando ligeramente por la nariz. Pedir perdón a las personas preciosas. Ser bueno y anónimo. No tener que quedarme ni largarme de allí. Simplemente no tener que ser nada ni nadie allí. Simplemente estar allí.

Acéfalo, pero lúcido. Apático, pero deseoso.

Acubanólogo de remate.

6 comentarios:

Alina. dijo...

Que buena Orlando, me gustó mucho esta entrada.Un beso. Alina.

Anónimo dijo...

De verdad quieres salir definitivamente de Cuba?

RolandoPulido dijo...

Entiendo la frustracion de estar ahi y solo ahi...todo el tiempo.
Alomejor ahora con el intrecambio artistico entre USA y Cuba, te puedas dar un saltito...a la Gorki.
Saludos,
RP

Evidencias dijo...

Yo también estaba en esa feria, pero no con la delegación cubana.

Fue como ir a Cuba, con todo el tikitiki y el acto de repudio de Letras Libres. Increíble. Podría decir que es la única vez que he regresado a mi país.

Anónimo dijo...

te lo dije brother, cuando me llamastes al lab, que te quedaras.
Esas oportunidades alla no se dan 2 veces.

Colotlan Colectivo dijo...

Estuve alli y no te vi, hermano.