viernes, 2 de octubre de 2009

cv de CV


ADIÓS A VITIER
Orlando Luis Pardo Lazo

Hace cinco años hablé con él, en su oficina del Centro de Estudios Martianos, en El Vedado. Yo era un anónimo editor de la revista oficial ExtramuroS y él era la gloria plus octogenaria de Cintio Vitier (Premio Nacional de Literatura 1988 y Premio Internacional Juan Rulfo 2002). Le pedí un inédito suyo y otro de su esposa Fina García Marruz para un dossier por los 60 años de la revista Orígenes.

Cintio Vitier estuvo hablándome una hora y media por lo menos, con una lucidez espantosa de cara a mi desmemoria carencial. Yo toreaba mis lagunas en medio de aquel océano de referencias culturales republicanas. Era como si ese hombre en alguna época remota hubiera vivido de verdad. Lo envidié, conmigo eso nunca va a pasar. Recuerdo que volvía elogiosamente una y otra vez al nombre de Julián Orbón. Al final me dijo que volviera la próxima semana.

Y adiós a Vitier. Como hoy.

No lo vi de nuevo. Fue su secretaria quien me atendió días después. Me entregó un sobre dedicado a mí y a ExtramuroS. Dentro había un párrafo impromptu firmado vitalísimamente por Vitier con su signatura de sacerdote católico. Pero ni rastros del texto de García Marruz. Qué le íbamos a hacer. Igual consideramos que fue un gesto altruista su colaboración con una revista ministerial que este origenista oriundo seguramente nunca había leído. Ni leería.

La ensayística (y la longevidad) de Cintio Vitier lo empujó a ser el ideólogo de un fenómeno literario que originalmente no tuvo ideología ninguna. En “Ese sol del mundo moral” leí maravillado la fusión fulminante y ficticia de poesía y revolución cubanas. Este retoque forzado de desatino y destino ni los propios revolucionarios lo han entendido nunca: así, el libro estuvo medio vetado en la Cuba cársica del Campo Socialista de los años setenta.

“Lo cubano en la poesía”, con todas sus exclusiones e ingenuidades, me sigue pareciendo un coda codiciado para cualquier crítico. Ese libro esconde en sus conferencias canónicas muchos más misterios que los que el propio evangelista Vitier pudo concebir. Esa biblia resume y rezuma el apocalipsis político de nuestra poesía sin saberlo (de hecho, pretendiendo justamente su fundación). Después de esta obra todo ha sido sólo pose y parodia, retórica sin raíz, rapacidad y ruptura, juego sin jugo, traición a la tradición, epígonos e ignorancia, burla y barbarie, y, lo principal, la pérdida no sólo del aura sino del lector poético cubano. (En su c. v. habría que añadir que C. V. sobrevivió estoicamente a todas las molicies y demoliciones finiseculares.)

Todavía en los años ceros los poetas y pensadores de un demonio llamado Diáspora(s) pugilateaban contra los molinos de aire antediluvianos de Orígenes, en una intentona de dinamitar a Cuba que, paradójicamente, fue nuestro último gesto intelectual preocupado de veras por la pregunta sobre lo nacional (la Seguridad del Estado a su vez se interesó por asustar a estos autores y acaso catalizó su proceso biográfico de diasporización: hoy estos héroes están hastiados en Europa).

Desconozco la narrativa de Cintio Vitier: la abro y trato de fajarme con ella (como me pasa con la novela “Oppiano Licario” de Lezama Lima, no así con “Paradiso”), pero no son textos legibles para mi sensibilidad súbita. La poesía de Cintio Vitier sí la leí hace eones y luego la olvidé instantáneamente. Sin embargo, no sé por qué retorno siempre a unos versos tal vez muy benedettinos antes de Benedetti que se llaman “La jerigonza”:

Queríamos vivir ocultos, / ser harapientos héroes, / usar el idioma como un trapo tenebroso / que esconde la joya más ardiente.
[...]
Queríamos andar a oscuras / debajo de los muebles prehistóricos, / estrujar las semanas oficiales, / llenarnos los bolsillos de mentiras.
[...]
Queríamos el cojo en la gramática, / el verbo mendigando entre los números, / el trece de mudez, fingir que todo junta / las manos para implorar clemencia, / más rápidos que oscuros, enfundarnos / en un gabán de interminable burla. / Queríamos vivir, ser otros.

La última vez lo vi en la pantalla desenfocada de mi televisor Panda, no hace creo ni dos semanas. Le hacían otro de esos homenajes raquíticos de lenguaje desleído por los lugares comunes que van desde la apoteosis hasta la apoplejía patria.

Cintio Vitier estaba desfigurado. Las mejillas momificadas por el desconcierto. La boca todo el tiempo abierta en una vocal O (acaso una cifra 0). El teórico tenaz y a ratos despótico simplemente ya no estaba allí. Me dio una tristeza injustificada ante otra enciclopedia humana perdida. Cuba se acaba y no hay reemplazo (¿por suerte?). En cualquier caso, fue criminal filmar su exoesqueleto de caballero caído así, ya sin armadura: acaso sin alma dura a estas alturas del siglo XXI (él había nacido en el 21). Supongo que ningún hombre se merece el escarmiento de semejante escarnio mediático.

Transcribo ahora el texto “Cuba” que nos dio hace un quinquenio groso, como una mera manera de terminar la columna con su voz (ExtramuroS, página 5, número 14-15, mayo-diciembre 2004):

El barracón de esclavos estaba destinado a dialogar con el Seminario de San Carlos y San Ambrosio de La Habana. San Ambrosio, no lo olvidemos, descubrió la música, la escansión oral, el ritmo, a San Agustín. En San Agustín de La Florida el Padre Varela aprendió el catolicismo irlandés, todo lo que sabía. Los negros invadieron la Plaza de la Catedral una Noche eterna de Reyes. El negrito Tomás fue el mejor amigo de José Martí. Las campanas sonaban llamando a la campana de La Demajagua. No hay nada que hacer, el positivismo también tocaba campanas libertarias. Mi madre, la hija del General, con una pucha de flores en las manos, mientras saluda al jinete que pasa delante de su jardín, me está mirando. Lo único que se salvó en la iglesia en el incendio de Bayamo fue la capilla de la Virgen. Allí resonó el Himno Nacional que los marxistas oyen de pie todos los días. Los niños, los marxistas de hoy y de mañana. No hay nada que hacer. Carlos Manuel de Céspedes, masón, murió combatiendo después de una partida de ajedrez y de rendir cortesanos saludos a una dama esclava. Estamos salvados, nadie podrá destruir El Habanero ni el Himno de Bayamo. Martí viene al galope con un papelito en el bolsillo hasta apoderarse de la muerte en Dos Ríos. El papelito contiene el verso inicial de un poema de Stéphan Mallarmé. Se acabó la discusión, estamos salvados. Si usted quiere ver el paraíso, vaya al Malecón. Si usted quiere aprender Economía Política, vaya al Malecón. Si usted quiere saber Metafísica, vaya al Valle del Yumurí. Si usted quiere reconciliarse con el mundo, vaya a Puerto Boniato. Si usted quiere saber lo que es bueno, siéntese conmigo en el Parque de la Libertad de Matanzas a oír un nocturno danzón. (Octubre 2004, firmado: Cintio Vitier.)

P.D.: El cortacircuito de las fechas de este texto con la de la revista en que se publicó se explica por el atraso atroz de impresión que arrastraba entonces ExtramuroS.

1 comentario:

Anónimo dijo...

http://cubainglesa.blogspot.com/2009/10/reconciliacion-de-los-extremos.html