miércoles, 14 de octubre de 2009

GAGUERÍAS


CUBA DE CABO A GABO
Orlando Luis Pardo Lazo

Muchos años atrás, en diciembre de 2002, abordé en plena Plaza de Armas de La Habana Vieja a Gabriel García Márquez.

Era muy temprano y el sol le daba horizontal en el rostro. Luz de profeta enfermo, si bien lucía rejuvenecido a esa buena hora, excepto por el detalle de que iba del brazo del Historiador de la Ciudad: el siempre fidelísimo Eusebio Leal.

Lo llamé “Maestro”. Le entregué un poco a la fuerza el libro de cuentos Adiós a las almas (Letras Cubanas 2002) autografiado a título de “la libertad”, y le dije que se trataba de un “escritor cubano”: Jorge Alberto Aguiar Díaz, JAAD.

Eusebio Leal me miró sabichoso, como sospechando esta quintacolumna muchos años después. Estreché la mano de novelar del Premio Nobel, di media vuelta, y me fui. Con el sol ya repicando en mi nuca (en Cuba es así: después de las nueve de la mañana, se hace un mediodía de muerte en minutos).

A Gabriel García Márquez lo leí antes de saber leer, desde mediados de los ochenta.

De madrugada me atiborraban sus personajes y capítulos/párrafos. Nunca entendí ni el 1% de sus sagas familiares: no me pregunten quién era abuelo de quién. Pero no podía soltar el libro hasta poco antes del amanecer. Se llama “seducción” y funciona, incluso en la Cuba socialipsista del Proceso de Rectificación de Errores y Tendencias Negativas.

Sin embargo, de día decidí no volver a intentarlo con su prosa prolífica, pues me entristecía tanto exceso de memoria y acontecimientos, tanta dramaturgia simbólica y frases lapidarias de diálogo, tanto mundo sobrenarrado en mi contexto tan mudo.

Aquel barroco diurno se me antojaba entonces como mera nostalgia, pérdidas de una infancia falsa, reconstrucción de ruinas que nunca tuvieron esplendor, energía que pasa de lo entrañable a lo energúmeno, imperio doméstico despótico a nivel de hogar y nación, elogio del poder, cansancio de cultura y, en última instancia, poesía muerta del diccionario.

Todo válido como sistema escritural, por supuesto, pero sin valor de uso para la vida fáctica en futuro que el adolescente sin presente Orlando Luis Pardo Lazo quería leer: los ochenta soñados en mi laberinto.

Así que a García Márquez lo consumí más bien vampirescamente: de noche, y sin ningún reflejo en lo que pronto sería mi propia literanada.

Ahora, Enrique Krauze en su Letras Libres de octubre 2009, también hace cortocircuito con ese icono que es el diccionario: “Este libro no sólo lo sabe todo, sino que es el único que nunca se equivoca”, dice Krauze que dice Gabo que le dijo su abuelo Coronel.

Diccionario (sust., masc., sing): 1: Un mamotreto de clausura donde mutilar a todas las palabras en su impropia definición. 2: Un bodrio, pero a la vez un báculo de poder que acaso pasó de las manos del Coronel a las del Comandante en su 70 cumpleaños: “fascinante”, dice Krauze que dijo Fidel del regalo gramático del Gabo a mediados de los noventa.

Gabriel García Márquez tal vez murió al mascar un chicle de Mercurio en McOndo, pero fue un Crack sólo en términos estéticos, nunca económicos. Más allá de todas las post-neovanguardias experimentales o existenciales, más allá de antologías degeneracionales para denigrarlo, su fantasma fofo recorre y corroe a los lectores inerciales del continente, que son nuestra anti-democrática y populachera mayoría.

Su literatura es ahora Fundación y eso, en el “capitalismo mágico” o el “socialismo del siglo XXI”, igual es una ola expansiva que ya no recala en las playas de la razón, sino del corazón (órgano tan epidérmico como epidémico): más ediciones, más traducciones, más ensayos académicos Made In USA, más filmes mediocres, más inéditos infames o inverosímiles, más derechos de autor de izquierda.

No hay nada que hacer al respecto: no habrá revolución, es el fin incluso de la distopía.

Así que, cuando la paroditeratura ladino-americana de nuevo siglo y milenio termine de incinerarlo, cuando nuestros textos radicalísimamente caníbales parezcan mañana ridículos juguetes para las encías de un bebé, cuando América brille o bostece por la demasiada justicia del Alba político que hoy ya se anuncia con o sin anuencia, ahí estará El Gabo resucitado a la tercera mañana, paseando en paz patria del brazo de algún Historiador en Jefe por un bastión ex-colonial, ex-republicano y next-revolucionario.

Y tampoco hay nada que hacer al respecto: la revolución será el fin incluso de la utopía.

Gabo (sust., masc., sing.): 1: Un tsunami que hizo boom en Suecia (Síndrome de Estocolmo incluido) y volvió a la Plaza de la Revolución para contarlo. 2: Un hombre humilde que se hizo magister millonario atizando la Novela del Dictador desde la diestra del mismo.

Su obra es y será como un Libro de los (vocablos) Muertos de la guerrilla Made In Latinoamérica. Como ese objeto museable burgués, sin fecha de caducidad, que nadie nunca consulta en la cultura del proletariado (una adolescente cubana, a quien traté de impresionar hace poco con la edición príncipe de “La Hojarasca”, sólo se emocionó al confundir el nombre de su autor en portada con el de Gael García). En fin, como un kitsch y un clásico: como el género Diccionario que sólo sirve de bisagra bárbara entre el poder y el poder.

Read in Peace.

1 comentario:

RolandoPulido dijo...

Buen articulo...no podria estar mas de acuerdo contigo acerca de Gabo.
RP