jueves, 8 de octubre de 2009

LUCES CHINESCAS



MADE IN BEIJINABANA
Orlando Luis Pardo Lazo

Después de una inspección de alto nivel foráneo, los profesores cubanos que dan clases a jóvenes chinos en Tarará tendrán que aprender a tararear el Himno Nacional de China.

Incluso en las Playas del Este, a no pocos kilómetros de Beijing, se considera una descortesía quedarse mudo en medio de la canción patriótica de la República Popular.

En la Encarta 2008, el himno chino dura 35 segundos (el audio es un instrumental ligero no peor que los de Radio Enciclopedia): un poco menos que las dos estrofas al galope del himno cubano. Desde niño, mi timidez me impedía cantar el nuestro: era el único del aula que pronunciaba “oprobio” en lugar de “opropio” y me sentía ridículo.

Así que, a estas alturas de la historieta, supongo que tampoco sea un problema para nuestros profesores universitarios doblar los caligramas como si estuvieran cantando en un programa de televisión.

Porque justo de eso se trata. De una actuación. De un desfile. De una disciplina trócula y teatral. Algo que el Imperio Milenario del Sol Muriente ignora que es imposible intentar con los cubanos.

En la poesía cubana, China sí ha hecho bastante estrago. Los autores del proyecto Diáspora(s), por ejemplo, enloquecieron entre paranoias patrias y gorriones cadáveres. En específico, recuerdo una lectura magistral de Carlos Alberto Aguilera donde, podría jurarlo hasta por la memoria de Mao, ese flaco centrohabanero graznó sus versos conceptuosos en cantonés.

A una amiga que labora en Tarará le he recomendado no seguir su impulso de pelarse al coco para el nuevo curso escolar. A este ritmo, se me ocurrió que podrían sancionarla por imitar a un Dalai Lama criollo. Y, a no dudarlo, la masa estudiantil chinarrogante serían los primeros en denunciar el agravio lo mismo en una paladar del Barrio Chino que ante la Excelentísima y Plenipotenciaria Embajada.

El brillo que mi memoria guarda de los juguetes chinos de la infancia ya no puede precisar si era Made In China o Made in Hong Kong. Supongo que pronto dará lo mismo.

Ahí están las guaguas Yutong para zanjar cualquier malentendido al respecto. En ellas viajamos cara pero confortablemente de una punta otra de nuestro pequeño país. Tan pequeño que al parecer sería un desperdicio implantar aquí aquel slogan revolucultural de “dejar florecer cien flores, dejar luchar a cien escuelas de pensamiento”.

Yo también tuve mi período chino en literatura, por supuesto: para mayor confusión, muchos comentaristas afirman que aún transito por él. Por ahí debe andar colgado todavía en la revista Esquife algo monstruoso que titulé TAO-HOANG-SHE-KIANG-TÉ sin saber qué podría esta carretilla decir (se agradece cualquier ayuda en su traducción):

Los palitos chinos o hoang-she-kiang parecen un caos, pero no: son como una gran familia o una pequeña nación. Para los peritos (sean naturales de China o de un barrio chino en el exterior), en cada pieza reencarna un nombre, una jerarquía, un estilo de uso, un tono, y hasta ciertos simbólicos secretos del universo como voluntad y representación. Es tan fácil como asistir a un teatro de operaciones noh.

Así, los palitos chinos o hoang-she-kiang constituyen una ubicua escritura pan-nacional. Lo mismo pueden ser usados como cubiertos (por la ex-monarquía neo-aburguesada), que como objeto galante pre-sexual (entre las juventudes de maovanguardia), que como arma alevosa y artera (la preferida entre los afeminados y revisionistas en general), que como insignia partidista o burocrática o militar (de moda desde 1989), que como juego didáctico preescolar (entre los 3 y 5 años, según el Ministerio de Preeducación Popular), que como sistema portátil de adivinación (xiao) o incluso como autoayuda (tung).

Así, más que una escritura al azar, los palitos chinos o hoang-she-kiang son una suerte de mensaje al ciudadano (sea perito o no) de parte del mismísimo Emperador (Kai-Fú). O, en su carencia contemporánea, de parte del mismísimo Estado (Fú-Kai). El sistema funciona como un juego de ladrillos para armar una muralla que nadie verá nunca desde el cosmos, pero igual es monumental. Se trata de un efecto lingüístico donde cada varilla es a la vez carácter y cárcel. En gramática, a esta paradoja se le llama semiositarismo o tian-am. En política, sería sencillamente gobernabilidad o kong.

Así, los palitos chinos o hoang-she-kiang son la génesis de un vocabulario híper-nacional de incorruptible sentido en el seno de las masas y de su liderato inmanente en cada contexto histórico. Nada de caos, como en un principio el extranjero o el ignorante podrían pensar. Al contrario, cada vez que un ciudadano de la actual república (sea natural o de algún barrio chino en el extranjero) use los palitos para formar un fonema o ping, ya estará convocando, de hecho, siglos y siglos de esta exquisita y exhaustiva tradición pautada. Lo mismo ocurre durante la lectura (hoang-she-kiang-té): quien vibra entre nuestras cuerdas vocales no será tanto la propia voz, como cierto aire de pequeña familia o de gran nación. A través de cada garganta resuenan entonces las notas corales de una traqueotomía chinesca, cuya afinación será siempre la idónea para que cualquier miembro del pueblo la consiga entonar. Es lo que los antropólogos de Occidente han llamado un estado de chinanidad.

Por ejemplo, incluso esta historia portátil o tao-hoang-she-kiang-té, no podría ser contada por nadie sin guiarse a priori por la misma coreografía de palitos chinos, definida matemáticamente en los dos dibujos de arriba (cortesía de estudiantes chinos de visita a nuestro país).