sábado, 17 de octubre de 2009

ONCE UPON ULISES


Imagen: obra del artista cubano Rolando Pulido (New York)

ÉRASE UNA VEZ EN LA HABANA
Orlando Luis Pardo Lazo

Queríamos ser malos. Éramos adolescentes de 12 (yo) y 13 (él) ingenuos años, pero queríamos ser muy malos.

Ladrones de carros. Asaltar un banco. Espiar el desnudo púbico de una vecina descomunal (las escuelas al campo pronto suplirían esta perversa frustración). Y así hasta convertirnos en los héroes malévolos y lúcidos de las películas nocturnas del sábado por el Canal 6.

Él fue Ulises. Yo todavía soy Orlando Luis.

Una noche decidimos llevarlo por fin a la práctica. Nos pusimos de acuerdo a una hora recóndita para nuestras edades: ¡la una de la madrugada! En 1983 la una de la madrugada sonaba tan misteriosa como la eternidad. Hora de brujas encapuchadas y asesinos en serie de clase C que decapitaban.

Salimos sigilosamente de nuestras respectivas casas. Sin hacer ruido. Sin despertar a nuestros padres (todos vivos en esa época). Sin cerrar la puerta de la calle. La arrimaríamos un poco y ya: Ulises y yo, libres de remate en la esquina curva de Fonts y Beales. Los dos dispuestos a convertirnos en profesionales del gran atraco que nos haría millonarios en muy pocos minutos.

Comenzamos a alejarnos. Yo temblaba. De miedo, de excitación. Las luces del alumbrado público relumbraban con un brillo extraño. Estábamos vivos por primera vez en 12 (yo) y 13 (él) años. Salimos a la Avenida de Porvenir.

Entramos por el pasillo planeado. Saltamos a un patio. Subimos por la ventana enrejada de un garaje abandonado y nos vimos de pronto en la azotea del crimen. La luna sobre nuestras cabezas osadas y orates. La sangre a full.

Nos acercamos a la casucha. Tenía un enorme candado, tal como lo intuimos al estudiar en la distancia del día a aquel escenario. Envolvimos el candado en un trapo (de mi cocina) y Ulises sacó un martillete (traído por su padre músico desde Japón).

Contamos. Uno, dos..., aguantando la respiración, ¡tres!, y le rajé un martillazo al candado momificado que Ulises sostenía en su mano.

Fallé. O él tenía puestos los dedos en el peor lugar. Le escaché varios. No gritó, como corresponde a un buen villano cinematográfico, pero se le cayó el candado del trapo, que rodó sobre un zinc súbito dando unos campanazos del carajo. En medio segundo abajo encendieron la luz. Estábamos presos si no nos fugábamos.

Saltamos del techo. Más bulla. Perros ladrando. Corrimos a ciegas por el pasillo. Crucé la acera sin darme cuenta de que era la acera y terminé parado en medio de la Avenida de Porvenir. Con un carro imprevisto a esa hora frenándome en plena cara. No sé de dónde salió entonces la mano sana de Ulises, que me haló lejos de allí antes de que saliera el chofer a comerme vivo.

Corrimos alejándonos aún más de nuestras casas de puertas arrimadas. Es la estrategia de los lobos que quieren distraer al cazador del sitio exacto de su camada. Llegamos hasta Dolores. Doblamos por el semáforo hacia Octava y sólo ahí dejamos de correr. No estábamos ni agitados.

No teníamos ni trapo ni martillo ni nada. Habíamos perdido, además, el botín de varias jaulas de periquitos que pretendíamos robar para criar primero y luego montar un negocio clandestino de venta de pájaros. Éramos dos delirantes. Ulises más disparatado que yo, debo reconocerlo, que apenas me dejaba entusiasmar por su labia.

Regresamos a Fonts y Beales. Ningún ladrón verdadero había penetrado en nuestras respectivas casas. Parece que Cuba era muy segura en 1983. Nos despedimos sin palabras de ánimo ante el fracaso. Pero ese fue sólo el inicio. Después intentaríamos muchas atrocidades más: cada vez más arriesgadas, si bien siempre fallidas en el minuto cero.

Después nos hicimos grandes y Ulises tuvo novias que lo alejaron de mí durante años. Hasta que yo tuve novias que otra vez nos acercaron.

Él tocaba la batería desde la secundaria y se graduó de música para morirse desconsideradamente muy rápido. Enfisema. Un paro. En una fiesta. Un crimen imperdonable que varias veces nos anunció jugando. Por ésta, y por muchas otras cosas que ahora me callo, sé que mi amigo era un actor amado por los dioses (yo siempre más contemplativo y mediocre, condenado a envejecer).

Desde 1998 no lo veo.

Al inicio soñaba mucho con él. Ulises vivo. Ulises resucitado. Y siempre yo le decía lo mismo en cada sueño: “Qué susto, cojones. Estuviste muerto de verdad: ahora sí tienes que cuidarte...”

Y me despertaba con una alegría que se deshacía enseguida, dejándome un sabor salado en la garganta y una mueca de mierda tan pronto recordaba que no. Que desde 1998 hasta el fin de los tiempos nunca lo veríamos más. Ni yo ni nadie.

No nos despedimos.

A cada rato hablábamos con cariño de aquella noche iniciática de bandolerismo amateur protagonizado por niñitos mitad imbéciles y mitad intelectuales. Nos reíamos de las posibles consecuencias. Todavía me río yo solo hoy, pero con el mismo sabor salado de mis sueños con él, ya no en la garganta sino en mis labios (con el tiempo todo flota en la más pura y espuria superficialidad).

Adiós, Virgo (que a veces mal pronunciábamos Bizco para meternos con sus ojos de mil y una operaciones quirúrgicas). Adiós, Ulises XXXI (como en la serie de ciencia-ficción japonesa que vimos juntos, estando ya demasiados creciditos para ver muñes). Adiós, Ulises que nunca llegaste a la nada cubana del XXI.

En la funeraria de Luyanó no te quise volver a ver. Me abracé al cuello de Zoe, tu eterna primera novia, y por primera y eterna vez desde niño pude llorar.

Todavía me pasa.

Cada vez que lloro por algo ya son más espontáneas, pero menos auténticas mis lágrimas. Cada vez que lloro (incluso cuando mi padre), lo único que me viene a la mente entre espasmos entrecortados (típico del enfisema) es que lo sigo haciendo por ti.

Nunca se lo había contado a nadie.

Nunca te lo había contado. El año próximo cumplirías 40 años. Ya es hora de soltarse algunas verdades, ¿vale?

6 comentarios:

Anónimo dijo...

el recuerdo mata apasionadamente, leer sobre ulises afecta a todos lo que pudieron concerlo de cerca y saber a que te refieres con cada palabra. fue como dices una mala pasa que pasara asi tan rapido por la vida sin poder dejar mucho de lo bueno que por dentro tenia, la vida nos demuestra en cada segundo cuan extrana e incomprensible es. porque algunos seguimos mientras otros meramente logran estar unos minutos. yo quizas soy uno de los pocos que en la distancia de los metros y el espacio de los segundos sigo uno por uno tus pasos por el mero hecho de no perder mi pasado. un abrazo, carlos duarte.

Armienne dijo...

Una pintura de Rolando.
Muy bien.

Gerardo dijo...

Pues si, ese era Ulises, uno de los tipos mas especiales que he conocido. Era tan especial que se murio 2 veces. Y no podia ser de otra manera, con un tipo que nos llenaba de vida a todos, cuando ya no dabamos mas de caminar por el monte, y el queria irse a explorar y escalar las lomas de Palmarejo.

Anónimo dijo...

pues si el viejo ulises. en el 12 grado nos pusieron juntos en el grupo de los no deseados, de los que vinieron de otras escuelas, como bien dices los malos. ese 12 grado nos sentamos juntos y jodimos hasta no poder. yo me fui en el 1996, dias despues que muriera por primera ves. por suerte lo vi antes de irme. en el 98 cuando resibi la noticia de que habia muerto, llore solo. nunca pude ir a despedirme por ultima de indiana jones como bien le deciamos en todos esos campismos locos que fuimos. en fin

Anónimo dijo...

Pardo, que bien que te decidiste a hacerle este homenaje al niño que tenía mas vocación para soñar pájaros que para robarlos. Créeme, todavía me duele aquella noche de hace 10 años y seis mil kilómetros. Castillo.

FraCaB dijo...

Gracias, gracias y gracias otra vez por recordarme que Ulises fue real y no un sueño con el que tambien sueño a menudo, que de tan especial que era a veces creo que es un personaje que me he inventado, pero no, ni Joyce fue capaz de crear un Ulises asi.
Nesbel