viernes, 16 de octubre de 2009

RIP, RA



DESCANSA EN GUERRA
Orlando Luis Pardo Lazo

En 1979, alguien mecanografió para el Diccionario de la Literatura Cubana: “Pasó su infancia en el campo. A los doce años se trasladó a Holguín, donde cursó la primera enseñanza. En 1962 se graduó de Contador Agrícola y se trasladó a La Habana. Comenzó sus estudios universitarios en 1964, primeramente de Economía y más tarde en la Escuela de Letras y Artes, pero no los concluyó [...]”. Y después listaron fríamente su Bibliografía Pasiva y Activa, como si de una Historia Clínica o un Manual de Educación Sexual se tratara.

Diez años estequiométricamente exactos después, de la entrada de ese autor no quedaba ya nada que pudiera ser pronunciado o tecleado en Cuba.

Para entonces, en 1989, Reinaldo Arenas había sobrevivido a la cárcel del Morro y se había exiliado vía Mariel. Publicó a pulmón una revistica homónima con diseño de los setenta: Mariel. Fue un apestado ante el glamour izquierdista de la academia yanqui. Reescribió toda su obra y la que le faltaba. Templó mucho, por supuesto, aunque tal vez no tanto como en los potreros y portales de la noche cubana. No publicó demasiado. Retó públicamente a Fidel Castro a jugar a los plebiscitos, como recién había hecho Pinochet. Y, como colofón, con las venas pinchadas por sueros placebos, dictó una catarsis apoteósica llamada “El color del verano”, que comienza con una “obra ligera en un acto (de repudio)” que supuestamente se desarrolla en el futuro de diez años después.

Para entonces, en 1999, Reinaldo Arenas ya se había matado algunos diciembres atrás (tres días antes de mi cumpleaños).

Diez años estequiotétricamente exactos después, de esa novela límite no queda en Cuba sino el rumor cómplice de una crítica que aún no tiene el coraje de legitimar la biografía radical (y no sólo la obra) de Reinaldo Arenas ante la institución cultural cubana.

El silencio todavía es su signo, a pesar de los cuentecitos que poco a poco se van filtrando sin copyright en las antologías de narrativa nacional. No nos atrevemos a defenderlo a voz en cuello delante de un cargo oficial con guayabera (ni siquiera lo mencionaremos si el funcionario porta además una walkie-talkie).

Recuerdo que en el 2006 tuve que lidiar con una señora que trabajó con Reinaldo Arenas en la Biblioteca Nacional. Yo debía recoger la novela “El asalto” que una extranjerita (alquilada en esa casa) había dejado para un amigo escritor. La señora, con el libro confiscado entre sus manos, me retuvo media hora averiguando quién era yo (le aseguré la verdad absoluta de que era el editor de una revista oficial: Extramuros). Entonces me forzó a oírla disparatar sobre lo mucho que en Cuba lo habían apoyado hasta que, desafortunadamente, de tanta calistenia sexual y delirio de persecución, ¡el pobre paranoico de Reinaldo Arenas se volvió literalmente loco!

Aquella tarde aprendí muchísimo de qué cosa significa leer para el pueblo de Cuba (me disculpan la generalización).

Como otra curiosidad, en la biografía autorizada de Carilda Oliver Labra, ella o Urbano Martínez Carmenate o ambos, dedican un enorme asterisco a desmentir casi jurídicamente los delirios que Reinaldo Arenas fabula sobre una visita a Matanzas. Así triunfa póstumamente el realismo bárbaro sobre la libertad o al menos su ilusión literaria.

Hoy pregunto a mi alrededor a la gente de la calle y, cuando más, recuerdan haber visto “Before Night Falls” en un banco de videos piratas. Pregunto a los electrones libres de nuestra Generación Año Cero y lo han leído con bastante desinterés: se les ha desleído esta novelística política, pues para ellos Cuba es un tema ya muy obsoleto. Te pregunto ahora a ti: ¿qué te dice Reinaldo Arenas en medio de la nada inercial del año 2009?

1979-1989-1999-2009: poliedro de las blanquísimas efemérides (nuestra corteza cerebral es un jabón Candado donde patina la bibliografía pasiva de nuestra desmemoria activa como país). Reinaldo Arenas seguirá siendo un fantasma libre de nosotros, por suerte para él. Cuando los cubanos de Cuba lo acaten por fin mañana, ya será demasiado tarde para traducirlo con placer de vida, por desgracia para nosotros.

Sus textos serán entonces, en el 2019 o 2029 o 2039 o 2049, la arqueología de una escritura en fuga a la par que en resistencia contra el coágulo totalitario. Pero sólo eso. Un mártir literario. Una asignatura por aprobar en Humanidades. Como pueblo, nos perdimos para siempre su día a día lectivo, la sorpresa del nuevo relato un poco más descarado y triste que el anterior.

Reinaldo Arenas dará jugosos ensayos (ya los está incubando) y bautizará (ya los bautizó), para horror de su alma, más de una fundación nacional literaria o de orgullo gay/lesbian o de derechos civiles minoritarios.

A Reinaldo Arenas costará leerlo como un simple contemporáneo adelantado, ni como aquel guajirito incorrecto y mimado que buscó diablescamente a ciegas nuestro cariño, mientras se hundía en los odios materialistas de una ciénaga revolucionaria que hasta en su nota de suicida lo salpicó.

Así, la obra de Reinaldo Arenas está condenada, por un lado, a la universalidad instantánea: triunfó directamente en el mundo sin trucidar primero a su patria natal. Por el otro, a la inquina de la ignorancia por decreto ministerial: su instinto de conservación lo sustrajo de la isla demasiado temprano para que sus inéditos quedaran por aquí (dice la leyenda que la Seguridad sí los tiene).

Personalmente, en algunas noches del inviernito de Lawton he escuchado su voz (al menos la voz de sus grabaciones audiovisuales). En diciembre, tarde en las madrugadas de cielo ausente, que son tan típicas de un frente frío bajo el Trópico de Cáncer. En la primera semana del mes, casi siempre. Alrededor del día 7. La música redondeada y sin demasiadas consonantes de la voz de Reinaldo Arenas vuelve entonces a mi casa de tablas.

Me habla.

Me cuenta terrores de adolescente y trata de toquetearme. Tiene fiebre, tose, no se le entiende mucho de lo que habla (en los peores momentos parece una caricatura de Javier Bardem). Reinaldo Arenas me pregunta por la salud de su madre y, por supuesto, por la de Fidel (los muertos políticos se preocupan edípicamente por la salud ajena).

Yo le respondo que bien y bien. Que su madre y Fidel están muy bien. Que se cuentan terrores de viejos y tratan de toquetearse entre sí. Que por teléfono me preguntan por él, pero la llamada siempre se cae antes de yo poder contestar. Y que los dos se duermen como dos angelitos en el mismo cuarto de tablas, bajo el mismo mosquitero súper-remendado como toda historia local: allá, lejos, tan cerca, en la ciudad homoprovinciana de Holguín.

Entonces le voy a pedir un abrazo supongo que bastante cinematográfico y noto que la voz de Reinaldo Arenas ya no está en off. Sigo solo. No me tapo. Hace frialdad. Tengo fiebre, toso, y no se me entiende mucho ni lo que callo. Y otra vez sé que debo esperar al diciembre siguiente, unos tres días antes de mi cumpleaños.

Lo digo con tiempo ahora para los incrédulos.

Otra vez ya te espero, bebé maldito y magnífico hijo de puta: querido cadáver exquisito de Reinaldo Arenas.

2 comentarios:

RolandoPulido dijo...

Esquisito...plenamente esquisito,
yo estoy seguro que el piensa lo mismo.
Su energia esta en nuestra memoria, cada dia ayudandonos a ganar su lucha...nuestra lucha.
RP

El Niño Atómico dijo...

Lo más triste del caso es que si le preguntas a cualquiera en Miami que quién es Reinaldo Arenas, o Lezama Lima, o Cabrera Infante, tienes 99 probabilidades de 100 de que la persona no lo sepa. Ignoramos nuestra literatura y arte aún más de lo que ignoramos nuestra historia.