sábado, 3 de octubre de 2009

s / t


S / T
Orlando Luis Pardo Lazo

Hoy vi otro de esos operativos de seguridad. A las seis y media de la tarde del viernes 2 de octubre de 2009. En La Habana, Cuba, América, La Tierra.

Hombres uniformados de civil apostados en las cuatro esquinas y más allá de los portalones de Infanta y Neptuno. Pulcros, comunicados entre sí por modernos móviles de línea libre. Tipos efectivos y precisos. Casi preciosos. Muchos. Y reconcentrados en su área de acción (el resto de lo real les resultaba invisible, incluido yo, o al menos eso quise creer para parar paranoias).

Estuve un rato a la caza fílmica del supuesto evento a reprimir o acaso a monitorear, pero me fui sin que aún entraran en acción. Lucían tensos y no temían hacerse notar (hasta un policía muy joven que pasó por la parada del P-4 pareció sorprenderse, pero por supuesto ni preguntó). Tal vez el objetivo de los cuerpos de seguridad sea justo ése: no dejar que nadie actúe para, consecuentemente, tampoco tener ellos que actuar.

Profilaxis política. Parálisis apriorística.

El resto es pura poesía pragmática. Pasto compasivo o patético para compatriotas. Fuera de ese tono de ocupado perenne sólo existen el vacío y la locura en derredor (el mausoleo y el manicomio de Octavio Paz). Por eso la simulación ha devenido entre nosotros más cura que enfermedad: nadie quiere quedarse solo; nadie quiere convertirse en loco en medio de la cordura colectiva.

El país responde óptimamente a los patrones intestinos de presión.

El tiempo nacional no es un ente abstracto sino muy concreto: un constructo delicado que se ensambla provocando y previniendo acontecimientos.

A estos efectos, el azar sería el fin de nuestra noción de nación.

Pienso toda esta perorata mientras escucho en el iPod el soundtrack de “Good-Bye Lenin”, la música minimalista de Yann Tiersen, y la tarde de mi ciudad cerebral se tiñe poco a poco de negro.

No ha sido un día de clima desagradable. La noche promete un retoque de invierno. Es octubre, por suerte.

La gente viaja con la vista en cualquier otra parte, ni siquiera en el paisaje. Un paraje compuesto apenas por rescoldos de carencias en la desmemoria de cada pasajero. Lo siento, no puedo evitarlo. Somos absolutos desconocidos. Es como caer en una cárcel o en un hospital. Y no compartimos más que ese mutuo no ser ahora, incluso estando todos compactados aquí.

Es sobrecogedor, incluso estéticamente sobrecogedor. Un pasmo, un pánico.

A donde quiera que mires los otros siempre aparecerán allí: sea con sus móviles y maneras de soldados de élite; sea con la mirada muda y mórbida de los post-obreros.

Hace frialdad. Huele a húmedo. ¿Habrá invierno este invierno en Cuba?

Saco media cabeza por la ventanilla. No estoy triste. No estoy triste. No estoy triste. Meto media cabeza de vuelta a mi cuerpo.

A donde quiera que dejes de mirar, los otros siempre desaparecerán de allí: sea con sus uniformes de civil e instrucciones higiénicas; sea con la percudida mansedumbre indisciplinada de los post-obreros.

Quiero quedarme solo.

Quiero convertirme en un único loco en medio de la cordura colectiva.

Nadie interfiera con la efímera felicidad de ser yo el último autor.

2 comentarios:

Rolando Pulido dijo...

Miedo...maldito miedo.
OLPL, no debes esperar ver "un cambio" en la calles.
La gente vive el dia a dia como siempre, ellos NO saben que existe otro modo de vivir. Las masas son asi...siempre esperando que "alguien" les resuelva el problema y asi pasan los dias y los años.
NO estas solo, solo que los cambios lo estan haciendo ustedes y desgraciadamente el pueblo NO lo sabe.
Convoca a mas gente a hacer lo que tu y veras que se suman.
Miedo...maldito miedo
RP

El Niño Atómico dijo...

Te debiera dar mucho ánimo lo que estás logrando. Poco a poco, como decía Chan Li Po, pachencha, mucha pachencha.