martes, 3 de noviembre de 2009

COMIN’ UP SOON ON PAPER...


DECÁLOGO DEL AÑO CERO
Orlando Luis Pardo Lazo

1
Orlando se ha dejado crecer la barba, también el pelo. Ipatria le advirtió que estaba flaco y que las ojeras, de tan oscuras, parecían un par de piñazos. Orlando hizo una mueca de angustia. Cruzaban la avenida Línea y él le dijo que estaba en crisis:
—Estoy perfectamente sano, pero día a día La Habana me enferma más.
Ipatria no quiso reprimir una sonrisita. No es que Orlando esté loco: es sólo que a veces resulta demasiado Orlando, incluso para él. Ipatria lo tomó del brazo y lo haló. O empujó. O ambas palabras. Y así escaparon del sol cubano. Se metieron bajo la sombra de la iglesuca, en la esquina de Línea y 16. Era un convento en ruinas, pero nada hacía pensar que no estuviera habitado por Dios. Dios siempre tarda bastante en darse cuenta de la barbarie. Tal vez por eso mismo sea Dios.
—No te rías –Orlando estremeció los hombros empinados de la muchacha: hincaban–. ¿Por qué no me crees?
—Porque eres el peor escritor vivo del milenio y el mundo.
—Te juro que esta vez no soy yo. La culpa es de La Habanada –atrajo el cuerpo de la muchacha hacia él–. Así se llama esta nueva crisis: Habanada –y le dio pequeño beso en los labios–. Gracias, Ipatria, por ayudarme a nombrar.

2
Orlando intenta explicar a Ipatria que el tiempo es un retrovirus. Jamás logra convencerla, por supuesto. Le falta léxico. Carece de un argot de combate para revolver las heces. No domina del todo el hezpañol. Al parecer, todavía quisiera vivir. Se desespera, pero igual no encuentra un vocabulario.
—Me falta un vo-cu-ba-la-rio –se queja sí-la-ba a sí-la-ba como si él fuera un bebé.
Ipatria imagina a Orlando imaginando una Habana sin historia ni histología. Esa Habanada entre amnésica y anestesiada que él en vano trata de describir. Aunque sea inútil, ella quisiera alegrarlo. Siente pena de Orlando y unos deseos enormes de tumbarlo sobre algún banco de iglesia y allí mismo, en la penumbra divina, hacerle de una vez el amor.
Entonces Ipatria le recuerda a él su propia idea de tomarle fotos a la ciudad. De echarle una mirada desde la ingravidez: las azoteas, los techos a dos aguas, las tendederas raquíticas, los tanques mohosos donde se crían aedes, las palomas entre el robo y el sacrificio ritual, los mil y un objetos abandonados a la intemperie, que a ambos les gusta leer como un crucigrama sin clave.
Así que Ipatria le extiende la cámara a Orlando y le dice:
—Sube ahora, ve.
Y lo deja alejarse del banco, con la Canon ya colgada en su cuello, como una piedra de sacrificio o una promesa. Como si Orlando fuera un turista más trastabillando entre los feligreses. Como si todo no fuera tan triste que casi da pena escribir o fotografiar.
Con suerte, piensa ahora Ipatria, el muchacho que ella ama subirá ahora hasta el campanario, y desde allí se inventará su propio observatorio de fotos: mitad privado y mitad nacional, mitad roñoso y mitad adorable, mitad Ipatria y mitad Orlando.
—No te mates, mi amor –pronuncia ella en voz baja, para que Dios no la oiga y se entusiasme con tan hermosa posibilidad.
—Mejor mátate tú –le susurra Ipatria a Dios.

3
Orlando se arrodilló. Enfocó el objetivo, verdadero telescopio de medio metro. Hacía un sol de jauría: pensó que así no podría resistir demasiado, pero al menos no tendría que usar el trípode. La luz era líquida y casi no era necesario ni disparar: los reflejos se impregnarían solos en el negativo, sonrió: luz negativa y dura como fotones de cuarzo irreal.
Orlando vio los automóviles arcaicos a tope de velocidad, paseantes en cámara lenta, una alcantarilla destapada y un manantial albañal. Vio el sanguinolento ojo de un semáforo, rebotando en la canopia de los flamboyanes: árboles mucho más viejos y vivos que él. Vio el malecón y diez millones de esquirlas entre la espuma y la nieve. Vio la línea claustrofóbica del horizonte, nubes pulidas como espejos aunque ninguna lo reflejó, y vio la punta filosa del monolito de la Plaza de la Revolución: su pararrayos cósmico siempre coronado de auras. Todo un alef maléfico que, de tanto contemplarlo en silencio, al final Orlando nunca lo retrató.
Orlando preferiría no hacerlo. Se sintió otra vez Bartleby cansado de tanta ingrávida carga. Fotos, ¿para qué?
Ahora sólo desea bajar. Huir hacia Ipatria. Pero la caída libre lo asusta. Es imposible llegar hasta la muchacha que él ama de un salto. La escalera de caracol lo espanta todavía más. Incluso la palabra libre le da pavor. Pobre Orlando mío, perdido entre estos bosques, sonríe él mismo, y nada puedo hacer para ayudarte.
Como escritor podrá ser un fiasco, piensa Orlando. Pero ese miedo es su única garantía de sobrevivir y no traicionar a Ipatria. Palabras, ¿para qué?

4
Orlando se pone de pie. Tira una piedra. En realidad, la patea. A sus espaldas repicaron cinco o seis campanadas. Se acaba la tarde y empieza el tedio. El eco de los metales lo acompañó durante su descenso por los retorcidos peldaños. Náusea y vértigo girando a la izquierda: el muchacho llegó abajo mareado, con las pupilas alteradas por la adrenalina y el exceso de radiación solar. Casi a ciegas. Como quien busca refugio de un holocausto atómico.
—¿Terminaste el rollo? –Ipatria le dio un abrazo–. ¡Te demoraste!
Orlando le contestó que ya podían partir. Es decir, no le contestó. La amaba demasiado para narrarle ciertas escenas que día a día ocurrían dentro de su cabeza de 36. Al fin y al cabo ella sólo tenía 23. Igual Ipatria se imaginaba allí dentro un teatro muchas veces peor.
Orlando simplemente cargó la mochila y devolvió la Canon al cuello estirado de la muchacha: una modigliani fuera de moda.
—¿Adónde vamos? –preguntó Ipatria.
—A los montes verdes –y Orlando supo que la frase abría entre ambos el abismo de toda una generación pasada por la TV.

5
Caminaron. Para él, la ciudad había agotado sus baterías. Ahí estaba todo, pero varado. Vaciado. Viciado por la rutina de la heroicidad.
¿Hasta cuándo les duraría la magia a Ipatria y a él? ¿Hasta cuándo la resistencia contra las sustancias retóricas de la irrealidad? ¿Hasta cuándo sus propios ciclos de locura sin cuerda y paralizante cordura? ¿Alguna vez volvería a fotografiar la barbarie desnuda de un planeta llamado Habana? ¿Y a escribir en su diario sobre aquel caparazón de concreto: primer exoesqueleto libre de América, artrópodo kafkiano que ellos amaban y odiaban hasta el insulto y las lágrimas? Habanada, mon amour: ciudad con hache, letra muda. Y a Ipatria, ¿alguna vez volvería a fotografiar la bárbara desnudez de su cuerpo, quejándose, abierto de par en par bajo el suyo? Ipatrianada, mon amour: país sin hache, letra mordaz.
Caminaron un poco más, 26 arriba. Llegaron a la cima de una colina. El sol de la tardenoche le arrancaba al asfalto un tufillo letal. Un vaho. El Vedado reverberaba como homenaje póstumo al año cero o dos mil. La isla era una larga y lúcida cámara de gas.
Orlando contempla a Ipatria: un rostro delgado y pálido que, a cambio de nada, en un acto útil e innecesario, ha decidido amarlo sí-la-ba a sí-la-ba a él. La muchacha se estira, parece cansada pero no se sienta, y su sombra se convierte de pronto en una chimenea infinita: una saeta negra deslizándose sobre el asfalto 26 abajo, desde la colina hasta el mar.
Orlando imagina entonces que esa silueta es la manecilla caída de ningún reloj: sombras cubanescas que se quedaron sin tiempo. Es la hora cero. Más o menos así podría empezar la novela que Orlando prefería nunca escribir. Todo con tal de no traicionar a su entrañable y vago Bartleby. Al menos él no va a escribir nada mientras no quede atrás el bombardeo de consignas y comerciales que por décadas han cacareado un año cero o dos mil. La muchacha, por supuesto, no ignora ese efecto humillante provocado dentro de Orlando por la demasiada reiteración.
—Tengo sed –la voz de Ipatria es un eco hueco, como salida de un sueño que no están soñando ni ella ni él.
Y es verdad que hacía ya mucha sed. La suficiente para despertar. Aunque ningún sueño a dúo podría nunca saciarlos allí.

6
Es la hora cero. Orlando se ha dejado crecer la barba, también el pelo. Está flaco y las ojeras, de tan oscuras, parecen un par de piñazos. Quizá se mate o se haga matar, no es una cuestión de crisis, sino de enfermedad al nombrar. Orlando hace una mueca de angustia. No está loco, está concentrado, y va arrancando las fotos de un álbum según las recorta con una tijera. Lo hace meticulosamente, sí-la-ba a sí-la-ba, con estilo de autista. Son fotos de Ipatria, desnuda. Mientras Ipatria, todavía desnuda, desde la otra esquina del cuarto, lo deja crear. Creer. Ella es una muchacha ingrávida, ida, libre, hermosa, con una década menos en la memoria y por eso mismo casi real: Ipatria es un estado de coma. Orlando sabe que, después de recortar la silueta de quien tanto lo ama, a él le será imposible pronunciar sus tres sílabas otra vez. "Su nombre empieza donde su imagen se acaba": más o menos así podría empezar la novela de Ipatria que Orlando prefería dejar de escribir.

7
Una patrulla levantó una nube de polvo con el frenazo. Se abrió la portezuela del chofer. Tras un par de gafas uniformadas, el hombre dio las buenas tardes y les pidió el carnet.
—Me entregan la cámara, por favor.
El auto no demoró en partir. Con Ipatria y Orlando dentro, rígidos como dos desconocidos en el asiento de atrás. Él quiso bajar el cristal de la ventanilla, pero ella le hizo notar que faltaban las maniguetas. El auto parecía una pecera con oxígeno limitante. Tan pronto desembarcaron en la estación de Zapata, la muchacha fue la primera en hablar.
—¿Por favor, alguien podría explicarnos qué pasa?
—¿Ustedes son ciegos o no saben leer? –fue la respuesta de un hombre uniformado de civil–. Toda esa zona de la colina es un objetivo económico-militar. Más grande no podía ser la valla que lo anunciaba: NO PICTURES / PROHIBIDO FOTOGRAFIAR.
—Pero nadie hizo ninguna foto –fue el último parlamento de Ipatria que Orlando entendió de principio a fin.
Las averiguaciones duraron hasta pasada la medianoche. Al final recuperaron la Canon y los teleobjetivos, pero no el rollo Konica aún virgen que estaba dentro. Fue un largo proceso hasta que los peritos verificaron la inocuidad de aquella cinta comercial. Ninguna luz había impregnado allí. La sospecha de espionaje económico, militar o turístico por el momento no se aplicaba con ellos dos.
Una oficinista con ojos de luz fría les aseguró en tono confidencial que la multa impuesta sería la "cuota mínima prevista en la vigente legislación": unos pocos pesos en moneda nacional.
Ipatria y Orlando agradecieron su gesto y a cambio ella los acompañó hasta la escalinata por donde se salía y entraba de la estación: el local probablemente había sido una lujosa residencia privada. Cuando desembocaron sobre la acera, los dos se voltearon y vieron que, desde el último peldaño de mármol, la mujer de ojos gélidos aún les decía adiós. Con la mano, en orgulloso silencio: estaría sobre los cincuenta, pero en contraluz a ellos les parecía un ser inmortal. Orlando estuvo tentado de pedirle que se dejara hacer una foto. Pero no.
Se alejaron. Afuera, el universo era un escándalo de estrellas, cada una titilando a la manera de un flash de repetición. Paisaje cóncavo sin nubes y sin luna: una noche sin noche que, rebasado todo aquel horror o error, seguramente no valdría la pena ni describir.

8
En la curva de Zapata y 12 cogieron una P-2 con asombrosa facilidad. Era un ómnibus importado como donación del País Vasco o de Cataluña: a estas alturas de la historia, ¿para qué distinguir? Lo importante no era el sentido de los carteles que colgaban del techo, sino el aire acondicionado que aún funcionaba: algo así como el primer milagro del mundo, una mueca al subdesarrollo que acaso nunca llegó.
A esa hora la P-2 viajaba casi vacía, desplazándose al máximo de velocidad. Ellos permanecían de pie, abrazados, la mochila entre ambos como si fuera un bebé: la cámara y los teleobjetivos a medio desarmar allá dentro, objetos pesados que con gusto habrían abandonado bajo un asiento vacío. Por alguna extraña razón, ninguno atinó a sentarse hasta muchos kilómetros después, justo cuando llegaban a la parada del barrio y ya se tenían que bajar.
Orlando sintió que no reconocía al paisaje ni a su acompañante. Ipatria no sintió nada irreconocible en ninguno: en todo caso, le daba mucha pena que su amor otra vez tuviera ganas de matar o hacerse matar.

9
—Tengo la sensación de que esta noche me enfermo de verdad –fue la primera frase de Orlando después de horas.
Ipatria no quiso reprimir una sonrisita. Estaban en la sala, de cara al televisor encendido con llovizna y scratch. La muchacha tomó a Orlando del brazo y atravesaron de punta a punta la casa, hasta desplomarse en la habitación de él: tendidos sobre la cama destendida desde muchas horas o siglos atrás.
—Definitivamente –ella estremeció los hombros caídos del muchacho: hincaban–: el peor escritor vivo del milenio y el mundo.
Orlando acarició aquella frente delgada y pálida de una Modigliani insomne en la madrugada cubana. Ipatria lo atrajo hacia sí y le dio un pequeño beso en los labios.
Orlando cerró los ojos. La luz fría que colgaba del techo desapareció. También la vaga idea de cómo no escribir una novela a contrarreloj. Y desapareció el alef infotografiable de aquella ciudad que él hubiera querido recortar con tijeras y desarmar un álbum. Y desapareció también su barba crecida. Y sus ojeras, como un par de piñazos. Y todo el resto de su argot de combate, agotado sin rollo Kodak ni cámara Canon. Y también, por supuesto, allá lejos y tan cerca, sobre la cuerda floja del horizonte, desaparecía al final la punta podada del monolito de la Plaza de la Revolución, de noche siempre desierta o tal vez desertada hasta por las auras.
Todo desapareció al otro lado de sus párpados cerrados de par en par. Todo, excepto el abrazo gélido de Ipatria, maga muda en cuya sombra Orlando se durmió o fingió dormirse.

10
Orlando se levanta y va al baño. La luna le da en el rostro y su imagen es hielo muerto en el espejo del botiquín. Busca allí, por fin encuentra: es una navaja de las mecánicas, sin baterías. Huele el metal. Brilla tanto en sus ojos que una idea salta demencial y perfectamente higiénica en su cabeza. Orlando no quiere reprimir una sonrisita. Algo se acaba y nada comienza para él. Pero no hay peligro, es sólo un gesto: llevarse al cuello la afilada hoja y pensar en Ipatria, tendida sobre la cama destendida hasta muchas horas o siglos después. Orlando aprieta la cuchilla, se ayuda con la otra mano. Meticulosamente, sí-la-ba a sí-la-ba, con estilo de autista, se va convirtiendo en un muchacho ingrávido, ido, libre, hermoso, con una década más en la desmemoria y por eso mismo casi irreal: Orlando es otro estado de coma. Sabe que, después de recortarse radicalmente la barba, la muchacha que lo ama de gratis ya nunca lo perdonará. "Su imagen empieza donde su nombre se acaba": más o menos así podría terminar la novela de Ipatria que Orlando preferiría nunca escribir. Los pelos caen en el lavamanos y un chorrito de agua los borra con un remolino en contra de las manecillas del reloj: náusea y vértigo girando a la izquierda. Orlando se afeita mareado, con las pupilas alteradas por la adrenalina y el exceso de radiación lunar. Casi a ciegas. Por el tragante se escurre también el rompecabezas de su imagen invertida dentro del espejo, y Orlando asume esa pérdida como una buena señal: "ser menos yo", sonríe él. Como siempre le ocurre con las fotos y las palabras, aunque aún no ha pasado nada, para Orlando es la hora cero otra vez.

1 comentario:

RolandoPulido dijo...

Señor OLPL, si-la-ba a-si-la-ba otravez me mandastes por ahi en una de esas voladas que me dejan loco...es maravilloso, estupendo.
Orlando y su Ipatria...¿sabe ella cuanto la amas?...no se lo digas...pero no pares de demostrarselo.