domingo, 1 de noviembre de 2009

CUBA A SOTTO VOCE


BRETON ES UN BOBÓN
Orlando Luis Pardo Lazo

“Los Cubanos” o “Breton es un bebé” se deja leer como un road-movie retrovolucionario en clave documental. Su director, Arturo Sotto, desde el inicio fue un rara avis para nuestra cinematografía free-lance u oficial. Ahora, intentando una jugarreta de surrealismo intelectual, nos devuelve una obra maestra del horror en clave docubamental.

Una hora fílmica a solas, de punta a punta de nuestro multitudinario país (con tres cubanos juntos ya suena a legión). Collage que parte de lo carismático y carnavalesco, para convocar las fallas geológicas de una nación nunca narrada: esa Cuba confidencial susurrada a gritos desde la honda superficialidad de un patio interior. Cisterna sísmica. Pozo cegato (archipiélago de gato o gulag encerrado: muchas mechas incendiarias no se prenden por falta de oxígeno). Son otras Cubas y, por supuesto, es ninguna: ninguneadas. Deconstruccuba, incluso si esta obra fue concebida sólo como un poema avi de amor (ávido de una tradición del atraso).

Fue Onelio Jorge Cardoso el que narró una fábula cándida sobre la violencia del niño contra los animales. Como todo pueblo históricamente infantilizado, aquí también nuestros compatriotas se entienden mejor con los animales que con ellos mismos (así sea para sacrificarlos cruelmente a cambio de nada): nos entendemos mejor como los animales.

Puñaladas en el cuello, lamedera de sangre in situ, azuzamiento histérico y depresiva domesticación, sarna tediosa del mediodía post-nacional: la fauna insular sale cojeando de este proyecto del ICAIC que podría concluir con la nota paródica de “todos los animales que aparecen en este film perecen”.

La crueldad folclórica da ira a 35 arqueadas por segundo. A nombre de dioses que ya ni recuerdan cómo invocar, el cubano se venga con las bestias como anuncio de quién sería quién si ocurriese una situación de barbarie.

Animismo unánime, totalitarismo micro, fanatismo anti-ecológico. Sectas donde todos visten de blanco sin complejo ninguno por sus pecados. Búsqueda de intensidades colectivizadas que el Homo Cubensis por sí solo no tiene imaginación para protagonizar. Necia nación del N+1 (delirios donde se queda corto Deleuze).

Es la vuelta a la horda. El clan-clan de los aplausos: chan-chan epidérmico. La pandemia del performance perpetuo. Luzbel de Yara. Todo lo sólido se desvanece en Baire. Desolación bajo el demasiado pero desasido sol: ¿y qué hago yo aquí donde todo es tan grotesco de hacer...?

Y aún después, para colmo de coprofilia, a momificar al chivo Perico (momia de museo municipal, en cuyo cuero las protestas populares colgaban pasquines políticos, hasta que la policía de Machado lo convirtió en un mártir de la imbecilidad sindical), y tal vez también a la vaca récord Ubre Blanca (leche paleoproletaria), y por qué no al burro que montaba Camilo en Oriente, y hasta a un perro experto del Ministerio del Interior (aunque no todas estas “carnes en conserva” se mencionen dentro del audiovisual, pero sí una que convivió un cuarto de siglo en el cuarto de su erudito: eros inaudito en La Tenia de Cuba).

Tras el toque o teque de censura en la pinareña comunidad de Los Acuáticos, el agua y el ron igual campean por sus respetos a falta de un remedio mejor para la sanación del cuerpo y el alma. Agua bendita en pepinos plásticos de refresco gaseado. Cola hasta para consultarnos. Alcohol vencido versus enfermedades mortales (el espíritu de la patria). Mortero médico para cansar al cáncer. Exorcismos y catatonias a ras de la tierra colorada, sin ningún tipo de efectos especiales porque la vida misma ha devenido un defecto especial.

Baños rituales de huevo y humo. Malas palabras de miel como choteo del esqueleto que aún no quiere morir. Miedo en una miríada de miradas (también esa sonrisa mansa de la nobleza o la insania): arte de locos que en verdad es la llave de nuestros campos, como en aquel ensayo de Breton de 1953 (el año en que al Apóstol lo resucitaron en el Moncada). Hasta Friedrich hubiera sido un buen bebé aquí: un feto fósil cubanietzsche.

Pueblos póstumos, apuntalados. Fiestas fantasmas, falsas. Gente fofa, fea. Y el cameo del director paladeando a sotto voce del boom que, de toda imagen cubana, emergerá espontáneamente la belleza y la bondad (acaso no la bonanza).

Paleopresente de lo que antes fuera un pasado apuntando al futuro fútil que de pronto ya es hoy. Con entierro de Pachencho y todo, en el Santiago de La Habana, donde sacerdotes y viudas de atrezo interpretan cada año el mismo episodio de bayú necro: un viejo de rumba en su ataúd. Y con Ciudad Nuclear y todo, devenida reactor humano de memorias radiopasivas (Fidel puso a llorar a su mano de obra en paro permanente desde 1992). Jura what...?

Ruinas de Stonehengels tras la Larga Marxcha del siglo XX. Mitos criminales pre-Cecilia Valdés. La pasión como mentira de todas las cosas y medida de todas las carroñas. Zonas de silencio electromagnético rellenadas con el empeño empírico de un genio de a pie, concentrado en su cometido de convertir el vacío en victoria.

Y Fidel fajado en una campaña por la campana de La Demajagua, que un gobierno republicano robó y después ascendió a los grados de Mayor General: a la campana, no a Fidel (así como en 1980 un cubano subiera al cosmos tierra sancta de esa misma finca redentora de su raza).

Y, como colofón, el mito mefítico de los orígenes, del reencuentro con los primeros cubanos. Ay, Cubay. Taínos degenerados por el pastiche de sémenes y sangres (y sífilis). Omnisciente mural de la prehistoria. Encías sin molares. La maldita circunstancia de un océano de ancianos por todas partes, incluidos los menores de treinta años (joven no ha de ser ni quien lo quiera ser...). Todo un alef o areíto arqueológico exhumado en pleno 2008 por Arturo Sotto.

Leo tanto desperdicio de actividad espiritual humana como un sinsentido contranatura. Por eso me resisto a comulgar con semejante identidad de tristezas unitarias y solitarios de remate. Me irreconozco en sus risas de camaradas. Fugo de la camada sin despedirme del vecino que me vio nacer (me voy porque me vio nacer). Leo las facciones de la locura y la pobreza machacando cualquier conato de autenticidad. Teatro de marionetas. Títeres que sobrevivieron a todo, excepto a sobrevivir sin su titiritero.

No sé. Será que practico una suerte de escepticismo de cordón (umbilical). Socialipsismo cinéfobo. Pero, a pesar de todas mis taras leeporinas, “Los Cubanos” o “Breton es un bebé” me pareció un documento excepcional: los apuntes de una ficción non-fiction que me es ajena, pero que sin duda será superior a todas las décadas de documentalismo Made in ICAIC.

1 comentario:

Anónimo dijo...

que paso con vocescubanas que hace 3 dias no logro acceder?