jueves, 5 de noviembre de 2009

REVOLUCIONEWTON





LAS LEYES DE LA DEMODINÁMICA
Orlando Luis Pardo Lazo

Como en un minicuento genial de Enrisco, algunos se detienen a sí mismos como gesto de resistencia o al menos auto-afirmación. Se aferran a unas coordenadas geográficas, se inmovilizan, se plantan, y dejan el tiempo correr a través de sus cuerpos estáticos. Mutan en seres sésiles por un segundo o una semana. Sacan sus pancartas de cierto estilo. Y desde ese búnker fijo intentan proyectar mejor la voz propia, en medio de la barahúnda o barbarie diaria de los demasiados discursos.

Como en ese mismo minicuento genial de Enrisco, otros prefieren el movimiento perpetuo como gusto de resistencia. No permanecer más en ningún tiempo ni espacio fijo, desmarcarse del resto con la marcha (incluso con la marcha en círculos), dinamizar y dinamitar cualquier conato de claustrofobia o paranoia patria. Nomadismo sobre un eje urbano imaginario. Por supuesto, también sacan sus pancartas de cierto estilo. Y desde esa poesía cinética intentan proyectar mejor la voz propia, en medio de la barahúnda o barbarie diaria de los demasiados discursos.

La pancarta parece ser el denominador común de ambas estrategias de self-expresión. La pancarta, que es de por sí un lugar común: un icono de que algún slogan nuevo hemos descubierto para imponérselo a la sociedad. La pancarta, que es fea y obliga a leer desde la distancia, en lugar de invitarte a participar con la magia de un destello humano (con la maravilla de un deseo humano). La pancarta, que deshumaniza en simple vocero a quien la porta como un arma incluso del pacifismo (MAKE LOVE, NOT BANNERS).

Por estos días, en La Habana (Cuba, América, La Tierra) proliferan hombres y mujeres y adolescentes que ejercen este derecho en duda desde ambos bandos. Algunos exigen cosas en coro y otros apenas las exhiben en corro. Algunos con acoso policial-popular planificado a priori y otros acaso desde la sonrisa súbita in situ de lo que nos super-sorprendió. Algunos con advertencias y amenazas y represalias, y otros todavía ignorantes de cuál pueda ser la reacción social (zoocial).

¿Pero por qué siempre tendría que existir una reacción? ¿Por qué ciertas sociedades tienden a reaccionar en vez de revolucionar? ¿Cuándo el Primer Mundo penetrará en la percepción de este provinciano país ante quienes prefieren plantarse como una plomada o moverse como un péndulo a perpetuidad?

Y, saltando del plano ético a la pose estética, ¿por qué esa proliferación permanente e impertinente del género “pancarta”? ¿Por qué no una aceleración de abrazos a la autoridad (a ver cómo responden) o echar flores que abran mañana entre los barrotes de hoy (el pétalo como password de la libertad) o dar besos a los mendigos (esos olvidados de todos los bandos) o regalar tarjetas postales de vida más que navidad (la vida pudiera no estar en ninguna otra parte sino en la punta de tu nariz) o energizar un abrazo colectivo que invada e infecte al tráfico patiseco de choferes y peatones (la democratermodinámica como asignatura pendiente) o ralentizar el paso como en una película muda al revés (convertir la ciudad en set) o dilapidar dinero con los periodiqueros y entonces repartirlos nosotros de gratis (un prensaperformance, por ejemplo) o simplemente plantarse pero en movimiento (avanzar en cuclillas y detenerse en círculos, no sé).

En fin, mezclar los códigos del juego para ganar credibilidad, pues la creatividad es ahora más importante que cualquier credo decrépito en la caligrafía de una pancarta paleolítica (un papelazo en blanco).