miércoles, 4 de noviembre de 2009

Z


REPUDIUM PERPETUUM
Orlando Luis Pardo Lazo

En ajedrez, el jaque perpetuo es una opción de emergencia, una tablita salvadora a la que aferrarnos en el último instante para no sucumbir: una táctica legal para convertir la humillante derrota en un heroico empate (una tabla para lograr Tablas, ½ - ½).

El ajedrez loco de la política local no tendría por qué no funcionar así. La praxis deportiva o gubernamental manda. Se repiten las mismas fórmulas fósiles, legitimadas por el paso (y el peso) del tiempo. Reglas y reglazos como regalo. Pues lo que funciona, funciona (la muerte moderna de Dios aniquila toda ilusión de moralidad), y al que le tocó, le tocó (el reglamento deportivo como antesala maquiavélica del Código Judicial).

Milenio y medio de trebejos y escaques, o medio siglo de revolución en Revolución: en cualquier caso, apenas un par de pestañazos de nuestra efímera Eternidad. Es como si aquí nunca pudiera pasar nada. La memoria se emborrona de nuevo con las nuevas esperanzas (esa enfermedad endémica). El hábito hace al Gran Maestro lo mismo que al Gran Hermano. Y al final nos queda bien claro que hay líneas de futuro que en nuestra rala realidad no se pueden incubar así como así.

Los actos de repudio en Cuba serían, desde esta perspectiva no tan perversa como perspicaz, un zapatazo para romper el Zugzwang entre el Estado total y el ciudadano mínimo. Una catálisis para canalizar la presión entre el establishment y la resistencia. Un ultimátum en Zeitnot a falta de diálogo permanente entre las partes. Son el peor Parte del Tiempo posible: no la violencia climática en sí (aunque por concepto la incluyen), sino su meteórica anunciación meteorológica. Después del diluvio, el delito.

Detrás de la tribuna pioneril, el tribunal penal. Detrás de la sandunga, la sentencia. Detrás del carnaval, el cadalso.

En 1980 yo tenía ocho años. No me afectaron para nada los actos de repudio que bullían alrededor. A coro con el resto de la primaria, grité a voz en cuello en los matutinos de la Nguyen Van Troi. Eran gritos de guerra alegre y vital, articulados por perfectos ignorantes de cualquier tragedia de muerte y dolor. Era un cerrar filas con lo propio concreto, en contra de lo ajeno inasible. Al inicio, aún no existía ningún enemigo a ejecutar ejemplarizantemente (los muros de la escuela eran nuestro escudo), por eso no sentíamos culpa ni arrepentimiento al respecto.

Luego, por suerte, parece que mis padres no me dejaron participar de ninguna de las infamias que ocurrieron en Lawton (nunca les pregunté, y ahora yo soy ya mi propia respuesta: igual se los agradezco con carácter retroactivo). Si bien hasta el otro día estuvieron las marcas de huevo y horror en la fachada frente a la ferretería de la calle E, siempre las he contemplado desde la tranquilidad arqueológica de un testigo extranjero: no fui yo, no fue a mí, son sólo las ruinas cínicas y cíclicas de un efecto secundario de cierta Revolución 24 hours-a-day o 100 years-a-century.

Pero entonces, cuando las semanas de 1980 comenzaron a avanzar, se vaciaron algunos pupitres de mi aula. Recuerdo los nombres de Willy, Julio César, y Sujayla (a quien en secreto amé antes de saber deletrear su nombre). También recuerdo el mediodía mediocre en que Yassel y su hermanito regresaron a casa y ya no vivía en Cuba su mamá (a la vuelta del siglo, eso los salvó de la desidia desesperante gracias a una tardía reclamación familiar). Y recuerdo el eco sin fondo de las tumbadoras de hojalata, sonando como una günter-gracia hasta casi la medianoche, mientras yo fingía dormir colándome en la cama de mis padres.

Después oí o leí de suicidios, arrollados y disparos in situ, además de una discursiva estéril de estilo estigmatizante. Y supe de personas muy nobles que incluso hoy conservan las piedras lanzadas por aquellas turbas torvas, sin que haya en ellos ni una pizca de venganza, sino apenas esa sabiduría suave de los ancestros que portan un talismán como garantía de que, al contrario de lo que machaca el marxismo, la tragedia histórica no se repita ni siquiera como comedia.

Sé de otros que volvieron de visita sólo para aceptar el perdón de los que permanecieron atrapados atrás (la amnesia como milagro).

Casi ya sin padres, me doy cuenta de que sigo estando ahora en una posición muy parecida a la de 1980, con la excepción de que ya no me enamoro en secreto de nadie. Desde los márgenes del mismo barrio, no dejan de desaparecer mis nuevos vecinos en la diáspora o en el presidio, como consecuencia de actos de repudio miméticos, que son sólo la avanzadilla o vanguardia de un daño mayor, y que en sí tampoco son nada porque, media hora o un mes y medio, siguen siendo apenas un par de pestañazos de nuestra eterna Efimeridad.

Supongo que sean maneras de quedar en Tablas con nosotros mismos (½ - ½), semi-nación embarcada en una balsa de salvamento que el mar picado o un Mal pícaro parten periódicamente por la mitad.

Z de zorros y zoquetes.

Z grave bajo una costilla de Costa-Gavras (enésimo festival del viejo cine grecoamericano).

Z sin lugar ni tiempo en pleno Zugzwang y Zeitnot (ajedrez ajado de nuestra post-patria política).

Z siseante de objeto volante sí identificado (OVSI obsceno de las catapultas y catacumbas de Lawton).

Z en ronquidos por el tedio de reeditar este teatro retro de los ochenta en el 2009.

El repudio retórico como un péndulo retrógrado irrefrenable: móvil perpetuo de una era en retrolución.

3 comentarios:

Rolando Pulido dijo...

Actos de repudio...
Sin lugar a dudas, ha sido la peor experiencia que haya tenido en mi vida. Mas que perder a mis padres, mas que perder mi pais, mas que perder la vida misma.
Yo fui victima de uno de estos actos...y no dentro de mi casa, sino cuando fui a pedir la baja en mi escuela...creo que todos mi compañeros salieron a apedrearme y a darme golpes...y entre toda aquella multitud de jovenes...estaban mis compañeros de aula...como fieras cegadas. Gente que el dia anterior habia estado en mi casa como un amigo mas.
Lograr tener confianza en otro ser humano, me tomo años y aveces por la noches sigo dudando.
Tambien fui testigo de dos muertes en mi barrio Cienfueguero, un pobre recluta que se escapo del Servicio Militar para llenar las planillas para irse del pais (Mariel Days)...pero lo hiso con uniforme...lo arrastraron a cabillasos como 4 cuadras, hasta que cayo ya sin vida al doblar de mi casa. El otro crimen del que fui testigo, fue una señora con su hijo de meses en los brazos en pleno Boulevard Cienfueguero...fueron tantas la piedras que terminaron matando la madre y su hijo.
¿podria yo algun dia perdonar aquella barbarie? Creo que nunca, pero vivir de mis recuerdos, me impediria ser feliz. Yo volvi a Cuba en dos ocaciones y SI tuve gente muy relacionada a mi familiarmente que lloro por mi perdon...yo los perdone.Era tan evidente que la vida los habia arrastrado a ellos tanto y por tan duros caminos, que era inhumano virarles la espalda.
Las masas revueltas y sin riendas hacen del ser humano el animal mas vil que haya existido. Los culpables no son las masas, sino del que les quito las riendas.
RP
Oye...graba ahi

Rolando Pulido dijo...

BHU otravez fuera...no se logra entrar.
¿podemos hacer algo para "helpear"?
Suerte con eso...si me quitan BHU, voy a ir donde tenga que ir Y NO ME VOY A PONER UNA PELUCA RUBIA para dar la tangana.

Iván Chaar-López dijo...

Debo confesar que sus relatos me son un poco extraños, ciertamente responde a una pérdida en traducción cultural - soy de Puerto Rico. Sin embargo, debo subrayar el poco porque hay cierta semejanza a la forma en que el encierro y el desespero ofuzcan la humanidad de uno (o del otro) que también se vivió y si vive en mi país. Como ávatar del puente que nos une, este mensaje es un reconocimiento transcultural de su imagen de "retrolución" y la mía de "consti(tu)pación" colonial. Un abrazo solidario.