viernes, 4 de diciembre de 2009

ORWELLANDY


FAHRENHEIT 19/59
Orlando Luis Pardo Lazo

...To read or not to read, that’s the cubestion: creo que dijo Shakespeare a nombre de su protagónico peor.

Candela al libro hasta que suelte el forro. Que Ray Bradbury sea ahora nuestro apóstol posnacional: quemar seguirá siendo siempre un placer...

Y las bibliotecas cubanas no podían ser la excepción.

He estado en ellas, sobre todo en provincia. Y son lugares verdaderamente de paz. Pax mortem.

Muchas son un remake dentro de algún salón de baile de las viejas construcciones del gobierno republicano: naves luminosas y aireadas, con olor a crayola y desinfectante de shopping revolucionaria.

Otras son pequeñas casas de placa, nichos más calurosos y claustrofóbicos, la mayoría abandonadas por sus dueños de clase media, rara vez construidas a propósito por algún ministerio bibliómano.

Por coincidencia o complot, todas las bibliotecas han sido pobladas por mujeronas atávicas. Una raza eterna, de atracción o tracción animal. Mujeronas que paren y se hacen tembas en apenas un par de años. Mujeronas que llevan su almuercito al trabajo, incluidos los cubiertos de hojalata. Mujeronas que se sientan con un porte digno de un museo de la sensualidad, y que para colmo son devotas de Hemingway y Carpentier, en una suerte de Club de Paleolectoras del XXI. Y con esos muslos a ras de saya, pendulando debajo de la madera preciosa de las mesas, es imposible como usuario atento (pero no tonto) leer.

Las bibliotecas de instituciones de nivel nacional son las más sensacionales en términos de fondos desfondados. Enciclopedias enteras he visto recoger de la basura, para después rematarlas a cinco pesos cubanos el tomo. No hace falta abundar en ejemplos. Ni siquiera critico esta indolencia libresca. Supongo sea otra manera de hacer circular los textos entre la población más pobre cubana.

Allá en la República retórica de Ciego de Ávila, el buenazo de Félix Sánchez (parece que este apellido es cíber-problemático), hombre humilde de honor y escritor esforzado durante eones, sigue pinchando en los pespuntes podridos de nuestra realidad irreal. Lo conocí en el 2007 como un intelectual de capa y espada, cuya memoria se resistía a ceder ante los crótalos de la nada local. Me pareció un tipo con más información y biografía que muchos que disponen de free internet tras un docto buró bibliotecal. Era un sobreviviente de la barbarie bajo el sol ávido de segarnos (y cegarnos) el cráneo. Un Ave Félix, cuyas cejas en hondo arco interpreté como un tatuaje noble de la tristeza rural.

A falta de futuro fáctico, este Sánchez fabula con los fósiles del pasado (calculo que tendrá una veintena de libros cubanos). Pero esa materia prima poco a poco también es borrada, casi sin querer, por las resoluciones ríspidas de nuestra política cultural. A falta de espacio, pulpa. A exceso de polillas y hongos (y escasez de combustible y aclimatación), un vertedero de barrio donde el pueblo en democracia discreta distribuirá los libros desechados.

Tampoco es un cuadro dantesco. Es más bien armonioso. Es puro acto sincero, sin intenciones orwellianas de emborronar la historia inconfesable de la Revolución. Nada de eso. A estas alturas ni siquiera queda nada ya que borrar. Deshabitamos el día a día y punto. El mes pasado es la Prehistoria: nunca estuvimos del todo allí. El mundo allá afuera es un inicuo imposible (realidad virtual por cable clandestino o en una cuenta pirateada): nunca estaremos del todo allí. Por eso no hay crimen al cremar hoy los libros, sino sólo flatulenta felicidad al evaporar colecciones completas que igual serían intraducibles a nuestro argot infranacional.

A falta de blog, cubarte. Así que, para colmo de bondades, Félix Sánchez circula por correo electrónico monitoreado sus alarmas sobre lo que él intuye que sería una manipulación mnemésica Made In Cuba: la pérdida del colchón bibliotecal. Entonces el sumo sacerdote Eduardo Torres Cuevas salta como un tigre talibán contra nuestro samurai ciego de Ávila. Y lo hace trizas estadísticamente. No sin razón rabiosa, por cierto. Porque otra vez no ha habido mala intención. Hay apenas disciplina de mujeronas que almuerzan y pasan cursos gratis de superación. Hay funcionalidad a ultranza. Hay un presente impertinente y pertinaz. Pretérito, ¿para qué?

En lo personal, a los escritores cubanos les recomiendo no asistir nunca más a ninguna biblioteca del mundo. El dolor o el dolo histórico en ninguna parte nos dejará leer desde el placer y la libertad. La ficción no necesita documentarse para ser verosímil. Para narrar basta con la corteza cerebral, esa delgada capa de mentiras impresionistas bajo presión política al límite. De lo que se trata es de narrar en el mar: borrón y cuento nuevo. Un escritor tiene el deber estético de no investigar (Padura, perdón; Daína, discúlpame, Zoé, lo siento; Heras, soy un hereje): saber demasiado en narrativa implica traicionar a nuestra más instintiva imaginación.

Por eso leo la columna del cuentista y novelista Félix Sánchez con el relajamiento de quien consume un relato genial. Por eso leo la columna del estadista Eduardo Torres Cuevas con la resignación de quien consuma una sentencia judicial. Sospecho que a ambos, en tanto creadores cubanos, les falta humor negro y les sobra rigor mortis.

...And the rest is dissidence: creo que dijo Hamlet a nombre de su autor o acaso de la autoridad.