martes, 6 de enero de 2009

COMERSE UN CABLE


LAS VENTAJAS DE NO TENER CABLE

Orlando Luis Pardo Lazo


Circula en Cuba un video "bajado del cable". Es un cassette VHS, uno de esos objetos conservados milagrosamente sin moho desde la paleohistoria fílmica del siglo XX. Una cinta analógica grabada no en la Cuba física, sino en esa otra Cuba mediática que prospera y espera en Miami. Un programa al parecer en vivo que funcionaría mejor como museo free/gratis de los usos abstrusos que incuba nuestra televisión.

Se trata del Canal 41 de la Florida, USA: son los Arrebatados de América TeVé. Fecha: primer lunes del último mes de 2008. Un negociante del barrio me lo promociona con mucho misterio, entre un show de Cristinito (Alexis Valdés) y una telenovela tan boba como las producidas por el ICRT (pero con factura infinitamente mejor, lo que a la postre resulta infinitamente peor).

Según mi vecino revendedor, que también se dedica a alquilar "materiales bajados del cable", yo debo andar ahora con "pies de gato". Tengo que cuidarme como "gallo fino" con mis "boberías publicadas en internet", pues en el video ya "hasta los yumas están hablando de los blogueros cubanos" y, según su experiencia en tanto bisnero profesional, "la moña suena súper-envenenada de politiquería".

Y no le falta razón. O, por lo menos, no le falla su intuición de sobreviviente a ultranza.

Es sabido que basta y sobra con unos pocos cubanos en cámara para reconstruir toda la sintomatología esclerótica de nuestro irreality show nacional. Así que el Canal 41 no tenía por qué ser la excepción. Y, en efecto, hubo de todo y para el vientre de todos: citas mal citadas e imprecisiones que dejan una impresión fatal (desde culturales hasta religiosas), argumentos en blanco y datos traídos por los pelos (o por los piojos), interrupciones ilegibles e interpretación a nombre del otro (¿el chanchullo súbito de la no-censura?), un síndrome de la sospecha complicado con paranoias paternalistas (¿todavía seguían atrapados en Cuba?), una gestualidad de guapería en traje y corbata más su rico toque de brujería ilustrada (¡cansa tanto el folklore!), amarillismo blonde de alto rating en lugar de una mínima conducción (aunque eso es preferible a las momias actuales de la TVC), y, en definitiva, la sensación de una olla de grillos que, entre cubanos, parece ser sinónimo de una saludable civilidad.

Acaso esté siendo injusto con mi descripción del debate (ojalá logre serlo del todo). Lo cierto es que, desde el inxilio de la madrugada habanera, tres veces seguidas hice correr aquellos devaneos entre cubanos del exilio, cuyos nombres me eran más o menos familiares, no así sus caras (la torpeza de la presentadora, por ejemplo, solo consiguió que me encantara aún más el candor slim de su biotipo).

Después desperté a mi novia como testigo. Volvimos a verlo todo del pí al pá (Cristinito cada vez más creativo respecto al resto de la cinta). Poníamos PAUSA y comentábamos cada sección. Nos cuidamos de sacar ninguna idea conclusiva. No jugábamos a hacer ninguna crítica audiovisual. La sensación era otra. Fuera mero entertainment o fuera Mesa Redonda seria (pero de signo opuesto a las oficiales en Cuba), cierto estado de desolación entre cínica y cómica nos consumió.

No sé. Tal vez fuera sólo cierta provinciana falta de entrenamiento con "las cosas y casos" del primer mundo.

En cualquier variante, nos pareció que esa era la arrebatada visión de Cuba TeVé que esperaba por nosotros en un futuro no tan democrático como demacrado (para no hablar de la ristra de comerciales tan pedestres como nuestra propaganda local, pero con más frecuencia de retransmisión). A ese careíto cariado le llamaríamos más temprano que tarde libertad de expresión. Con esos resentimientos biográficos y esos teléfonos colgados groseramente a la audiencia reescribiríamos muy pronto la contrahistoria de la Revolución (y, con suerte, la protohistoria de la República). A ese tira-tira de un gremio gris contra otro gris gremio se le llamaría pluralidad de criterios y no cretinismo: periodistas independientes "de a pie" presos versus glamour de blogueros con laptop por la calle del medio (¿en dónde cree usted que hay más infiltrados de la Seguridad del Estado?, entre otras encuestas encubiertas). A esa ignorancia ingeniosa y a ese desprecio literal por lo "literario" se reduciría en breve nuestro concepto de marketing. En cualquier caso, esa arrebatada televisión de Cuba TeVeré será la que, en tanto pueblo putativo, mañana nos mereceremos los zombis de hoy.

Al final, ya muy tarde, exhaustos de discutir entre los muebles de la sala (en especial, el televisor y el video troglodita), mi novia y yo nos tiramos sobre la cama sin podernos dormir. Ni siquiera teníamos ganas de amanecer haciendo el amor, como casi sin querer se nos ha ido haciendo costumbre, pues muchas veces trasnochamos con tal de habitar la Promisciudad de La Habana a la hora de su menor promiscuidad zoocial.

"A este pueblo le gusta leer muñequitos". La cita es de El juego de la viola, los violentísimos relatos de niños de Guillermo Rosales (1946-1993), escritor enterrado en La Habana antes de suicidarse desterrado en Miami: un exiliado total, según él mismo.

Eso. Niños ñoños que se aburren de las mismas ficciones fraudulentas a falta de alguna facción imaginativa posnacional: ¿con quién será el diálogo a ciegas de nuestra generación?

Eso. Ahítos de historietas hieráticas ya sin histología ni ilación; idiotizados de ideología indecente y diluidos por un panel prêt-à-porter de inmediatez no tan mediática como mediocre: ¿con quién será el diálogo de sordos de nuestra generación?

Eso. Comentarios comemierdas desde una blogosfera sin demasiada lógica versus una reporterística de repostería o, peor (perdón), de reporquería: ¿con quién será el diálogo mudo de nuestra generación?

Y nada de eso es culpa de alquilar cassettes VHS del ultramoderno Canal 41, ni tampoco de los 50 anquilosados aniversarios de Cubavisión. No sé. Tal vez sea sólo que cualquier evento me devuelve una y otra vez las mismas pulsiones patrias (pétreas, pútreas). Lo siento (aunque no tanto, en irrealidad). Tal vez yo podría buenamente evitarlo por escrito, pero sospecho que justo ahí radica mi mala intención radical.

FALAZ 2009!

PENÚLTIMOS POSTS
Orlando Luis Pardo Lazo

Se acaba el año.

Se acaba una década.
Se acaba otro amargo amago de la escritura cubana como resistencia, ya que no redención.
Se acaba nuestra primera y tal vez única temporada de posts.
Se acaba diciembre.
Se acaba el invierno sin haber empezado del todo.
Se acaban las ganas de un cambio de clima en Cuba.
Se acaba el jueguito de la tolerancia bajo vigilancia y ese otro infantilismo insomne que se llamaba soñar.
Sueños cubanos, ¿para qué?
En todo caso, señuelos.
Carnadas cubanas para seguir adelante como individuos.
Sin darle demasiado cranque y mucho menos crédito a nuestro país, posciudadanos globales desde provincia.
Se acaban las penúltimas fuentes de energías, empezando por las renovables o alternativas.
Se acaban los fetichismos patrios de la memoria, efemérides fúnebres sin excepción.
Se acaba el caos despótico de las cronologías.
Se acaba la tara de una tradición disciplinaria y lineal, aunque aún no hayamos provocado la primera ruptura estética del siglo XXI cubano.
Se acaban los populismos, cuyos aplausos a nivel de continente apenas acaban de recomenzar.
Se acaban las ideologías, pero la idiotez increíblemente se viste con visos de cadena perpetua en el pueblo.
Se acaba la fe.
Se acaban los discursos hechizantes como trampa emotiva o combustible simbólico de la identidad.
Se acaba el futuro.
Y el hueco es rellenado, como si fuera una caries o una fosforera, con el pragmatismo inercial de toda historia devenida historieta sin histología ni ilación.
Se acaba una vieja guardia sólo fiel a sí misma.
Se acaba la teoría tétrica de la dictadura del consenso.
Se acaba el concepto mismo de sujeto político (por suerte) y nadie parece en condiciones de encarnar la noción obsoleta de gobernabilidad.
Se acaba Cuba en más de un sentido, pero no es ni remotamente una catástrofe ni tampoco las trompetas del Apocubalipsis.
Se acaba una larga y estrecha guerra de desgaste, sólo para que comience otra corta y muy ancha guerra de desgano.
Se acaban ciertas grietas legales por donde se escurre y corroe el lenguaje cubano al límite de su libertad.
Se acaba el salvoconducto de los silencios.
Se acaban las máscaras oficiales de una tolerancia tan torpe como teatral.
Se acaban las fuerzas centrípetas que son un tópico típico cualquiera sea el estilo de la revolución.
Se acaba todo conato cobarde de reacción.
Se acaba la esperanza entendida como enfermedad.
Se acaba una serie inmanente de complejos, traumas, paternalismos y síndromes que a la postre nunca se acabarán de acabar.
Se acaban muchos síntomas significativos que tendían asintóticamente hacia ninguna parte.
Se acaba la crisis para que la crisis se eleve a rango de acápite constitucional.
Se acaba el 2008 cubano, en realidad.
Pero el 2008 aún no acaba con los cubanos, en irrealidad.
De manera que nuestro año nueve suena a nuevo (si no ética, por lo menos etimológicamente).
Será, con suerte, un acabar sin caer más en el acabóse.