lunes, 12 de enero de 2009

DONDE DIJE DIEGO DIGO DAVID


UNA NOVELA PARA DAVID
Orlando Luis Pardo Lazo


Para mí, Senel Paz sigue siendo aquel mismo niño sincero de donde crece la palma (no sé si en Fomento habrán palmas, en realidad).
Mi contacto con su escritura ocurrió en La Habana devenida tabula rasa (habanula rasa) de inicios de los noventa. Fue en 1991, creo: un año capicúa en matemática y, consecuentemente, un año apocalíptico para la política.

En la Facultad de Biología de la Universidad de La Habana alguien se apareció con un cuentecito mecanografiado en unas 20 páginas presilladas con un alambre a medio oxidar. Y, efectivamente, la lectura encerrada entre sus letras y erratas significó una dosis salvadora de oxígeno molecular.

Aquel "texto" (supongo que por entonces aún no conocíamos semejante palabra) se convirtió en un objeto de culto en tanto síntoma de la debacle simbólica en que habitábamos: nosotros, los sobremurientes. Aquel sería desde muy temprano nuestro libro sagrado (y como tal cada uno lo volvió a mecanografiar): nuestro evangelio generacional de corte culto pero de difusión popular. Supongo que por entonces éramos pobres y muy felices (es decir: muy falaces), así que cualquier conato de realismo irreverente nos parecía un gesto de resistencia radical.

Se trataba de un relato lato y filocanónico de remate. Venenoso e ingenuo, un torpedo taimado escrito como si tal cosa, sin estilo ostensible más allá de cierto coloquialismo instintivo o tal vez inercial. Aquella era en definitiva la verdadera escritura adánica de David: repleta de lugares comunes, como le corresponde a todo buen clásico, pero capaz de ubicarse dentro y en contra de ese Goliat llamado la Revolución Cubana (para horror de las tajantes "Palabras a los Intelectuales", acuñadas décadas atrás por Fidel Castro en la Biblioteca Nacional).

En resumen, para nosotros se trataba de una obra revolurreaccionaria al borde mismo del clandestinaje (por más que Cuba se empeñara en editarla). La amamos y amamos por ósmosis a su autor (todos queríamos darle el abrazo que luego sería escenificado en un plano final, casi póstumo). Estoy hablando, por supuesto, de "El lobo, el bosque y el hombre nuevo", firmado por un tal Senel Paz: un autor tan tímido en apariencia que incluso hoy no aparece en mi Encarta Premium 2008 de Microsoft Corp.

Después vino el Premio Oscar cubano que nunca fue concedido al filme Fresa y Chocolate de Titón + Tabío (lo que prueba la falta de instinto político de la academia yanqui). Después Senel fue y viró de una ciudad llamada Estocolmo sin necesidad de simular ser un sueco, como se le ha acusado por sus palabras en aquel encuentro de escritores del exilio y de la isla (sin especificar cuáles eran los de la isla y cuáles los de exilio). Después se hizo guionista y ciudadano del mundo, y su novela largamente anunciada es probable que se le convirtiera en tabú. A la manera de Bobby Fischer, como campeón best-seller de ahora en adelante él no podría darse el lujito de garrapatear un error.

Y aún después vino "En el cielo con diamantes" y para colmo el VII Congreso de la UNEAC (2008). Sea novela o novatada, lo cierto es que "En el cielo con diamantes" aborta anacrónicamente justo allí donde irrumpía con fuerza anti-literaria su cuento "El lobo, el bosque y el hombre nuevo". A la vuelta de un nuevo siglo y milenio, la novela de Senel Paz es el prólogo prehistórico del "texto" más escandaloso de la literatura de la Revolución (seguramente, mas de un amigo escritor le recomendó "no darlo a luz pública todavía").

Ignoro cuál cargo ocupa Senel Paz ahora en la top-directiva de la UNEAC (yo soy el miembro 343 de dicha organización). Ignoro por qué tardó tanto para al final no escribir más que un introito (desde 1991, su novela era largamente esperada por los "lobos nuevos" del bosque materialista de la Facultad de Biología de la Universidad de La Habana). Ignoro por qué me sigue conmoviendo hasta las lágrimas su relato lato original y también la que acaso sea la peor película de Tomás Gutiérrez Alea. Ignoro si Senel Paz está o no de acuerdo con la pena de muerte que legitimó con su impropia firma en la Primavera del 2003 (su firma será eternamente la número 17, detrás de la poeta Nancy Morejón). Ignoro si aquel legendario abrazo entre nosotros tendrá o acaso ya ha tenido lugar en nuestras respectivas biografías de sobremurientes cubanos. Ignoro, ya lo he dicho antes de comenzar, por qué sigo leyéndolo a sus casi 60 años como a aquel mismo niño sincero de donde créese la palma.