martes, 27 de enero de 2009

QUOTH THE RAVEN, NEVERLOVE






DIJO EL CUERVO: ¡AY, MI AMOR!
Orlando Luis Pardo Lazo

Como en un poema de Poe, el destino de todo un país puede quedar atrapado en un verso reiterativo: never more. Nunca más infancia. Nunca más amor. Nunca más felicidad. Nunca más Cuba. Nunca más Adolfo Llauradó. Y justo en la sala Adolfo Llauradó se repone por estos días en El Vedado, La Habana, la obra ¡Ay, mi amor! del grupo Teatro El Público.

A partir de recuerdos, recordings, y en general recortería de papelitos de este actor cubano emblemático (dejados al morir a su viuda Jacqueline Meppiel), le toca al poeta, ensayista y dramaturgo Norge Espinosa ensamblar un monólogo fulminante que salta como un tigre atroz de la candidez a la descojonación, de la historia a la histeria a lo histriónico, de la política bárbara a la poesía bucólica, de la memoria infiel a la fiel mentira, del Kremlin al Cuartel Moncada, de la nada a la nieve, del burdel a la biblioteca, del susurro al ladrido, de la palabra lindo a la palabra pinga, de un Adolfo Llauradó a otro Adolfo Llauradó. Y al otro. Y al otro y al otro.

Lester Martínez no actúa ni por un momento en esta pieza de una hora y un poco más. Lester Martínez la vive. Suda, baila, escupe, canta, llora, culea, se afeita (la cara) y se soba (los güevos). Probablemente así no se actúe, según el canon de la academia o por lo menos el Consejo Nacional de las Artes Escénicas. No deberían pagarle por ser Lester Martínez. Sobre el escenario este actor es sencillamente genial. Y se ofende al genio si se le ofrece un salario (se le humilla, si es en moneda nacional).

Mejor que pase necesidades, que se cague de miedo al punto de olvidar sus bocadillos en cámara. Déjenlo que se joda, que toque fondo y rebote contra las tablas con sus muñecos y su madre y su maletas (¿o son muletas?). Que se muera para siempre a las seis de la tarde, la hora indecisa del espectáculo, y pida ser enterrado en la tierra privada de un patio y no en la promiscuidad colectiva de un cementerio post-UMAP. Ay, déjenlo que se llame a sí mismo revolucionario y que se atragante (con aro, balde y paleta; con boina, botella, machete y pañoleta)en un Mea Cuba maravilloso y mortífero con los buches nostálgicos de Fidel y del Ché: ¿alguien del público de El Público los recuerda? Déjenlo que sea macho y maricón y en ambos casos te amamos bajo las luces de utilería. Ay, mi amor, dejen que este Hamlet provinciano con calavera y cara-bella sea el cosmopolita Adolfo Llauradó (hay poses y ángulos en los que es tanto el parecido que resulta casi aterrador): descansa en paz y en guerra tú ahora, Adolester Llaurartínez, Rev In Peace.

Como en un poema de Poe, como un pájaro lustroso o luctuoso de buen agüero, como un memorándum del mañana desmemoriado que pudo ser hoy, como una catarsis o cataclismo del corazón, como el never more que en Cuba acaso siempre será (teatro de masas con demasiados monólogos para tan pocos diálogos), como un discurso entre romántico y ridículo que consume en el acting hasta el último de sus recursos, de este parching de biografía nos queda un eco hueco al final. Un no saber qué pasó. Ni cuándo. Ni cómo. Ni por qué ni quiénes. Un dolor que elige la anestesia de la representación con tal de no tener que matar o hacerse matar. Un ya no estás, un dijo Cuba: ¡ay, mi amor!

Adolfo Llauradó en la sala de teatro Adolfo Llauradó. El Vedado, La Habana, en esa otra sala de teatro que sigue siendo El Vedado, La Habana.