lunes, 2 de febrero de 2009

REVONIRICOLUCIÓN


ESPERO LA NOCHE PARA NO SOÑARTE, REVOLUCIÓN

Orlando Luis Pardo Lazo


1.


Vivo en Fonts y Beales, Lawton: raras palabras para una esquina y un barrio de esta urbe inisecular. O no tan raras tal vez.


Porque esta ciudad es, hoy por hoy, territorio minado por excelencia para pugilatear con los límites y huecos negros de nuestro lenguaje. Porque los escritores cubanos de pronto hemos caído en un sensacional estado de liberatura. Porque, con un poco de suerte y muy poco de muerte, aquí y allá descubrimos que existen una patria Después de Castro (Cuba DC) y una capital Después de Fidel (La Habana DF). Y porque, para colmo, intuimos que ambas siempre existieron aquí y allá, al alcance de nuestras raras palabras: simplemente nuestro Edipo-Rev monstruoso nos bloqueaba el vocabulario mínimo para narrar esos nichos patrios.


Hoy, por fin (escribo esto una tardenoche donde La Tierra rebota su luz a la luna y no al revés: ¿señal de presagio o de naufragio?), todo ese vocubalario nos hace implosión en plena cara. Definitivamente, la vida no está en ninguna otra parte, sino que ahora, como siempre, sigue estando justo aquí, casi al doblar de la esquina. Let it read.


2.


Salgo de Fonts y Beales, Lawton, poco antes de la medianoche. Espero, en una parada sin techo, ni bancos, ni señalización, el último servicio público puntual de Latinoamérica, tan pertinaz e impertinentemente puntual que escandalizaría al descubridor de "América Letrina".


Se trata del servicio de confrontas de la ruta 23 (Lawton-Vedado-Lawton), icono literario por antonomasia durante medio siglo de literatura cubana, desde La Habana para un Infante difunto (del referido descubridor, G. Caín) hasta El club de los ex-presidentes muertos: un anónimo que circula vía e-mail por la magra Intranet nacional (ya sabemos, nuestra net es amarga pero es nuestra red).


Me monto en la desierta Yutong (Made In China) conducida por el viejo Peralta. El ómnibus conserva un tufillo del aire acondicionado que a los técnicos del paradero de Lawton les da pena desactivar. Peralta conserva milagrosamente su licencia de conducción a punto de cumplir ya los 80. Es medio chino o medio moro o medio mulato, y usa espejuelos. Yo soy medio blanco y uso espejuelos también. A mis 37 años, si fuera a conservar algo intacto sería mi olfato pornopolítico para ficcionar, friccionar, fraccionar (entre otros verbos modelos de conjugación subversivamente irregular).


Después de Fidel, el diluvio: fue el pronóstico meteorológico que me hizo un vecino del barrio, ojeando las Reflexiones del periódico Granma. Después de Peralta, de delirio (lo parodio ahora yo). Después de mí, el delito: pienso aún sin entender del todo cuál será el mapita del tiempo de mi excritura.


3.


A la altura del Capitolio Nacional y el Gran Teatro de La Habana, la 23 decuplica varias veces su decena de pasajeros (yo, el menos somnoliento de todos). Son travestis. Cien, mil o cien mil travestis: al efecto, da igual que sean 1970 o diez millones.


Chillan, hacen pantomimas. Son hermosos y horrendos. Son mansos y agresivos. Autóctonos al margen de cualquier Mariel o una Mariela institutriz. Conocen el nombre del chofer Peralta, y le imponen abrazos y chistes sexuales de viejo verde (en ocasiones, verde oliva), y también una propina colectiva que calculo sobre los 50 pesos cubanos (2 CUC). Pronuncian a coro la palabra pinga desafinada y compulsivamente. Se mientan la madre y se dan bofetones de atrezo. Se suben en los respaldares de los disciplinarios asienticos chinos, y se cuelgan de las manillas y tubos, imitando acrobacias de stripper en un table-show rodante Made In Cuba. Arcadia todas las noches.


Se respira el voraz vaho de la violencia, pero nadie sale herido de esta reyerta tan teatral. El obsoleto slogan de Peace, love & freedom en buen cubano se traduce ahora como Pinga, anfetas y libidibertad.


Me gustan. Me asustan un poco. Me respetan. Creo que yo les gusto a ellos un poco también. Algún día les propondré filmarlos en pleno vuelo dentro de esa 23: la ruta del turno de la medianoche. Sería una road-movie neo-PM, donde cada cual habitaría o al menos hablaría del futuro de una Habana insomne que, vencida de tanto venirse, ya nunca de nadie se vengará.


Media hora después todos o todas o tod@s se suicidan en masa en la cascada del Hotel Nacional, donde la calle Infanta (esa otra difunta) desemboca precisamente entre el Malecón y la Avenida 23: 23 en 23. Fin del viaje. …And that´s all fucks!


4.


Me bajo en el hotel Habana Libre. En esa esquina azul (mi preferida: herencia de mi padre) está la última parada del viaje.


Camino. Abro disimuladamente los brazos, aunque asumo que nadie me ve. Respiro. El aire bate casi tan fuerte como en 17 y N (récord eólico oficial), en los bajos del edificio Focsa: rascacielos enano del Período Republicámbrico recientemente restaurado para alguna Misión Milagro. Tal como Friedrich Nietzsche más de un siglo atrás, a esta hora me siento der unabhängigste Mann in Europa: que en mal cubano (y sin narcisismos de retard-guard) se traduciría como el hombre más independiente de América.


Cruzo a la derecha en un continente cada vez más levógiro. Bajo hasta el muro del mar, otro icono literario, ahora ya sin el bautizo lumínico de la propaganda comercial (incluso de la más vulgar de los años noventa), pero siempre con esa fosforescencia espontánea capaz de reflejarse en la luna de un lado y de contener a la noche absoluta del otro.


Me siento sobre la cinta de concreto sinuoso. Estoy al borde. Estamos al borde. Sin miedo a extraviarnos en la alta madrugada, porque alrededor se sienta un pueblo entero al borde de nuestra ciudad.


Medio kilómetro al oeste parpadea la Oficina de Intereses yanquis, con su cintillo de noticias libres en letras rojas: menudo mensaje cromático para un país crónicamente uniformado de rojo. De todas formas, sus titulares son ilegibles (insubtitulables). Alguna institución de corte cultural los ha inutilizado al plantar enfrente el Monte de las Banderas, a veces negras y a veces cubanas: menuda alternancia luctuosa para un país que se supone paradisiaco antes que policiaco.


Pobre Miami (es una cita cabrerainfántica): tan lejos de Cuba y tan cerca de La Habana. Y también, por supuesto: Pobre Habana (es una apropiación facilona de un correo electrónico apócrifo): tan cerca de Cuba y tan lejos de La Habana.


El resto es color local: no hace calor, pues sopla un airecito nórdico de consagración primaveral. El resto es habanidad de habanidades, donde muy pocos se comunican ya en hablanero, esa jerga privada e inimitable del autor de Vidas Para Leerlas, que en un solo heptagrámaton lo resumió: de hecho, nunca salí de La Habana. El resto es congratularme y cantarme a mí mismo porque ya ni siquiera Espero la noche para soñarte, Revolución (como Nivaria Tejera en su libro homónimo de mil novecientos algo). Y el resto es pensar en el peso de la noche como símbolo y sintomatología de esa culpa que los escritores cubanos hasta hoy no supimos del todo excribir.


5.


Saco mi camarita Samsung de 4.2 megapíxeles. Recorro las estatuas encabritadas de más de un mártir mambí (no los nombro para evitar trastocarlos de pedestal). Serán casi las 4:00 AM. El público se va diezmando. Era domingo, ya es lunes. Al parecer, hasta los travestis son working-class heroes aquí, por lo que muchos se retiran a media madrugada, pues a la mañana siguiente se incorporarán retrovestidos a trabajar. Sólo quedamos despiertos los ociosos terminales: occisos de Occidente.


La palabra ocio me remite entonces a un periódico Granma de otro lunes de abril (el mes más cruel): son las reflexiones del Ministro de Cultura local que, en tanto vocero del Séptimo Congreso de la UNEAC, se hizo eco del "reclamo de ofrecer a nuestra gente sólidos referentes culturales frente a la invasiva mediocridad de la industria yanqui del ocio". Como narrador de la nada, pienso que devenir un invasivo mediocre del ocio podría ser un gesto estético mucho más rentable y radical.


El juego de frases me fascina y despeja los primeros deseos de volver a mi cama en la rara esquina de Fonts y Beales, Lawton (desde el satélite de google-earth se distingue como una cruz curva). El servicio de confrontas incluye una puntual 23 a las 4:30 AM, y otra ruta un par de horas después: al borde mismo del amanecer. Celestino celoso antes del alba, yo esperaré esa última opción para soñarte desde mi post-lenguaje, revolución: yo esperaré hasta la última vuelta del viejo Peralta (Perrault partido de sueño) para soñarte desde mi contralenguaje, post-revolución.


En las dos horas siguientes, el viento arrecia y el mar se va picando más de lo verosímil. Cuando por fin amanece, en el monolito art-decó de Casa de las Américas leo una propaganda discreta: Primer Festival Internacional de Jóvenes Narradores. Y en este punto se me escurre cualquier conato de anagnórisis para esta crónica ya sin cranque.


Porque precisamente de eso trata nuestra inopinada liberatura tardía: de un congreso o un festival al que no vale la pena asistir para asentir; mejor sería narrar retorcidamente una Brave-New-Habana post-urbana o una Mil-Novecientos-Ochenticuba post-nacional. Porque justo entonces pasó un turista haciendo jogging entre las olas y yo le disparé con mi Samsung 4.2 MP. Porque me quedé dormido a la sombra cianótica de un hotel con nombre de oxímoron: Habana Libre. Y porque, para deleite demoníaco de G. Caín, el viejo Peralta me ganó por knock-out en el último round: a los 37 años de entrenar mi olfato pornopolítico, por primera vez en la Cuba DC y en La Habana DF mi ruta 23 no pasó.

ÁNIMA FATWA





ÁNIMA DE ANNA

Orlando Luis Pardo Lazo

1.

Pompas de jabón. Una pistola de espuma como resistencia contra el vacío mudo que va comiéndose al mundo. Película transparente que se infla a puro pulmón. Atmósfera de juguete. Burbuja claustrofóbica de un teatro muy raro, estrafalario, crudo casi hasta la crueldad, pero igual entrañable y frágil. Fragmentos donde estalla una poética de lo fractal. Escenas sopladas en cristal de infancia. Bola mágica para revolver hasta el mareo la adolescencia que nunca existió. Un revólver de espuma es una imagen irresistible. Bombas de jabón o viditas de adultos que se desinflan a puro pulmón. Hasta que el aire se vicia y se vacía tanto que la pistola termina apuntando a la sien. Pum, pluma, puma, espuma: punto final. No pasa nada. Sobrevivimos, es todo. Era sólo una página a imitación del ánima de Anna, no estábamos en la realidad real. Sobremorimos, es todo. Podemos dar las gracias entonces por abrir su último libro antes de terminar.


2.

La escritura de Anna Lidia Vega Serova cumple ya 10 años de publicada en Cuba, desde aquel fulgor breve titulado Bad painting, que igual hubiera podido subtitularse Bad writing: mala escritura, textimonios suburbanos, maná de los infiernos domésticos de un estado de incivilidad fáctico y mental.

Bad painting fue un libro de fuerza somática inesperada, un toque de gracia posnacional a la vez que un toque a rebato, literadura literal y literariamente incorrecta (como hacía mucho tiempo que Cuba se la merecía), seducción perversa de una nueva voz que provocó una revozlución en nuestro campo literárido. Y, como si fuera poco, es un libro que abre una línea de fuga hacia el siglo XXI cubano, ese que en tanto escritores nos cuesta pánico imaginar, acaso para no quedar luego en ridículo.

Leí los 9 cuentos de Bad painting en el ´99, sentado en el Malecón a la altura de la calle H (9na. letra y la única muda), con la espalda hacia el mar nocturno y la mirada desenfocada entre el texto y mi ciudad con hache. Pensé entonces que Anna Lidia Vega Serova (a quien no conocía entonces) tal vez había muerto ya. Es un defecto mío de lectura: todos los libros que amo me saben siempre a escritores muertos. De hecho, todos los personajes bad-painted en aquellas 50 páginas de formato enano, de algún modo vital lo estaban: muertos... De ahí el poderoso brillo existencial en el aura de cada uno de ellos. Y de ahí también sus ganas de dejarse leer, de no ser abandonados a su suerte otra vez, de resucitar y ser felices en nuestra memoria de lectores sobrevivientes que muy poco captamos de todo esto (nosotros, los sobremurientes que casi nada le debemos a nadie).

Aquel ejemplar no tuve más remedio que botarlo al mar o a los arrecifes o al viento o a la noche sin pensarlo dos veces. Fue como una ofrenda. Me gustaba demasiado para quedarme mediocremente con él. Fue un arranque, una manera otra de atesorarlo (o tal vez traicionarlo). Un gesto no de rechazo, sino de paradójica comunión: personalizar su ánima en mi ánimo, siempre tan impulsivo. Fue la crítica más creativa y anónima que entonces le supe hacer a Anna Lidia Vega Serova: 100% silencio, como la calle H de una Habana al margen de la cual permanezco sentado aún.

Tuve entonces la certeza de que esas 9 pinturas pésimas formarían parte para siempre de mi paleta mejor. Y me prometí que, alguna vez, aunque fuera a la vuelta de 10 años, como ahora, de algún modo yo imitaría a la autora de esos personajes tan vitalmente muertos. Muertos y coleando. Muertos y colándonos por las rendijas de un nuevo siglo y milenio. Muertos y pegando el grito cuerdo y orate y hermoso y horrible y familiar y político de la nada cubana que de pronto decoloró al viejo siglo y milenio. Muertos y maravillosos, como ninguna generación antes que nosotros se supo leer. Muertos y escribiendo desde la muerte para no dejarnos morir como individuos sin generación. Seres humanos que casi nos volvimos ceros humanos sin demasiada causa social (rebeldes sin consecuencia). Tipos y tipas que al final resistimos gracias a una pluma áspera como uña de puma y a una pistola de espuma para insuflar las burbujas de la ficción.

3.

El resto ha ocurrido con aceleración vertiginosa para la autora y para mí. Una década decadente de un universo imaginario en expansión: Efecto Doppler de las editoras locales. Catálogo de máscaras que suman ya una decena de libros con la firma de Anna Lidia Vega Serova (en relato, poesía, novela y hasta cuento infantil).

El resto es su escritura escandalosamente escuálida y conmovedora. Textos terribles que resultan trampas del corazón (los escritores cubanos le tenemos fobia a esa palabra: corazón). El resto es recortería de escenas que son retomadas en Ánima Fatua para narrarlas en su contexto completo. El resto es un retablo anómalo de espejismos grotescos, homúnculos que se quedaron al margen de la palabra amor (los escritores cubanos no sabemos deletrearla muy bien: a-m-o-r). Arte del desastre, donde lo imposible cristaliza en cada diálogo y en cada deseo trunco, donde es difícil hacer el bien mientras más ingenuamente lo hacemos, donde al menor descuido la violencia se coagula involuntaria dentro de las pupilas y bajo la piel, donde las geografías dobles son mapitas doblemente agujereados: huecos negros de los que nada escapa, salvo la luz entrañable y frágil de su sinsentido.

¿Qué nos pasó? ¿Cuándo ocurrió la metamorfosis? Pregúntenle a Anna Lidia Vega Serova, no a mí. ¿Cómo no aburrir tejiendo tedios? Ella sabe. ¿Cómo escandalizar sin alterar el tono de voz (no sólo épater le bourgeois, sino sobre todo épater le prolétaire)? Ella sabe. ¿Cómo dar morbo y no asco amasando lo obsceno? Ella sabe. ¿Cómo contaminar todo el espacio discursivo con un registro tan precario y menor? Ella sabe. ¿Cómo enamorar ejecutando lo más abyecto? Ella sabe. ¿Cómo jugar entre una botella y la verdad? Ella sabe. ¿Cómo ser transparentes desde lo pétreo, asépticos desde lo pútreo, apáticos desde lo patrio? Ella sabe. Y, aún más, sospecho que la obra de Anna Lidia Vega Serova disimula a un narrador omnisciente detrás de cualquier candor o crueldad: un narrador contestatario que, para mayor intriga, nunca se digna del todo a contestar.

4.

Leo Ánima fatua en el 2008. Su sello editorial en contraportada resuena anacrónico en mí: Letras Cubanas (la frase igual podría ser un oxímoron o un error de impresión). Sin embargo son, en efecto, letras cubanas que se desarrollan a lo largo y ancho de un país-continente cuyas siglas no existen ya (CCCP/URSS), en un sueño desmesuradamente humano que devino utopía tupida a lo corto y estrecho de otra isla-país. Es, en efecto, la letra de una niña rusocubana que va de capítulo en capítulo, repitiendo sus números como si no supiera del todo contar. Es, en efecto, la caligrafía cubanorrusa de una adolescente que avanza a contrapelo hacia la adultez, buscando y dejando atrás las capas fósiles de cada "amor de su vida".

Todo esto pronunciado, por supuesto, en un dialecto cirílicamente extraño de tan conocido y otro dialecto hispánicamente ajeno de tan propio, tanteando los caracteres escindidos entre la memoria y el paladar, masticando la fonía de un ruso raro y un doloroso ex-pañol. Todo esto, por supuesto, magistralmente sobreactuado mientras ella va topando con gentes, alcobas, camas, avenidas, aulas, mudadas, cuentos infantiles, cuerpos, edificios, collares y cuerdas para colgarnos del cuello, sexo, llamadas telefónicas, ofensas, terminales de viaje, doctrinas del alma, ex-repúblicas, becas, embajadas, enfermedades y drogas, hippies, mesías, chamanes, poemas y electroshocks, flores blancas que se marchitan en la basura como una biografía sin confesar, cianuro y mierda reciclada de flamencos terracota, mentiras, miedos, contralágrimas, ganas de triunfar o de matarse a mitad de esta película amateur fotografiada en gris y gris: un filme tan expresivo que no necesita subtitulaje bilingüe para emocionar (los escritores cubanos sostenemos una guerrita fría contra la emoción).

Y encima Anna Lidia Vega Serova logra el milagro estético de que todo este guión salga de su caos natural y sedimente limpiamente en 280 páginas de un realismo pulcro más que sucio. Su novela es una suerte de rayuela sin tablero de instrucciones para desarmar. Estos 55 o 95 capítulos caen a cuentagotas como copos de nieve, arenilla del desierto, hojas muertas del otoño continental o cayos de un archipiélago, delirio y deleite de un diario al borde mismo del delito, cortes de masa encefálica, receta fálica que emplea una vagina como vasija, nubes vírgenes y violadas, plumas de algodón, burbujas bárbaras de espuma, brillo bestial en el ojo suicida del puma (del poema). Y me disculpan tanta enumeración al estilo de un alef, pero en Ánima fatua el protagonismo de Alia y Alfa funciona mejor así: por acumulación antipoética.

5.

Ánima Fatua, como San Petersburgo misma, es una novela de puentes. Puentes con otros libros de Anna Lidia Vega Serova. Puentes con otras libertades y otras represiones no sólo de la autora (porque la libertad y la represión nunca son privadas). Puentes con otras ciudades con hache mal pintadas de un idéntico gris museable: hábitat por excelencia de esos añicos de personas olvidados por la historia y por dios, esas máquinas generadoras de frustraciones atrapadas en la inercia hueca (o el hueco inerte) de algún triste ritual. Puentes de salvación para esas multitudinarias soledades que pastan en un sobrediscursivo estado de incomunicación. Puentes sobre ríos turbulentos y sinceros como un asesino a sueldo. Puentes sobre riachuelos mansos e hipócritas como las palabras que ya apenas alcanzan para nombrar. Puentes sobre puentes sobre puentes en un prodigio de anécdotas equilibradas como una prótesis para disimular el vacío.

Arco voltaico de una prosa en intensidad. Poro de diálisis para filtrar lo exacto de cada situación dramática. Paro respiratorio de los mil y un argumentos clínicos que en Ánima fatua son una sola patología. Distintas maneras de tapiar un túnel. Anna Lidia Vega Serova con dos o tres pinceladas resuelve el cosmos de cada una de sus criaturas: así ella pinta el pintoresco desatino que la desesperanza les ha impuesto como destino. Anna Lidia Vega Serova despliega su instinto plástico para captar la molicie y las demoliciones más sutiles de la inmediatez. Y en esta operación se da hasta el lujo de coquetear sin tapujos con el pathos de lo sentimental (los escritores cubanos nos atoramos en seco con tal de no sentimentalizar).

Simplificar este laberinto de puentes sería una vulgar manera de no saberla leer. Conozco a cierto tipo de lectores pornofílicos que pornografían a Anna Lidia Vega Serova con una lectura pobre y pacata, con anteojeras graduadas acaso en los años 70. No les censuro su vocación de censores, pero lamento por ellos que se pierdan la verdadera dinamita pornopolítica que trafica la obra de esta autora: se están perdiendo la sobrecogedora música humana de la derrota; se pierden lo perverso profundo de nuestra miserable y magnífica condición de cuerpos/cadáveres; se pierden, en fin, todo un teatro simbólico de títeres sin titiritero, marionetas psicóticas post-coito y post-ficción.

Y no se trata en absoluto de pesimismo. Ni una sola trama de Anna Lidia Vega Serova me traumatiza. En 10 años, con ninguna me deprimo ni conduelo. Por el contrario, en ella cualquier crisis me resulta una invitación, hipnosis lúdicra de hechicera, ganas de releer para atar nuevos cabos en esta especie de escubamarga que acaso nadie regurgita mejor que yo.

6.

En resumen, en una década se ha escrito no poco sobre Anna Lidia Vega Serova. Espero sea obvio que mi identificación crítica con su escritura no busca el elogio sino el pugilato: forzar coordenadas hacia un frente de combate común, cerrar filas contra otros discursos mayoritarios, pactar una paz no menos ficticia que nuestras respectivas obras (en volumen, la mía es acaso un décimo de la suya).

En resumen, es bastante impredecible el futuro de una novela como Ánima fatua, en especial con esa sensación de segunda temporada que remata su escena final. Asumo que este ciclo podrá acercarse mucho a los sucesivos presentes de Anna Lidia Vega Serova, pero nunca rozará el día de hoy. Y es que todo juego de biografías es una Obra Incompleta, lapidada sólo con el epitafio del autor (si bien después queda el purgatorio post-mórtem de las parodias, citas, remakes, apropiaciones, hermenéuticas y demás intertextos).

En resumen, si propago el eco de Ánima fatua lo hago sólo desde mi ego: los restos de historia que yo no sabía que me interesaban de una historia, del ´99 a la fecha los he consumido con placer en el making-of de Anna Lidia Vega Serova. Una autora limítrofe al punto de lo fronterizo. Nadie la acuse ahora de tener un "gran oficio" por esto: su toque de originalidad es un don (de ahí el riesgo de su efímera o su eterna inagotabilidad; de ahí también lo inútil de intentar resumirlo aquí).

En resumen: pompas, jabón, películas, resistencia, pulmón, atmósfera, burbujas, bola mágica, pistola de apuntes. Pum, pluma, puma, espuma: punto inicial. Igual nunca pasa nada. Sobrevivimos, es todo. Sólo han sido páginas a imitación del ánima de Anna, aún no estamos en la realidad real. Sobremorimos, es todo. Podemos dar las gracias entonces por cerrar su último libro para volver a empezar.