domingo, 7 de junio de 2009

GLEXIS GAME


GLEXIS GAME, originally uploaded by orlandoluispardolazo.

VIENDO UN NOVOA EN LA HABANA
Orlando Luis Pardo Lazo

En Coppelia, viendo la cola energúmena para comerse un helado sin
opciones de menú, en una mesa que te rellenan con otros clientes sin
preguntarte ni pí.
En la parada atiborrada a pesar del alto tráfico de metrobuses
importados de Ukrania o de Ucronia.
Leyendo un graffiti desguasado por el último aguacero de mayo (ha
llovido con ganas en La Habana, mi hermano).
Un sábado de tardenoche, bajo la luz mortecina duplicada por el fango
pavimentado de 23.
Se anuncia un Glexis Novoa en una casa particular, en el municipio
Playa, a mil minutos-ómnibus de allí.
Pero voy.
Vamos.
Total.
Los cines huelen a humus.
Los teléfonos de los últimos conocidos ya no contestan.
No hay nadie contento a nuestro alrededor.
Así que voy.
Vamos.
Tú también puedes venir ahora.
Llegamos a la expo al margen de cualquier galería: la moda
independiente y desaglutinadora es usar los gaos (boring home art).
La atmósfera suena a fetecún.
Enseguida un crítico de arte me conduce a otra habitación para ver la
pieza de Glexis.
“Está bien heavy”, me anuncia, y yo le sonrío entredientes: “Qué bien”.
En realidad no entiendo este diálogo, pero fue así.
La pieza era, como todo el arte cubano desde la invención del
video-beam, una video-instalación.
Recortería y parching de imágenes.
Rectangulitos de luz sobreexpuesta y algo desenfocada, sobre una
sábana ripiada quién sabe cómo.
Ojos, manos pixeladas, splash de colores, acaso el filito bífido de
las vértebras de la Plaza de la Revolución.
Es heavy dejar afuera el sentido inminente y quedarse sólo con los residuos.
Todo de factura bien amateur, concepto heavy amARTeur del todo-vale post-post.
Un ciclo como de 15 minutos o más, no recuerdo si con sonido o en MUTE
(sólo se oía la música digital desde la sala-comedor).
Con un calor insoportable: para eso llueve en Cuba, para salcochar los
cerebritos sudados de la población civil.
Con textos también fragmentarios, como corresponde a una época hecha
trizas (citados en cualquier orden por mí):
CHANGE,
barackobama.com,
CARDOZO,
Palabras apasionadas,
Las mujeres,
Reverencias,
Ya habían pasado los peores tiempos,
Sentados en la orilla,
La luz era permanente,
La claridad era para todos,
En el cielo no había ni una nube,
Todo estaba clarito,
Sin atropellar a nadie,
Mandamos las señales,
Compartieron la información,
Los veteranos,
Lomitas de escombros,
El nuevo ritmo brasilero,
Los negros,
Restaurar los reclinatorios,
El Patrón,
La entrada del comedor,
El viejo hacendoso,
Módico monto,
El equipaje,
Depresión, Depresión, Depresión...
Dentro de la cámara sagrada del performance quedaba el bañito de la
casa (una portezuela de medio metro), por lo que la proyección era
interrumpida a cada rato por los invitados que pasaban a orinar (a
oscuras, pues no había luz en el inodoro, y algo de erótico o
hedorótico capté en aquella procesión).
También pensé que mear tal vez fuera parte de la pieza heavy del artista.
O que al entrar en aquel water-closet realmente nos metíamos no dentro
de la poética de Glexis Novoa, sino literalmente dentro de él: una
especie de secuencia experimental al estilo de “Being Glexis
Novoakóvich”.
Salí al ruedo del fetecún y me topé con un poeta o promotor cultural
que me rehusó gentilmente el saludo.
Por suerte.
El Glexis Novoa de carne y hueso sí saludaba a los recién llegados
como si el recién llegado no fuera justamente él.
El blogger de FotosCubaHoy le tiró un flash fácil para postear el
novoa.jpg ipso facto, y entonces sobreoí el chiste cínico de alguien:
“Ya tú sabes, Glexis: eso es de cabeza pa´l Granma”.
Por supuesto, seguíamos sin entender.
Tampoco nos hacía mucha falta.
Yo también tomé fotos, pero no del top-artist.
Nuestro Hombre en el Arte se me confundía entre tantas sonrisas de triunfadores.
Los curadores estaban a la patada.
Junto a los artistas plásticos, nos miraban como si fuéramos dos
agentes infiltrados allí por la Seguridad (en más de un sentido, justo
eso éramos: estábamos allí por leer con demasiada atención las paredes
paranoicas de esta ciudad).
Me aburrí enseguida.
No teníamos ganas de bajarnos ni un traguito de ron.
Sentí que estábamos en 1986.
Por supuesto, ni remota idea de qué significa esta fecha aquí.
Igual salimos al asfalto noctámbulo de La Habanada.
Calle Sesentialgo, a media cuadra de 41, en el municipio Playa.
Un barrio de casonas y castilletes de los años 40, con alguna que otra
Villa Jabón Candado todavía exhibiendo la promoción como un escudo
sobre la fachada.
Un silencio de muerte en el aire.
Noche transparente, limpia por el agua que sonora y soberanamente cayó.
Y después calló.
Me gustó el jueguito de aquella video-instalación: Glexis´ Game.
Pero siempre me juro que no es necesario ver nada para luego narrar.
Es preferible invertir el ciclo de una cabrona vez: narrar la nada y
después intentar habitarla.
En fin.
Paramos un taxi particular (sin licencia) hasta El Vedado.
En 26 y 23 nos topamos a una yegüita young yankee completamente orate,
que dice estudiar Sociolocinematografía en la Universidad de Chicago,
pero siempre está en Cuba haciendo quién sabe qué.
Nos sentamos frente al cine Acapulco los tres.
Le dije que Virgilio Piñera venía a finales de los 50 a fletear allí
sobre el río Kwai.
Me miró extrañada.
Le hablé entonces del vacío cubano en la poesía, de la pacatería de
los años cero en la narrativa nacional (demasiada letra y poco cuerpo
metido en el potaje), de la angustia inmanente que nunca ningún
celuloide ni tesis en inglés podría enunciar.
Le conté chismes apócrifos de políticos de ayer y hoy (hubo uno sobre
el Loquito Chibás que sí era auténtico, según mi padre), y casi
termino cargándola sobre aquel banco.
En verdad, era una yankee candy pero no tanto como yo.
Me dijo que para ella era muy emocionante oírme hablar por primera vez
así, que admiraba mi valentía y mi confianza en ella, y que nunca se
había topado con un disidente de verdad.
Yo la miré con lástima.
Tenía buenas ancas, la muy animal.
Y unas gafas retorcidas como todo aquel sábado.
Para despedirla, le di la dirección de la pieza élite de Glexis Súper-Novoa.
Le dije que se trataba de un acting muy heavy y que no se repetiría
más después de esa noche (esto es 100% cierto, según el graffiti de
promoción).
También le dije que era obligatorio orinar, pues todo aquel caldo de
invitados ureicos se le iba a entregar al Consejo Nacional de Artes
Plásticas, en protesta disidente por no recuerdo ya qué.
Los ojos le brillaron.
Nos dio un par de besos en plena boca y se fue.
Lo siento, Glexis.
No sé qué habrá pasado con mi young yankee de la Universidad de
Chicago en tu fetecún.
Todavía después nos montamos en una ruta P-3 (Alamar-Vedado-Alamar).
Por cierto, la música que ponía el chofer se parecía bastante a la de
aquella fiesta supongo que de alto voltaje conceptual.