martes, 21 de julio de 2009

CATRECATARSIS



EN UN CATRE CUTRE SIN CURA NI CORAZÓN
Orlando Luis Pardo Lazo

Lunes 20 de julio 2009. A las siete y algo de la mañana.

El sol era una bola difusa por la neblina. La temperatura se anunciaba extrañamente agradable para lo cruento de la estación.

Lo vi ya tendido en plena avenida del Malecón, casi a la altura del hospital Hermanos Ameijeiras.

En su barriga flotaba otra bola difusa, pero con más tonalidades que el sol. Una masa que escoraba hacia la derecha aquel catre.

Un policía lo escoltaba sin intervenir. El tráfico eludía esa senda. Muy pocos curiosos se asomaban. Parecía una escena del Primer Mundo.

Tiré muy pocas fotos. Ya tengo experiencia de que las siglas PNR y JPG no riman.

Llegaron más policías y una ambulancia.
Guardé la cámara.
Sobreoí los mínimos comentarios sobre la protesta pacífica horizontal del descamisado.
Al parecer, no querían llevarlo al hospital o allí no era posible operarlo o una trabazón de vida o muerte por el estilo.
El señor representaba su rol de hedonista a la espera de que alguien por fin reparara en él. Lucía limpio, afeitado, y con sandalias bastante caras. De tanto en tanto se revolvía un poco y agitaba rítmicamente los pies. Como un buzo a ras de la superficie o acaso a ras del fondo asfaltado del mar.
Todo tranquilo. Rest in peace. Siesta siniestra de desayuno.
Es sabido que detrás de cada tranquilidad se incuba siempre una alícuota de terror.
Me fui y enseguida posteé algunas imágenes de impacto en mi blog BORING HOME UTOPICS, esa crónica de píxeles post-habaneros con que a diario desarmo el rompecabezas de mi ciudad.
No estuve muy ávido de imágenes, pero al menos reaccioné. Eso ya es algo.
El lunes 20 de julio 2009, a las siete y algo de la mañana, me alejé rumiando mis resabios y resquemores.
¿Qué está pasando en Cuba? ¿Qué me está pasando a mí? ¿Suenan las trompetas del Apocubalipsis o será sólo que ahora estoy más atento en tanto testigo?
¿Me veré algún día desesperado así? Tan solo, solo, solo...
¿Quién me escoltará por oficio sin la menor piedad? ¿Hacia cuál hospital gratuito me transportaron? ¿Sobreviviré a la cuchilla y a las transfusiones free? Anestesia contra la amnesia. ¿Los policías me habrán decomisado el catre como causa del caos o, por lo menos, de la desobediencia incivil? ¿Quién tecleará estas ignorancias insignes acerca de mí?

BUCK AND EROS



MALTA MALA
Orlando Luis Pardo Lazo

Hay maltas que saben mal y maltas que saben peor.
Pero ninguna se acerca al sabor de la malta en botella que bebíamos y botábamos en nuestra infancia.
Aquella era malta negra y no sepia, como ahora.
Aquella era malta espumosa en vidrio y no liquidito en lata, como ahora.
Aquella era malta a secas, sin marcas ni copyright.
Aquella era malta-malta como criterio ontológico de la verdad: la malta como bebida de todas las cosas.
Hoy, para colmo de maltas, circula en Cuba una leyenda urbana que debe ser orgullo de recicladores y ecologistas.
Dicen (no me hagan caso, porque esto no es periodismo) que florece underground un emporio privado de rellenadores de laticas de malta.
Un iceberg. Técnicamente, un icebucanero.
Y dicen (no me hagan caso, porque esto es periodismo) que después las venden a mansalva en los negocios en CUC del Estado.
No me interesan los detalles ni la verosimilitud.
Me interesa sólo la eficacia de semejante contra-relato (una diversión ante cualquier versión o aversión oficial).
Y lo mejor, existe un dato súper-significativo como colofón.
Una traza, casi una huella criminal, que sería la prueba de que todo no ha sido otro sueño dentro de ese subgénero llamado La Habana Noir.
Si se fijan, verán dos rasguños paralelos en la base de metal.
Dicen, para rematar, que se trata de un desperfecto de fábrica de las máquinas domésticas de rellenado.
Si tu próxima malta incluye esa tara descascarada, entonces no es malta en absoluto sino cualquier otra emulsión militante.
¡Y casi todas las latas que compro me llegan tatuadas!
Lo que habla de la generosidad del mercado clandestino en CUC o de que esta leyenda urbana es puro delirio incivil de nuestros ciudadanos ansiosos de contrabando.
Me da lo mismo.
Lo cierto es que nunca antes había reparado en este síntoma mínimo de Gastronomía Política.
Así me pasa con todo el resto del tiempo.
Siempre estoy botado.
Incapaz de entender ni siquiera lo obvio para la plebe.
Seré un blogger bobo, supongo.
Otro de esos taraditos de la patria que me piden una moneda de 5 o 10 centavos para, precisamente, reunir el precio CUC de una malta cubana o de importación.
Falsa o auténtica, les da igual.
El verano vicia y vacía nuestro sentido de la verdad.
Si tu próxima malta incluye esa tara descarada, por favor, paladéala pensando en mi desconcierto de mal catador cubano.
Porque lo cierto es que, esté o no esté tatuada la base del metal, hay maltas que me saben mal y maltas que me saben peor.