
La Habana huele, por supuesto, a ácido fénico, como el Petrogrado de una novela sobremuriente que leí casi de niño: huele a nada, a mezclas efímeras, a mixtura vacía, a mixtificación. La calle Zanja huele a esputo chino y a mojoncitos de canes, o acaso al revés. Los cines perdieron su olor a felpa barroca con aire acondiciorrepublicano y ahora hieden a meaíto de maricones ancianos. También a piel con un sudor rancio de siglos. Los periódicos huelen a papel y punto, la tinta se les vaporizó en algún momento de su deshidratación textual. La ruta 23 es herrumbre y vidrio y humo y bandas de frenos requemadas por las contorsiones sobre el asfalto líquido de las doce del día. Las doce del día te quitan hasta la respiración. Zapata y 12 huele a flores y es horrible y humillante y alguien debería parar ese holocausto de pétalos podridos. 26 y Zoológico ya no huele a excremento sino a plátano seco y a azul. Quinta Avenida es hierba recién cortada. Mi madre huele a miedo y pastillas de vieja. Los correos todavía huelen a pegolina, aunque ya no hay pegolina (esto es un misterio más grande que Cuba). El pelo de Yoani Sánchez huele a frío y a futuro y es excitante y sobrecogedor ser su contemporáneo. Huelo mis manos y tecleo “huelo mis manos”. Los sexos de las muchachas huelen nerviosamente a tristeza. La posada de Maloja casi esquina Infanta olía a nata almidonada y jabón. La lluvia de noche huele a verde y a ciclón y un poco a electricidad, aunque no truene, que es el olor, creo, del ozono. El malecón es sal y óxido. Fidel es inodoro. La pantalla de un televisor Electrón-216 huele a chasquido y a limpio y otra vez a ozono. Jorge Alberto Aguiar Díaz olía a tabaco fresco. La mantequilla ahora huele a agua. El pan, a polvo. Hay zonas de la bahía que son fuel puro y sin embargo su fetidez es respirable. Las iglesias huelen a mi madre y a mentira que no acabará del todo hasta no acabar del todo con nosotros. La revista ENCUENTRO DE LA CULTURA CUBANA importada de contrabando por valija diplomática huele a nylon y a ese extraño aromatizante de los aviones o las aduanas o el extranjero (las he conservado cerradas durante semanas como botín odorífero). Los carros patrulleros huelen a plástico. Las aceras del Hotel Habana Libre, sobre todo la de 25, huele a pescado freído con delicadeza (este olor lo recuerdo invariable al menos desde 1977, pues mi padre trabajaba enfrente, entre olores a cartón de files y tinta fresca de cuños y al bicarbonato de unos helados grasientos que daban de merienda). Mi padre muerto olía a amarillo y todavía se me aguan los ojos al escribirlo. La Terminal de Ómnibus tiende a oler a desinfectante, como los hospitales, y ese tufo higiénico hace sospechar que todo está percudido debajo. La Ciudad Deportiva huele a tierra colorada. La Fuente Luminosa, a guajacón. Los ríos casi todos huelen a una espuma de vómito que no llega a provocarme arqueadas. Los libros de viejo perdieron su dignidad polillosa y apenas huelen a cucaracha. La escuela primaria Nguyen Van Troi, en Lawton, recientemente parece haber recuperado su atávico olor a crayola. La Loma del Burro huele a brujerías en descomposición y a semen (puede que sean las brujerías en descomposición las que huelan, entre tantas otras cosas, a semen). El túnel de la bahía huele a una especie de hollín. La Cabaña huele a aire de mar puro, casi insípido. No sé qué más. Es suficiente por el momento. Tecleo con ambas manos y tecleo “tecleo con ambas manos”. Ya.

