jueves, 30 de julio de 2009

PARA http://www.enrisco.blogspot.com/2009/07/que-huele-la-habana.html


La Habana huele, por supuesto, a ácido fénico, como el Petrogrado de una novela sobremuriente que leí casi de niño: huele a nada, a mezclas efímeras, a mixtura vacía, a mixtificación. La calle Zanja huele a esputo chino y a mojoncitos de canes, o acaso al revés. Los cines perdieron su olor a felpa barroca con aire acondiciorrepublicano y ahora hieden a meaíto de maricones ancianos. También a piel con un sudor rancio de siglos. Los periódicos huelen a papel y punto, la tinta se les vaporizó en algún momento de su deshidratación textual. La ruta 23 es herrumbre y vidrio y humo y bandas de frenos requemadas por las contorsiones sobre el asfalto líquido de las doce del día. Las doce del día te quitan hasta la respiración. Zapata y 12 huele a flores y es horrible y humillante y alguien debería parar ese holocausto de pétalos podridos. 26 y Zoológico ya no huele a excremento sino a plátano seco y a azul. Quinta Avenida es hierba recién cortada. Mi madre huele a miedo y pastillas de vieja. Los correos todavía huelen a pegolina, aunque ya no hay pegolina (esto es un misterio más grande que Cuba). El pelo de Yoani Sánchez huele a frío y a futuro y es excitante y sobrecogedor ser su contemporáneo. Huelo mis manos y tecleo “huelo mis manos”. Los sexos de las muchachas huelen nerviosamente a tristeza. La posada de Maloja casi esquina Infanta olía a nata almidonada y jabón. La lluvia de noche huele a verde y a ciclón y un poco a electricidad, aunque no truene, que es el olor, creo, del ozono. El malecón es sal y óxido. Fidel es inodoro. La pantalla de un televisor Electrón-216 huele a chasquido y a limpio y otra vez a ozono. Jorge Alberto Aguiar Díaz olía a tabaco fresco. La mantequilla ahora huele a agua. El pan, a polvo. Hay zonas de la bahía que son fuel puro y sin embargo su fetidez es respirable. Las iglesias huelen a mi madre y a mentira que no acabará del todo hasta no acabar del todo con nosotros. La revista ENCUENTRO DE LA CULTURA CUBANA importada de contrabando por valija diplomática huele a nylon y a ese extraño aromatizante de los aviones o las aduanas o el extranjero (las he conservado cerradas durante semanas como botín odorífero). Los carros patrulleros huelen a plástico. Las aceras del Hotel Habana Libre, sobre todo la de 25, huele a pescado freído con delicadeza (este olor lo recuerdo invariable al menos desde 1977, pues mi padre trabajaba enfrente, entre olores a cartón de files y tinta fresca de cuños y al bicarbonato de unos helados grasientos que daban de merienda). Mi padre muerto olía a amarillo y todavía se me aguan los ojos al escribirlo. La Terminal de Ómnibus tiende a oler a desinfectante, como los hospitales, y ese tufo higiénico hace sospechar que todo está percudido debajo. La Ciudad Deportiva huele a tierra colorada. La Fuente Luminosa, a guajacón. Los ríos casi todos huelen a una espuma de vómito que no llega a provocarme arqueadas. Los libros de viejo perdieron su dignidad polillosa y apenas huelen a cucaracha. La escuela primaria Nguyen Van Troi, en Lawton, recientemente parece haber recuperado su atávico olor a crayola. La Loma del Burro huele a brujerías en descomposición y a semen (puede que sean las brujerías en descomposición las que huelan, entre tantas otras cosas, a semen). El túnel de la bahía huele a una especie de hollín. La Cabaña huele a aire de mar puro, casi insípido. No sé qué más. Es suficiente por el momento. Tecleo con ambas manos y tecleo “tecleo con ambas manos”. Ya.

miércoles, 29 de julio de 2009

BULLETS OVER HABANYWWOD


UNA BALA PARA BRUGUERA
Orlando Luis Pardo Lazo

De la Bienal de La Habana a la de Venecia, Tania Bruguera sigue siendo, por suerte, una artista incendiaria.

También su público cubano parece serlo (incluso a la cañona).

Desde marzo de 2009, tras el híper-mediático escándalo de “El susurro de Tatlin”, La Habana aún humea los tizones de una Bayamesa simbólica.

Donde performance hubo, polvareda queda.

Ahora, en el verano candente de la post-patria, Tania Bruguera lee sus charlas teóricas mientras se dispara una ruleta rusa de balazos que por un tilín no le vuelan la sien (incluso como teatro).

Ahora, también, en los conciertos de vacaciones habanémicos, el tiro de gracia que nuestro Ministerio de Cultura no le pegó a Tania Bruguera, lo están pagando los participantes de su performance.

Aquel minuto de libertad de expresión bajo paloma promete ser el más largo del mundo: la apoteosis de la censura cubana, la pólvora de un pogrom a cuentagotas, la causa eficiens de un apartheid cultural cuya única virtud consiste en su sinceridad.

Si tú fuiste de los elegidos que se explayaron en aquella tribuna o tribunal abierto (y existe constancia penal colgada por el cuello en YouTube), apriétate ahora el cinturón, porque, como dice un son del son, ya Tania Bruguera “se fue de Cuba”...

Ella anda por ahí, pistola performática en mano, suicidándose por las Bienales del mundo hasta el fin de las artes plásticas.

Pero tú sigues aquí, enclavado.

Clavado.

Y el Ministerio de Cultura de Cuba se reserva con todo derecho, supongo, tu derecho de admisión a los espacios públicos por el resto del año o tal vez del próximo medio milenio.

Moraleja: debiste haberlo pensado mejor antes de creer en la profeta del performance de primavera.

Lo siento (yo no fui al Centro Wifredo Lam en marzo 2009, me salvé por un tilín).

Pero tampoco es para morirse.

Llegado el caso, incluso podrías entretenerte jugando a la ruleta rusa en la luna de Venecia.

CHESSCOSLOKUBA


CHESSCOSLOKUBA, originally uploaded by orlandoluispardolazo.

martes, 28 de julio de 2009

domingo, 26 de julio de 2009

SIC SEMPRE XXVI



SIEMPRE FUE 26
Orlando Luis Pardo Lazo

Lo recuerdo como si fuera hoy, aunque por entonces me faltaban tres años para nacer.

Fue hace cuatro claustrofóbicas décadas, el sábado 26 de julio de 1969.

No teníamos televisor, pero las palabras de Fidel galvanizaban todas las tablas de mi casita en Lawton, en el mismo nicho patrio que habito aún hoy.

Fidel hablaba del 26. De los años sesenta que ya se iban. De Checoslovaquia y del Ché. De la Revolución del 68 (de 1868, se entiende). Del Moncada y el Granma. De los 10 millones que ya venían. De contraofensivas y microfacciones. Del imperialismo y de incontables Vietnams. Hasta que se hizo de noche y en casa se nos olvidó encender la luz, tan hechizados estábamos por aquel timbre de prestidigitador y su paternal aliento de Edipo Rev.

Un Fidel eterno.

Incluso tres años antes de nacer, supongo fuera muy emocionante protagonizar una mínima tajada de su inmortalidad.

Fidel hablaba y hablaba mientras oscurecía en el resto de Cuba y mi familia permanecía disciplinadamente sentada alrededor de nuestro viejo aparato de radio, propiedad fósil de la General Electric (funcionó hasta hace muy poco, por cierto, el viejo gladiador de bombillos).

Fue en el patio, bajo la mata de ciruelas, refugiados del calor consuetudinario que calcina y acaso calviniza a esta isla. Entonces, todavía me erizo de recordarlo, mi padre miró al cielo apagado de La Habana y dijo: “Hay un hombre en la luna y no fue cubano”.

Para mí, ese fue el inicio del fin.

¿Qué hacíamos todos allí? ¿Para qué nacer en un país cuyos ciudadanos podrán ser excelentes radioaficionados, pero son incapaces de caminar libremente por el cosmos y fotografiar al planeta desde la altura? ¿Por qué Fidel excluía a la luna llena entre vocablos tan vacíos como Patria o Muerte? ¿Quién sería en realidad mi familia? ¿Quién le confió a mi padre semejante noticia mitad derrotista y mitad clandestina?

Finalmente nací, en el invierno gris de 1971.

Han pasado cuatro claustrofóbicas décadas.

Hoy, como siempre, vuelve a ser 26 de julio pero de 2009.

Treinta y tantos tristes años después, supongo siga siendo muy emocionante protagonizar una mínima tajada de nuestra ya no recuerdo bien qué.