jueves, 6 de agosto de 2009


MI TÍO RÍE
Orlando Luis Pardo Lazo

Voy al hospital La Benéfica.
Lo odio.
Allí ha muerto demasiada gente querida que muy de cerca desconocí.
Estuve como estudiante en la construcción de ese edificio a finales de los ochenta.
Es una mole gris que, casi desde su inauguración de cara a Fidel, ha funcionado siempre mitad en ruinas.
Con algunos pisos abiertos y algotros salones cerrados.
Con goteras y focos de Aedes alternativos.
Su fatum es definitivamente la enfermedad.
Al parecer, el barrio de Luyanó barre con todo lo que intente crecer a su alrededor.
Voy al hospital La Benéfica a cuidar un tío lejano (un tío político: a mí tampoco me gusta la política, pero yo sí a ella, compañeros...).
Aquí he estado ingresado gratis un par de veces, con una tristeza hematológica coagulada en mis ojos.
Aquí intuí muerta a la madre de M, media hora antes de constatar su carne con sábanas, y aquí miré la cara contraída del cadáver manso de mi padre.
También un amigo de siempre murió dos veces en este Cuerpo de Guardia (la primera vez, alguien por azar le sintió un pulso remanente, mientras los doctores ya le anunciaban a su madre que “no había nada que hacer”).
Ahora mi tío se alegra de que sea yo quien lo cuide durante este jueves de agosto.
Soy joven y le traeré buena suerte, asegura.
Mi tío habla todo el tiempo, con una vehemencia improbable para su maltrecho cuerpo y edad.
Se ahoga de enfisema, pero no es esa la causa de su ingreso sino otra sospecha.
Mi tío ríe.
Tiene historias de la cárcel y de la milicia y del trapicheo y de broncas y de mujeres que hacen cualquier cosa en cualquier época por unos pocos pesos en moneda nacional.
Nada me parece bien ni peor.
Nada me parece nada.
No estoy allí frente a él.
I´m not there.
Simplemente me niego a volver a creerme este benéfico recinto de falsos techos reventados y baños sucios, y teléfonos con cola y almuercitos desabridos de comedor obrero, y enfermeras campechanamente adolescentarias y camilleros en rosa y predicadores con biblia en mano, y loquitos y policías en el lobby oscuro como boca de loco, y ropas tendidas por los huecos sin vidrio de las ventanas y elevadores que se llaman a viva voz (esto último ha sido así al menos desde 1992: “¡cinco!, ¡es un operado...!”).
Lo oigo y lo veo reír.
Matarile.
Ha vivido en un juego eterno.
Es un sobreviviente inmortal.
Una raza extinta guerrilloamericana.
¿De dónde sacaron los cubanos de setenta años (como él y mi madre, en ese orden) la fuerza vital para participar de todo y no desintegrarse de mera tristeza (como yo)?
¿Cómo ha llegado hasta aquí sin una duda blandengue?
¿Es que piensa morirse sin necesidad de llorar?
Lo odio a él también un poco, no sin cariño de sobrino extranjero.
Lo desconozco, pero aún así le presto la máxima atención desde mi lejanía.
No sonrío plásticamente ni acato su título de “viejito pillín”, como él mismo me asegura orgulloso que todo el personal de Salud Pública lo llama desde hace días, mientras él galantea a troche y moche.
Háblame, tío: cuéntame unas cuantas cosas de Cuba, sonoriza esta apatía que cala en mi generación sólo para que, al final, yo me dé cuenta de que callar es hoy por hoy lo más sano.
Y mi tío vuelve a la carga con sus suicidios y ministros con uniformes del MININT, y estafas y robos al por mayor, y tribunales y accidentes de carros, y cervezas y cánceres y apoplejías al tutiplén, y yo no tengo tiempo ni para quedarme azorado de pura desolación, justo cuando al mediodía entra el primer médico de la jornada y le dice que se va de alta temporal para la casa, que el fin de semana no le harán nada antes de la operación ambulatoria que le resolverán (gratis) en otro hospital.
Mi tío aplaude y me apunta con un índice de otro siglo: “yo sabía que tú eras mi buena estrella, carajo”.
Y enseguida me voy yo primero, con la promesa de avisar la nueva al resto de la familia (yo, evangelista del vacío).
Mi tío me promete que va a escribir parte de sus historias y que me las va a regalar.
Asegura no tener “gracia” para escribir, como yo (aunque de mí él nunca ha leído nada).
Cállate mejor, tío: no me cuentes ni cojones las cosas de Cuba.
No destruyas desfachatadamente mis delicados delirios post-cubanos.
Déjame deconstruir yo a mi patria como una pura y perra irrealidad.
Igual no sabría qué hacer con tus historias de tantas debacles mínimas, que tal vez a ninguno de sus actores le dolió tanto como a mí hoy.
Acaso todos reían con la boca llena al vivirlas, como tú hoy al revivirlas ante mi horror.
Una Cuba rasa de risa.
Creo que ni yo ni las personas que yo amo (en ese orden) nos merecemos formar parte de esa gran carcajada agónica de color y calor local.
Del clarín escuchad el silencio, tío.
Y que salgas muy bien de tu operación.

miércoles, 5 de agosto de 2009

BATEO EN EL BATEY


¡MÉTELE UN LADRILLAZO, FLACA!
Orlando Luis Pardo Lazo

Habrá rufa moñuda. Y yo no me quiero perder este tinglado. Con suerte, que me dejen ser réferi en medio del ring. Seré imparcial, lo prometo, porque me gustan mucho los dos.

En la esquina roja (sin ironías polisémicas ni polipolíticas), JAAD el sucio (el temba que no tiembla mientras funge y finge como Fogonero Emergente de un Cuartico de Máquinas que ya no está igualito).

En la esquina azul, su majestad el concepto crítico, Lizabel Mónica, que conocimos de bebé traviesa y ahora es Licenciada en Historia, narradora y poeta, autora de deliciosos y delirantes espacios web como Paladeo in Deleite y Cuba Fake News.

Que se ripeen los dos. Mejor así. A la camorra, al catre cutre, que se den cuje hasta quitarse la picazón.cult.cu: allá los entendidos entecos que, desde una oficina comunitaria del MINCULT, acusaron a JAAD de ser el “ideológico” de nuestra (de)generación, y a Lizi de publicar una revista C.R. llamada Desliz. De esos vicetarados en traje de Bataille de Ideas es mejor ni hablar. Al menos no aquí, donde todo es efluvio y vital excitación virtual...

Como en aquella bronquilla de vodevil que, en un Lyceum republicano, protagonizaran José Lezama Lima y Virgilio Piñera, no puedo sino ponerme al lado del premio flaco. Mi voto plus es por Lizabel Mónica y mi voto en contra que se lo trague JAAD. Esta no es una posición literal ni literaria, por supuesto, y mucho menos una cuestión lingüística (donde estoy a 1959 millas de estos dos polemistas polillistas): es que simplemente prefiero la longitud de onda del azul, hielo frío y hasta apático, ración mordaz de racionalismo, orgasmo sin órganos pero sin miedo a la muerte futura que, en tanto noción de nación, ya pronto nos sobrevendrá.

¿Qué habré dicho...? Si no lo sé yo mismo, entonces está bien escrito así.

De manera que dale duro al bacán de las mil y una bacanales centrohabaneras, niña. Oxímoron contra los oxiuros. Coges un post y se lo metes entre los diastemas. Le das por el coco un paupau de palabras y un yiti sextradiegético que le saque los mocos patrios y las lagañas mercadostálgicas. Y, mira tú, si se te hace el picha´o, aunque le partas el alma y le desfigures la cara, prima, le estampas una guerrilla de comentarios escatoilógicos en el corazón infartado de la blogosfera cubana. Rico, Lizi, lo estamos gozando aunque él mismo se esté matando. Que trine el agente JAAD, cadáver exquisito de Regis Debris. Que bufe y piafe y zuree, el muy zorro. Que sepa allá en España que aquí en Cuba siempre lo estaremos leyendo con el mismo pasmo atónito de sus primeras charlas sobre mierdangas de nadatología seminal más que semiótica. Y que, por pura envidia humilde y por honestísima admiración, que se habitúe ya a que siempre vamos a ubicarnos respecto a él en una estética y nada estéril oposición.

BLACKFLAGS MUSIC


BLACKFLAGS MUSIC, originally uploaded by orlandoluispardolazo.

5agost09

martes, 4 de agosto de 2009

MODIGLIENIN



ICONOS DE ÍNSULA INSANA
Orlando Luis Pardo Lazo

Los otros lunes, bajo el sol líquido de las doce del mediodía en El Cerro, fui a casa de un viejo amigo que enloqueció en algún punto impreciso entre los noventa y los años cero.

Tiene justo mi edad. Los dos nacimos en diciembre de 1971. Digamos que se llama Ismael. Y es un tipo tan noble y lúcido que merece mucha mejor suerte en todo, así en la vida como en la literatura. Aunque a veces pienso que nuestra historia bien podríamos narrarla al revés. Es decir, a veces pienso que el que delicadamente perdió la cordura fui yo.

Esta vez Ismael la cogió con venderme un par de objetos sagrados de su colección. Muy baratos, por tratarse de mí. Pero le hacía falta el dinero. Esto era fácil notarlo, por lo raído de sus ropas y lo ralo de sus cabellos (antes por la cintura) y el rancio olor de su piel. Se me apretó el pecho con aquella visión bajo un techito de zinc caliente.

El verano en Cuba es una salación, dijo. La cosa se va a poner muy dura con Raúl, dijo. Los americanos parecen que aflojan pero no aflojan, dijo. Entre otros lugares comunes para no hablar directamente de su economía. Ismael vive sólo con su madre, como yo. Y a veces me pregunto si simplemente no lo he abandonado a su suerte.

Los dos objetos en venta eran una especie de Lenin de Milos, estatuilla de bronce sin manos, según él fundida en una fragua del primer partido comunista cubano, cuando Gerardo Machado. Y el otro era un óleo de Modigliani original.

Pronunció apenas el precio. Quería cien pesos cubanos por cada obra. De no tenerlo ahora mismo, podríamos arreglarnos a plazos. Entre nosotros no había líos, dijo. Broders desde los conciertos del Patio de María, dijo. Por la memoria nunca muerta del Virgo, dijo, y le tembló un poco la voz al evocar al amigo que en agosto de 1998 se nos fue de un paro respiratorio en plena descarga.

Le dije que me parecía una ganga. Que no aceptaba. Que no era justo rematar así dos tesoros. Que yo acababa de cobrar un derecho de autor en el extranjero y que ya era famosito con mi página de internet (la palabra blog ni él ni yo la entenderíamos en aquel contexto pre-tecnológico). Que era muy probable que yo fuera el próximo premio de fotoperiodismo Ortega y Gasset, en España, que seguro me invitaba el Príncipe de Asturias, y que ya hasta me habían girado un adelanto. Que, además, me interesaban con cojones sus dos objetos museables, que los conservaría hasta que él los quisiera de vuelta. Y esto último se lo impuse sin ningún tapujo a Ismael, con esa incontrovertible vehemencia de las palabras cargadas con la verdad.

Me paré. Fui a mi mochila. Conté. Tenía encima treinta pesos cubanos, dos CUC, y cien euros para cambiar en el banco. Respiré. De pinga. Era ahora o ahora.

Puse los dos billetes de cincuenta dentro de un sobre que improvisé con una hoja del medio de libreta rayada. Un origami de la óptima suerte para mi viejo amigo y yo. Sonreí. Le di lo suyo y, para mí, guardé el Lenin manco en la mochila y cargué con el lienzo acaso centenario con marco de madera y todo.

Me fui.

La sensación ha sido la misma de cada vez que me despido de él.

Lo hemos abandonado a su suerte.

Aunque siempre pienso que nuestra falta de historia bien podríamos narrarla al revés. Es decir, que en su locura Ismael delicadamente me ha abandonado a mí, que tengo justo su edad (los dos nacimos en diciembre de 1971) y que digamos que aún me llamo Orlando Luis.