
LEYENDO EL NUEVO HERALD EN LA HABANA
Orlando Luis Pardo Lazo
“Adiós a una cantante legendaria”, dice El Nuevo Herald del jueves 20 pasado: “Marta Pérez, estrella de la lírica cubana”, una “diva de Cuba que llegó a cantar en la Scala de Milán”.
“Falleció célebre soprano alemana”, dice como réplica el Granma de este sábado 22: “Hildegard Behrens”, que “había trabajado bajo las órdenes de grandes directores de orquesta como Leonard Bernstein y Herbert von Karajan”.
No sé cómo será cargar la página web del Granma, sea en Cuba o en la Cochinchina. Tampoco logro abrir la de El Nuevo Herald desde aquí (mi egocentrismo me hace suponer que en el mundo entero esté bloqueada también).
De todas formas, se trata de un mero efecto digital. Lo que sí me causa curiosidad es qué sentirá un ser humano al hojear el papel basto del Granma en Miami. O qué implicaciones tendría pasar las planas democromáticas de El Nuevo Herald desde La Habana.
Leer, extraño verbo de vocales reiterativas. Leeción libre de elección.
¿Quién narra a Cuba mejor? ¿Cuál espejo de tinta provoca la peor aberración textual? ¿En cuántos dólares podría subastarse el Granma del día en el estado de La Florida, por ejemplo? Y una fotocopia mal contrastada de El Nuevo Herald, ¿en cuántos CUC podría alquilarse clandestinamente, por ejemplo, en Centro Habana, municipio densamente sobrepoblado con contrabandeados bancos de video y una TV por cable que no la brinca un chivo ni la censura ningún chivatazo?
¿Es la ubicación geográfica de la lectura suficiente prueba penal para procesar a su lector por “propaganda enemiga”? ¿Fue Marta Pérez una diva de la subversión coral o habrá trabajado Hildegard Behrens bajo los dictados de otro tipo de gran director?
A la pinga la periodística comparada, esa asignatura contranatura que me empeño en vano para que sea un concepto connacional. A la mierda ahora todos mis miedos medio mediáticos. Lo cierto es que los cubanos nos vamos muriendo en obituarios extranjeros de cualquier otra ciudad, incluida La Habana que ya no es tal.
Toda finta funeraria es una falacia, por supuesto: dinero botado a cambio de un discurso digno de despedida. Ni en dos ni en doce ni en doscientas ni en dos mil nueve líneas cabe una sola de nuestras biografías. Sea ilustre o infame, nuestras viditas infraplanetarias tuvieron un tono secreto que todo texto cubano traicionará.
Nunca he escuchado la voz de Marta Pérez ni la de Hildegard Behrens. De pronto ansío oírlas a ambas, pero no por separado. Bajar de internet aunque sea un par de gorjeos de cada una, meterme de cabeza en mi cuarto y encuerarme del pí al pá, abrir la nota del Granma y la esquela de El Nuevo Herald, mezclarlo todo en una sola visión asignificante.
¿Dónde se desubica el corpiño de mi exquisito cadáver? ¿Cuál patria pétrea o pútrea se nos hizo tierra entre titulares y erratas? Si me abro tétricamente las venas sin copyright, o si me trago un cóctel Molotov con barbitúricos baratos de la farmacopea estatal, ¿qué periódico perderá la carrera de no reportar mi no-novedad? ¿Es posible suicidalfabetizarse así en Miami como en el cielo, así en La Habana como en el infierno, así en una fotocopia en blanco como en un totalitarísimo texto?
Adiós, divas. Adiós, yo.
Orlando Luis Pardo Lazo
“Adiós a una cantante legendaria”, dice El Nuevo Herald del jueves 20 pasado: “Marta Pérez, estrella de la lírica cubana”, una “diva de Cuba que llegó a cantar en la Scala de Milán”.
“Falleció célebre soprano alemana”, dice como réplica el Granma de este sábado 22: “Hildegard Behrens”, que “había trabajado bajo las órdenes de grandes directores de orquesta como Leonard Bernstein y Herbert von Karajan”.
No sé cómo será cargar la página web del Granma, sea en Cuba o en la Cochinchina. Tampoco logro abrir la de El Nuevo Herald desde aquí (mi egocentrismo me hace suponer que en el mundo entero esté bloqueada también).
De todas formas, se trata de un mero efecto digital. Lo que sí me causa curiosidad es qué sentirá un ser humano al hojear el papel basto del Granma en Miami. O qué implicaciones tendría pasar las planas democromáticas de El Nuevo Herald desde La Habana.
Leer, extraño verbo de vocales reiterativas. Leeción libre de elección.
¿Quién narra a Cuba mejor? ¿Cuál espejo de tinta provoca la peor aberración textual? ¿En cuántos dólares podría subastarse el Granma del día en el estado de La Florida, por ejemplo? Y una fotocopia mal contrastada de El Nuevo Herald, ¿en cuántos CUC podría alquilarse clandestinamente, por ejemplo, en Centro Habana, municipio densamente sobrepoblado con contrabandeados bancos de video y una TV por cable que no la brinca un chivo ni la censura ningún chivatazo?
¿Es la ubicación geográfica de la lectura suficiente prueba penal para procesar a su lector por “propaganda enemiga”? ¿Fue Marta Pérez una diva de la subversión coral o habrá trabajado Hildegard Behrens bajo los dictados de otro tipo de gran director?
A la pinga la periodística comparada, esa asignatura contranatura que me empeño en vano para que sea un concepto connacional. A la mierda ahora todos mis miedos medio mediáticos. Lo cierto es que los cubanos nos vamos muriendo en obituarios extranjeros de cualquier otra ciudad, incluida La Habana que ya no es tal.
Toda finta funeraria es una falacia, por supuesto: dinero botado a cambio de un discurso digno de despedida. Ni en dos ni en doce ni en doscientas ni en dos mil nueve líneas cabe una sola de nuestras biografías. Sea ilustre o infame, nuestras viditas infraplanetarias tuvieron un tono secreto que todo texto cubano traicionará.
Nunca he escuchado la voz de Marta Pérez ni la de Hildegard Behrens. De pronto ansío oírlas a ambas, pero no por separado. Bajar de internet aunque sea un par de gorjeos de cada una, meterme de cabeza en mi cuarto y encuerarme del pí al pá, abrir la nota del Granma y la esquela de El Nuevo Herald, mezclarlo todo en una sola visión asignificante.
¿Dónde se desubica el corpiño de mi exquisito cadáver? ¿Cuál patria pétrea o pútrea se nos hizo tierra entre titulares y erratas? Si me abro tétricamente las venas sin copyright, o si me trago un cóctel Molotov con barbitúricos baratos de la farmacopea estatal, ¿qué periódico perderá la carrera de no reportar mi no-novedad? ¿Es posible suicidalfabetizarse así en Miami como en el cielo, así en La Habana como en el infierno, así en una fotocopia en blanco como en un totalitarísimo texto?
Adiós, divas. Adiós, yo.



